22 de febrero de 2013

M. Proust: Días de lectura


Marcel Proust: Días de lectura.
Taurus. Traducción de Alicia Martorell y Núria Petit Fontsere.

Confieso: apenas sé de literatura francesa. Camus, Sartre, de Beauvoir, Houellebecq, Rousseau, Voltaire, Madame de Lafayette, Flaubert, Duras, Dumas, Baudelaire, Verne, Saint-Exupéry, Montesquieu, Sand, Stendhal, Gide, La Fontaine, Leroux, Nin, Goscinny, Yourcenar, de Laclos, Sagan, Modiano, Ionesco, Barbery, Zola. Desordenadamente, son los autores que mi memoria rescata. Muy pocos para un país de tan rotundo peso literario, transitado por tantos escritores emblemáticos.

A Proust no me acerqué jamás. Temía, siendo jocosos, pasarle una enfermedad, y sus siete tomos de En busca del tiempo perdido me esperan. Sin embargo, estos Días de lectura —portada modernista y delicada, peso ligero— han supuesto un estallido primaveral temprano. Como un pañuelo impoluto que contiene un estornudo feroz. 

Clausuro con algunos pasajes (con el permiso de su majestad):

La lectura es comunicarse con otro pensamiento «pero sin dejar de estar solo». 
«El silencio no lleva, como la palabra, la impronta de nuestros defectos».
El estilo representa la fisonomía de un autor, su deseo de retratarse. 
«El artista debería pedir a los recuerdos involuntarios la materia prima de su obra».
«El placer que nos procura un artista es el de darnos a conocer un universo más».

 C’est ça.

16 de febrero de 2013

J. C. Oates: Bestias


Joyce Carol Oates: Bestias.
Papel de liar. Traducción de Santiago Roncagliolo.

Bestias es una perla perfectamente pulida con una historia siniestra en su interior. Se basa en el recuerdo de los abusos y humillaciones sexuales vividos por la protagonista y sus compañeras de universidad veinticinco años atrás, cuando residían en un tranquilo campus de Nueva Inglaterra.

El profesor André Harrow (o Sr. Horror: la pronunciación en inglés es casi idéntica) y su totémica mujer ejercen de maestros de ceremonias de tinte escabroso en las que participan sus discípulas.

El horror existe y producirlo está al alcance de cualquiera. Las chicas viven su fascinación por la pareja docta como enamoramiento. Son manipuladas. «Somos bestias y ese es nuestro consuelo», repiten como lema. Las bestias no tienen moral, no sienten culpa. Obedecer a su principio es rescatar a los dioses antiguos —pasiones, obsesiones, apetitos— y no temerlos.  

«No puedo vivir sin vosotros», dice Gillian poco antes de que todo termine.
«Nosotros tampoco queremos que vivas sin nosotros, chérie».

La poesía erótica de D. H. Lawrence acompaña, como bajo continuo, el argumento.
  

*Nota: veinticinco erratas en 158 páginas no restan un ápice de valor a la novela pero entorpecen en algunos momentos su lectura.

7 de febrero de 2013

Mo Yan: Cambios


Mo Yan: Cambios.
Seix Barral. Traducción de Anne-Hélène Suárez Girard.

Siento los nombres chinos como un arrullo protector: breves, precisos, completos en su sabiduría transparente.

Mo Yan significa «no hables» y, como escritor, hace honor a su seudónimo: sin malgastar palabras, cuenta lo que se propone contar.

La lectura de Cambios —un título perfecto— se asemeja a rodar sobre patines por un país inmerso en abruptas transformaciones. El viento en el cabello, los brazos abiertos, la cara tiznada por el sol. Las paradas son cortas, refrescantes. La narración, envolvente como una brisa optimista.

Así sabemos de un niño —como otro cualquiera— que vive la suerte de llegar «a un mundo más vasto» donde desarrollar sus talentos. Un niño que de adulto a diferencia de otros puede declarar: «No hay nada imposible».

Impecablemente editado por Seix Barral y jugoso como un sorbo de licor caliente en la boca. Un canapé (¿un dim sum?) que da gusto paladear.

2 de febrero de 2013

C. Roche: Zonas húmedas

Charlotte Roche: Zonas húmedas.
Anagrama. Traducción de Richard Gross.

El librero me miró malicioso y dijo: «Yo tendría cuidado. Comienza hablando de almorranas. Dicen que es un tanto asqueroso».

Zonas húmedas fue tildado de sucio, de obsceno, de pornográfico. En Internet las reseñas escupieron adjetivos como soez, vomitivo, repugnante, superficial, guarro, sin sentido, no apropiado para mentes sensibles.

No comparto ninguno de estos calificativos. Vi otras cosas: una adolescente marcada por el divorcio de sus padres; una niña sola que se masturba bajo una cama de hospital. La protagonista habla con naturalidad de todos los orificios humanos y describe sin tabúes sus experimentaciones íntimas. Y en esa verosimilitud —directa como el porno, reside su erotismo.

La novela no es única en su especie. Aunque nadie se alarma, Diario de invierno (Paul Auster, Anagrama) también es un inventario de lo que un cuerpo hace mientras vive.

Al cabo, ¿qué son el cerumen, la saliva, el mal aliento, sino un cúmulo de inmundicias? Defecamos, sudamos, orinamos. Tenemos la regla. Salimos de una vagina, o de un tajo en las tripas, impregnados de humedades muy poco estéticas. Detrás de los perfumes, fuera de la foto, somos básicamente un montón de pestilencia.

Lo asombroso es que el placer nos acompañe. Lo asombroso es querer seguir viviendo.