24 de febrero de 2019

K. Linazasoro: Versus

Karlos Linazasoro: Versus.
Jekyll & Jill, 2018.


* Texto publicado en Estado Crítico.

Versus contra Versus

«¿Pero dónde está Versus? ¿En qué grados, en qué legua, en qué nada azul y loca que no tiene final?».

Querido Versus,

luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Nabokov y El hombre que amaba a las islas (D.H. Lawrence) nos hicieron pensar en ti, en tu isla, en tus ansias, en tu sufrimiento, en la condición humana, aunque la conexión con esas obras pueda quedar en entredicho, como todo en los pliegues de nuestra naturaleza, de la que tú eres parte todavía, a pesar de encontrarte perdido entre mares incógnitos.

En esta carta te llamaremos Versus, Versus a secas, sin bastardilla ni florituras, pues no vemos manera de separar título y protagonista, arrojados como estáis el uno en brazos del otro (y bien que hacéis).

¿Cómo empezar? ¿Qué decir de ti, Versus, y presentarte ante otros? Habitas una isla desierta, pequeña, con su palmera única en el centro, oculto tras una portada (estampa de apertura, autoría equis) color verde caribe. Diremos que hubo un antes y un después a tu naufragio (porque hubo un naufragio). Y que hablaron de ti allá en 2013, en concreto en la editorial Elkarlanean, en euskera, lengua de cuna de tu políglota autor, de quien heredaste —o al menos eso comenta él— numerosas cualidades.

Después de leerte tenemos la impresión de conocerte bastante bien, Versus. Y, a mayor conocimiento —ya se sabe— mayor comprensión y más cariño. Pero a la vez, mayores problemas. Y más ocasiones de empezar a discutir contigo. De la manera más tonta, por lo que sea. Es una tradición humana a la que seguiremos fieles por los siglos de los siglos, creemos.

Porque como nosotros, Versus, y aunque te tragues peces voladores, tú no eres un ser sobrenatural, tienes un cuerpo, con su flojera y sus necesidades, y te contradices mucho al pasar del pensamiento a la acción, sin olvidar tus cambios bruscos de temperamento. Que no piensen los lectores que nunca te enfadas: lo haces y con genio. A menudo te inquietas e impacientas. Te invade la angustia porque no encuentras respuesta a tus preguntas. Porque estás solo, más solo que la una. Y conforme aumenta tu soledad, crece tu asco por habitar esa isla. Sin ponernos muy empáticos, te comprendemos, Versus.

Para expresar tu realidad, la papeleta terrible que te encierra, creas tu propio universo, que une lo que te arroja el mar, lo que sale de ti y lo que te cae del cielo. Y ese peculiar mundo —sensorial, memorístico, anímico— nos llega a través de estas páginas mágicas (¿te importa que usemos este tópico, páginas mágicas, para hablar de tu libro?). La actualidad, tu denso magma literario (fuiste un gran lector y todavía un hombre culto, Versus), la Biblia, el arte, las seis lenguas que hablas, tus conocimientos de Historia, la ciencia, la metafísica, los mitos...

Sueños, ilusiones, añoranzas. Algunas apariciones imprevistas —nunca humanas—. La soledad de frente, Versus.

Versus en la nieve

De vez en cuando —con frecuencia, diríamos— te nos pones lírico y melancólico. ¿En exceso? Te dejamos el juicio. El cruel tira y afloja entre sentir y razonar te martiriza. Tanto por saber… ¡y ni lo más simple halla su alivio! Sabes que la palabra va a la contra. Que provoca arritmias y ventoleras aunque te encuentres perdido y exiliado en esa isla. Y por eso la usas. La palabra y algunos placeres físicos son lo poco que para ti, en tus circunstancias (saludamos a Ortega), vale la pena.

¿Que a qué género pertenece Versus? No pensamos que esto importe en absoluto, ¿verdad, Versus? Porque Versus lo es todo: prosa palpitante, reflexión solitaria, drama vital y lírica escondida. Un inclasificable. Un todo erigido sobre una isla-individuo. Noventa y nueve textos breves, estampas de una vida a la deriva, compactas, sin párrafos que crucen ni desfiguren la página.

En contraste, tú, Versus, tú sí que cambias. Lo haces a cada instante, inesperada y efusivamente. Esta estructura, perfecta en su simpleza, entrega a tu autor la más absoluta libertad creadora, dado que no existe cronología ni ligadura temática alguna entre estampas. Fraseo impar, cambios de compás a cada poco: cada pentagrama —cada momento de vida— mecido por un oleaje impredecible y distinto.

Narrado en un nosotros del que aquí hemos querido servirnos como forma de acompañarte, Linazasoro emplea también el impersonal de se y la segunda persona (se te habla a ti, Versus, claro): «No te calles, Versus, no te quedes sin palabras, que no te venza el desorden del mar».

Atemporal estancia. Divertidos disparates. Desbordante imaginación. Espíritu libre. El absurdo nos hace reír y nos inquieta: ¿Qué es lo que somos, a dónde vamos? Ni la más remota idea.

«Versus quiere abrir una ventana», nos hacen saber, próximos al final. Abrámosla juntos, Versus, angelillo. Yo también estoy cansada (¿ves que me paso a la primera persona?). Y tan sola como tú, Versus.

Para terminar, vemos que Linazasoro ha publicado muchísimo. Sabemos poco de él en castellano. Que nos avise por favor cuando lleguen nuevas traducciones. Hasta pronto y gracias/mesedez por Versus.

* Para E. G.

9 de febrero de 2019

A. Lun: Los palimpsestos

Aleksandra Lun: Los palimpsestos. 
Editorial Minúscula, 2015.



* Reseña publicada en el número de febrero de Las Críticas.

Anomalías

«Me llamo Czesław Przęśnicki, soy un miserable inmigrante de Europa del Este y un escritor fracasado, hace tiempo que no mantengo relaciones sexuales y estoy ingresado en un manicomio de Bélgica, un país que lleva un año sin gobierno».

Es el comienzo de Los palimpsestos, primera novela de Aleksandra Lun (Gliwice, Polonia, 1979),  publicada en 2015 por Minúscula y clasificada por la propia editorial como «un libro fascinantemente anómalo».

Una de sus anomalías es haber sido escrita en español, una lengua no materna para la autora. Lun lo explica de este modo para Las Críticas: «Yo nunca he tomado la decisión de escribir en español porque es algo que me resulta natural. Cuando escribo escucho una voz y esa voz me habla en español. Traducirla al polaco o a cualquier otro idioma de los que hablo sería doble trabajo».

Lun se suma así al raro círculo de autores aquejados por el mal del escritor extranjero, impulsados a escribir, por un motivo u otro, en lenguas distintas a la propia. «Llevaba mucho tiempo investigando a los escritores que habían cambiado de idioma. Lo que me interesaba era encontrar un denominador común entre los que habían tomado ese camino tan audaz. No lo he encontrado: cada escritor tenía sus razones particulares y su vivencia personal de escribir en otro idioma. Llegó un momento en el que estaba tan inmersa en el tema que el libro prácticamente se escribió solo», comenta la autora.

Y es el tema de Los palimpsestos lo que constituye, precisamente, la segunda anomalía del libro: Lun, ella misma bajo el síndrome del escritor extranjero, escribe una novela sobre el quid de este mal, convirtiendo a una de sus víctimas —el entrañable Czesław Przęśnicki, treinta y cinco años— en protagonista.


Przęśnicki, te queremos

A Przęśnicki, encerrado como hemos dicho en un sanatorio belga en el que todos aspiran a su recuperación, lo desvela la preocupación opuesta a la de Agota Kristof: no teme perder su lengua materna (el polaco), sino el antártico, su lengua aprendida, en la que ya ha escrito su primera novela, Wampir, «un fracaso editorial».

Ingenuo, reflexivo, repicado de inyecciones y con los nervios a flor de piel, Przęśnicki conmueve y llena de luz Los Palimpsestos: «Soy de anatomía flácida, pelo escaso y naturaleza sumisa, y la totalidad de mi pusilánime persona dista de constituir una fuerza atractiva para los ejemplares sanos del sexo masculino, tanto durante los regímenes totalitarios como en democracia».

Trece capítulos breves es todo lo que necesita Lun para construir su relato. En los doce primeros escuchamos a Przęśnicki narrar en primera persona el transcurrir de sus días en el psiquiátrico de Lieja. El último es una carta formal que la Asociación de Escritores Antárticos le envía.

Przęśnicki comparte habitación con el padre Kalinowski, un sacerdote polaco. Cada jornada comienza y termina de la misma manera sin que resulte repetitivo: un sueño, el dormitorio, el padre Kalinowski, los enfermeros, el tratamiento, encuentros con escritores apátridas, el despacho de la doctora impasible, regreso al cuarto y al sueño.

La segunda novela que Przęśnicki empieza a escribir se titula Kaskader (“doble” en polaco) y lo hace a escondidas, también en antártico, yendo contra el consejo médico recibido, en las páginas de un diario flamenco descubierto bajo su cama. «Estaba escribiendo mi libro en antártico en un manicomio como si hiciera el amor por última vez en un cuchitril de alquiler, en un acto con sabor a vitalidad y a ultimátum que los escritores nativos, como las parejas estables follando en un piso hipotecado, no podían experimentar».

La principal fuente de angustia para Przęśnicki es obvia: teme olvidar una lengua en la que ha aprendido a hablar… y a intentar vivir al completo. La lengua con la que, aunque fracasado, se ha hecho escritor, desafiando a los nativos. «Tenía la esperanza de que hablar el antártico y alguna otra lengua no solo me ayudaría a integrarme en el extranjero, sino también me convertiría en un políglota o una persona feliz».

A este respecto y sobre la adquisición de otras lenguas dice Lun: «Concibo el conocimiento de otros idiomas como un antídoto y una protección contra la locura. Uno de los aspectos de esa locura es creernos la realidad con la que se nos presenta cuando nacemos en una lengua concreta. Sabiendo idiomas podemos trascender la visión futbolística del mundo en el que nuestro club es siempre mejor por la simple razón de que sea nuestro». Pero también añade: «Un inmigrante carga con las expectativas de quién debería ser en la cultura de llegada, en las que no cabe un uso natural de su lengua adquirida en situaciones que no sean de pura necesidad, como el trabajo o la socialización. Desde esta perspectiva, hay fronteras que no debe traspasar, como apropiarse de la lengua adquirida. Este razonamiento de tintes colonialistas es una ficción para cualquiera que haya pasado un tiempo en otro país».


Ionesco-Valleinclanesco

De principio a fin, el absurdo sirve a la tragicomedia en Los palimpsestos, bordeando lo irracional y lo esperpéntico. Una corriente de humor prevista quizá para amortiguar el sufrimiento del protagonista. «El registro satírico fue algo que también se gestó de manera natural. Hay temas que son demasiado importantes como para hablar de ellos en serio», señala Lun.

Un juego cómico que funciona y que plantea preguntas muy precisas para las que cada cual debe encontrar su respuesta. «¿Anarquía literaria, es lo que quiere? ¿Y dónde estaría la patria de cada escritor? ¿Cómo se clasificarían los libros en las bibliotecas?». «¿Cree que ellos (los nativos) saben mejor cuál es nuestra lengua materna? ¿Cree que ordenándonos a nosotros ordenan su propio mundo?». «¡El concepto de la lengua materna está gastado!». «Si escribiese en mi lengua materna, lo que escribo se volvería particular. Vosotros no sabéis que la lengua materna siempre lleva el peso del automatismo».


El exilio como hecho literario

Una lengua es un país sin fronteras. Abandonar esa patria segura del idioma abre la puerta al cambio… y al distanciamiento: los otros no entienden quién eres, pero tampoco comprenden que al aprender esa lengua ajena te has transformado en alguien nuevo.

Escribir en otras lenguas te compartimenta: cada idioma revela un mundo y una identidad. Nabokov, Vonnegut, Beckett, Schulz, Cioran, Conrad, Blixen, Ionesco, Kristof, Schackleton, Gombrowicz, Nabokov... todos ellos y varios más desfilan por Los palimpsestos. Laia Fábregas, Jumpa Lahiri, Eva Hoffman, Aleksandra Lun. Y los que nos dejamos. Y los que seguirán.

Nadie elige su primera lengua. Pero a menudo olvidamos que las adquiridas también son impuestas por las circunstancias. Un país —una cultura— se mece en la melodía de su lengua (entre otros elementos). Puede que se ame un país si se ama su lengua, y que resulte igualmente cierto lo contrario.

¿Otorga mayor libertad creativa la falta de tutela inconsciente por parte de un idioma? Przęśnicki escribe porque es escritor y porque no quiere perder una lengua que ha adquirido sobre la materna, pero es su caso nada más. Una lengua es tu libertad última, tu pensamiento. ¿Supervivencia vital o supervivencia lingüística? Si nadie nos entendiera, ¿seguiríamos aguerridos a nuestras lenguas? No se me ocurre pensamiento más siniestro que perder una lengua.


Cuestiones finales

La literatura es seguramente el arte menos universal y más críptico, pues depende, para ser trasferible, de las traducciones.

Los palimpsestos compone un himno a favor de la contracorriente y de la rotura de identificaciones lingüísticas. Vuela libre bajo el ala de su humor brillante, abriendo caminos amplios a nuestra interpretación. Hay estrofas y coros mordaces, escenas histriónicas, y un corazón de oro en el protagonista.

Con esta novela Lun pasa —también— a formar parte de lo que Iwasaki llamó hace unos años “La Mancha Extraterritorial” (El Mercurio, 2014). Traducida ya al francés por Lori Saint-Martin y al inglés por Elizabeth Bryer, con locura y con razón, cosechará éxitos en todas sus lenguas.


* Aleksandra Lun (1979) nació en Polonia. Entre 1999 y 2010 vivió  en España, donde estudió filología hispánica, interpretación y traducción. Actualmente reside en Bélgica. Los palimpsestos fue su primera novela.