28 de octubre de 2017

Cinco años


Y así, medio a lo tonto, MCL (Microcríticas Literarias) cumplió este mes de octubre cinco años. Allá —¡lejos-cerca!— quedó Dostoievski en su subsuelo.

Han sido muchas las sorpresas que este asunto minoritario —que aún no sé bien cómo denominar— ha procurado. Por mi parte, ha habido en él tantas dosis de placer como de esfuerzo.

Gracias a todo el público lector. Y gracias también a quienes viven conmigo. Por (con)cederme espacio y tiempo.

«la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos».
(J. Gil de Biedma)

18 de octubre de 2017

E. Wharton: Las hermanas Bunner

Edith Wharton: Las hermanas Bunner. Contraseña Editorial. Traducción de Ismael Attrache. Prólogo de Soledad Puértolas.


Vaya por delante una mención al magnífico trabajo de edición volcado por Contraseña. Confieso que no he querido marcar mi lectura con lapicero alguno para no estropear la belleza y pulcritud (papel magnífico, escasas erratas) con que sus obras salen de imprenta.

Las hermanas Bunner fue una obra temprana en la producción literaria de Edith Wharton (1862-1937). Escrita en 1892, no fue publicada hasta 1916 en el volumen Xingu and other stories, del que Contraseña ha extraído y dado a conocer por separado algunos de sus títulos. Constituye un relato atípico de Wharton, en el que aparece la Nueva York pobre y no el mundo rico y aristócrata que con tanta sutileza y penetración dibujó la autora en otras obras.

Este punto es relevante, pues con frecuencia olvidamos que en Nueva York, por encima de su cosmopolitismo, una gran parte de sus habitantes vivía sumergida en el ambiente pacato y provinciano importado desde sus tierras natales europeas. Algo, sin embargo, sí era notoriamente diferente: el anonimato y la salvaguarda de toda vida anterior que la nueva urbe ofrecía a sus habitantes, pues cada recién llegado comenzaba de cero.

Ann Eliza y Evelina son las hermanas Bunner. Llevan una vida frugal y recogida desde su pequeña mercería, negocio que les procura el sustento y las escasas relaciones sociales con las que cuentan. Su rutina consiste en atender la tienda, cuidar una de la otra y ver pasar los días sin albergar grandes aspiraciones.

Pero esa existencia monótona se ve alterada de pronto por la aparición de un reloj. La persona a quien la hermana mayor compra ese objeto pasa a formar parte de sus vidas trastocándolo todo: primero, los anhelos de las hermanas; después, su situación presente; para terminar marcando a fuego su completo porvenir.

Detrás de los hechos, detrás de las apariencias, la mano de Wharton nos muestra esa trastienda secreta que almacena las contradicciones del ánimo y los más profundos sentimientos de las hermanas. Nos las acerca emocionalmente como si las tuviéramos en un cuarto de nuestra propia casa, preparando con nosotros sus tazas de té.

Objetos y personas pueden perderse de un día para otro. Costumbres y tradiciones también, aunque, en general, perezcan a un ritmo más lento. Cuánto ha cambiado el mundo en poco tiempo. El cortejo y sus normas rígidas, la vigilancia y aprobación familiar de las relaciones amorosas, la vulnerabilidad absoluta de la reputación femenina, la difícil subsistencia. Pobres mujeres, en qué desolación y desamparo transcurre su vida. La estrechez económica, tener restringidas tantas y tantas oportunidades de trabajo, no tener para un sencillo vestido ni para un mondo billete de tren urbano; terminar pagando con infortunio lo decidido antes con optimismo e ilusión.

La agitación para el lector es innegable cuando en varios momentos del texto todo cambia en pocas páginas. La congoja de ver a la hermana mayor absolutamente sola buscando trabajo inútilmente duele de forma terrible. Crear imágenes simples pero difíciles de olvidar es un don poco corriente en literatura, perteneciente a escasos maestros. En este caso, a Edith Wharton.

La conclusión, en su oscura dureza, es clara: no sabemos qué ocultan los desconocidos, e ignoramos las consecuencias que un acontecimiento en apariencia dichoso acarreará. Las cosas pueden ir siempre a peor, luego… a lo mejor todo está bien como está. Una desazonadora y sombría reflexión que invita, sin caer en moralinas, a reconsiderar con ahínco aquellas decisiones tomadas de acuerdo a la norma social.

Antes de cerrar la reseña, aprovecho para recomendar la pieza breve Xingú, también de Wharton, posterior y de muy distinta naturaleza, traducida por Pepa Linares, prologada por Eva Puyó y con ilustraciones —maravillosas— de Sara Morante. Fin.


* Esta reseña apareció publicada este mes de octubre en Las Críticas: http://lascriticas.com/index.php/2017/10/09/las-hermanas-bunner-edith-wharton/

1 de octubre de 2017

M.A. Clark Bremer: Los antepasados

Mary Ann Clark Bremer: Los antepasados.
Periférica. Traducción de Hugo Bachelli.


«Conservo sólo la memoria y la impresión de lo amado con fiereza».

Es la quinta obra que reseño de Clark Bremer, esta serie exquisita suya de cuadernos impregnados de lirismo.

Desprovista de lazos cercanos, la autora apura el tramo de vida que le queda. Con voz serena evoca a algunos ascendientes y especula sobre el vacío que dejaron sus secretos.

La palabra que nunca desentona. La sencillez y libertad que otorgan una amplia cultura y haber llegado al fondo de uno. En cada párrafo, un sortilegio.

Me pregunto qué supuso para Hugo Bachelli traducir estos cuadernos. Dónde y cómo fueron escritos, qué gesto mantenía Clark Bremer sobre sus páginas, cómo se encadenaban sus memorias.

Pepe y Leonor, Sevilla, 1940

La familia, ¿lastre o suerte? ¿Cuánto pesa, en la vida de uno, un antepasado? Los que más me interesaron fueron siempre quienes no llegué a conocer: la abuela que me dio nombre; los que emigraron a América; el tío-niño estrellado contra un muro; el atleta; el epiléptico. Los muertos no se eligen. No hacen ruido. No molestan.

Familiares rumbo a América, 1926

Al devolver el libro al estante encuentro allí su copia exacta, ordenada junto al resto de títulos de la autora. Sin duda compré esta obra dos veces (y no lo recuerdo).

Pronto nos convertiremos en antepasados de seres más recientes. Clark Bremer no tuvo hijos. Sus cuadernos: su descendencia.

Postal desde Río de Janeiro