28 de diciembre de 2014

Fin de Año (unas palabras)


Solo una fracción de lo leído se convierte en microcrítica. Por una parte, cuento con escaso tiempo para leer/escribir. Escribir más implicaría renunciar a la lectura. No estoy dispuesta. Sería el principio del fin.

Por otra, este blog pretende reseñar únicamente literatura de valor. Vivimos entre trastos inútiles y una se vuelve cada vez más difícil. Son bastantes los libros que arrincono, reciclo o regalo a terceros. No encuentro sentido alguno a hablar por hablar.  

Es la primera vez que cierro un año de este modo: con las obras/autores que con mayor intensidad marcaron este 2014 lector. Fueron:

1. Agota Kristof, con su trilogía Claus y Lucas y su novela corta Ayer.
2. El juego serio, excepcional obra de Hjalmar Söderberg que aún no he tenido el arrojo emocional de reseñar. 
3. Los cuentos de Hipólito G. Navarro. Humildes e intemporales, abarcan lo trágico y lo cómico; es decir —lo creyeron los griegos—, casi todo el espectro vital.
4. Los cuentos de Marina Perezagua. Innovadores, arriesgados, sus páginas son campos minados. Imposible atravesarlas sin perder unos cuantos dedos de los pies.

Mereció la pena cada obra microcriticada. Entre ellas no tiene sentido hablar de órdenes, jerarquías o conciertos. Correr entre corredores me disuade de mi deseo de correr (que no es correr, es leer).

Salud y Happy Book Year para todos,
Leonor

18 de diciembre de 2014

A. Pauls: El pudor del pornógrafo

Alan Pauls: El pudor del pornógrafo.
Anagrama. Posfacio inédito del autor.

Un libro viejo del autor de El pasado (Anagrama, Premio Herralde 2003). Escrito a los 21 años con En el punto inmóvil como título provisional. Publicado desde el principio —por suerte— como El pudor del pornógrafo (Editorial Sudamericana, 1984) gracias a la insistencia de Enrique Pezzoni.

En el posfacio ya estoy cazada (perdición personal). Elaborado desde la memoria de una obra escrita tres décadas atrás, el autor se pregunta «qué clase de quién» responderá por tan macabro anacronismola reedición de una primera novela—, qué clase de «yo» puede tener derecho aún a firmar ese libro.

El pudor del pornógrafo es una parodia, una novela epistolar transmutada en novela de terror. Su protagonista (aparte de su ocupación, de él nada sabemos) dedica todo su tiempo a responder misivas de mujeres y hombres que, buscando algún tipo de guía, le cuentan sus pasiones. La comunicación que mantiene con Úrsula, su amada, pronto se convierte también, a sugerencia de ella, en relación epistolar.

Un pornógrafo, por tanto, kamikaze (sic) de la escritura. Su labor de escribiente le impide vivir. Ante el silencio repentino de su amante, la ansiedad crece. La disciplina de la razón no basta, y el protagonista termina enredado en el ardid tragicómico que cierra la novela.

Hubo futuro tras El pudor. Dejó rastros de belleza: física, literaria. Pasado tenaz. Presente versátil. Futuro feroz. Como en las cajetillas de tabaco, en algún lugar, deberíamos poder leer: «Escribir mata».

8 de diciembre de 2014

C. Camacho: Vuelo doméstico

Carmen Camacho: Vuelo doméstico.
El Gaviero Ediciones. Cuarto Menor. Ilustración de Cristina Llorente.

«Y sin ser hombre de letras, ni siquiera de palabras, con él aprendimos que los cuentos hay que contarlos en su brujo momento».
(‘Old Windy’s stories’, Vuelo doméstico)

Aunque fuera arrecie el frío, cuando el arte embiste, una tiembla de calor. Carmen Camacho. Original espécimen poético. Pasmada me quedo ante su ensalivado, su redoble de palillos, su astucia, su sapiencia. Yegua lorquiana. Plumaje flamenco sobre una pata tiesa. Chiste. Chispa. Salero. Solera. Exhibicionismo, el justo. Sin prepotencias.

Copla de barrio, de calle, de pueblo y de ciudad. Vista de lince. Oído de murciélago. Vuelo doméstico: pura sangre en técnica mixta. Brebaje gazpachero digno del (ex)templo Adrià. Versos-relato, cuentos-verso. Columpio de efemérides, imágenes, músicas, notas de prensa. Alta alcurnia literaria. Rapsodia de lentejas.

Antes de devolverlo al estante, haré como mi abuelastra: untarlo con naftalina, rellenarlo de estampitas, envolverlo en un mantón y pedir a doña Carmen, Carmencita, doña Carmela: conserve por muchos años su pluma-coraje, por favor. 'Pleamar'. Plenamar.

Memorial de estilo:
«Déjame sembrar en tu campo, amor, esta bolsita de palabras inciertas». «La caracola está harta de que se le meta en casa el ruido del mar. Yo tengo en el cuello un antojo caleidoscópico. Copulo sola». «Perdona la tardanza, pero antes de estar presente tenía que elegir mi pasado».

¿Qué será un jabardillo, una juncia, una jáquima, un mudra, una hurí? Abro los ojos, abro la oreja. Vivo en un mundo opuesto: racional y previsible (el encanto de lo serio).

En el jardín graznan grajos.
No se toma la fresca.

29 de noviembre de 2014

R. Chirbes: En la orilla

Rafael Chirbes: En la orilla.
Anagrama. Narrativas hispánicas.


Ciudad de Utrecht, Países Bajos. Termino En la orilla horas antes de que Chirbes sea entrevistado en el Instituto Cervantes. Leer a contrarreloj no me entusiasma (no me entusiasman las prisas). Enseguida me separo, además, del ejemplar de la obra. Se trata de un libro prestado. Sacrilegio. (¡Sacrilegio!). Fastidios del extranjero. No habrá recuentos de citas. Texto pelado. Párrafos secos.

Voz de Chirbes repartida entre sus personajes. Esteban, el carpintero. Francisco, el amigo rico. Leonor, la muerta. «Elegí este nombre por Machado», explica Rafael. [Me pregunto por qué con tanta frecuencia las leonores están muertas]. Un tío, un padre, un abuelo; un par de explotadores, un par de inmigrantes; otro de listillos. Un pueblo cualquiera de Levante. El pantano: la cloaca, el sumidero. La resulta: hombre-país que recoge las hieles de la crisis y de su propia cultura. Punzante grabado goyesco.

Lectores y críticos no flaquean nunca en su labor de matarifes: a las partes de un libro se les otorga nombre, en un libro todo se aprovecha. Libro=Cerdo. Animal que come, bebe, duerme, se aparea, apesta, se revuelca. Cuando sale al mercado se destripa, se cuartea, se etiqueta.

Escribir no es un proceso ordenado. A menudo no se sabe hasta el final qué se tiene entre manos, con la tortilla ya hecha. ¿No es la vida ese baturrillo? Hacer, deshacer, tantear, reemplazar, eludir… mientras sale lo que sale. Éxito y fracaso no existen. Pasado y futuro tampoco. Uno es. Azar. Circunstancias. Decisiones inconscientes. Viajecitos cortos. Dígame. Dígame cuántas paradas le quedan a usted.

En la orilla: contemplar brumas desde el filo del abismo. Párrafos que con gusto hubiera subrayado. Sé que no es el camino. En la orilla, como en casi todas partes, continúa todo igual. 

18 de noviembre de 2014

A. Kristof: La analfabeta

Agota Kristof: La analfabeta.
Ediciones Obelisco. Traducción de Juli Peradejordi.

Once recortes vitales, once textos. Agota Kristof (1935-2011) nació en Hungría, emigró a Suiza y escribió en francés. Fue autora, entre otras obras, de las novelas Claus y Lucas (El gran cuaderno, La prueba, La tercera mentira) y Ayer


(EXTRACTOS Y MICROCAVILACIONES)

E1. «Así es como, a la edad de veintiún años, me enfrento a una lengua desconocida para mí. Empieza mi lucha para conquistar esa lengua, una lucha larga y encarnizada que durará toda mi vida. Por eso digo que la lengua francesa es una lengua enemiga. Pero hay otra razón, y es la más grave: esta lengua está matando a mi lengua materna». (En ‘Lengua materna y lenguas enemigas’).

MC1: Hablar una lengua extranjera es caminar de puntillas: avanzar lento, cansarte rápido, por todas partes terreno escarpado, constantes peligros. También: ver flaquear tus otras lenguas. Pero a la vez: procesos mágicos, transformaciones valiosas, chispas en el cerebro.

E2. «Presté (de Thomas Bernhard) a muchos amigos diciéndoles que nunca me había reído tanto leyendo un libro. Me lo devolvieron sin acabarlo de tan “desmoralizadora” como les parecía esta literatura. Es cierto que su contenido es terrible, pues este “sí” es ciertamente un “sí” a la muerte y, por lo tanto, un “no” a la vida. (En ‘La muerte de Stalin’).

MC2. Nada muere porque todo está muerto, porque todo está vivo.

E3. «¿Cómo habría sido mi vida si no hubiera dejado mi país? Más dura, más pobre, pero también menos solitaria, menos rota; quizá feliz. De lo que sí estoy segura es de que hubiera escrito lo que fuera en cualquier lengua». (En ‘Personas desterradas’).

MC3. Avistar el pasado desde el presente: inane tarea. El futuro jamás se parece a lo imaginado. Hacia delante como hacia atrás: falla toda intuición, cualquier hipótesis, cualquier certeza.

E4. «Empieza el desierto. Jornadas de trabajo tristes, veladas silenciosas, vida solidificada, sin cambios, sin sorpresas. ¿Cómo explicarles, sin ofenderles, que su bello país no es más que un desierto para nosotros, un desierto que hemos atravesado para llegar a lo que se llama “integración”, “asimilación”?». (En ‘El desierto’).

MC4. Antes: cafés, cumpleaños, reuniones sociales. Lo que mis ojos veían: frustraciones, paripé, envidias, vidas vacías de inmigrantes. Ahora, lejos de todo ello: vida más auténtica, con menos lastres. La felicidad. Ah, la felicidad. Pinto un smiley.

E5. «Uno se hace escritor escribiendo con paciencia y obstinación, sin perder nunca la fe en lo que se escribe». (Sobre la gestación de El gran cuaderno, en ‘Cómo hacerse escritor’).

MC5. Si la fe mordiera solo a quienes gozan de talento… Pero prende en todo bicho, y se afianza tozuda entre los incapaces.

E6. «Cinco años después de haber llegado a Suiza, hablo francés, pero no lo leo. No sé cómo he podido vivir sin leer durante cinco años. (En ‘La analfabeta’).

MC6. Binomios perversos. No leer = No escribir. Vivir sin leer = Vivir en el destierro. Arrojada ahí fuera, lejos, a una vida humana, superficial, mediocre y deshonesta. 

Agota Kristof: el tramo triste y encogido de mi yo.

10 de noviembre de 2014

A. García-Villalba: Esquizorrealismo

Alfonso García-Villalba: Esquizorrealismo.
E.d.a. libros. Colección Los días terrestres.
Vivo sometida al maltrato de las interrupciones —no soy la única—, esa bullshit tan cool del multitasking. Sólo. Sé. Que hoy: me espeta el cansancio y estoy hecha un guiñapo.

Alguien soltó por ahí: «Reseñar Esquizorrealismo = explicar racionalmente tu propia locura». Puede que fuera yo. (O no. O sí. O no. El agotamiento descuartiza la memoria).

Tiro (en la nuca) de diccionario:

Esquizofrenia. Enf. mentales caracterizadas por una disociación específica de las funciones psíquicas; en casos graves, demencia incurable

RealismoForma de presentar las cosas tal como son, sin suavizarlas ni exagerarlas.

«Ese es el eje sobre el que se vertebra el esquizorrealismo: realismo paralelo, borroso y gravitatorio, perforación de la psique a partir de la palabra». Cita. Tomada. De. 'Matsuri', séptimo de los nueve relatos agazapados en Esquizorrealismo, tras fabulosa ilustración de Gilles Vranckx.

En el botiquín: melatonina, ibuprofeno, paracetamol, clemastina, betadine, alcohol 70º, bactrobán, terbinafina, vaselina, vicks vaporub, tiritas, esparadrapo, sudocrem. Clavijas desajustadas, remedios que no curan los gritos de infancia. Déjame. Cállate. Diré que prefiero el imperativo esdrújulo rioplatense. Dejame. Callate. Quién.

Mujer ante el espejo, Picasso.
Prosa provocadora, voz poliédrica y cerebral, frases liberadas de todo lo que sobra. Descripciones radiográficas, brevedad recoge-identidades-apaleadas. El pensamiento, ¿no es una alucinación cotidiana? El instinto y el invencible inconsciente. Mundos llenos de fisuras. Visualidad. Irracionalidad. Influencias cinematográficas. Lo onírico no son fantasmas; son uñas mal cortadas.

¿Habrá razones demográficas para la banalización de la existencia? Como especie, nuestra conservación ya no peligra tanto ante la muerte. Somos miles de millones. Qué hay de malo en regocijarse en la superficialidad, en perder un poco el tiempo.   

Me alegro de haber llegado a Esquizorrealismo«Otro rodeo en nuestro viaje camino de ninguna parte»*.

* Cita de Barry Gifford. En: 'Teoría y mambo del amor brutal' (relato quinto).

1 de noviembre de 2014

M. Sanz: No tan incendiario

Marta Sanz: No tan incendiario.
Periférica. Colección «Pequeños tratados».


«Aquí no hay vocación de transparencia. Ni de limpieza. Ni de claridad. Este texto aspira a manchar de tinta las manos que lo agarren».

Todos mis libros los compro en papel. Al inicio de No tan incendiario se me escapa un THIS IS GREAT, y mi lápiz no deja de moverse hasta el final del ensayo. Notas, subrayados, asteriscos, exclamaciones, corchetes. La obra queda hecha una EME. No miro el móvil, no abro el ordenador, aguanto las ganas de ir al lavabo. Me acuesto con los ojos rojos y pocas horas de sueño por delante. Leer vampiriza y roba la salud. Así estamos.

No tan incendiario salpica, ensucia, echa la bronca.

Se manifiesta…
1. Contra la pasividad y la inacción. Contra la cultura como relleno del ocio.
2. Contra los escritores faltos de realidades y demasiada literatura a sus hombros.
3. Contra «la estética de la ternura» y de la cursilería.
4. Contra el espanto de necesitar un público y «ser acogido en el seno del mercado».
5. Contra el estilo «anoréxico».
6. Contra la cultura como herramienta de «pacificación social».
7. Contra una sociedad cada vez más infantilizada en la que la cultura es un placebo. 
8. Contra la consigna de «No molestar».
9. Contra la «efigie del escritor dubitativo» que solo se interroga«Lo inabarcable, la falsa modestia, el ruido y las brumas, asumen un imaginario cada vez más gastado».

Propone…
1. Dar un portazo a la banalidad, el pensamiento crítico frente al entretenimiento. 
2. La cultura como «herramienta para ver, pensar y actuar de otra manera».
3. Lectores dispuestos a entender fuera del radio de «sensibilidad mayoritaria».
4. Renovar lenguajes y géneros para abarcar una realidad más compleja.
5. Escribir la «china en el zapato», «textos que duelan».
6. Atreverse a aseverar y a dar respuestas.
7. Escribir con el máximo rigor como acto «de resistencia».
8. «La literatura como forma de conciencia y como capacidad de nombrar e intervenir en el mundo»; como «posicionamiento ético y, a menudo, también político».

Porque…
1. «Las revoluciones tienen que ver más con el ejercicio de la racionalidad que con el de la víscera».
2. «El mundo ha cambiado, pero no tanto como nos quieren hacer creer».

No tan incendiario está envuelto en color canela y atestiguo que canela en rama es. Se mastica con un buen dolor de muelas, avanza en nosotros y hace de las suyas. 

Bien. De eso se trata.

23 de octubre de 2014

F. Werfel: Una letra femenina azul pálido

Franz Werfel: Una letra femenina azul pálido.
Compactos Anagrama. Traducción de Juan José del Solar.

Primero me levanto tarde, a las 07.38, sin oír el despertador. Después me estreno en la Autobahn alemana y conduzco hasta Hannover tocada por un placer oscuro: la caída de los límites de velocidad. La caída de Camus va en el maletero. [Tiempo atrás, la caída nietzscheana dolió].

El copiloto me releva y quedo libre para (re)leer Una letra femenina azul pálido, largo título de Franz Werfel, marido de Mahler, Alma, coetáneo de Brod y Kafka y perteneciente, como ellos, a la comunidad judía de habla alemana de Praga, ciudad que espero pisar en unas horas.

Me pregunto qué hallaré en esta obra leída hace dieciséis años. No hay destino pero sí cúmulos de casualidades. Ya no me siento junto a quien entonces amaba. Anoto rápido sobre una hoja suelta: «Superposición frente a sustitución. Sustituciones: asesinatos artificiales de la vida y la memoria, asfixiantes, represivas. Superposiciones: problemáticas convivencias forzosas, puertas semicerradas, dolor/amor permanente. Existir: logro imperfecto».

Otoño de 1936. Leónidas, alto funcionario vienés, recibe, en la cima de su bienestar y de su éxito, una carta de Vera, antigua amante con quien —así parece tratar de convencerse— vivió un lance significativo. El recuerdo de su desliz matrimonial y, en especial, el cálculo de sus posibles consecuencias, perturba su sueño perfecto y redondo «en su gran cama de estilo francés». Leónidas, de origen humilde, se había salvado del abismo «por obra de la inescrutable injusticia».

En una sola jornada se resuelve la trama: su cobardía acomodaticia, el hijo, el nazismo. «Sabe que ese día le llegó una oferta de salvación, articulada a media voz como todas las ofertas de este tipo. Sabe que no se mostró digno de ella. Y sabe también que jamás le será presentada una nueva».

Una pequeña novela rojo intenso.

15 de octubre de 2014

Andanzas: Franz Werfel y K


Werfel, camino de Viena, pasa unos días en Praga, su ciudad natal. Corre el año diecisiete. Queda una tarde con K, que ocupa temporalmente esta vivienda. No se ven desde 1912. Por desgracia K le notifica en un wasap que no saldrá del AUVA hasta las 18.00 horas. Son las cinco y media. Ante la tragedia de no tener consigo libro alguno, Werfel, aburrido, se toma un selfi.



6 de octubre de 2014

H. G. Navarro: Los últimos percances & El pez volador

Hipólito G. Navarro: Los últimos percances & El pez volador.
Seix Barral y Páginas de Espuma (edición de Javier Sáez de Ibarra), respectivamente.

¿Empiezo con un párrafo que contenga meramente preguntas en homenaje a uno de los grandes cuentos de estos volúmenes, ese que lleva por título "¿El tren para Irún, por favor?"? ¿No supondrá una imitación exangüe y descolorida? ¿No terminaré multiplicando el primer interrogante por equis o zeta (evitando el 1 y el 0) y convirtiéndolo en una ristra excesiva de preguntas? ¿Suena lúcido decir «leyendo estos relatos no me como las uñas sino las venas»? ¿A quién le importa qué es un libro o lo que quiere decir? ¿Un libro es lo que parece? ¿Un libro es lo que significa? ¿Un libro es, lo parece, o sólo significa?

Bien. Comencemos de una vez, seamos serios. Reconozcamos que nunca sabemos cómo decir lo que queremos decir, que este segundo párrafo también se inicia en blanco y el blanco nos lleva palabra a palabra al punto final que no es final sino flotante. Muerte: hundimiento del punto flotante. De momento: punto y seguido. Mientras tanto, atragantada de venas, avanzo en estas obras a 25 inusuales grados septiémbrados, a pesar de los cuales reconcentro el gesto y encojo la espalda, sacudo los hombros y me echo encima una rebeca, pues siento escalofríos, intensos, muchos, varios por cuento. 

El humor sostiene risas y penas y a su vez las penas nos hacen de perchero: qué pocos libros habría y qué sería de nosotros sin ellos/ellas. Y así, montada en la sorpresa y el humor, me invade un regusto a risa lejana, a nostalgia de un sur siempre vivido a cuentagotas: cada año un poco, un año, y otro año, y luego otro año, hasta que… hasta el hundimiento del punto flotante que indudablemente llega y se acabó, pum, todo acaba y se acabó.

Los relatos de G. Navarro no son un lindo escaparate de trucos de escritura. Desde su autenticidad iconoclasta atentan, a bocajarro, contra el régimen convencional. «¿Qué podemos decir de algo si no deja de moverse y transformarse? ¿Qué conocemos en realidad? Algo trágico nos circunda; ahora bien, ¿cabe alguna solución?», se pregunta Sáez de Ibarra en la introducción a El pez volador. Cuentos que requieren un lector crítico y atento, dispuesto a atrapar ese «pez volador» que, en su impredecible salto, acaricia por un instante los pelillos del pecho, la nariz o el entrecejo. Los pelillos del alma, si esta se enjabonara, igual que el cuerpo, en la bañera. 

Termino. Antes decíamos venas. Con ellas, por la noche, añadiendo tomate y carne picada, se prepara el avío. Acábense pronto los espaguetis, niños, que su madre quiere seguir leyendo.

28 de septiembre de 2014

M. Perezagua: Leche & Criaturas abisales

Marina Perezagua: Leche & Criaturas abisales.
Los libros del lince. Prólogo (Leche) de Ray Loriga.

Comienzo esta reseña mirando al agua, con cara de partido de waterpolo como cada sábado tarde. No voy a pararme a explicar el origen de esta afición… que ni siquiera es mía. Yo lo que quiero es escribir sobre Criaturas abisales y Leche, o sobre Leche y Criaturas abisales.

Perezagua practica el buceo a pulmón. Algunos la llaman sirena pero no estoy de acuerdo: su escritura embate como un kraken. Elegancia, contundencia, fluidez, imaginación, precisión y una inmensa inteligencia. Criaturas fascinantes en marcos minuciosamente alicatados. Relatos que arrastran hacia incómodas profundidades y dinamitan toda frontera y toda horma desde el latido de una vena reseca.

Para parir hay que vaciar los pulmones con el fin de no abrirse en canal, y así conviene hacer (me refiero a extraerse el aire) frente a estos veintiocho cuentos. El horror se nos clava en el mismísimo ano. La autora oxigena el metano antes de que este abandone nuestro cuerpo. De cada historia brota un lirismo visceral: el de la supervivencia.

Perezagua posee el don de los finales, sí, en la última página aguarda el palo maestro. Sin embargo, son relatos repletos de golpes colosales, de zarpazos que nos ponen firmes, ¡AR! Atención, ahí, la vida, sin tregua ni pausa, ¡AR! Ejercitemos esas tercas neuronas, zambullámonos a contemplar la carita fina y monstruosa de las cosas. Porque estamos excluidos del mundo y sin embargo aquí dentro.

Sobresale una conmovedora galería de personajes, originales y vivísimos todos ellos. La autora como genial ventrílocua. Nos habla y no nos habla. Nos mira y no nos mira. Selección (subjetiva) de favoritos: a) En Leche: ‘MioTauro’, enraizado en la tragedia griega, ‘Little Boy’, ‘El alga’, ‘Él’, ‘Leche’; b) En Criaturas abisales: ‘Fredo y la máquina’, ‘El rendido’, ‘El testamento’, ‘Desraíceme, por favor’, ‘La Impenetrable’.

Quien diga que todo está escrito, miente. Huracán Marina. ¿Aún no existe? Perezagua fecunda la literatura. Meteorólogos y traductores del mundo: ¿A qué esperan? Yo me entrego.

19 de septiembre de 2014

VV. AA.: Serial

VV. AA.: Serial. Antología poética sobre series de televisión.
El Gaviero Ediciones. Ilustraciones de Patri Tezanos. Prólogo de Luna Miguel.

«Si alguien me leyera el iris en ese instante
vería dentro del eclipse sin cegarse» (Doctor en Alaska. Ana Cibeira)

Llevo unos quince años sin ver televisión. El abandono consistió en dejar de hacer algo que encontraba de todo punto aburrido. Parecido a desprender con una uña un cachito de piel muerta. No duele ni te percatas de la pérdida.

De niña recuerdo ver anuncios, dibujos animados y películas de Tarzán. En la adolescencia seguí V, Fama y otros seriales de sobremesa. Más adelante, temporadas de Star Trek, Urgencias, Ally McBeal o Friends. Ay. Ese momento idílico de ver la tele en pareja. Prefiero una sesión (de amor, of course, de amor) bajo las sábanas. Cada cual es como es.

Serial reúne veintiún poemas inspirados en otras tantas series de televisión. Excepto por La casa de la pradera, me siento despojada de todo asidero. Me divierto adivinando de qué van o fueron estas series cuyo título es o fue ese desconocido mítico y perfecto. Y se produce un asombroso suceso: sin ver, siento y comprendo.

Destaco lo heterogéneo de estilos y enfoques, la calidad literaria, lo divertido y lo profundo de estos televidentes escritores. Creo que se han emancipado de los seriales de los que partieron. En realidad, (puaj, corrijo, no): la realidad no existe. Poesía, prosa, ficción, imágenes, mundos, lenguas, yoes y túes se confunden. En nuestro agujero negro-que-quién-sabe-si-es-negro-agujero. En las teclas de Elena, Layla, Raúl, María, Vanity, Berta y los demás telenautas.

Rebobino páginas durante horas. ¡Por fin! La tele en papel. Sé que puede sonar cursi: pero con El Gaviero me enciendo.

 (To be continued… or maybe not to be). 

10 de septiembre de 2014

P. Adón: Mente animal

Pilar Adón: Mente animal.
La Bella Varsovia.

«He visto algo grandioso e inexplicable y no por ello he cambiado».

Pilar Adón ha sido uno de los descubrimientos del verano. De ella he podido leer El mes más cruel (Impedimenta) y este glorioso poemario, Mente animal, en sublime edición de La Bella Varsovia.

Al corazón de esta obra habría que llamarlo páncreas, garganta, guijarro, quizás hígado. El perfeccionismo, imprescindible en el arte, posee un lado salvaje. Lo irracional es perfecto en sí mismo: no necesita de nuestros razonamientos. «Quedará lo que no tiene sentido ni razón ni fin». Animales, memoria, despojos, barro. Quedará el hueco abierto. «El humo asoma al cosmos desde las chimeneas y lo demás no se ve».

Cada libro corre una suerte. «Es difícil dejar de ver las cosas con ojos ajenos». Leo tumbada en silencio. Si me incorporo, el estruendo me golpea: el mar, la playa, las voces, un terrible viento. La cubierta de Laia Arqueros se vuelve salina y pringosa de crema.

Las olas esconden la muerte. Los erizos comen espejos.

1 de septiembre de 2014

L. Tolstói: Confesión

Lev Tolstói: Confesión.
Acantilado. Traducción de Marta Rebón.

Tras un verano marcado por la muerte y sus sicarios (enfermedad, vejez, la suerte y sus pestes), leer a Tolstói reconforta: no hay manera de alcanzar su paz de espíritu pero es fácil simpatizar con sus zozobras. La nada está ahí —aquí—, y fría o caliente nos espera.

«La verdad era que la vida es un absurdo. Delante de mí no había nada excepto mi ruina. Y esto aconteció en un momento en que estaba rodeado de lo que se considera la felicidad completa; cuando aún no cumplía cincuenta años». En el cénit de su vida (goza de salud, es un escritor respetado), Tolstói atraviesa una honda crisis de conciencia. Busca, con ahínco, desbaratar los «hilos sutiles de mentira» con los que está entretejida la verdad. Mentirse a uno mismo no tiene sentido y ninguna de las posturas (ignorancia, epicureísmo, suicidio o desencanto) observadas entre quienes lo rodean le satisfacen. La vida es una cripta envenenada, la muerte es la única verdad.

Confesión es el testimonio de un proceso honesto y doloroso de indagación personal. Un alegato contra el cinismo y la estupidez humana; contra la falta de pensamiento crítico y una moral basada en el qué dirán. ¿Qué es lo esencial y dónde se halla? Nadie sabe. Dictaduras. Dictar. Que los filósofos callen. Que todo el mundo busque. Que nadie dicte más.

Según la Teoría del Bing Bang, el universo tendría unos 14 mil millones de años, y se daría la paradoja de que podríamos viajar infinitamente en el espacio pero no en el tiempo. Cómo estar seguros. Los conceptos más elementales continúan revisándose: espacio, tiempo, energía, materia. Materia oscura. Energía oscura. Ilusión óptica. Multiversos. Puede que en otros 14 mil millones de años los conceptos nos piensen a nosotros en vez de nosotros a los conceptos.

«Quiero que lo inexplicable se me aparezca como una necesidad de mi razón —que no puede comprender nada fuera de sus exigencias—, y no como una obligación de creer», concluye Tolstói. 

Final de microcrítica. 

12 de julio de 2014

R. Valencia: Sonría a cámara

Roberto Valencia: Sonría a cámara.
Lengua de trapo.

NOTA PREVIA: Microcrítica en forma de entrevista ficcional. Con el consentimiento de Roberto Valencia.

1. Al leer sus relatos tuve la sensación de hallarme en el Teatro Griego del Parque Güell. Intuía una firme estructura bajo mis pies pero no conseguía visualizarla. Muéstreme la Sala Hipóstila, por favor. 
La estructura del libro es un tono: el de ese narrador en tercera persona que te empuja todo el tiempo y que miente y que da información superabundante. Igual que Google, vamos.

2. ¿De dónde vienen esas frases largas?
¿Por qué tanto estupor ante frases largas? No es la primera vez que me lo preguntan. Yo escribo así. Lo elijo. O no lo elijo.

3. La pornografía, ¿tiene futuro? 
Sobrevivirá a la mayoría de los libros. Pero me trae sin cuidado, la pornografía.

4. Algunas de sus historias contienen referencias ingenieriles. ¿Qué poso dejan las disciplinas aprendidas?
Una inercia para pensar según determinadas constricciones. En el caso de la ingeniería, el rigor, la utilidad (sic) y cierto manierismo bueno-malo que simplifica mucho la realidad (sic x 2).

5. Por favor, sonría a cámara. (¡Clic!)


6. Ya casi hemos terminado. ¿Alguna pregunta más?
Sí. ¿Cuándo se van a ir de mi casa?

3 de julio de 2014

S. Anderson: Muerte en el bosque

Sherwood Anderson: Muerte en el bosque.
Ediciones Traspiés. Traducción de Miguel Á. Martínez-Cabeza.

No soy filóloga. Mis lagunas literarias son enormes. Hago lo que puedo por paliarlas. Para subsanar ese vacío necesitaré muchos años. Es una pena grande pero procuro no pensar en lo pendiente. Aspiro a vivir/morir medio en paz.

Constato, por ejemplo, que hasta hace poco nunca había oído hablar de Sherwood Anderson. [La ignorancia: otro infinito]. Prolífico y aclamado autor norteamericano, amigo de Gertrude Stein, mentor de Faulkner, modelo generacional de Hemingway y Steinbeck. Y más. Cultivó todos los géneros pero sobresalió por sus relatos. Traspiés recoge en Muerte en el bosque trece de estas historias: cortas-magníficas-todas.

La primera da título al volumen y abre paso al universo lírico de Anderson. Resulta difícil referirse a este autor por su apellido en lugar de por su nombre de pila, idéntico al de tan legendario bosque inglés. Con un lenguaje pelado, sus historias culebrean entre ascuas y recovecos. Hay que acercarse a ellas despacio y de puntillas, asomarse sin hacer ruido. Muertes, relaciones familiares, naturaleza. Individuos perfilados por sus condiciones de vida; el amor como voz absurda; el misterio de la belleza.

Dicotomías varias barren sus relatos: campo/ciudad, hombres/mujeres, ricos/pobres. “Encuentro en el Sur” nos habla, además, de un joven William Faulkner. «Por razones de comodidad», en el cuento aparece como David. Anderson acababa de conocerlo en Nueva Orleáns. 

Creo en cualquier caso que, por mucho que yo diga, lo mejor es leer al autor. Dejo unas citas y me arrojo a leer a Faulkner. Mientras agonizo. (Y mientras termina este mundial).

«De joven, se había pasado todas las horas de todos los días dándole de comer a alguien. Caballos, vacas, cerdos, perros, hombres. Cuando empezó a parecer vieja —todavía no había cumplido los cuarenta— iba por la casa y el corral murmurando sola».
«Uno viene de la ciudad y como las colinas son verdes y el agua de los arroyos clara, piensa que la gente de las montañas tiene que ser en el fondo clara y dulce».
«Las personas así, que siempre han tenido dinero y una posición segura van por la vida seguras de sí mismas, sin miedo a nada».
«En cualquier momento nuestros familiares pueden hacernos cosas extrañas y dolorosas. Hay que vigilarlos».
«Había algo, un impulso vital destructivo, en todas las relaciones humanas».
«Imagino que todos los hombres y mujeres que tienen algo saben que podrían perderlo fácilmente».
«Estar solo no significa ir donde no hay gente. Significa estar donde todos son desconocidos».
«Las vidas están hechas de una reducida serie de situaciones que se repiten una y otra vez en los pueblos y ciudades de todos los países». 

27 de junio de 2014

A. M. Matute: Los niños tontos

Ana María Matute: Los niños tontos.
Ediciones Destino. Ilustraciones de José María Prim.

Me aburrían y me siguen aburriendo casi todos los cuentos infantiles. No comprendo el interés que pueden suscitar un gatito que habla, un príncipe a caballo, una princesa estúpida. Finales felices y predecibles, argumentos repetitivos, estereotipos perniciosos… El placer por la lectura llegó más tarde. Quién sabe cómo.

Son muchos los autores que convierten a niños, o a adultos en ciernes, en protagonistas de sus historias. Algunos parece que solo buscan lectores: la infancia conmueve. Otros, como Ana María Matute, lo hacen —lo hicieron— de modo justificado y pertinaz.

Los niños tontos: niños de todas clases, por todas partes, en veintiún relatos de una crueldad espeluznanteBreves como el soplar de velas frente a una tarta de cumpleaños. Angustiosos como una película de terror.

Hoy, una noche cualquiera, leo para mis hijos tres o cuatro de estas historias. Mañana morirá su autora (pero yo todavía no lo sé).

«Mamá, qué cuentos tan tristes».

Silencio. Pausa. [(…)].

«Léenos otro».  


* Para Yelko H-R. No tonto.