30 de enero de 2018

P. Porroni: Buena alumna

Paula Porroni: Buena alumna.
Editorial Minúscula.


Paula Porroni nació en Buenos Aires y vive en algún lugar de Europa. Buena alumna fue, en 2016, su primera zambullida oficial en la ficción.

Cambridge, Inglaterra. Una joven regresa a la ciudad donde cursó Historia del Arte. Hija única, padre muerto, ahorros familiares en mengua. La madre prometió enviarle dinero desde Argentina durante un año más. Como toda madre, aguarda «el tropiezo de su hija». La hija, como toda hija, se propone alejarse de la órbita materna, abrirse camino como sea, progresar.

Da Porroni con el tono correcto en esta historia llena de autolaceración y aspereza. Lo hace con un estilo duro, incisivo, que arropa el contenido como guante perfecto: «Quisiera que miles de manos me aniquilaran a golpes. O que me clavaran en el ojo una aguja de tejer».

La soledad, el miedo al fracaso y la ausencia de vínculos profundos vertebran el relato y descabezan en la protagonista cualquier indicio de certidumbre personal. El temor a decepcionar a los demás —incluso al padre muerto—, a no cumplir con lo que también ella espera de sí misma, acompaña cada movimiento para llegar a un punto mutilador: «Agradezco que papá se haya muerto tantos años atrás. Si papá viviera, tal vez un nuevo infarto lo mataría producto de la desilusión. Como consecuencia del fracaso completo, profundo, indignante, de la hija».

Entrar en la edad adulta pasa por conseguir un trabajo y hacerse cargo de las circunstancias, perspectivas improbables para esta buena alumna. De poco sirve ser aplicada —ser buena alumna— sin confianza ni ambición perseverantes: las oportunidades se desvanecen como si las rozara una goma de borrar. «Es porque me falta voluntad y disciplina que fracaso».

Transcurre el tiempo, pasan las semanas, y sobre ese yo frágil y crítico se acumulan a quintales la culpa y la desorientación. La excelencia educativa de la universidad donde estudió no ayuda: «Ahora corrijo. Raspo, raspo. Hasta dejar solo un hueso pulido. Busco en mí esa lengua de muertos. Esa lengua árida. Infértil. Porque así fuimos entrenados. En la mejor universidad del mundo. Para crear un paisaje glacial de palabras».

Autolesión a autolesión, la novela avanza: «Camino hasta el baño y con toda mi fuerza estrello el pie contra el marco. Me inmovilizo. Inhalo. Calculo y vuelvo a estrellarlo. Siento algo que se suelta y sube y rodea el pie y la pierna, sube hasta la ingle, la cara y los ojos, y después se expande y me envuelve completa». […] «Abro la puerta del baño, encajo tres dedos entre el marco metálico y la puerta, y cierro. Y entonces todo se detiene. Un cortocircuito. Un vacío. Como un martillazo en la sien. Basura. Basura. Perdedora. Voy a quedarme atrás, siempre atrás». […] «Me arranco un pedazo de uña. Prometo que este nuevo año voy a esforzarme aún más. Voy a darlo todo de mí misma. Todo lo que tengo. No voy a vivir extraviada. No voy a ser un cero a la izquierda».

La crudeza del mundo desarrollado se filtra y muestra su aridez en cada rendija: la apatía, el aislamiento, el individualismo descarnado, la falta de sentido vital. «Desde hace días casi no hablo con nadie. Solo intercambios cortos con las empleadas de los negocios, del metro, del supermercado». Experiencias cotidianas —por exceso: familiares— entre tantos expatriados, empujados o hundidos en la deriva formativo-laboral.

«Mamá se niega. Planta los pies. Quiere de vuelta a su hija, su única hija. Su inversión fallida».

Ojalá lleguen más óperas primas como esta Buena alumna. Ojalá no se lastime más.

* Esta reseña fue publicada en enero de 2018 en la revista Las Críticas: http://lascriticas.com/index.php/2018/01/29/buena-alumna-de-paula-porroni/

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