25 de noviembre de 2012

A. Zambra: No leer


Alejandro Zambra: No leer. Crónicas y ensayos sobre literatura.
Alpha Decay.

Leer a Alejandro Zambra es entrar en una casa limpia y pulcramente ordenada donde se respira aire fresco. Es un gusto dejarse caer en sus asientos, probar sus camas, recorrer sus habitaciones, inspeccionar los roperos o asomarse al patio interior.

Nada sobra y tampoco nada falta. El escritor como jardinero, como señor de la limpieza, como recogedor de basura, como decorador de interiores guiado por una digna cautela. Sus textos son moradas armoniosas que uno abandona con aflicción, forzado por esa última línea, esa última página, ese punto final.

Por encima de todo, es una escritura gloriosa y adictiva. Aviva el deseo y desencadena una rabiosa lujuria literaria: querer, con impaciencia, leer más, mucho más. 

Y haciendo apología de su estilo, concluyo esta microcrítica.

17 de noviembre de 2012

H. Abad Faciolince: El amanecer de un marido


Héctor Abad Faciolince: El amanecer de un marido.
Seix Barral.

Constato un hecho extraño: estos relatos me impactaron, lo sé, lo anoté. Recuerdo sentirme maltrecha, notar que algo se removía en mi inconsciente. Leerlo dolía («por la herida te entrará la luz»—Rumi), y hablé del libro a mucha gente.

No recuerdo bien quién era yo hace dos años y releo: quiero estar segura de lo que intento decir. Veo que mi malestar se ha transformado, o marchado a otra parte, a rincones sin preguntas o lugares de donde no necesita regresar.

No es común en un hombre abatir de cuajo un tópico gastado: el del varón rechazado por dolores de cabeza. Los hombres dejan de desear a sus mujeres y a la inversa no es así. Las ganas de ellos desaparecen, ya está. Ellas lo captan, lo sufren, lo combaten; no lo entienden. El resultado es amargo y doloroso. ¿Qué pasa con el sobrante de deseo, con el abandono físico, con la pasión muerta, con los cuerpos? «Cualquier mujer acaba siendo equivalente para cualquier hombre». Los estragos del no deseo matan a las mujeres, a todas, a cualquiera.

Es devastador, dije a Héctor Abad, esperando que atenuara la gravedad del asunto. Su dedicatoria fue inamovible y contundente: «Para Leonor, aunque sea devastador».

Pregunto a mi marido qué piensa de todo esto. Yo no doy tantas vueltas a las cosas, responde. Él. Que se acuesta conmigo sin saber con quién va a amanecer. Y aparentemente no teme.

9 de noviembre de 2012

C. Peri Rossi: Cuando fumar era un placer


Cristina Peri Rossi: Cuando fumar era un placer.
Lumen.

Siempre quise leer a esta mujer. Pero nunca lo hice. Poeta, narradora, articulista, traductora. Quizás no supe por dónde empezar. Y ahora, cuando lo hago, encuentro un todo que me atrapa, un universo mestizo y rompedor, una voz nítida que afloja tuercas y sacude fundamentos.

Por ejemplo: “La semana más maravillosa de nuestras vidas” (Desastres íntimos, Lumen), delicioso relato lésbico de alto voltaje erótico que leo sobrecogida por una convulsión. Quien ha experimentado la atracción verdadera, señala la protagonista, sabe que la atracción física es la parte más importante del amor.

Fumar, para Peri Rossi, no es asunto de distinto calado. Fumar es un inmenso placer, succionar un pezón materno (sic), un modo total de vida, la aceptación, sin culpas, de la muerte. Dejarlo, sobrevolar un abismo angustioso, una separación trascendental. 

No es posible vivir sin dependencias: «Hay gente que es dependiente hasta de sentirse independiente». No se debe fumar desde el temor. Vivir es morir, vivir siempre mata. Estos versos son bellísimos: «Dejar de fumar/ ha sido tan duro/ tan doloroso/ como dejar de amarte». 

Pienso: si fuera menos cobarde, encendería en este instante un cigarrillo
Pienso: si fuera menos cobarde, amaría y hubiese amado más. 
Pienso: debo devolver cuanto antes estos libros a la biblioteca.

3 de noviembre de 2012

Y. Herrera: Trabajos del reino & Señales que precederán al fin del mundo



Yuri Herrera: Trabajos del reino & Señales que precederán al fin del mundoPeriférica.

Estas obras me dejaron muda y aturdida, enfrentada a una jerga extraña, a un habla que no sé articular.

Cada página es pura biología: respiraciones cortadas, borbotones de sangre que estallan y salpican, aromas a entrañas, instintos contenidos. Terminas con la vista nublada, como lamiéndote heridas, sin saber a ciencia cierta qué pasó, por dónde anduviste, cómo acabó todo o si la historia sigue.

Yuri Herrera ara la piel, aguijonea el aire. Abre grietas, callejones sin salida por los que escaparse un rato para enseguida volver al hilo flojo de la vida. Callejones de México transitados por la muerte y el peligro. Por seres a los que no conocemos pero que nos gustaría amparar. 

Ambas novelas son deslumbrantes.