31 de octubre de 2015

A. García Morales: Imperecedero Sur


Adelaida García Morales

Mi homenaje a la literatura de Adelaida García Morales y al cine de Víctor Erice para la revista Vísperas (30-10-2015). Enlace directo al texto: http://www.revistavisperas.com/el-sur-de-adelaida-garcia-morales/


El Sur, de Adelaida García Morales

 

«Era como viajar en un barco que navegara a la deriva, perdido en el mar, lejos de todas las costas».  El silencio de las sirenas

Resulta espinoso romper la quietud, escapar de la mudez del pensamiento para hablar de Adelaida García Morales (Badajoz, 1945 – Dos Hermanas, 2014), dueña vital y literaria del sigilo y de las sombras. Entre cuentos y novelas, García Morales publicó más de quince títulos a lo largo de unas dos décadas (1985–2008). Logró los premios Sésamo, Herralde e Ícaro. Fue una de las autoras en lengua española más traducidas a finales de los años noventa.

Tras varias lecturas, aún no logro atravesar El Sur, su primera obra publicada, sin librarme del mazazo de su conmoción poética, sin admirar su engranaje compositivo o su perfecta condensación. Escrita a mediados de 1981 en la Alpujarra granadina, no vio la luz (con Anagrama) hasta 1985. En 1983, dos años antes, Víctor Erice llevó al cine parte de las cuarenta y siete páginas de El Sur en un largometraje de idéntico título. Aunque inacabada, la película recibió de inmediato el aclamo de la crítica. Libro y filme participan del mismo lirismo y lenguaje evocador. Erice y García Morales eran pareja en esa época.

Parajes inhóspitos, luces tenebrosas, personajes introvertidos y misántropos. García Morales manifestaría compartir con Erice afinidades de carácter y manías (sic). Maestros ambos del silencio, la parquedad, la niebla y el vacío, los dos representan, en cierto modo, el opuesto del humanoide dicharachero y locuaz.

Las primeras palabras de El Sur se han repetido muchas veces: «Mañana, en cuanto amanezca, iré a visitar tu tumba, papá». Al igual que las de su final, han entrado en el terreno de lo mítico. Sin embargo, es difícil extraer citas de las obras de García Morales: si bien la indagación introspectiva recorre toda su obra, esta emana de los hechos y diálogos y apenas de divagaciones filosóficas, poco frecuentes entre sus personajes. Lo inexplicable de nuestras motivaciones y la impenetrabilidad de la naturaleza humana se sugieren, a menudo, desde lo onírico y lo sobrenatural. A ese fondo oscuro se penetra, además, desde el aislamiento, que puede ser «perfecto» o doloroso según las circunstancias cambiantes de los protagonistas.

«Un escarabajo de noche se hacía el muerto. Había quedado rezagado y, sin darme cuenta, lo pisé. El leve crujido de su cuerpo me provocó una repugnancia sin límites y una lástima absurda. Pensé que era el único habitante de tu dormitorio».

En la obra de García Morales es fácil ver a Kafka, Goethe, Pessoa, Freud, Hölderlin o Proust. El silencio de las sirenas, sin ir más lejos, toma su título de un cuento homónimo del escritor praguense. Los textos de García Morales son tragedias silenciosas que plasman la amargura e incomunicación interior. Sin embargo, a diferencia de la literatura kafkiana, son historias sobre las que pesa una brutal tristeza; están exentas de todo atisbo de ironía o humor. En ellas, el paisaje se representa como refugio o amenaza, habitando psicológicamente a los personajes, conectándose íntimamente con su naturaleza. «Y me pareció bellísimo aquel terreno yermo y plano, sin apenas color, sin plantas ni árboles», afirma Adriana en El Sur.

El sur películaUna cuarta parte de la humanidad parece ser, en distintos grados, introvertida, y de introvertidos está poblada la obra de García Morales. Frente a su opuesta mayoría, los introvertidos terminan enterrados en lo misterioso, empujados a habitar el filo de la vida, y es por ello que al final acabamos sabiendo poco de ellos. «Llevaba una vida excesivamente recluida, una vida propicia para fomentar toda suerte de obsesiones». El aislamiento, imperioso para un introvertido, también entraña sus riesgos: malestar, obsesión, desolación, pesimismo y temores son sólo algunos de ellos.

El mito literario que sostiene El Sur es la fascinación por lo añorado y desconocido, por ese lugar remoto evocado en la ficción y en los libros de viajes de autores como Stevenson. Sin embargo, El Sur también puede leerse como una historia de amor frustrado que las circunstancias acentúan. Nada está bien en la amargura. Cuando somos infelices nos arrepentimos de todos los pasos previos, puesto que nos han conducido a esa situación. El amor es la última esperanza y puerta de auxilio. Convertido en obsesión, se desconecta de la realidad, y su peso se hace mayor que el del amor a una hija. Cuántas veces los padres no logran amar a sus hijos y los contemplan, contra sí mismos, como otra carga más.

«Pensé entonces que siempre era mejor lo que se queda en el espacio de lo posible, lo que no llega a existir».

Pienso que el ideal de Erice hubiera sido el cine mudo. (Creo que en su cine chirrían las voces reales y las voces en off). Pienso que García Morales nos ha legado «una última oscuridad que se resistía a disiparse, morbosa y viva, terca y casi sonora en medio de aquel agobiante silencio». No se me ocurre cómo denominarla. Sobrevive el misterio. Y nuestro empeño en romperlo.

25 de octubre de 2015

Andanzas: Victor Hugo


Dicen que Victor Hugo pasó varias veces por Vianden, un pequeño pueblo luxemburgués, y que allí se instaló, expulsado de Bélgica, los meses de julio y agosto de 1871. Parece que en Vianden apagó un fuego, se enamoró de la joven Marie Mecier (dieciocho años ella, sesenta y nueve él) y le extrajeron su primer diente (no he llegado a enterarme de cuál; no es lo mismo un molar que un incisivo, creo). Vianden dispone de una casa-museo de cuatro plantas dedicada al literato. Frente a ella, a la entrada del puente, un busto de un Hugo cargado de pesares esculpido por Rodin. Este busto, en mi opinión, dice más que todo el museo junto, donde lo primero que sobra es la radio-pop a alto volumen que la recepcionista mantiene encendida. Fin de micronota.


17 de octubre de 2015

G. Maier: Material rodante

Gonzalo Maier: Material rodante.
Minúscula.



«Quizá no haya literatura más fantástica que la publicada por Lonely Planet».

Describir un país es siempre un acto políticamente incorrecto e irremediablemente alejado de la ciencia. Si asumimos que cada humano, en función de su ángulo de enfoque, se forja representaciones distintas, el número de visiones de un determinado lugar integrará un infinito imposible de objetivar.

Gonzalo Maier, escritor chileno residente en los Países Bajos, instala su central de reflexión y observaciones en un tren de trayecto invariable: Nimega-Lovaina (y a la inversa). Curtido en filosofía, historia(s) y literatura, entre sus anécdotas y materiales tangibles encontramos a autores como Brodsky, Nooteboom, Jouhandeau, Thoreau, Levrero, Barthes, Hazlitt, Arendt, Lemus, Verne, Baudelaire, Beckett o Perec. Lo mejor de esta obra son, sin embargo, las digresiones del propio Maier, que, según él mismo afirma, «no son sobre trenes sino sobre viajes».

«Mi Holanda es una Holanda estrictamente personal y privada. Una que me dedico a inventar arriba de un tren, aprendiendo a comer pan con queso gouda y a usar impermeables. Tal y como si este viaje fuera una novela, tal como mi Holanda no se parece siquiera un poco a Holanda». Vivir en otro país extranjeriza. Sin embargo, en esta obra, la visión de Holanda no se extrae de tópicos, ni de otros, ni siquiera de libros. Lo vivido y recordado sale de uno sin método consciente y así se escribe. Un método de trabajo a lo Chirbes.

De viejos viajes La Haya-Groninga recuerdo el frío y gigantes soledades. Abandonar la casa en plena madrugada con el empeño en ser demógrafa adherido al tobillo. Demografía y literatura comparten ingredientes, dijo un profesor de Ámsterdam: amor, sexo, viajes y muerte. No guardo nada de esos desplazamientos. El profesor murió de repente. Fue aplacándose el frío. Hubo varios abandonos, entre ellos la demografía.

«Los viajes esconden sorpresas que nunca tienen mucho que ver con el lugar que ansiamos visitar sino con nuestras propias fantasías». El viaje se ofrece como vida paralela y esperanza de novedad. Pero el viaje también puede habitarse, constituir un lugar en sí mismo.

Podría encontrarme a Maier en cualquier trayecto rutinario, entregado al sueño o la reflexión sobre el teclado. Podría saludarlo así: «El deporte es para optimistas».

1 de octubre de 2015

E. Martínez: Lenguaraz

Erika Martínez: Lenguaraz.
Pre-Textos.

Martes, 29 de septiembre. Recién iniciada la mañana, una notificación electrónica me acelera el ritmo cardiaco y lo mantiene elevado todo el día. 19.00 horas: estoy exhausta. Opto por no salir a correr. Los aforismos de Erika Martínez tal vez me tranquilicen en la cama. La inquietud siempre es producto de la razón, me digo-río. Ja. Suena tan cómico.

Erika Martínez bien podría llamarse Erika Láser, como las espadas de Star Wars. Con precisión metafísica y una brillantez que nunca desespera, esgrime su indómito ejercicio de la inteligencia. Apuntes en la misma retina. Hacha en punta. Trampantojo sin trampa.

Lenguaraz, dividido en cuatro partes: LA CONCENTRACIÓN, LAS CORREDORAS, LA RÁFAGA, HEMATOMAS, araña con humor y perspicacia el blanco de la duda y de lo cierto. Como hicieron con Confucio, me atrevo a recoger alguna de sus analectas:

«La literatura pone de nuestra parte al dolor».
«Soy lo que está al alcance de una mano».
«La razón no reduce las contradicciones, profundiza en ellas».
«Detrás de cada conclusión hay algo roto».

«Concisión, maldita abstinencia», afirma Martínez-Láser. Un libro de aforismos debería microcriticarse en un aforismo, pero solo consigo tener una buena noche. Miércoles, 30 de septiembre. Prevalece la pregunta primigenia: «¿Qué quiere el anzuelo?».