23 de octubre de 2014

F. Werfel: Una letra femenina azul pálido

Franz Werfel: Una letra femenina azul pálido.
Compactos Anagrama. Traducción de Juan José del Solar.

Primero me levanto tarde, a las 07.38, sin oír el despertador. Después me estreno en la Autobahn alemana y conduzco hasta Hannover tocada por un placer oscuro: la caída de los límites de velocidad. La caída de Camus va en el maletero. [Tiempo atrás, la caída nietzscheana dolió].

El copiloto me releva y quedo libre para (re)leer Una letra femenina azul pálido, largo título de Franz Werfel, marido de Mahler, Alma, coetáneo de Brod y Kafka y perteneciente, como ellos, a la comunidad judía de habla alemana de Praga, ciudad que espero pisar en unas horas.

Me pregunto qué hallaré en esta obra leída hace dieciséis años. No hay destino pero sí cúmulos de casualidades. Ya no me siento junto a quien entonces amaba. Anoto rápido sobre una hoja suelta: «Superposición frente a sustitución. Sustituciones: asesinatos artificiales de la vida y la memoria, asfixiantes, represivas. Superposiciones: problemáticas convivencias forzosas, puertas semicerradas, dolor/amor permanente. Existir: logro imperfecto».

Otoño de 1936. Leónidas, alto funcionario vienés, recibe, en la cima de su bienestar y de su éxito, una carta de Vera, antigua amante con quien —así parece tratar de convencerse— vivió un lance significativo. El recuerdo de su desliz matrimonial y, en especial, el cálculo de sus posibles consecuencias, perturba su sueño perfecto y redondo «en su gran cama de estilo francés». Leónidas, de origen humilde, se había salvado del abismo «por obra de la inescrutable injusticia».

En una sola jornada se resuelve la trama: su cobardía acomodaticia, el hijo, el nazismo. «Sabe que ese día le llegó una oferta de salvación, articulada a media voz como todas las ofertas de este tipo. Sabe que no se mostró digno de ella. Y sabe también que jamás le será presentada una nueva».

Una pequeña novela rojo intenso.

15 de octubre de 2014

Andanzas: Franz Werfel y K


Werfel, camino de Viena, pasa unos días en Praga, su ciudad natal. Corre el año diecisiete. Queda una tarde con K, que ocupa temporalmente esta vivienda. No se ven desde 1912. Por desgracia K le notifica en un wasap que no saldrá del AUVA hasta las 18.00 horas. Son las cinco y media. Ante la tragedia de no tener consigo libro alguno, Werfel, aburrido, se toma un selfi.



6 de octubre de 2014

H. G. Navarro: Los últimos percances & El pez volador

Hipólito G. Navarro: Los últimos percances & El pez volador.
Seix Barral y Páginas de Espuma (edición de Javier Sáez de Ibarra), respectivamente.

¿Empiezo con un párrafo que contenga meramente preguntas en homenaje a uno de los grandes cuentos de estos volúmenes, ese que lleva por título "¿El tren para Irún, por favor?"? ¿No supondrá una imitación exangüe y descolorida? ¿No terminaré multiplicando el primer interrogante por equis o zeta (evitando el 1 y el 0) y convirtiéndolo en una ristra excesiva de preguntas? ¿Suena lúcido decir «leyendo estos relatos no me como las uñas sino las venas»? ¿A quién le importa qué es un libro o lo que quiere decir? ¿Un libro es lo que parece? ¿Un libro es lo que significa? ¿Un libro es, lo parece, o sólo significa?

Bien. Comencemos de una vez, seamos serios. Reconozcamos que nunca sabemos cómo decir lo que queremos decir, que este segundo párrafo también se inicia en blanco y el blanco nos lleva palabra a palabra al punto final que no es final sino flotante. Muerte: hundimiento del punto flotante. De momento: punto y seguido. Mientras tanto, atragantada de venas, avanzo en estas obras a 25 inusuales grados septiémbrados, a pesar de los cuales reconcentro el gesto y encojo la espalda, sacudo los hombros y me echo encima una rebeca, pues siento escalofríos, intensos, muchos, varios por cuento. 

El humor sostiene risas y penas y a su vez las penas nos hacen de perchero: qué pocos libros habría y qué sería de nosotros sin ellos/ellas. Y así, montada en la sorpresa y el humor, me invade un regusto a risa lejana, a nostalgia de un sur siempre vivido a cuentagotas: cada año un poco, un año, y otro año, y luego otro año, hasta que… hasta el hundimiento del punto flotante que indudablemente llega y se acabó, pum, todo acaba y se acabó.

Los relatos de G. Navarro no son un lindo escaparate de trucos de escritura. Desde su autenticidad iconoclasta atentan, a bocajarro, contra el régimen convencional. «¿Qué podemos decir de algo si no deja de moverse y transformarse? ¿Qué conocemos en realidad? Algo trágico nos circunda; ahora bien, ¿cabe alguna solución?», se pregunta Sáez de Ibarra en la introducción a El pez volador. Cuentos que requieren un lector crítico y atento, dispuesto a atrapar ese «pez volador» que, en su impredecible salto, acaricia por un instante los pelillos del pecho, la nariz o el entrecejo. Los pelillos del alma, si esta se enjabonara, igual que el cuerpo, en la bañera. 

Termino. Antes decíamos venas. Con ellas, por la noche, añadiendo tomate y carne picada, se prepara el avío. Acábense pronto los espaguetis, niños, que su madre quiere seguir leyendo.