11 de octubre de 2018

E. Halfon: Clases de Chapín


 

* Este texto se publicó el 10/10/2018 en la revista Estado Crítico:  http://www.criticoestado.es/el-que-cambia-de-vida/
 
El que cambia de vida

De algunos libros cuesta alejarse. Se instalan en algún lugar del cuerpo y fisuran el inconsciente. Cerrarlos equivale a perder un trozo de pulmón o de retina, a quedarnos sin el ojo que escudriñó el mundo o el aire que por un tiempo inhalamos. Aire que ni por todos tus muertos desea salir.

Ingeniero de formación, Eduardo Halfon empezó a leer tarde y a escribir más tarde todavía. Sus obras se reparten entre varias editoriales, reflejo quizá de su diáspora vital. En Oh gueto mi amor, el protagonista aventura un significado para su apellido: «aquel que cambia de vida».

Saturno (reeditada cuidadosamente en 2018 por Jekyll & Jill) fue el primer planeta de un sistema intuitivo de cuerpos conectados. Una galaxia en permanente crecimiento protagonizada frecuentemente por Halfon —otro Halfon—; cuestión poco relevante si asumimos que «todos, eventualmente, nos convertimos en nuestra propia ficción».

Escribir no ayuda a entender nada pero permite travestirse, colocar otra piel sobre la propia y atrapar una incomparable sensación de libertad. Dije a mis estudiantes: «Traigo un relato de un autor nacido en Guatemala, de origen judío, desde niño vive en EEUU, escribe en español». Quizá ese trazo biográfico era suficiente, pensé. ¿Y si no leyéramos el cuento? ¿Y si probáramos a imaginarlo? ¿Qué saldría al levantar el telón?

Clases de chapín: coloquialmente se llama chapines a los originarios de Guatemala. Como si Halfon quisiera subrayar aquí un dato básico. Al fin y al cabo, el ¿dónde naciste? frente al ¿de dónde eres? facilita las cosas, pues responder a la segunda pregunta puede precipitar al abismo a un ser humano. Pero Halfon ofrece un clavo al que agarrarse: de dónde eres no importa; o no tanto como pudiera parecer.

Tres partes estructuran los doce cuentos de Clases de chapín: ‘Clases de machete’ (los cuentos más nuevos), ‘Clases de dibujo’ y ‘Clases de hebreo’. En cada parte, cuatro relatos, con una palabra-lazo (machete, dibujo, hebreo) haciendo de ligadura o cinturón.

Cada uno de los textos es reflejo fiel de la belleza y calidad de la literatura de Halfon. De las suaves transiciones e hipnóticos crescendos. De la limpieza de su prosa. Lejos de toda religión, brota el canto misterioso («shemá yisrael adonái alojeinu adonái ejad») al que el autor nos tiene acostumbrados, palabras que se buscan y seducen unas a otras con inevitable musicalidad. “Sacerdote”, “Muñequita”, “Clases de dibujo” y “Clases de hebreo” son piezas maestras.

[Inciso: ¿Qué fue del método de lectura medida Paul Hindemith? Se usaba en clases de solfeo para aprender a marcar dos líneas de ritmo simultáneas. Me empeño en pensar que Halfon lo utilizó].

Busco tercamente un punto débil y flaco a este volumen, una postilla por la que meter el dedo, pero fracaso. Sí me pregunto, sin embargo, qué felino protege la impecable edición. ¿Jaguar? ¿Pantera? En todo caso, un animal al acecho. Pero ¿a la búsqueda de qué? «En todo caso, a punto de algo».

Thomas Mann afirmaba que un escritor es aquella persona a la que escribir le resulta más difícil que a otras personas. No sé cuánto transpira Halfon mientras trabaja, pero me siento incómoda llamándole ingeniero. Espero que queden aerolitos para varias lluvias cósmicas en su universo en construcción.

Clases de chapín (Editorial Fulgencio Pimentel, 2017), de Eduardo Halfon | 176 páginas | 19,90 euros.

28 de septiembre de 2018

S. D'Arzo: Casa ajena

Silvio D’Arzo: Casa ajena.
Editorial Minúscula. Traducción y posfacio de J. Á. González Sainz.


Destaco, por hondas, tres escenas de esta breve novela:

-       El robo de la harina caída de las mulas por parte de los lugareños.
-       El retrato que Zelinda, la protagonista femenina, hace de sí misma: «Esa es la vida que yo llevo: una vida de cabra y nada más».
-       La palabrería hueca —«cosas antiguas», inútiles, dichas por otros— que el cura ofrece desde su torpeza en el momento crucial de la historia. 
 
Silvio D’Arzo (Ezio Comparoni) nació en Italia en 1920. Comenzó a escribir a edad temprana pero dejó sin publicar gran parte de su obra. Fue reclutado por las tropas fascistas. Hijo de madre sola y pobre, falleció de leucemia a los treinta y dos años. Casa ajena vio la luz poco después de su muerte. Se considera el mejor relato del autor.

19 de septiembre de 2018

P. Claudel: Almas grises

Philippe Claudel: Almas grises.
Salamandra. Traducción de José Antonio Soriano Marco.


«"Si lo hubiera sabido, si lo hubiera sabido". El problema es que nunca se sabe».

Llega a casa El vestido azul (Periférica), de Michèle Desbordes, inspirada en Camille Claudel, y este hecho vierte tres azares en esta microcrítica: 1) el azul común al título y a la cubierta del libro reseñado; 2) el apellido compartido por escultora y autor; 3) una misma época y un mismo lugar (Claudel fue encerrada en un sanatorio en 1913).

La colección X aniversario de Salamandra tiene ya ocho años. Probablemente se encuentre agotada pero esconde grandes obras. Suite francesa (Némirovsky), Balzac y la joven costurera china (Sijie), La historia del amor (Krauss) o El último encuentro (Márai) resistirán los ciclones del tiempo. En mi opinión, Almas grises las acompañará.

Francia, ciudad de provincias, 1917, asesinato de una menor. Veinte años después del crimen, un policía hace memoria para contar lo ocurrido. Sobresale un fiscal. Sin trasmutar la versión oficial, el narrador destripa cautelosamente el relato. Se fija en la maldad y en la corriente imperiosa de la Historia. En la vida siempre en vilo, llena de miseria y desconcierto. Y en la soledad absoluta de quien no participa del mundo exterior.

«Yo sabía, y sin duda él también, que se puede vivir en el pesar como en un país».

Amar a un muerto crea un espacio donde ni siquiera uno mismo tiene cabida. Es mejor resguardarse, recluirse, dar un portazo a tiempo, el portazo final.

A veces basta una obra —para qué escribir más—. Una obra así escrita.

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* Para Sonia L'éatarde. Por ese encuentro casi aéreo.

9 de septiembre de 2018

M. Beard: Mujeres y poder

Mary Beard: Mujeres y poder.
Editorial Crítica. Traducción de Silvia Furió.


Mary Beard (1955). Catedrática de Clásicas en la Universidad de Cambridge, editora en The Times Literary Supplement y reconocida y popular divulgadora de la tradición grecolatina. Es miembro de la Academia Británica y de la Academia Americana de Artes y Ciencias. En España, recibió el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2016.

Como muchas otras mujeres que se expresan e intervienen en el ámbito público, Beard ha sido blanco de ataques nada apacibles por compartir conocimientos o expresar su opinión: desde insultos a sus órganos sexuales hasta amenazas graves como «la violación, el bombardeo y el asesinato». En su mayor parte, las agresiones proceden de individuos de sexo masculino. Consciente o inconscientemente, persiguen un viejo objetivo: desprestigiar y hacer callar a las mujeres.

Del origen y mecanismos de este afán silenciador respecto a las mujeres —y de sus manifestaciones antiguas y actuales— habla Mary Beard en Mujeres y poder. El texto recoge dos conferencias pronunciadas por la autora en 2014 y 2017 (‘La voz pública de las mujeres’ y ‘Mujeres en el ejercicio del poder’), un prefacio, un epílogo, bibliografía extensa e imágenes varias.

Punto número 1: «En lo relativo a silenciar a las mujeres, la cultura occidental lleva miles de años de práctica». Al inicio de la Odisea, en una escena de hace casi tres mil años, encontramos el primer testimonio: Telémaco manda callar a su madre Penélope cuando esta pide a un aedo un tema más alegre. «Vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias… El relato estará al cuidado de los hombres», dice Telémaco. Y Penélope obedece.

Punto número 2: «Si hay algo que une a las mujeres de los más diversos antecedentes y procedencias es la experiencia clásica de la intervención fallida». Adaptada a tiempos modernos y en versión educada, se trata de la conocida cuestión de la señorita Triggs: «Es una excelente propuesta, señorita Triggs. Quizás alguno de los hombres aquí presentes quiera hacerla». Traducida a versión ruda escucharíamos: pedazo de imbécil, cara de ajo, cualquier cosa que digas nos importa una mierda.

«A ninguno de nosotros le gustaría vivir en un mundo grecorromano», afirma Beard. Y sin embargo, de ese mundo hemos heredado un «poderoso patrón de pensamiento» que afecta y rige aún nuestras esferas de convivencia, incluida la relativa a la relación entre género y discurso público.

Controlar la voz pública (y alejar de ella a las mujeres) era tarea de varones. Constituía, de hecho, uno de sus principales atributos de virilidad. Las mujeres del mundo clásico solo estaban autorizadas a expresarse públicamente en dos situaciones, explica Beard: a) en condición de víctimas y mártires (Mesia, Afrania, Lucrecia, Filomena); b) para defender a sus hijos, sus hogares, a sus maridos o los intereses de otras mujeres (Hortensia).

Con extrema frecuencia, a lo largo de la historia, las mujeres que desafían esta norma de invisibilidad pública «son tratadas como especímenes andróginos» (Isabel I de Inglaterra) o como niñas infantilizadas, dedicadas a balbucir, lloriquear y gimotear. «Se da el caso de que cuando los oyentes escuchan una voz femenina, no perciben connotación alguna de autoridad o más bien no han aprendido a oír autoridad en ella; no oyen mythos».

Las estrategias encaminadas a desprestigiar la voz de las mujeres poco tienen que ver, a menudo, con el contenido de lo que dicen: son criticadas por el mero hecho de expresarse. Constata la autora que «una de las cantinelas que más se repite es la de “¡Cállate, puta!”». Agravios que, lógica pero paradójicamente, se recomienda ignorar, dejando así que «los matones ocupen el juego sin oposición alguna».

Llegamos aquí al punto número 3 de estos ensayos: para facilitar el cambio, debemos reflexionar «sobre lo que entendemos por voz de autoridad y cómo hemos llegado a crearla». Nuestro modelo cultural al respecto sigue siendo eminentemente masculino. El estereotipo es tan fuerte, dice Beard, «que, aun como fantasía o ensueño, me resulta difícil imaginarme, a mí misma o a alguien como yo, en mi papel».

Excepto cuando se asemejan a un hombre o adoptan sus formas (pensemos en Margaret Thatcher, pero también en los pantalones de Angela Merkel o Hillary Clinton), carecemos de modelos de mujeres poderosas. En el mundo clásico, desde Clitemnestra hasta el mito de las amazonas y de Medusa, el desastre se avecina cuando las mujeres ejercen la autoridad. El deber de los hombres siempre fue, precisamente, evitar ese desastre, «salvar a la civilización del gobierno de las mujeres».

La autora no ofrece al respecto soluciones inmediatas ni demasiado diáfanas. Es honesta: no las tiene. (¿Quién las tiene?). Propone analizar «las fallas y fracturas que subyacen en el discurso dominante», «comprender mejor cómo hemos aprendido a pensar de la manera en que lo hacemos». Y propone igualmente redefinir el poder. Si la conquista del ámbito público lleva a las mujeres únicamente a reproducir modelos masculinos, ¿para qué queremos mujeres en los parlamentos? Por otra parte, algo va o se entiende mal cuando asuntos como la igualdad, la infancia o la violencia doméstica se consideran temas de mujeres. No nos lo podemos permitir, no es el camino a seguir.

Estas reflexiones se vuelven cada día más urgentes. En todas partes crecen, y tendrán que escucharse, multitud de denuncias y argumentos que apuntan en una dirección: el viejo y profundo sustrato que nos sostiene debe cambiar. «¿Por qué se ha hecho tan popular la expresión mansplaining? Para nosotras apunta directamente a lo que se siente cuando a uno no se le toma en serio: un poco como cuando me dan lecciones de historia de Roma en Twitter».

La ley del más fuerte o autorizado hay que subvertirla. La sociedad no puede prescindir del conocimiento y labor de las mujeres, de su existencia digna. La llegada de la cualidad de persona, ¿cuándo tendrá lugar? ¿Sobre qué equilibrios? ¿Cómo la protegeremos? Nada está garantizado, y menos lo nuevo, lo revolucionario, lo que carece de tradición, lo que no interesa a una gran parte de la humanidad.

«La reprimenda que Telémaco lanza a su madre Penélope cuando esta se atreve a abrir la boca en público es un acto que todavía hoy, en el siglo XXI, se repite con demasiada frecuencia», concluye Beard.

Nos preguntamos qué va a pasar con todo esto, si no ha sido ya mil veces dicho. Hasta cuándo seguir insistiendo, reivindicando, esperando.

* Esta reseña fue publicada la primera semana de septiembre en las revistas Estado Crítico y Las Críticas.

1 de septiembre de 2018

F. J. Irazoki: Ciento noventa espejos

Francisco Javier Irazoki: Ciento noventa espejos.
Hiperión.

Noventa y cinco textos de ciento noventa palabras cada uno + un prólogo de idéntica extensión = Ciento noventa y dos páginas de tránsito poético.

De tránsito poético sujeto a lo real. Espacio de sobra para hablar de música, cine, pintura, fotografía, cafés, ciudades. Del habitar extranjero. De ideas e ideologías. De ética y amigos. De literatura por encima de todo.

«El escritor es un fabricante de sillas verbales», comenta Irazoki. El autor agradece al azar «haber nacido en una familia humilde» y cada texto es prueba de ese quehacer modesto y artesano. La palabra se ajusta y se pule, no se engrandece.

Francisco Javier, nombre compuesto, me lleva a Miguel Ángel y al misterio de la belleza oculta en la armonía de las partes. La armonía que aquí alumbra un todo audible, visible, palpable casi.

A la vida nos adherimos con una fuerza inquebrantable, gravitatoria, con un apego en forma de ley física. Irazoki propone celebrarla. «Cuidar las cosas sin poseerlas. Envejecer sentado en un refugio de preguntas. No ser el bufón de la propia conciencia».

Recurro a la fórmula fácil (imitamos lo que admiramos): sumar ciento noventa palabras.

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* Francisco Javier Irazoki (1954) nació en Lesaka, Navarra. Reside en París. Es autor de una amplia y variada obra literaria. Aquí pueden consultarla: http://franciscojavierirazoki.com/. Trabajó como periodista musical en Madrid. Entre 2009 y 2013 se hizo cargo de la columna Radio París en El Cultural, suplemento de El Mundo. Desde 2013 es crítico de poesía en dicho diario.

14 de julio de 2018

G. Orwell: Burmese Days



* Este texto fue publicado el 09/07/2018 en Estado Crítico: http://www.criticoestado.es/el-peor-enemigo-de-un-libro/


El peor enemigo de un libro

«There is more in it than meets the eye».
«But who that has not suffered it understands the pain of exile?».

Compré Burmese Days en un puesto callejero de Bangkok, ciudad donde a los pocos meses fallecería Manuel Vázquez Montalbán, quien veinte años antes había publicado, precisamente, una novela titulada Los pájaros de Bangkok, que yo había leído en casa de mis padres de niña.

Aquí, breve toma de aire.

El recuerdo de esa casualidad (morir en un lugar extraño en el que —¿por albur literario?— situó una de sus tramas carvalhanas) me acompaña todavía. Los surcos del azar, que diría Machado. Porque con cada cosa que hacemos, allá que vamos: a sus fauces. Distraídos y optimistas. Desmemoriados una vez más.

Era mi primera vez en Asia (¿dónde empieza y termina un continente?). En contraste con otras zonas de Tailandia, en ese 2003, gracias al turismo y al anhídrido carbónico, Bangkok ya se había convertido en una urbe insufrible. Estaba embarazada de mi primer hijo y no hacía más que respirar porquería. Quería salir de la ciudad, huir de tanta gente ray-ban, comprasouvenir y cámara-en-ristre. Pocas veces me he sentido tan sola y desterrada.

Como casi todos los libros que se adquieren durante los viajes, Burmese Days también era en inglés y de segunda mano. Compruebo que estas características son comunes a la mayoría de los ejemplares deteriorados de mi biblioteca. Libros que se compran ya viejos y descoloridos, dañados por el sol, la humedad y un trajín previo que nunca llegaremos a descifrar. Volúmenes que alguien, por alguna razón —¿pudiera ser de peso?— abandona a una nueva suerte de la que tú resultas parte.

Abrí el libro, ya no sé si fue en 2003, y me alegré de que empezara con un mapa (dónde estaría yo sin mapas). Sí sé que me sumergí en esos ya lejanos días de Birmania —ahora también Myanmar—, y que volví a caer rendida ante el tío Orwell. El familiar de aquella infancia de 1984 y Animal Farm. El miliciano de Homenaje a Cataluña. El autor de la rolliza colección de ensayos comprada posteriormente.

Las notas que creí tomar durante la lectura de Burmese Days han desaparecido, si es que existieron alguna vez. Sin embargo, el recuerdo es todavía nítido. El ambiente húmedo y asfixiante del verano de Birmania. El clasismo. El racismo. El sexismo. Las desigualdades. El atroz colonialismo. Lo reprimido junto al exceso y lo terrible junto a lo bello. Los giros abruptos de una historia en la que en definitiva nada sale bien.

Mi ejemplar de Burmese Days no solo luce ajado. También exhala cierto olorcillo, procedente tal vez de las flores aplastadas entre sus páginas. Flores del trópico feroz.

«A thought occurred to him, one of those rash thoughts that usually lead to trouble».

Está visto que el peor enemigo de los libros es viajar. Y que el peor enemigo de un viaje es un libro.

Burmese Days (Penguin Books, 1989), de George Orwell | 299 páginas | 150 ฿

7 de julio de 2018

L. Meruane: Contra los hijos

Lina Meruane: Contra los hijos (una diatriba). 
Literatura Random House, 2018.


Contra los hijos responde, como indica su subtítulo, al sentido de la palabra diatriba: texto «acre y violento contra alguien o algo».

No ha sido escrito para que sus argumentos sean silenciados. Tampoco para que se piensen o comenten como quien mira la lluvia o se unta bronceador durante un domingo pacífico. Está escrito para descomponer nuestro escenario y cuestionar la convención: qué se es, qué lugar se ocupa, qué se quiere, qué se hace. Está escrito para avivar la discusión e impulsar una muy necesaria controversia: la del sacro imperio filial. Sus realidades. Su problemática. Sus implicaciones. Sus premisas.

No hace falta ser madre ni padre para opinar con conocimiento de causa, igual que no hace falta ser profesional de la política para votar con argumentos.

Este ensayo comenzó su andadura, cuenta la autora, en 2010, en la revista Etiqueta Negra. En 2014 lo publicó en formato libro Tumbona Ediciones. En versión revisada y ampliada, apareció el pasado febrero de la mano de Random House. Una cuestión vieja, por tanto, vieja y actual como nuestro pie sobre el mundo.

Corren grandes riesgos quienes se atreven a mirar y a ver distinto. Incisiva y sagaz, Meruane encara al sistema sin excluirse a sí misma, pues todos ocupamos alguna vez el centro de la diana. Contra los hijos se impregna de la rebeldía constante de su literatura. La autora destapa heridas que ya estaban abiertas, ata cabos, revisa la historia, interconecta pasillos visibles y subterráneos. Aquilata su discurso lleno de sentido y a ritmo vertiginoso va volcando su palabra mediadora.

Organizado en siete capítulos, no hay página libre de reflexión perspicaz o crítica constructiva. Algunos párrafos lanzan un dibujo turbador (por real), como el dedicado a las mujeres creadoras:

«Las creadoras-sin-hijos ejercen dos labores de manera alternada o simultánea: el trabajo asalariado y el trabajo creativo rara vez remunerado o remunerado de manera insuficiente. Las creadoras-con-hijos añaden otro trabajo ad honorem. Este último, además de ser sin salario, es sin días libres, sin vacaciones y tiene otra complicación: el cuarto propio de la creación suele estar dentro de la casa compartida por el hijo, un ser que no respeta puertas, que no conoce límites. Si para la creadora-sin-hijos tener dos trabajos es pesado e interfiere con su obra, para la otra, la con-hijos, las horas del día resultan insuficientes porque al horario asalariado hay que añadirle la implacable rutina materna y entonces, ¿de dónde saca el espacio temporal y mental para el oficio creativo?».

Un hijo es carne de dispendio, como también lo son el hogar unipersonal o la pareja sin hijos: a ninguna situación hace ascos la sociedad de consumo. Un hijo es tiempo, horarios, rutinas. Es espacio, necesidades, inquietudes. Un hijo es instinto, y también una decisión altamente meditada. Un hijo es escuela: de afectos, de resistencia, de límites propios y ajenos. Ante todo, un hijo es un hijo, una persona a largo plazo cuya vida marcan a fuego sus progenitores y algún que otro agente exterior.

Puesto que la completa independencia de criterio y acción no existe (nada viene de la nada, nuestras elecciones tampoco), un hijo es una convención como otra cualquiera. Reconocer los flancos débiles no soluciona el problema. Lo que conviene al adulto normalmente no le conviene al hijo. Lo que conviene al individuo no le conviene al Estado. Lo que conviene a la mujer no le conviene al hombre. Y sus contrarios.

Resulta difícil evitar la marea parental, no sucumbir apedreada bajo sus obligaciones o ante el creciente halo de frivolidad y estupidez que la rodea, a veces incluso desde antes del nacimiento, como esa moda horrenda de las baby showers.

Se podría seguir hablando, añadiendo al árbol nuevas ramas.

Por ejemplo, si frente a la categoría “madre” o “padre” podríamos quizá pensar en la de “personas con hijos”. O si convendría estudiar de mejor modo cómo afectan los hijos a las relaciones de pareja, si son compatibles familia y pareja en medio de las transformaciones que un hijo trae consigo, o qué sucede con esa pérdida de (necesaria) intimidad a menudo irrecuperable.

Se mire por donde se mire, hay algo común a todos: vivir complica.
A las mujeres, más todavía.

Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970) ha publicado la colección de relatos Las infantas (1998), las novelas Póstuma (2000), Cercada (2000), Fruta podrida (2007) y Sangre en el ojo (2012) y los ensayos Viajes virales (2012) y Volverse Palestina (2014). Por Sangre en el ojo recibió el Premio Sor Juana Inés de la Cruz.

29 de junio de 2018

Y. M. de la Cavada: El deseo de repetir



* Este texto fue publicado el 11/06/2018 en Estado Crítico: 

Mi supervivencia depende en gran medida del silencio y no sé absolutamente nada de música moderna. Con excepción de los Beatles, todos los grupos que menciona este libro son perfectos desconocidos para mí, incluido David Bowie.

Se comprenderá entonces que recelara de El deseo de repetir, un texto con banda sonora. Y sin embargo…

Y sin embargo me gustó desde el primer instante. La dedicatoria, la nota biográfica, la primera página. Algo en esas líneas emitía un alto grado de sinceridad. Como si fueran las primeras notas de un trabajo bien hecho.

El deseo de repetir es la primera novela del crítico musical Yahvé M. de la Cavada (1977). Más que una generación, pienso que retrata cierta cara de un país y una época. Vidas que pisan ya la madurez (nacieron en los setenta y ochenta) pero a las que no les queda otro remedio que recortar aspiraciones y adaptarse a lo que hay: incertidumbre y temporalidad, una precariedad absoluta tanto en el amor como en el trabajo.

Se las apaña bien el autor para que los personajes reflejen este estado de estrechez y decepción, con la música como sistema vinculante pero cada uno desde su soliloquio:

«El miedo te vuelve permisivo, contigo mismo y con los demás».
«La ruptura preventiva es la tendencia».
«Cuando no sabes qué quieres, todo tiene un valor difuso».
«No sé seguir de ninguna otra forma que no sea seguir, sin más».
«El mayor problema (en este país) no es que nos mintieran, sino que todos nos lo creímos a pies juntillas».
«Yo no consigo empaparme de su constante discurso de todo va a ir bien, ya lo verás. A mí de momento no me va tan bien».
«Un corazón roto solo se arregla cuando se arregla. Nunca antes. Y, desde luego, no depende de ti».
«en general, este país es una mierda en lo musical».
«solo podía pensar en que no sabía qué quería hacer, qué podía hacer, ni qué iba a hacer».

Como parte del juego narrativo, uno solo de los personajes rompe el formato introspectivo y “habla” fugazmente en algunas páginas. Percatarme de ello me llevó lo suyo, aunque el autor tiene sus razones. Qué sentido tiene el epílogo del gato sería otra pregunta que yo haría al escritor.

Termino este texto en el bosque, a una hora en que no hay nadie, ni siquiera paseantes de perros. Atrapo los últimos rayos de sol y me digo que este libro, en general, es bueno. No hay pose ni vacías pretensiones. No hay una sola errata. Nada se deja al azar. Me digo que la literatura también es esto: el deseo de contar, de reproducir la vida sobre papel, conseguir que suene más allá de este ahora caduco e implacable del que tan poco sabemos.

Y por fin, el silencio.
Hermoso silencio.


El deseo de repetir (Aloha Editorial, 2018), de Yahvé M. de la Cavada | 179 páginas | 14,25 euros.

17 de junio de 2018

A. Monterroso: La palabra mágica

Augusto Monterroso: La palabra mágica.
Navona Editorial.


«Cada vez que un escritor logra crear un estilo, se dice de este que es inimitable. Lo que no es cierto. El verdadero elogio consistiría, quizá, en decir lo contrario».

No había dedicado hasta ahora ninguna microcrítica a Navona, sello poco presente aún en mi biblioteca pero del que espero rodearme con mayor asiduidad en el futuro.

Excelente doble impresión: física y lectora. Ojalá más libros fueran así: forrados en tela, de pulcra edición y llenos de masa verdaderamente literaria. Ineludibles como la colección que incluye esta palabra mágica de Monterroso.

«Vivir es común y corriente y monótono. Todos pensamos y sentimos lo mismo: solo la forma de contarlo diferencia a los buenos escritores de los malos».

Cuentista y ensayista, Monterroso (1921-2003) deslumbró con su arte breve, inciso, profundo y clarísimo, lleno de humor e ironía. Entre otros premios, recibió el Príncipe de Asturias de las Letras en el año 2000.

En esta obra (la edición original data de 1983), Monterroso habla de autores queridos (Quiroga, Shakespeare, Cervantes, Miguel Ángel Asturias, Góngora, Quevedo, Montaigne, Borges), de traducciones, de derroteros vitales, de géneros literarios, de pequeñas vanidades y de los difíciles tragos que a veces presenta, en sentido amplio, la literatura.

«Traducir puede ser muy fácil, muy difícil o imposible, según lo que te propongas y el tiempo y el hambre que tengas».

Algo queda patente: la literatura poco tiene que ver con el dinero; el alijo cultural no puede calcularse en comunes términos económicos. Aunque en momentos de su vida poseyera pocos bienes materiales, Monterroso se mantuvo fiel a los dictados del patrimonio literario acumulado en su esqueleto.

«Los buenos libros son buenos libros y sirven para señalar los vicios, las virtudes y los defectos humanos. Pero no para cambiarlos».

Además de los ensayos, La palabra mágica contiene tres piezas de ficción o de algo que se le parece mucho: ‘La cena’, ‘De lo circunstancial o lo efímero…’ y ‘Las ilusiones perdidas’. Vuelve a manifestarse el mejor fabulador, el que dice que «ninguna fábula es dañina, excepto cuando alcanza a verse en ella alguna enseñanza».

«Por más inmortales que lleguen a ser, es evidente que los escritores, los artistas y, si hay que forzar las cosas, las personas en general, se mueren».

Así lo hizo él en 2003. El destino de sus libros continuó fuera de sus manos.