27 de junio de 2014

A. M. Matute: Los niños tontos

Ana María Matute: Los niños tontos.
Ediciones Destino. Ilustraciones de José María Prim.

Me aburrían y me siguen aburriendo casi todos los cuentos infantiles. No comprendo el interés que pueden suscitar un gatito que habla, un príncipe a caballo, una princesa estúpida. Finales felices y predecibles, argumentos repetitivos, estereotipos perniciosos… El placer por la lectura llegó más tarde. Quién sabe cómo.

Son muchos los autores que convierten a niños, o a adultos en ciernes, en protagonistas de sus historias. Algunos parece que solo buscan lectores: la infancia conmueve. Otros, como Ana María Matute, lo hacen —lo hicieron— de modo justificado y pertinaz.

Los niños tontos: niños de todas clases, por todas partes, en veintiún relatos de una crueldad espeluznanteBreves como el soplar de velas frente a una tarta de cumpleaños. Angustiosos como una película de terror.

Hoy, una noche cualquiera, leo para mis hijos tres o cuatro de estas historias. Mañana morirá su autora (pero yo todavía no lo sé).

«Mamá, qué cuentos tan tristes».

Silencio. Pausa. [(…)].

«Léenos otro».  


* Para Yelko H-R. No tonto.

23 de junio de 2014

F. Dostoyevski: Noches blancas, El pequeño héroe, Un episodio vergonzoso

Fiódor Dostoyevski: Noches blancas, El pequeño héroe, Un episodio vergonzosoAlianza. Traducción y nota preliminar de Juan López-Morillas.

Tres relatos del primer Dostoyevski, el genio que aún no ha pisado Siberia. Diez años de posterior exilio lo transforman en un genio todavía mayor. Las más de las veces, sin embargo, uno no se va a las Antípodas: cambian ¿solo? el grosor y la largura de la cuerda.

Releo cartas de la época del Gran Amor. Las recorren un ofuscado romanticismo y un vano entusiasmo por la vida [RAE, Vano: 1. Falto de realidad, sustancia o entidad]. Qué lejos me siento de ambos. Juventudes. Cortas vidas. El influjo excesivo de lo exterior. Con todo, esa también fui yo.

Convivir con Dostoyevski no pudo ser fácil. Quienes sufren en la niñez están destinados (pero yo no creo en el destino) a autoinmolarse, a maltratar a otros, a cauterizar sus miedos y pesadillas a través del arte. El Dostoyevski pre y pos siberiano tenían por fuerza algo en común. El hombre del subsuelo está presente en toda su obra. A veces susurra en las esquinas, otras se muestra a plena luz.

Aunque exhiba un romanticismo exaltado, Dostoyevski no es un cursi. La resolución briosa de conflictos, la inspección de los retorcidos tics humanos, el no desfallecer de su pluma pesan —siempre— más. La felicidad ingenua y bobalicona, ¿casa con la vida adulta? ¿Con la aceptación de la muerte, del tiempo finito, de lo irresoluble de tanto misterio?

Cada cual carga su Siberia. Y sus efímeras noches blancas.

17 de junio de 2014

M.A. Clark Bremer: El librero de París y la princesa rusa

Mary Ann Clark Bremer: El librero de París y la princesa rusa.
Periférica. Traducción de Hugo Bachelli.

Dedico una segunda microcrítica a esta autora, la dama de pulcra elegancia. Sus dos primeros libros (Una biblioteca de verano y Cuando acabe el invierno) fueron descubrimientos fortuitos. Este, por el contrario, ha sido intencionado.

Años 60, París. Un librero y una noble rusa. La guerra y sus trágicas pérdidas. Jean-François de Bastide como murmullo de fondo. Clark Bremer es testigo y cronista de un amor interrumpido por una inexplicable desaparición.

Anécdotas mínimas incrustadas en libros y lecturas. Recuerdos engarzados en un collar de perlas. Frases transparentes. Comas de nailon. Literatura sin trampas, libre de pedantería. La oscilación del pecho se detiene: sí, el placer perturba. Nácar. Suavidad proustiana. Cofre forrado del mejor terciopelo. Piedras que huelen a sándalo y especias. Belleza que no hace falta descifrar. 

«Jean-François de Bastide murió en Milán muy pobre. Según las crónicas no había objetos bellos a su alrededor: había tenido que venderlos todos para sobrevivir». A Robert Louis Stevenson lo recogió hambriento y moribundo, en América, Fanny, su primera y única mujer. Anaïs Nin y Henry Miller imprimían ejemplares de sus obras en casa para distribuirlos entre amigos y conocidos. De esto no hace tanto. Sucedía antes de ayer. Regresamos tal vez al malvivir literario y sus artesanías.

En mi opinión (lanzo aquí un tímido pero), como título hubiera resultado más lógico y certero La princesa rusa y el librero de París (del original Notebooks II. People, Scenes I).

«Pólvora y magia; esplendor y sueño». Se traduzca como se traduzca, espero abrir pronto el siguiente cuaderno.


* Voor Ella Nelisen, grote Russische dame.