27 de abril de 2014

A. Kristof: Ayer

Agota Kristof: Ayer.
Edhasa. Traducción de Manuel Pereira.

«Era el camino de los que han dejado su casa, su país. A ambos lados se extendían inmensos campos cenagosos».

Hoy engullo Ayer con la certeza de no haber dado con literatura como la de Kristof en toda mi vida. Aunque cómo saber si esto es verdad o mentira.

Leo, releo, respiro, me desbasto. Incisiones invisibles van cortando piernas, brazos. Marcas carentes de evidencias. Señales con forma de garabato.

Mi ejemplar de Ayer es una primera edición de 1998. La cubierta, el dibujo infantiloide de una maleta. Cargada poco después, desde Hendaya, en tren, hacia un dormitorio común de literas superpuestas.

Tobías muere en un país extranjero. De día taladra piezas en una fábrica de relojes. Prisión o fábrica, le da lo mismo: «todo el horror de la vida me estalla en la cara». De noche, escribe. «Es convirtiéndose en un don nadie como se puede ser escritor».

En medio de ese vacío, se reencuentra con Lina, su gran y viejo amor. A partir de entonces, su vida puede resumirse en dos frases: «Lina vino y luego se volvió a ir». 

La verdad: «Un inmenso calor me invade y eyaculo, apretado contra Lina».
El presente: «Unas veces, nieva. Otras, llueve. Porque las cosas viven en mí y no en el tiempo. Y, en mí, todo es presente».
Final: «Pienso que la escritura me destruirá. Sigo trabajando en la fábrica de relojes. Ya no escribo».

20 de abril de 2014

F. Aramburu: Ávidas pretensiones

Fernando Aramburu: Ávidas pretensiones.
Seix Barral. Premio Biblioteca Breve 2014. 

Salto a Ávidas pretensiones desde La gran Marivián, esa mezcla de Marilyn Monroe y Edith Piaf cuyo perfume también me tuvo trastornada.

Cual pececillo pues, repito chapuzón en las Piscinas Aramburu. Lo que escribe este hombre me interesa: crecimos en ciudades próximas, habitamos países vecinos, tiene la nariz clavada a la de un tío mío.

Fin de semana de primavera rural junto a la urbe. Una treintena de poetas canta a coro en un convento. Orfeón armonizado, letras mordaces, partitura generosa en hilarantes estridencias. Palabras nuevas en picante chisporroteo lingüístico: lazarear, analgarse, jajajear, marihuanil. Dominio técnico y habilísimo manejo de los tiempos.

La elevación literario-espiritual de la «poetada» queda en agua de borrajas. Lo amoril, por mucha poesía que lleve de aderezo, es ante todo pulsión genital, ansia libidinosa, furores del animalito que llevamos dentro.

Aramburu es cerveza de abadía. Franziskaner Dunkel. La Trappe Tripel. (De vinos no sé). Narra como quien no quiere la cosa (¿talento y soltura unidos tras décadas de oficio?), pero erige historias con solidez de pirámide egipcia.

Clausuro —espinosamente— de un modo hortera y ridículo (de perdidos, al río): pirueta jubilosa, lanzamiento de txapela, palmoteo sonoro y, tulipán en mano, rotundo olé.

Larga vida al maestro. Esta obra es una fiesta.

* Para P. Martínez, que me regaló (y también leyó) este libro.

13 de abril de 2014

P. Fitzgerald: La flor azul

Penelope Fitzgerald: La flor azul.
Impedimenta. Traducción de Fernando Borrajo. Postfacio de Terence Dooley.

Es mi primera obra de Fitzgerald, otra autora tardía: (comenzó a publicar a los cincuenta y ocho años). La vida doméstica —acaso— dilata los tiempos y entorpece el devenir de la escritura. Trabajar en compañía de interrupciones ajenas es un infierno del que poco se extrae. A lo más, frustración e impaciencia.

Fitzgerald levanta en La flor azul una biografía inusual, en la que el protagonismo del poeta romántico Novalis, personaje central, se funde con el de los caracteres que lo rodean.

Prosa ágil y directa, zigzags narrativos y un aparente barullo argumental sustentan el relato. «Cada capítulo encarna una emoción, un pequeño drama humano irrepetible», en un conjunto sabiamente compuesto. Detalles cotidianos rocían el libro, así como vocablos alemanes no traducidos. Palabras cuyo significado he buscado y ahora sé: Gutshof, Rausch, Zwieback, Pfuscherei.

Concluyo La flor azul mientras la primavera explota sobre mi cabeza. He podido contagiarme de cierta hiperestimulación sensorial, pues siento que abandonar lo hermoso duele. No tengo hambre y cierro la novela; pero solo me falta comérmela.

6 de abril de 2014

L. Tolstói: Contra aquellos que nos gobiernan

Lev Tolstói: Contra aquellos que nos gobiernan.
Errata naturae. Traducción de Aníbal Peña.

La superlativa obra de Tolstói está marcada por sus evoluciones vitales. No es fácil advertir que el autor de La felicidad conyugal es el mismo de El diablo o La sonata a Kreutzer. Del mismo modo, no es fácil concebir a un noble ruso convertido en un asceta.

Estamos en 1900. Tolstói tiene 72 años y vive en su Yásnaia Poliana natal, adonde ha regresado azotado por severas crisis de conciencia que lo conducen a vivir de acuerdo a sus principios conquistados: el vegetarianismo y la vida en la naturaleza, la renuncia al lujo, el trabajo en comunidad, el anarquismo político y espiritual y la no violencia. En este entorno rural trabaja como zapatero y funda una escuela para los hijos del campesinado donde, entre otras cosas, es profesor —al aire libre— de gimnasia.

Contra aquellos que nos gobiernan es un alegato, en el marco de la producción fabril e industrial, contra la explotación de la humanidad por parte de una minoría privilegiada. La esclavitud continúa: «No se inutiliza un instrumento de servidumbre hasta que no hay otro preparado». Para seguir procurándose comodidades, la minoría dominante impone a sus semejantes condiciones de vida asesinas. El orden social, apoyado en la violencia organizada, sirve a los intereses de unos pocos.

Tolstói anticipa la multiplicación de las necesidades superfluas y el consiguiente saqueo del planeta. «Llegan al poder siempre aquellos con menor integridad moral y los más desprovistos de valores éticos». Según él, debería imperar el bien común, una existencia conforme a las leyes de la conciencia.

Durante sus últimos años, mantiene correspondencia con Gandhi, cuya doctrina recoge la influencia de Tolstói.

Llamémosle revolucionario, llamémosle gruñón. Contra aquellos que nos gobiernan podría (sub)titularse Contra lo que aceptamos como el orden de las cosas. Esto lo escribo en un país democrático que en 2014 mantiene y venera a sus monarcas. El próximo 27 de abril (fiesta nacional) se vestirá de naranja y celebrará el cumpleaños de su rey, previo desfile multitudinario.

Prefiero celebrar a Tolstói. Hipiripí, hurra.