23 de diciembre de 2013

M. Emants: Una confesión póstuma

Marcellus Emants: Una confesión póstuma.
Sajalín editores. Traducción de Gonzalo Fernández Gómez. Prólogo de J.M. Coetzee.

Lo cercano es a menudo lo más inexplorado y la ignorancia nuestra amiga más fiel. Marcellus Emants fue un poeta, novelista y dramaturgo de éxito en los Países Bajos del que yo hasta hace poco nada sabía. Nació en 1848 en Voorburg, cerca de La Haya; falleció en Suiza en 1923.

Su novela más célebre, Una confesión póstuma, fue publicada el pasado septiembre por Sajalín editores. La prologa J.M. Coetzee, conocedor de la obra de Emants y autor de la única traducción al inglés que de esta novela existe.

Coetzee emparenta a Emants con Rousseau, Flaubert, Turguénev y Dostoievski. Analítico, complejo, introspectivo, feo, misántropo, Termeer, el protagonista de esta obra, confiesa el asesinato de su esposa. Un argumento frecuente en literatura (Tolstói escribió La sonata a Kreutzer tan solo cinco años antes) para representar malestares de profundo calado.

¿Quién no se siente una rata enjaulada o bicho repugnante alguna vez? ¿Quién no posee una mitad maloliente? Una infancia carente de amor sólido favorece la personalidad psicópata. Bajar a los infiernos es cuestión de descender medio peldaño. «Mi complejo de inferioridad se fue transformando en impotencia y amargura; mi apatía prevalecía por encima de cualquier impulso».

En el centro, el recelo y miedo a todo: «La cobardía es el gusano inexpugnable que ha socavado mis deseos». «Me da miedo cualquier cosa que pueda desinhibirme: una copa de vino, una pieza de música, una mujer.»

En contraste con el hombre del subsuelo, Termeer no inspira lástima. Tampoco infunde el respeto de los personajes tolstoianos. Su confesión llama al desprecio y desagrado —sus propios sentimientos— por una mente ruin que al cabo nada resuelve y de nada se arrepiente.

Traducción impoluta, calidad literaria y Chica muerta de Egon Schiele en la portada. Una obra tan dura como exquisita. Como lectora, me doy por satisfecha.


* Agradezco a Gonzalo Fernández Gómez el descubrimiento de Marcellus Emants. Por futuros hallazgos y proyectos literarios.

15 de diciembre de 2013

V. Woolf: Leer o no leer


Virginia Woolf: Leer o no leer y otros escritos.
Abada editores. Traducción de Miguel Á. Martínez-Cabeza. Edición de Mª del Carmen Espínola Rosillo.

Woolf «fue una gran ensayista porque fue una gran lectora», y llegó a la narrativa tras ejercer la crítica literaria durante mucho tiempo.

Leer o no leer se compone de dieciséis ensayos en torno a la lectura, la crítica, los géneros literarios, las técnicas de escritura, la educación de los jóvenes, o a la influencia del físico de un escritor sobre la percepción de su obra. La voz de Woolf suena experta, serena, burlona, con un pleno dominio de su materia de estudio.

Perseguía comunicar con eficacia, escribir honestamente y sin torpezas. Sus ensayos son una lección de escritura, textos libres de cháchara en los que funde experiencia, observaciones, conocimiento y talento. Propone acercarse a la vida y descartar la mayoría de las convenciones, registrar el patrón «con que cada imagen o incidente se graba en la conciencia».


Woolf vivió por y para la literatura. Un año antes de morir, señalaba en su diario su deseo de que la crítica literaria se convirtiera en «algo más rápido y más ligero y más coloquial y sin embargo más intenso».

El día de su partida, en sus bolsillos, en vez de libros puso piedras.


Anexo (algunas citas):

«El intento de ajustarse a la opinión pública es un despilfarro de energía y un pecado contra el arte».
«Cualquier énfasis añadido al sexo de un escritor no sólo es irritante sino superfluo».
«Todo es material adecuado para la narrativa aparte de la falsedad y el fingimiento».
«Las cartas de un escritor han de ser tan literarias como sus obras impresas».
«El más grande de los novelistas —Dostoievski— escribe mal. Turgenev, dicen, escribe exquisitamente».
«En cada libro hay algo que, igual que en la vida, provoca el afecto o el rechazo; que oscila y predispone; y que apenas puede ser analizado racionalmente».
«La personalidad impregna cada palabra que se escribe. El triunfo (literario) es el triunfo del estilo».
«Escribir para gente ocupada es una tarea lastimosa para quienes saben la diferencia entre escribir bien y mal».
«Leer es en verdad tan difícil que resulta dudoso que alguien sepa algo sobre el asunto».
«Es a lomos de una idea como se impone forma a las palabras».
«No se puede cruzar el estrecho puente del arte con todas las herramientas en la mano».
«El ensayista ha de saber cómo escribir».
«Reseñar se ha convertido en la expresión de una opinión individual. El choque de opiniones hace que se anulen unas a otras».

8 de diciembre de 2013

J. Conrad: El corazón de las tinieblas

Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas.
Alianza Editorial. Traducción de Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo. 

Él (otro él) me regaló El agente secreto hace años. Lo empecé, me atasqué, lo abandoné: el tacto de sus páginas me resultó áspero, la mujer de la portada excesivamente trágica. Tonterías de este corte marcan nuestro paso por el mundo. El sofá, tu llamada. Ese tren. Esa alfombra.

El corazón de las tinieblas ha sido mil veces reseñado pero su autor es nuevo para mí. Conrad eligió el inglés —aprendido tras el polaco, el ruso y el francés— como lengua literaria, y aseveró que de otro modo jamás hubiera escrito. Toda lengua ajena es una puerta hacia lo desconocido, un machete que permite reinventarse y abrir luz en nuevas aguas.

Admito que me convence más el título original: Heart of Darkness. El sustantivo liberado del artículo (envidia de las lenguas latinas) gana peso y recoge lo que esta novela es: la marcha ciega por la espesura de una colonización despiadada. «Un tufo de estúpida rapacidad lo envolvía todo. La conquista de la tierra significa arrebatársela a aquellos que tienen un color de piel diferente o la nariz más aplastada que nosotros.»

El aislamiento pone a prueba al ser humano enfrentándolo a sus lobregueces más profundas. Nuestro destino es el olvido, la vida apenas da para conocerse a sí mismo. Cuando llega la muerte, la conclusión es obvia: «¡El horror! ¡El horror!», dice Kurtz.

A su regreso a Europa, el narrador (Marlow) encuentra «caras llenas de estúpida importancia, individuos vulgares ocupándose de sus negocios con la certeza de una perfecta seguridad».

Fracasa mi segundo intento de lectura de El agente secreto: no sobrepaso las cien páginas. La dedicatoria decía: «Para L. Un libro diferente. (6 Feb. ’97)».