17 de septiembre de 2015

M. Jouhandeau: Tres crímenes rituales

Marcel Jouhandeau: Tres crímenes rituales.
Impedimenta. Traducción e introducción de Eduardo Berti.



«Si el objetivo profundo de la literatura es el conocimiento del ser humano, y si en ningún sitio esto puede estudiarse mejor que en una sala de audiencias, ¿no sería conveniente que la conformación de los jurados incluyera un escritor? Su presencia haría que todos a su alrededor tuviesen más cuidado».

Marcel Jouhandeau (1888-1979) fue un escritor francés que aprendió a observar el mundo desde la puerta de la carnicería de su padre. Complejo y contradictorio, se refería a sí mismo como una extraña mezcla de católico torturado y moralista libertino (sic). En su prolífica obra (aforismos, reflexiones, relatos, crónicas autobiográficas…) late un «misticismo aterrador». Recibió en vida el halago de Benjamin, Genet y Gide. Otros, por el contrario, lo tacharon de maldito, antisemita y traidor.

En Tres crímenes rituales, Jouhandeau reflexiona sobre tres célebres casos que conmovieron a la sociedad y prensa francesas de los años cincuenta: los amantes de Vendôme, el proceso Évenou-Deschamps y el crimen del cura de Uruffe. Sus cavilaciones, de extraordinaria penetración psicológica —y prosa bellísima—, dan cabida a la duda y a la compasión, a la vez que muestran sin apuro la crueldad y oscuridades de la naturaleza humana. «De muy poca cosa depende la honestidad de mucha gente», afirma.

Encontrarse con autores de talla XXL, como Jouhandeau, mitiga la destemplanza del otoño. «En cuanto veo a un hombre, quiero conocer su secreto». Cuántas veces [suena un mazo judicial], cuántas veces [vuelve a sonar], no nos basta con eso.  

5 de septiembre de 2015

L.H. Vincent: El bibliótafo

Leon H. Vincent: El bibliótafo. Un coleccionista de libros. 
Periférica. Traducción de Ángeles de los Santos.



Bibliótafo (o bibliómano): coleccionista (y amante impetuoso) de libros. Ciento doce páginas contienen la historia de un hombre innominado —el bibliótafo— trazada sin orden aparente, en movimiento perpetuo como su personaje principal. Sobre un tablado de humor y agudeza, proliferan preguntas y placer lector. ¿De quién proviene la voz narradora? ¿Cómo sabe el cronista tanto del bibliótafo? ¿Se trata de uno de sus compañeros cazalibros o estamos ante la vida del respetable Richard Heber, mencionado al principio de la obra? No hay modo de saberlo. El bibliótafo bien pudo ser humo. No importa.

Biblioteca, bibliofilia, bibliografía, bibliomancia, bibliomanía, biblio(in)útil, biblioafección. El bibliótafo, publicado en 1898, es un relato sagaz e hilarante. Con cada paso de página aumenta el deseo de convertirse en su protagonista. O, al menos, de solazarse en su compañía.

En la provincia de Teruel existe un lugar que bien cobijaría el arsenal libresco de este hombre tremendo: el municipio de Libros. Ignoro si bibliótafo alguno se detuvo allí jamás. Yo lo atravesé en automóvil, con un libro en las manos, dormida. Como nada vi, nada cuento.

Biblioetcétera.