29 de septiembre de 2016

H. Melville: Moby Dick


Herman Melville: Moby Dick.
Penguin Clásicos. Traducción de Enrique Pezzoni. Introducción de Andrew Delbanco.

«Y en ese inefable esperma lavé mis manos y mi corazón».

Lo protegí a muerte en las tempestades. Las páginas se iban volviendo húmedas, el lápiz apenas dejaba marcas, temí perderlo en muchos barcos. Pero Moby Dick sobrevivía día a día, como infectado por el tesón y la furia del capitán Ahab.

Cómo hablar de una obra de la que no se debe hablar. «Moby Dick es un libro letal, hostil a toda convención, del que jamás debería hacerse un retrato». De acuerdo. Y sin embargo, Moby Dick es un clásico que llevamos más de siglo y medio interpretando.

«Agua y meditación siempre han estado unidas», afirma Melville/Ismael. El cachalote blanco, el Pequod y la inmensidad del mar. El pez volador y el pez amarrado. Lo justo y lo injusto, nuestros horrores y glorias, el miedo, el valor, la locura.

Viajar cansa, desear cansa, vivir cansa, y poco puede hacerse por remediarlo, salvo dejarse arrastrar por el instinto de supervivencia, que encuentra energía bajo las piedras (o sobre los tablones del mar).

Ellas son inofensivas (las yubartas). Mientras las observaba, me invadió un pensamiento: de este mundo hay que irse. Frente a hospitales y entubaciones, allí están ellas, allí está el agua. Hay formas bellas de morir.

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