24 de abril de 2018

A. Strindberg: Solo

August Strindberg: Solo.
Mármara Ediciones. Traducción de Manuel Abella.


Blaise Pascal vino a decir, allá en el siglo XVII, que todos nuestros problemas derivan de nuestra incapacidad para permanecer solos y tranquilos en una habitación.

Strindberg (1849-1912) publicó Solo en 1903. No achaca todos males del mundo a una única causa, ni considera que el destino deseable para todos sea la soledad. Pero sí viene a decirnos con claridad meridiana que, quien ame el conocimiento, necesitará aislarse de los otros: aprender a estar solo y defender esa muralla esencial.

Más que un sesudo ensayo sobre la soledad (173 páginas, siete capítulos), Strindberg presenta una colección de anécdotas y reflexiones imbricadas vivamente en su mundo inmediato y su universo interior. Destaca en la obra entera una ausencia patente de adoctrinamiento. Señorías, esto vale para mí es el tono. ¿No me busco yo la vida? Que piensen por sí mismos los otros.

«Regresar a casa solo y en silencio era reencontrarme conmigo mismo, envolverme en mi propia atmósfera espiritual, en la que me sentía cómodo, como cuando uno se pone ropa que le cae bien».

La acción transcurre en Suecia, donde asistimos al paso de las estaciones y a emotivos retratos de ese país hibernal.

«Creo que estar solo es mi destino, lo mejor para mí. Pero en la soledad, a veces, mi cabeza se sobrecarga y amenaza con estallar. Por eso uno debe observarse. […] Echo en falta a la gente, pero la soledad me ha vuelto tan sensible como si mi alma estuviera desollada».

Al final caben el pensamiento y alguna compañía. La soledad por encima de todo. El espíritu. El silencio. Y la contemplación de la felicidad.

15 de abril de 2018

L. Baquedano: Cinco panes de cebada

Lucía Baquedano: Cinco panes de cebada.
Ediciones SM.

Formó parte de mis lecturas de niñez allá en Pamplona, la ciudad donde entonces residía. Lo había escrito la madre de una compañera de clase de la que apenas me acuerdo. Sí recuerdo, en cambio, la biblioteca de aquel colegio, cómo entrábamos en fila una vez a la semana, las baldas desbordantes de libros.

Por alguna razón, mi hermana y yo perdimos todos nuestros libros infantiles: se extraviaron misteriosamente en un trastero. Será difícil recuperar la memoria completa de lo leído en esa época. Pero no creo que importe demasiado. La vida avanza despiadada y siempre sorprende.

Librería Re-Read, diciembre de 2017, Málaga. Busco una obra amable para mis estudiantes de literatura en español, renovar el programa con algo que los aleje de tanta muerte de progenitores ocurrida en los últimos meses. Bing. Bang. Baquedano. Cinco panes de cebada coronando una mesa. El elegido. Ejemplar reencontrado.

No sabía qué esperar de esta historia clasificada todavía como literatura juvenil. De las inquietudes de esa joven maestra (adaptación, soledad, desafíos…) en un pueblo perdido de Navarra. ¿Habrá caducado? ¿Se habrá vuelto cursi? ¿Simplona? ¿Resultará un rollo?

Temores infundidos. El relato, lleno de humor y sencillez, conserva su frescura, más profunda si cabe con el paso del tiempo. Amar lo que uno hace y descubrir qué se desea es pieza fundamental de cierta satisfacción vital. «Soy yo, con todas mis limitaciones, la que estoy aquí. Y estoy para algo».

Veo que esta microcrítica se convierte en un pretexto para hablar de otros temas. Mejor me detengo.

* A mis más viejas amigas, chicas de oro.

7 de abril de 2018

J. Ayesta: Helena o el mar del verano

Julián Ayesta: Helena o el mar del verano.
Acantilado.

Sobran los paraísos de ficción si se puede evocar de esta manera, con la luz hecha letra. Leer, respirar. Su lirismo y brevedad narcotizan. Todas las vísceras se ensanchan a la vez. El amor. La naturaleza. Aquellos muchachos. La piel de los veranos inmensos.

Helena o el mar del verano (1952) fue la única novela publicada por el gijonés Julián Ayesta (1919-1996). Cien escasas páginas de estructura cíclica (‘En verano’, ‘En invierno’, ‘En verano otra vez’) que sobreviven a la historia y a la crítica de un país no siempre clemente con sus creadores.

«Yo me acerqué a la cama de Helena. Olía tibiamente como los nidos con crías. Helena dormía con la cara en la almohada y su largo pelo rubio recogido sobre la espalda. Respiraba muy despacio, tan suave que me remordía la conciencia arrancarle las sábanas para empezar la batalla».

El relato es sencillo, el lenguaje también. En primera persona, asistimos al romper de la pubertad del protagonista, feliz y atormentado a un tiempo por esa adolescencia en plena marcha. «…y era imposible de resistir, y los bichos cada vez daban vueltas más de prisa y cada vez más candentes, y uno temblaba todo porque tenía miedo a morir y morir en pecado mortal, que era en lo que uno estaba en aquel momento…».

La inocente dulzura llega hasta el final, invadiendo cada párrafo de expectativa y naturaleza. «Pensaba en el verano que me esperaba junto a Helena, bajo aquel cielo, entre los prados verdes, los ríos y los árboles, sabiendo que ella me quería, y casi se me llenaban los ojos de lágrimas».

Miro el presente y me avienta el recelo: qué memoria dejarán las computadoras y teléfonos móviles, qué belleza creará el saqueo continuo de nuestra experiencia directa.

El azar puso en mis manos Las cosas del campo (J.A. Muñoz Rojas) mientras leía Helena o el mar del verano. «Más han sido y mayores los cambios que los años», dice este autor. Pero también: «¿Quién sabe las razones de un amor? Son secretas como las aguas bajo la tierra».