28 de septiembre de 2018

S. D'Arzo: Casa ajena

Silvio D’Arzo: Casa ajena.
Editorial Minúscula. Traducción y posfacio de J. Á. González Sainz.


Destaco, por hondas, tres escenas de esta breve novela:

-       El robo de la harina caída de las mulas por parte de los lugareños.
-       El retrato que Zelinda, la protagonista femenina, hace de sí misma: «Esa es la vida que yo llevo: una vida de cabra y nada más».
-       La palabrería hueca —«cosas antiguas», inútiles, dichas por otros— que el cura ofrece desde su torpeza en el momento crucial de la historia. 
 
Silvio D’Arzo (Ezio Comparoni) nació en Italia en 1920. Comenzó a escribir a edad temprana pero dejó sin publicar gran parte de su obra. Fue reclutado por las tropas fascistas. Hijo de madre sola y pobre, falleció de leucemia a los treinta y dos años. Casa ajena vio la luz poco después de su muerte. Se considera el mejor relato del autor.

19 de septiembre de 2018

P. Claudel: Almas grises

Philippe Claudel: Almas grises.
Salamandra. Traducción de José Antonio Soriano Marco.


«"Si lo hubiera sabido, si lo hubiera sabido". El problema es que nunca se sabe».

Llega a casa El vestido azul (Periférica), de Michèle Desbordes, inspirada en Camille Claudel, y este hecho vierte tres azares en esta microcrítica: 1) el azul común al título y a la cubierta del libro reseñado; 2) el apellido compartido por escultora y autor; 3) una misma época y un mismo lugar (Claudel fue encerrada en un sanatorio en 1913).

La colección X aniversario de Salamandra tiene ya ocho años. Probablemente se encuentre agotada pero esconde grandes obras. Suite francesa (Némirovsky), Balzac y la joven costurera china (Sijie), La historia del amor (Krauss) o El último encuentro (Márai) resistirán los ciclones del tiempo. En mi opinión, Almas grises las acompañará.

Francia, ciudad de provincias, 1917, asesinato de una menor. Veinte años después del crimen, un policía hace memoria para contar lo ocurrido. Sobresale un fiscal. Sin trasmutar la versión oficial, el narrador destripa cautelosamente el relato. Se fija en la maldad y en la corriente imperiosa de la Historia. En la vida siempre en vilo, llena de miseria y desconcierto. Y en la soledad absoluta de quien no participa del mundo exterior.

«Yo sabía, y sin duda él también, que se puede vivir en el pesar como en un país».

Amar a un muerto crea un espacio donde ni siquiera uno mismo tiene cabida. Es mejor resguardarse, recluirse, dar un portazo a tiempo, el portazo final.

A veces basta una obra —para qué escribir más—. Una obra así escrita.

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* Para Sonia L'éatarde. Por ese encuentro casi aéreo.

9 de septiembre de 2018

M. Beard: Mujeres y poder

Mary Beard: Mujeres y poder.
Editorial Crítica. Traducción de Silvia Furió.


Mary Beard (1955). Catedrática de Clásicas en la Universidad de Cambridge, editora en The Times Literary Supplement y reconocida y popular divulgadora de la tradición grecolatina. Es miembro de la Academia Británica y de la Academia Americana de Artes y Ciencias. En España, recibió el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2016.

Como muchas otras mujeres que se expresan e intervienen en el ámbito público, Beard ha sido blanco de ataques nada apacibles por compartir conocimientos o expresar su opinión: desde insultos a sus órganos sexuales hasta amenazas graves como «la violación, el bombardeo y el asesinato». En su mayor parte, las agresiones proceden de individuos de sexo masculino. Consciente o inconscientemente, persiguen un viejo objetivo: desprestigiar y hacer callar a las mujeres.

Del origen y mecanismos de este afán silenciador respecto a las mujeres —y de sus manifestaciones antiguas y actuales— habla Mary Beard en Mujeres y poder. El texto recoge dos conferencias pronunciadas por la autora en 2014 y 2017 (‘La voz pública de las mujeres’ y ‘Mujeres en el ejercicio del poder’), un prefacio, un epílogo, bibliografía extensa e imágenes varias.

Punto número 1: «En lo relativo a silenciar a las mujeres, la cultura occidental lleva miles de años de práctica». Al inicio de la Odisea, en una escena de hace casi tres mil años, encontramos el primer testimonio: Telémaco manda callar a su madre Penélope cuando esta pide a un aedo un tema más alegre. «Vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias… El relato estará al cuidado de los hombres», dice Telémaco. Y Penélope obedece.

Punto número 2: «Si hay algo que une a las mujeres de los más diversos antecedentes y procedencias es la experiencia clásica de la intervención fallida». Adaptada a tiempos modernos y en versión educada, se trata de la conocida cuestión de la señorita Triggs: «Es una excelente propuesta, señorita Triggs. Quizás alguno de los hombres aquí presentes quiera hacerla». Traducida a versión ruda escucharíamos: pedazo de imbécil, cara de ajo, cualquier cosa que digas nos importa una mierda.

«A ninguno de nosotros le gustaría vivir en un mundo grecorromano», afirma Beard. Y sin embargo, de ese mundo hemos heredado un «poderoso patrón de pensamiento» que afecta y rige aún nuestras esferas de convivencia, incluida la relativa a la relación entre género y discurso público.

Controlar la voz pública (y alejar de ella a las mujeres) era tarea de varones. Constituía, de hecho, uno de sus principales atributos de virilidad. Las mujeres del mundo clásico solo estaban autorizadas a expresarse públicamente en dos situaciones, explica Beard: a) en condición de víctimas y mártires (Mesia, Afrania, Lucrecia, Filomena); b) para defender a sus hijos, sus hogares, a sus maridos o los intereses de otras mujeres (Hortensia).

Con extrema frecuencia, a lo largo de la historia, las mujeres que desafían esta norma de invisibilidad pública «son tratadas como especímenes andróginos» (Isabel I de Inglaterra) o como niñas infantilizadas, dedicadas a balbucir, lloriquear y gimotear. «Se da el caso de que cuando los oyentes escuchan una voz femenina, no perciben connotación alguna de autoridad o más bien no han aprendido a oír autoridad en ella; no oyen mythos».

Las estrategias encaminadas a desprestigiar la voz de las mujeres poco tienen que ver, a menudo, con el contenido de lo que dicen: son criticadas por el mero hecho de expresarse. Constata la autora que «una de las cantinelas que más se repite es la de “¡Cállate, puta!”». Agravios que, lógica pero paradójicamente, se recomienda ignorar, dejando así que «los matones ocupen el juego sin oposición alguna».

Llegamos aquí al punto número 3 de estos ensayos: para facilitar el cambio, debemos reflexionar «sobre lo que entendemos por voz de autoridad y cómo hemos llegado a crearla». Nuestro modelo cultural al respecto sigue siendo eminentemente masculino. El estereotipo es tan fuerte, dice Beard, «que, aun como fantasía o ensueño, me resulta difícil imaginarme, a mí misma o a alguien como yo, en mi papel».

Excepto cuando se asemejan a un hombre o adoptan sus formas (pensemos en Margaret Thatcher, pero también en los pantalones de Angela Merkel o Hillary Clinton), carecemos de modelos de mujeres poderosas. En el mundo clásico, desde Clitemnestra hasta el mito de las amazonas y de Medusa, el desastre se avecina cuando las mujeres ejercen la autoridad. El deber de los hombres siempre fue, precisamente, evitar ese desastre, «salvar a la civilización del gobierno de las mujeres».

La autora no ofrece al respecto soluciones inmediatas ni demasiado diáfanas. Es honesta: no las tiene. (¿Quién las tiene?). Propone analizar «las fallas y fracturas que subyacen en el discurso dominante», «comprender mejor cómo hemos aprendido a pensar de la manera en que lo hacemos». Y propone igualmente redefinir el poder. Si la conquista del ámbito público lleva a las mujeres únicamente a reproducir modelos masculinos, ¿para qué queremos mujeres en los parlamentos? Por otra parte, algo va o se entiende mal cuando asuntos como la igualdad, la infancia o la violencia doméstica se consideran temas de mujeres. No nos lo podemos permitir, no es el camino a seguir.

Estas reflexiones se vuelven cada día más urgentes. En todas partes crecen, y tendrán que escucharse, multitud de denuncias y argumentos que apuntan en una dirección: el viejo y profundo sustrato que nos sostiene debe cambiar. «¿Por qué se ha hecho tan popular la expresión mansplaining? Para nosotras apunta directamente a lo que se siente cuando a uno no se le toma en serio: un poco como cuando me dan lecciones de historia de Roma en Twitter».

La ley del más fuerte o autorizado hay que subvertirla. La sociedad no puede prescindir del conocimiento y labor de las mujeres, de su existencia digna. La llegada de la cualidad de persona, ¿cuándo tendrá lugar? ¿Sobre qué equilibrios? ¿Cómo la protegeremos? Nada está garantizado, y menos lo nuevo, lo revolucionario, lo que carece de tradición, lo que no interesa a una gran parte de la humanidad.

«La reprimenda que Telémaco lanza a su madre Penélope cuando esta se atreve a abrir la boca en público es un acto que todavía hoy, en el siglo XXI, se repite con demasiada frecuencia», concluye Beard.

Nos preguntamos qué va a pasar con todo esto, si no ha sido ya mil veces dicho. Hasta cuándo seguir insistiendo, reivindicando, esperando.

* Esta reseña fue publicada la primera semana de septiembre en las revistas Estado Crítico y Las Críticas.

1 de septiembre de 2018

F. J. Irazoki: Ciento noventa espejos

Francisco Javier Irazoki: Ciento noventa espejos.
Hiperión.

Noventa y cinco textos de ciento noventa palabras cada uno + un prólogo de idéntica extensión = Ciento noventa y dos páginas de tránsito poético.

De tránsito poético sujeto a lo real. Espacio de sobra para hablar de música, cine, pintura, fotografía, cafés, ciudades. Del habitar extranjero. De ideas e ideologías. De ética y amigos. De literatura por encima de todo.

«El escritor es un fabricante de sillas verbales», comenta Irazoki. El autor agradece al azar «haber nacido en una familia humilde» y cada texto es prueba de ese quehacer modesto y artesano. La palabra se ajusta y se pule, no se engrandece.

Francisco Javier, nombre compuesto, me lleva a Miguel Ángel y al misterio de la belleza oculta en la armonía de las partes. La armonía que aquí alumbra un todo audible, visible, palpable casi.

A la vida nos adherimos con una fuerza inquebrantable, gravitatoria, con un apego en forma de ley física. Irazoki propone celebrarla. «Cuidar las cosas sin poseerlas. Envejecer sentado en un refugio de preguntas. No ser el bufón de la propia conciencia».

Recurro a la fórmula fácil (imitamos lo que admiramos): sumar ciento noventa palabras.

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* Francisco Javier Irazoki (1954) nació en Lesaka, Navarra. Reside en París. Es autor de una amplia y variada obra literaria. Aquí pueden consultarla: http://franciscojavierirazoki.com/. Trabajó como periodista musical en Madrid. Entre 2009 y 2013 se hizo cargo de la columna Radio París en El Cultural, suplemento de El Mundo. Desde 2013 es crítico de poesía en dicho diario.