22 de marzo de 2017

A. Kristof: No importa


Agota Kristof: No importa.
El Aleph Editores. Traducción de Julieta Carmona Lombardo.


«Afuera, en el exterior, no había nada.
Gritos, estrellas, y nada más. 
Y todo aquello era descolorido como una bofetada».

Para conseguir estos cuentos tuve que hacerme socia de una biblioteca en mi lejana ciudad natal y desplazarme a un pueblo de sus alrededores.

—Busco No importa, de Agota Kristof. No lo encuentro en la sala. ¿Lo tienen?
—Sí que está. Pero hay que bajarlo del parnaso.
—¿Del parnaso?
—Del piso superior. Ahora se lo traigo.

Escribir sobre esta autora resulta más fácil que muchas otras cosas, como por ejemplo, conducir o educar hijos. No importa reúne veintiséis relatos de Kristof (1935-2011). Fueron publicados por El Aleph en 2008 y no han vuelto a editarse, lo cual es una lástima.

Kristof, invariablemente, parece divertirse. En sus páginas todo está permitido. El lector se expone —desde el inicio y como en la vida— a la posibilidad de lo terrible. Lo inesperado brilla e irrumpe para quedarse, y esto no hay por qué entenderlo: las razones no existen.

«Los vencidos encajaron los golpes sin devolverlos. Pero se volvieron malvados».

Quizá una de las claves de la literatura de Kristof sea la presencia de la parte oscura y su avenencia con otras realidades. Kristof retira el velo al fantasma que vive en nosotros y lo incorpora a la veracidad del relato. Esta fusión sí importa. Sale de cada poro de nuestra piel. Qué irrisorios, parece decirnos la autora. No han entendido nada de la vida. Siguen golpeándose el pecho, con sus preguntas.

Sus personajes pueden sentirse infelices pero no resultan especialmente atormentados. Alguien les ha extirpado la culpa como el dentista extrae el nervio de una pieza dental. Ciudades, calles, casas, trenes, raíles. Desesperanza, padres muertos, hijos abandonados. Vidas brutas y crueles. Kristof arroja a escena sus pociones y desaparece, distraída. Nos quedamos retenidos en la atmósfera tensa y anómala de sus historias.

Mientras imprimían mi carné, reconocí en la biblioteca a una antigua vecina. A su lado caminaba un adolescente: el rostro suave de la madre, los andares del padre. Aquel padre que una tarde de hace ya bastantes años arrancó de cuajo —al son de sus golpes— la puerta de casa de su (entonces) novia.

«Lo único que puede dar miedo, que puede hacer daño, es la vida y tú ya la conoces».

11 de marzo de 2017

H. G. Navarro: La vuelta al día

Hipólito G. Navarro: La vuelta al día.
Páginas de Espuma. Prólogo del autor.

 

Hay veces en las que una no quisiera escribir texto alguno sobre libro ninguno sino abrazar a su autor, como es el caso; y expresar, con una mirada, aquello que tan torpemente adquiere forma de palabras.

Cada mochuelo a su olivo, cada pájaro a su nido, cada sardina a su mar. En el frío del invierno, me arrimé a este braserillo —de páginas de picón—. Con un mantón claro avivé su fuego. De su lumbre escaparon paisajes, héroes, glorias y memorias. También alguna intrépida «nota azul».

Se escribe desde lo que se es, desde donde se está, con lo que se tiene. Que la literatura encuentre luego su puente. Máscara sin máscaras, La vuelta al día es brasero, camilla y faldón. Escribir es jugar con las piedras (y peñas) del camino. Voltearlas. Empujarlas. Asestarles pequeños puntapiés.

Salvo para unos pocos, no hay pureza ni virginidad en el acto creativo. Una primera vez no se muestra, no se exhibe. Cervantes corregía mucho. Gould aspiraba a la máxima intensidad a través de repeticiones y modificaciones infinitas. Leonardo cavilaba días sobre la dirección de su siguiente pincelada. Etcétera.

Se lo piensa este cuentista a la hora de ofrecer lo mejor de sí mismo a quien acoge sus libros. Eso se aprecia. Se aprecia y está bien.

1 de marzo de 2017

C. Peri Rossi: Las replicantes

Cristina Peri Rossi: Las replicantes.
Ediciones Cálamo.


«Nadie sale de la guerra / ni del amor / ilesa».

Si algo me gusta de la lengua española son sus vitales sonoridades. Cristina Peri Rossi fue mi mundo descubierto después de la universidad, en un curso sobre escritoras en lengua castellana cuyos apuntes aún conservo. Recuerdo una intuición (su rumor) en el oído: «Percibe, ábrete, escucha; no será una escritora más —alguien más—; querrás leer su obra entera; cambiará tu interior como no imaginas».  

Decir cuántas vueltas da la vida sería pisar sitio falso —por común—. Lo común no existe. Mejoremos la expresión: empujones insólitos, mordeduras inesperadas, cortes en carne viva.

Las replicantes son poemas enlazados con amor verdadero: cavando tragedia y ventura, formando túneles hacia el deseo, el recuerdo, el entorno, la réplica, la ausencia. Poemas hondos y directos: tanta vida duele, nos duele. En la otra cara: la ironía, el humor. Reír como otra forma de ser quien somos.

Peri Rossi es uno de los genios vivos de la literatura en español, una de las autoras más completas en nuestra lengua cervantina y una digna merecedora de todos los reconocimientos. Como genio, carece de edad: vive en su arte y en la materia que lo impulsa: la vida y sus bajos fondos, sus insondables alturas, sus avenidas, sus callejuelas. La intensidad es la espina dorsal de la obra perirrossiana, su gran aorta oxigenada. Ella misma expresa su extrañeza respecto a la ofuscación exterior:
 
«Hay gente que para sentir algo / necesita una tormenta —pensé— / algo brutal / algo instintivo / algo emocionante / como un Parque de atracciones / o el funicular del Tibidabo».

Si supiera qué iba a escribir, no escribiría, afirma Peri Rossi. Actitudes, condicionamientos. Me pasa lo mismo con cada cosa que hago.

Me gustaría decir:

No sé si tengo el alma para grandes trotes.

Puesto que he vivido.

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*Este texto apareció el 1 de marzo en la revista Las Críticas: http://lascriticas.com/index.php/2017/03/01/las-replicantes-de-cristina-peri-rossi/