31 de enero de 2014

N. Krauss: La historia del amor

Nicole Krauss: La historia del amor.
Salamandra. Traducción de Ana María de la Fuente.

«Cuando escriban mi necrológica. Mañana. O pasado. Pondrán: “Leo Gursky ha muerto. Deja un apartamento lleno de mierda”».

Son las primeras líneas de La historia del amor, publicada en 2006, un annus horribilis  en el que leí un único libro. Encerrada. En un coche. En un campin. En Francia. Dónde en Francia: no sé. Lo que sí sé: aquel libro no fue La historia del amor.

Más adelante, el protagonista imagina otro epitafio: «Leo Gursky: buscaba una explicación». Esta novela va de eso: búsquedas, encuentros, literatura, descubrimientos. Historias dentro de más historias. Piezas traspasadas por comicidad y tragedias que se deslizan como placas tectónicas, en una estructura que demanda leer con atención.

Tal vez no haya más acertada forma de retratar el amor, ese ¿hecho? ¿materia? ¿concepto? fragmentario, más denso que el iridio y tan inaprensible como... una sandía en invierno.

«Una puerta, y otra, y otra, y otra, y otra y otra se abrieron. La gente se hizo adicta al sentimiento. Y entonces, por millonésima vez en la historia, el corazón se eleva y absorbe el impacto».  

26 de enero de 2014

J. D. Salinger: Nueve cuentos

J. D. Salinger: Nueve cuentos
Alianza Editorial. Traducción de Elena Rius.

Salinger (1919) publica sus Nueve cuentos en 1953, tras irrumpir por la puerta grande con El guardián entre el centeno. Ese mismo año abandona Nueva York y se instala en el diminuto pueblo de Cornish, New Hampshire. Ansiaba la fama, pero ahora detesta sus consecuencias. Entre 1953 y 1965 salen a la luz cinco novelas cortas. Luego y hasta el momento de su muerte (2010): reserva, silencio.

Las historias comparten elementos: el tabaco, la Segunda Guerra (en la que Salinger participó), adultos perturbados y niños de mente portentosa. Destaco como piezas maestras “Para Esmé, con amor y sordidez” y “Teddy”, sin olvidar “El hombre que ríe” o “Linda boquita y verdes mis ojos”.

Los diálogos construyen a los personajes y por ellos se desliza el álter ego del autor. Como el soldado de “Esmé…”, Salinger también pasa por un hospital psiquiátrico; como el chico con nombre de oso, Salinger también practica la meditación y el budismo zen.

Salinger defiende su retiro del barullo civilizado durante cinco décadas. Puede que, como afirma Teddy, haya que desembarazarse de toda lógica, no buscar explicaciones, aceptar su desaparición y autodestierro.

Tremendo Salinger. Abatido por mucho, tras su muerte, revive. 

19 de enero de 2014

L. Foschini: El abrigo de Proust

Lorenza Foschini: El abrigo de Proust.
Impedimenta. Traducción y postfacio de Hugo Beccacece.

El frío es una dolencia incurable que empeora con el tiempo. Proust, donante de esperma de la literatura moderna y friolero congénito, se cobijaba bajo un abrigo oscuro forrado de piel de nutria. Temblaba a todas horas y convirtió esta prenda en su segundo pellejo: allá donde estuviera, el abrigo lo arropaba.

Lorenza Foschini (periodista, escritora y traductora italiana) recoge por azar la pista de un tal Jacques Guérin, famoso perfumista poseído por un gran amor a la literatura y un afán coleccionista desbocado. Él y sus pesquisas para atrapar el abrigo de Proust son los protagonistas de una inusitada intriga literaria.

Resulta maravilloso revivir a Proust a través de sus objetos. Saber, por ejemplo, que sus plastrones de seda eran de un rosa cremoso perseguido durante mucho tiempo. ¿No contiene esta obra la herencia proustiana más profunda? Un abrigo convertido en fetiche y bucle melancólico, como su magdalena. Y a la vez, ¿no traiciona precisamente lo que Proust se empeñó en demostrar: que las menudencias privadas nada dicen del valor de la obra del artista, pues esta se asienta en su «yo profundo»?

El debate queda abierto, pero este libro no es biografía sino crónica: la de la persecución y el hallazgo de un abrigo que actualmente yace en los fondos del Museo Carnavelet (París).

12 de enero de 2014

M. Á. Hernández-Navarro: Cuaderno [...] duelo

Miguel Á. Hernández-Navarro: Cuaderno […] duelo.
Nausícaä. Colección La rosa profunda.

Miguel Á. Hernández-Navarro, o Miguel Ángel Hernández, se encaramó al podio del reconocimiento literario con Intento de escapada (Anagrama, 2013) pero ya contaba con varias obras en su haber.

Cuaderno […] duelo es una de ellas: cuatro textos en torno a la pérdida (de la madre, de la memoria, del padre, del origen) unidos por el anhelo de formular el dolor. «El duelo es una batalla entre el sentir y las palabras», afirma. «Las huestes del lenguaje siempre serán mermadas por el terrorismo de la experiencia».

Hernández escribe en frases cortas, a estocadas y golpes lentos de daga, secretando dudas y fantasmas. Para asegurarse el buen paso utiliza la primera, la tercera y la segunda persona, un recurso que desde mi punto de vista ayuda eficazmente a atrapar el espesor inabarcable del dolor.

Cada texto parece tener su conclusión. La literatura es inseparable de la vida. Escribimos porque sentimos la muerte —el olvido— olisqueándonos los talones, aunque todo esté dicho y la libertad sea un ramplón espejismo.

«Malditos los artistas, que nos arrebatan el mundo». Malditas las editoriales grandes, que estropearían obras como esta: con su corte superior oblicuo y el encanto de algunas erratas, es una publicación de valor.

3 de enero de 2014

J. Mansour: Islas flotantes

Joyce Mansour: Islas flotantes.
Periférica. Traducción y postfacio de Antonio Ansón.

Sé que llovieron reseñas hace un año: esta obra, sin duda, las merece. Asumo el riesgo de repetir lo expresado por otros. Estrategia: condensar. Como Mansour, que habla de cáncer (=«el hijo de la pesadilla»), sexo, hospitales y muerte en pocas páginas.

La vejez: obsceno absceso.
Un hospital: locura segura.
La enfermedad: ocaso anticipado, carne infecta.
El cuerpo: nuestro periplo completo.
El sexo: Eros contra Tánatos. Última afirmación personal, terminal conato de supervivencia.

Mansour convierte lo sórdido en fluido expansivo. Estamos solos. Lo innombrable existe. Aquí: nuestro cuerpo. Escuchemos el silencio.