27 de mayo de 2014

E. Hilsenrath: Fuck America

Edgar Hilsenrath: Fuck America.
Errata naturae. Traducción de Iván de los Ríos.

«En Europa tuvo lugar una completa emigración de pueblos. Nada especial».
Nacemos y aquí estamos, en «el matadero al que llamamos “La Tierra”».

Algunas microcríticas se maceran lento y otras se expectoran como denso escupitajo.

Hilsenrath nació en Leipzig (como Leibniz, como Wagner), e igual que Jakob Bronsky —el protagonista de Fuck Am… que escribe en Nueva York su novela EL PAJILLERO—, sobrevivió al holocausto. Llegó a los Estados Unidos en 1951. No todos los testigos de la Segunda Guerra Mundial han desaparecido. Hoy reside en Berlín.

«Noviembre de 1938. Estimado Cónsul General: Ayer comenzaron a arder nuestras sinagogas. Los nazis han demolido mi negocio, vaciado mi escritorio, expulsado a mis hijos del colegio, prendido fuego a mi casa, violado a mi mujer, confiscado mis bienes y bloqueado mi cuenta bancaria. Es necesario que salgamos del país. La situación empeora por momentos. ¿Podría usted conseguirnos visados de residencia en los Estados Unidos de América en el plazo máximo de tres días? Le saluda atentamente, Nathan Bronsky».

Leer a Hilsenrath paraliza. Remoja el texto en sarcasmo y teje dispares realidades (como en Agota Kristof). La experiencia del horror no se relata hasta el final. Al principio, nos deja ver América, ese lugar de inalcanzables mujeres donde «se triunfa sin escrúpulos y se cree en el buen Dios».

A finales del siglo pasado, en un pueblo al sur de Suecia, una mujer joven transformaba el jardín de su casa en un enorme huerto. ¿Para qué?, pregunté. Para poder comer en caso de guerra. En estos tiempos de crisis, radicalización de posturas y mayoritaria abstención/indiferencia, ¿no se escuchan ya, al fondo, tambores bélicos? La historia es un accidente de aviación tras otro: normalidad hasta que es demasiado tarde, incredulidad hasta que estalla la tragedia

«He aceptado el trabajo. Me he dicho: ¡Bronsky! Tres semanas es mucho tiempo. Pero tienes que aguantar. Vas a ahorrar un huevo. Y después podrás volver a escribir en paz».

Tengo conmigo (sin leer) otra obra de Hilsenrath, El nazi y el peluquero. Me pregunto si las preocupaciones banales (escribir, comer, gozar de un poco de sexo) sonarán de la misma manera.

18 de mayo de 2014

R. J. Sender: La tesis de Nancy

Ramón J. Sender: La tesis de Nancy.
Casals. Edición de Francisco Troya y Pilar Úcar.

Leer a Ramón J. Sender es penetrar en el hogar de un viejo (des)conocido de ascensor. El promotor de semejante cita fue Gonzalo Fernández, traductor y amigo en cuyo criterio confío. Que si recuperar el uso en desuso de nuestra lengua. Que si la literatura. Que si una tertulia en español. Dónde encontrar gente: el gran problema. Mi vida a lo leche condensada (trabajo, pareja, hijos, libros) y mi recelo de los grupos no brindan gran ayuda. Y sin embargo, aquí estamos: cuatro traductores, una historiadora, un doctor en matemáticas y la que teclea esta entrada. Triturando a siete bandas, con compromiso a largo plazo, literatura en español.

Perteneciente a una familia «de honda raigambre aragonesa», Ramón J. Sender (1901) fue un «escritor a contrapelo», fecundo y ácrata como pocos. En 1939 se exilió a México y luego a Estados Unidos. Trabajó en la universidad de Alburquerque y de Los Ángeles. Desde EE UU publicó la mayor parte de su obra, incluida esa pieza de oro escrita en una semana, Réquiem por un campesino español Allí murió en 1982.

La tesis de Nancy (1962), novela de género epistolar, narra el año de investigaciones de una joven estadounidense en Sevilla. Prepara su doctorado en una disciplina de recia solera, gitanería. De gran ayuda le resulta Curro, su novio calé. La actitud curiosa, inocente y pragmática de Nancy dará pie a un cúmulo de situaciones desternillantes.

Supongo que el asombro ante un país extranjero es inevitable y, por ende, un hecho bastante universal. A menudo esta mirada capta lo que los autóctonos no ven. Y de esta excusa se vale Sender para plasmar la riqueza inmensa de un idioma, que resume una cultura entera y otro modo extraño —como todos— de relacionarse con el mundo.

Me topo con un aluvión de vocablos/expresiones de mis abuelos paternos. Desde la dureza del castellano pamplonés —tan hiriente, tan parco, tan seco— llegar a Huelva/Sevilla era pisar un vergel. Nos relataban. Hacíamos los mandaos. Comíamos peros. Jugábamos en el doblao. Niña, qué esaboría. Niña, guarrería joía. Gozo y río mientras leo, sí, aunque a ratos me invade un anhelo pesaroso: cuánto español voy perdiendo, cuánto español reconozco pero no utilizo ya.

Entre los tertulianos, la novela no genera aplausos. Lo que aplauden es que el viaje y la ingenuidad de Nancy lleguen a término. Pero qué grande Sender, pienso, capaz de guisar, escanciar, adobar, hornear y licuar cualquier tema, en cualquier estilo, con el virtuosismo de un experto chef. Lo siento menos forastero que antes. Espero encontrármelo de nuevo en el ascensor que no tengo.

11 de mayo de 2014

M. Olschki: Oh, América & Una postal de 1939

Marcella Olschki: Oh, América & Una postal de 1939.
Periférica. Traducción de Francisco de Julio Carrobles.

La vida como haz de recuerdos y olvidar como ese verbo de conspicuo futuro. M. Olschki: abogada, periodista, diseñadora de moda... Wikipedia la resume en siete líneas. Su legado literario: Una postal de 1939 y Oh, América, publicadas en 1954 y 1996, respectivamente.

De padre judío y familia sólida, experimenta en carne propia el fascismo antisemita de la Italia de preguerra. Su juventud le exige «su derecho a la vida» y ella abraza con entusiasmo el presente. Una triza de locura cruza estas páginas sin que la autora caiga en frivolidades o ternezas cargantes. «¡Qué insoportable es la persona feliz!», decía Dostoyevski.  

En 1946 llega a EEUU, país que estudia con mirada crítica e indagadora. Su última impresión del mismo es Hawái, adonde «hoy vas a ver un cúmulo de rascacielos y horripilantes masas de turistas».  

Ambas obras se organizan en capítulos/anecdotarios breves. Ofrecen un vívido autorretrato de Olschki al tiempo que el fresco de ciertos lugares y cierta época. Cargados de optimismo y fuerza vital, estos textos sonríen. 

No es poco.

4 de mayo de 2014

F. Dostoyevski: El eterno marido

Fiódor Dostoyevski: El eterno marido.
Alianza. Traducción y nota preliminar de Juan López-Morillas.

Pavlovich, eterno marido, se embauca en la aventura de conocer a los amantes de su esposa muerta. A la par, intenta volver a casarse, por supuesto. Entre los amantes busca (y encuentra) a Velchanímov, padre de la criatura que Pavlovich, hasta recién, había creído su propia hija.

No importa de qué nos hable Dostoyevski. Con cualquier argumento desmenuza lo que somos y extrae nuestras infectas notas básicas. La verdad se envuelve en pliegues hondos. Lo sencillo no existe, ningún sentimiento es nunca completo. Todos albergamos contradicciones de conciencia.

«El monstruo más monstruoso es el monstruo de nobles sentimientos». El eterno marido luce, frente al imperfecto Vechanímov, como un risible papanatas. Un borrachín de buenas —y en la práctica fatales— intenciones. Pavlovich es, ante todo, un estado civil. Un don nadie, un tontorrón. 

La historia transcurre durante las noches blancas de Petersburgo. Escrita en 1870, tras El idiota, es una obra del periodo de «plena madurez» de Dostoyevski.