17 de julio de 2019

Anónimo: Estado crítico



El sonido de una voz oscura

Escribí aquellos diarios en un estado febril, crítico como el ánimo que me acompañaba entonces, siempre al borde del llanto. Mi humor no era sombrío cada día, admitámoslo, solo cuando dejaba de ingerir las pastillas recomendadas por la doctora. La misma que me alentó a volcar mis sentimientos sobre papel para que yo, en pocos meses, tuviera cientos de folios volando por casa.

No soy capaz de recordar qué llevó a la editorial a publicar esos textos. Vieron la luz de forma anónima —¡menos mal!— bajo el título de Estado crítico. Suena mondo y banal, estoy de acuerdo. En ese momento no se me ocurrió otro.

Hace diez años de aquello y mi identidad sigue oculta bajo tierra, lo que me alegra sobremanera. No habría soportado exponerme a un público tan turbado como yo o al escrutinio de la crítica. La calidad literaria del trabajo era cero, inexistente, una mierda. Novecientas páginas para cebar —y atascar— una trituradora de papel. Siete ejemplares se vendieron del tocho. Un éxito.

Cuando la dosis de realidad supera determinados umbrales, llega la muerte súbita de todo lo que opone resistencia. El hundimiento general, podríamos llamarlo: has visto, ahora sabes, ya no podrás borrarlo de tu mente. ¿No eres capaz de procesarlo? Te jodes. ¿Quieres dar marcha atrás? Demasiado tarde: más allá del filo tolerable, el único modo de salvarte es continuar braceando. Braceando, en bucle, hasta desfallecer y más allá.

El proceso de escritura fue un tormento. Desvenarse desde el nihilismo más profundo, como al parecer pretendía la doctora. Todas las compuertas se abrieron a la par. Pero por ellas no entraba aire, ni salud, ni esperanza. Solo un ingente monto de fango. Sucio, denso, pringoso, apestoso.

¿Que si puedo resumir o contar algo de aquellos diarios? No, no puedo. Jamás volví a leerlos y nadie los publicará en el futuro. Destruí originales, recuperé y quemé (¡trabajito me llevó!) los siete ejemplares vendidos, y reduje a escombros el almacén de mi editora. Solo recuerdo vagamente algún disparate del tipo:

«Corremos despavoridos.
La evidencia es apariencia.
Agua va para el río.
El sonido de una voz oscura endulza mi sexo.
Perder la vida
en los confines de un sofá».

Memeces. Pero cuántas memeces…

Estado crítico (Ediciones Triple Rombo, 2009), Anónimo | 900 páginas | 28,90 euros.

* Publicada como reseña especial en Estado Crítico.

30 de junio de 2019

E. Portela: Formas de estar lejos



Salto vital

Llevo casi dos décadas lejos de mi país de origen, del que salí sin una sola meta clara y al que no hay día que parte de mí no desee regresar.

Portela, de la mano de Alicia, nos lleva a los Estados Unidos de América, territorio donde la protagonista aterriza por vía universitaria y se construye un notable currículo académico. Desde el primer instante, sabemos de la quiebra: de la identidad, de la biografía, de una relación de pareja. Asistimos a un final ansiado y definitivo que, en medio de una claustrofobia creciente (las primeras páginas recuerdan a la Casa tomada de Cortázar), no llega de inmediato. Que ese final llegue es lo único importante. El modo en que lo hace, lo de menos.

Dos puntos de unión y alejamiento, con sus tira y afloja, acompañan toda relación mixta: el individual y el cultural. A veces, adoptar cierta distancia respetuosa mantiene a salvo ese núcleo íntimo sin el que una relación real jamás existiría: el difícil y complejo yo de cada cual, con sus orígenes, su carga inconsciente, sus heridas y herencias. Otras veces, nada sirve.

Sin embargo, y aquí puede llevar a engaño la lectura, toda relación es, por definición, mixta, dado que siempre combina elementos distintos. Las diferencias lingüísticas y socioculturales pesan, pero no está claro que determinen el rumbo de una pareja. La unión de Alicia y Matty está abocada al fracaso, de eso quedan escasas dudas. Las circunstancias, por su parte, ayudan poco. Pero el factor crítico brota de un veneno reconocible y universal. Un veneno —el abuso— que arruinaría cualquier relación de pareja y ante el que el matiz multicultural se vuelve accesorio.

«Tere mira a su hija y piensa que no sabe cuándo su niña se ha vuelto tan dura». Alicia, introvertida y solitaria, se aísla más y más en medio de la cordialidad postiza que la rodea. Cae en el mutismo y la melancolía. Se vuelve un ser triste. Y al mismo tiempo está harta. Harta de Matty, de su familia política, del «frío insoportable», de sí misma. Un hartazgo que no desaparece ni va a marcharse a ningún sitio.

La autora retrata muy bien el aburrimiento y la superficialidad del primer mundo, ese mundo de apariencias afables que ocultan infiernos. Y plasma con crudeza la geografía suburbana de EEUU: «Calles vacías de gente, todos en sus casas, aislados, protegidos, como su hija», piensa la madre durante sus visitas.

Alicia intenta implicarse en la universidad, mejorar la relación con su entorno profesional mientras la convivencia con Matty se deteriora. Cada vez están más lejos el uno del otro. La posibilidad de entenderse desciende y termina por desaparecer. No haber tenido hijos le permitirá a Alicia poner océano de por medio. Él también parece pasar página, aunque nos preguntamos si algo aprende.

La prosa, agilísima, no evita lo más difícil: adentrarse en recovecos anímicos donde todo se enreda: la rabia, la conciencia, los afectos, el miedo irracional. Flexible, adaptativa, fiel al propósito de lo que se desea contar, la autora emplea un tono descriptivo, como de crónica, que levanta el pellejo y muestra en carne viva lo invisible sin alarma ni oportunismo. Con todo, una crítica: la confesión de la protagonista de haberse besado con otro cumple su función narrativa (acelerar la ruptura), pero resulta un tanto gazmoña (en mi chica opinión).

«No quiero empezar de cero, no quiero borrón y cuenta nueva, no quiero reconstruir mi vida sin entender cómo he llegado aquí». Lejos de la autobiografía, Portela ha hecho un notable ejercicio de reflexión y de memoria. Renacer a partir de lo vivido y observado. No perderlo de vista. Conservarlo al alcance de la mano.


Formas de estar lejos (Galaxia Gutenberg, 2019), de Edurne Portela | 240 páginas | 18,90 euros.

* Texto publicado el 28/06/2019 en Estado Crítico.

18 de junio de 2019

M. Mujica Láinez: Sergio




La belleza y algo más

A pesar de tener Bomarzo conmigo desde niña (regalo de abuelo paterno), no había leído al argentino Mujica Láinez —alias «Manucho»— hasta llegar a este muchacho hipnótico, Sergio.

La novela fue escrita entre 1975 y 1976, coincidiendo con los primeros meses de la dictadura argentina, presente ya en las últimas páginas del libro. Sergio, como el Tadzio de Mann, porta una belleza subyugante y fuera de lo común ante la que se perece sin remedio. El autor nos advierte así: «Su hermosura era muy notable, téngalo en cuenta el lector, porque de no ser así, buena parte de lo que se referirá en esta crónica resultará incomprensible».

Sergio Londres, catamarqueño de origen humilde, vive con su tía y sus primos en el hotel New England, lugar de veraneo donde abundan las murmuraciones, las ansias de distinción y los residentes excéntricos. La tía trabaja allí de cocinera pero es Sergio el que marca el comienzo de la historia: «He aquí el punto de partida […]: un muchacho desnudo, solicitado por un sueño suficientemente lúbrico, que en lugar de experimentarlo en la intimidad de su cama, pasea exponiéndolo, sobre la cornisa de un hotel».

Un chico sonámbulo que, ajeno a lo que provoca su lindura, trastorna la rutina del hotel y altera sin quererlo el destino de varios de sus huéspedes. «Inteligente y haragán, con buena memoria y facilidad para la música. Tierno, pero ido», acostumbrado a habitar un mundo alejado de la realidad y «a que la vida lo transportase». Cualidades todas que despiertan en los otros un deseo de posesión que se probará irrealizable.

Son varios los elementos que hermanan esta obra con La muerte en Venecia. Sin embargo, es el relato de Lázaro de Tormes —para servirles— el que más se le asemeja, amo y huida por capítulo incluidos. Sergio abandona el hotel a los trece años con madame Aupick, junto a quien aprende piano y francés y de la que pronto escapa corriendo. Amplía su cultura en el seminario franciscano. Será huésped de ricos, aprendiz de anticuario, ayudante de cómicos, secretario de artistas y enamorado. Pero, sobre todo, y durante los casi diez años que narra la novela, Sergio será un tránsfuga. «¿Sería eso la vida, una serie de fugas inexplicables?», se pregunta a mitad de camino.

Mujica Láinez usa frase larga y de sintaxis rebuscada, y cierto tono condescendiente, como de mofa, salpicado de un fiel barroquismo. «Para que el lector comprenda…», «Recuerde el lector que…» son fórmulas que ralentizan y adensan la lectura, en consonancia tal vez con la hipocresía social que el relato intenta plasmar.

«¿Era eso, ese cuerpo, lo que buscaban? ¿Qué tenía, para que los desesperase así?». Durante diez capítulos Sergio esquiva persecuciones y carece de amigos verdaderos. Es Sergio el ausente, el hadado, el candoroso. El desconocedor de su aura indefinible y misteriosa. El «atisbador de quimeras». Se enfunda en su timidez, elude decidir, se fía del destino y desea, las más de las veces, que simplemente lo dejen disfrutar en paz de su aislamiento.

Un carácter que, como el autor sabe, entraña el riesgo de optar por el camino equivocado y no enfrentarse a su verdad auténtica. Le ocurre de nuevo a Sergio al conocer a los hermanos Malthus, Juan y Soledad, pieza clave en su destino, ante los que vuelve a sentirse, como siempre, confundido.

Menos mal que la voluntad del azar actúa como un protagonista más. Cansado de la vida frívola y pomposa que lleva junto a su último amo y de la vanidad con la que convive obligado, se deja llevar por Juan cuando este lo busca en Venecia, «aquel paraje propicio para evocar a la muerte y al amor», momento a partir del cual se precipita el fin del viaje.

De regreso a Argentina, Sergio traduce la Eneida en el avión. «Las azafatas se desvivían por atenderlo. Hacía tiempo que no veían un hombre tan hermoso —sobre todo así, de una hermosura simple, directa, desprovista de teatro y arrogancia—», leemos en el epílogo.

Temía abrir un libro cargado de vacío y ampulosidad. No ha sido esta la experiencia. Si el exceso de belleza puede llegar a destruir la vida de una mujer, en Sergio el impacto pareciera ser algo más leve. Exuberancia, romanticismo y un final (¿feliz?) raro, necesario.

De Luis Antonio de Villena, eso sí, esperaba mayor esmero en el prólogo.

Sergio (Drácena, 2018), de Manuel Mujica Láinez | 229 páginas | 15,95 euros.

* Texto publicado el 18/06/2019 en Estado Crítico.

23 de abril de 2019

M. Mayoral: La única mujer en el mundo

Marina Mayoral: La única mujer en el mundo.
Edhasa, 2019.



* Texto publicado el 23/04/2019 en Estado Crítico.

Tejidos por el deseo

«Ahora tengo todo lo que deseo, más de lo que nunca me atreví a desear. Y no tengo miedo a perderlo».

Recuerdo a Marina Mayoral igual que recuerdo mi cuerpo, mi cuerpo y sus ansias, a los veinte años, cuando comencé a leerla, sumergiéndome en su literatura con ardor parejo al de quien se baña en el Jordán.

Eran otros tiempos, a finales del siglo anterior, con menos vidas vividas, con menos deseos colmados, y un horizonte joven, ingenuo, en el que ni la imaginación más desatada podía, ni por asomo, presentir el futuro.

Marina Mayoral hablaba y escribía con serenidad, desde un pazo sabio, sensual, bellísimo, sensible. Desde un estado reconocedor de nuestras constantes vitales, esas que tan dignamente traicionan los asideros de nuestra materia, por suerte para todos.

En La única mujer en el mundo, la autora, nacida en Mondoñedo (Galicia), vuelve a Brétema, lugar perenne de sus narraciones. Un pueblo mítico en el que todo cabe y todo tiene lugar, y del que sale toda forma de vida y de literatura. No se necesitan nuevayores para que suceda lo grande. Tampoco para lo pequeño. Con que aparezcan en la retaguardia es suficiente. Todo está en nosotros. Vamos y venimos. Nos influenciamos. La realidad cambia mientras una gran porción de ella permanece.

El entorno invita a la fusión de la acción con la naturaleza. El mar cercano, la presencia de prados y bosques, la lluvia y la luz tenue de los campos, el rumor del aire, los relojes de las torres. Esa armonía, recóndita, siempre presente en sus relatos, que sus personajes atraviesan y a la que permanecen expuestos.

Estructurada en tres partes, con capítulos breves precisamente datados, La única mujer en el mundo se escribe a varias voces con abundancia de diálogo. Un dialogar que roza, con frecuencia, la mayéutica, guiándonos hacia la comprensión auténtica del devenir anímico de los personajes. Damián, Luz Áurea, Adolfo, Amara y Marcos se nos descubren. Sus vidas se entrelazan, física y emocionalmente. Y aunque no hay tramo de existencia libre de tragedia o dolor, ellos crecen. Crecen por la vía de los deseos, hacia ellos mismos y hacia la libertad.

No sé si quien escribe es consciente de lo que los lectores aprehendemos a través de sus obras, de su involuntario hálito docente. Mostrar, enseñar. Ensanchar caminos, contribuir al descubrimiento y a la toma de conciencia. Recoger nuevos impulsos en aguas desconocidas. Arrojarse al curso de la vida. Tejerse en el deseo. Trenzarse con él. Vivir por él.

Un narrar puro, sin trampas, con voluntad de sugerir pero no de imponer, y mucho menos de ocultar.

Tengo mucho que agradecer, y quiero que se note, a Marina Mayoral. Incluido el placer de distinguir las forsitias.


Marina Mayoral (1942) es novelista y catedrática jubilada de Literatura Española de la Universidad Complutense de Madrid. Escribe en gallego y en castellano. Entre sus numerosos trabajos de investigación destacan los dedicados a Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán, así como sus análisis de poesía y prosa contemporáneas. Colabora semanalmente con La voz de Galicia. Ha publicado más de una veintena de novelas y libros de cuentos. Algunos de sus títulos más célebres son Recóndita armonía, Dar la vida y el alma, Deseos o Recuerda, cuerpo.

* Para R. Mayoral, que me acompañó en los noventa.

25 de marzo de 2019

E. Pardo Bazán: Cuentos trágicos



Los cuentos de doña Emilia

La primera pregunta que me hago es cómo marcar un libro de páginas negras. Me llevó a comprarlo la atracción fatal: qué mejor acompañante que un pigmento aciago para los cuentos trágicos de doña Emilia.

Pardo Bazán (1851-1921) escribió más de quinientas narraciones cortas, siendo este su último volumen de relatos publicado en vida. Veintisiete textos de igualada extensión imbuidos de cierto terror, hado y romanticismo.

«Mi impresión fue violenta, honda; difícilmente sabría definirla, porque creo que hay sobradas cosas fuera de todo análisis racional». «Hay en la vida cosas así, que nadie logra nunca poner en claro, aunque las vea muy de cerca y tenga, al parecer, los medios para enterarse».

La fuerza del destino establece el tono basal de cada historia. El azar espera en una esquina silenciosa, y salta y muerde yugulares sin distinción de tegumento. Nada vuelve a ser lo mismo después de ese paso en falso o ese hecho inesperado. Ni siquiera cuando el relato acaba bien.

«No hay efecto sin causa». «Todos mueren de lo que han vivido». «Lo sabe la parte mejor de su ser de usted: su instinto». Queda claro que cada acción tiene su repercusión. Y cada impulso, su lamento. A ese nudo de fatalidad e inclinación natural añade doña Emilia el peso del juicio social y de la conciencia, dejando a sus protagonistas un ridículo —o mejor, nulo— margen de maniobra. Ahoguémonos en el río: por algo son cuentos trágicos.

Afloran los dramas de pobres y las que fueron preocupaciones constantes de la autora: las huelgas y revueltas sociales de su época; la observación de las clases sociales; la situación de las mujeres; el valor del pensamiento propio y del sentido común.

«Bocas inútiles no se comprenden entre los labriegos». «Los que leen la historia conceden tal vez exclusiva importancia a los hechos de mayor relieve; los que viven esa misma historia, se preocupan más de lo pequeño y cotidiano, la subsistencia, el empleo de las horas del día». Realismo que no se ve reñido con una forma elegante de cerrar los casos: «Como casi siempre, la verdad sería lo funesto».

España, el país que tan bien conoce, aparece en compañía de geografías más lejanas. Oriente, Rusia, el antiguo Egipto, la Francia revolucionaria, la América precolombina. Doña Emilia viaja en el espacio y en el tiempo. Como para demostrar que el infortunio y la ilusoria felicidad gozan de inmortalidad.

En medio de Emmas Bovary, de Anas Ozores y Kareninas, no olvidemos que doña Emila fue capaz de escribir cuentos trágicos y grandes dramas, sí, pero también una novela como Insolación (1889), con su final abierto y optimista, aportando un aire de modernidad y descaro al panorama literario europeo.

En 2018, la editorial Contraseña imprimió otra colección de relatos de la autora: El encaje roto. Antología de cuentos de violencia contra las mujeres. Naturalismo, realismo, pardobazanismo. Temas infinitos. Quedémonos con la mucha luz que arrojan sus escritos.


Posdata: una triste llamada de atención

Con lo que cuesta editar un libro —tiempo, inversión, esfuerzos—, ¿por qué tantísimas erratas? ¿Por qué semejante descuido editorial? ¿Tan difícil resulta una revisión cuidadosa para minimizarlas? Un lector ciego y poco exigente es algo que ninguna empresa de este tipo quiere para sí. O al menos es lo que deseo pensar.

De haber corregido sobre páginas blancas los gazapos encontrados, el ejemplar hubiera quedado de un color muy parecido a la negrura original. Hay errores en el índice, en la portada, en el canto; los hay en la puntuación y en la paginación; por no hablar de las muchas tildes ausentes o de numerosas faltas de concordancia en el palabreo más simple. En la página final dice «Este libro se terminó de imprimir en junio de 2019…». ¿Seguro, en 2019? No me lo creo yo.

Por último, me gustaría que dejaran de referirse a las mujeres como poetisas. Le haría poca gracia a doña Emilia comprobar que, a estas alturas, así la siguen denominando en su país, como sucede en la nota biográfica interior.

Esto es todo.

Cuentos trágicos (Cazador de ratas, 2018), de Emilia Pardo Bazán | 247 páginas | 15,00 euros.

* Reseña publicada el 25/03/2019 en Estado Crítico.

3 de marzo de 2019

J. Gracia Armendáriz: Diario del hombre pálido & Piel roja

Juan Gracia Armendáriz: Diario del hombre pálido & Piel roja.
Demipage, 2010 & 2012.


«Uno no puede abrirse el vientre a fin de que las palabras broten como vísceras humeantes. Sería una falta de respeto».

Llevo dos libros siendo enferma renal, participando del desdoblamiento vital que permite la literatura (el irrepetible Mercury decía depender del exceso, que no es sino otra forma de desdoblamiento). He vivido cientos de horas conectada a una máquina de hemodiálisis, viajando de Madrid a Pamplona y de Pamplona a Madrid, leyendo sin tregua, esperando un riñón nuevo, escribiendo estos diarios. Diarios que son crónica y testimonio de un estado la mar de jodido.

Diario del hombre pálido y Piel roja componen los tomos II y III de la «trilogía de la enfermedad» de Gracia Armendáriz, iniciada en 2008 con La línea Plimsoll. Desde su «situación de interinidad corporal», el autor nos presenta una patografía de la enfermedad nefrítica. A veces, la «bestia» del sufrimiento físico espolea la lucidez. Con mayor frecuencia, admite el autor, simplemente desgasta y debilita.

Trescientas seis entradas en las que pasado y presente intercambian impresiones atravesadas por un módulo clave: la mirada literaria. Ni chismes ni exaltación del yo. Autocompasión, también, cero. Aguante y deseo de vivir, intactos hasta el final. Un rostro pálido que ansía convertirse en un piel roja. Salvaguardado, a ser posible, por el afecto.

«A veces los golpes que propina la vida son puñetazos al aire. Golpes que sólo consiguen incrementar la ceguera».

Convincentes y emotivas, en estas páginas una descubre de pronto un nuevo significado para la palabra pecera, revisitando de costado una obra posterior del autor (La pecera, Demipage, 2015).

Escritos en lengua inglesa, pienso que estos diarios habrían sido un superventas inmediato, portadores como son de hondura, buen hacer literario y universalidad. Por desgracia, latitudes, apellidos, suerte y mercado mandan (y me dejo factores, lo sé).

«Había estado cuatro años flotando en el aire insalubre de una sala de hospital, como un viejo y olvidado astronauta, atado a una decrépita estación espacial, girando en la estratosfera de los sueros, de las transfusiones, de los quirófanos, sin saber si algún día regresaría a la Tierra. Y ahora estaba en casa».

Es tarea del lector encontrar cauce a sus presentimientos.

24 de febrero de 2019

K. Linazasoro: Versus

Karlos Linazasoro: Versus.
Jekyll & Jill, 2018.


* Texto publicado en Estado Crítico.

Versus contra Versus

«¿Pero dónde está Versus? ¿En qué grados, en qué legua, en qué nada azul y loca que no tiene final?».

Querido Versus,

luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Nabokov y El hombre que amaba a las islas (D.H. Lawrence) nos hicieron pensar en ti, en tu isla, en tus ansias, en tu sufrimiento, en la condición humana, aunque la conexión con esas obras pueda quedar en entredicho, como todo en los pliegues de nuestra naturaleza, de la que tú eres parte todavía, a pesar de encontrarte perdido entre mares incógnitos.

En esta carta te llamaremos Versus, Versus a secas, sin bastardilla ni florituras, pues no vemos manera de separar título y protagonista, arrojados como estáis el uno en brazos del otro (y bien que hacéis).

¿Cómo empezar? ¿Qué decir de ti, Versus, y presentarte ante otros? Habitas una isla desierta, pequeña, con su palmera única en el centro, oculto tras una portada (estampa de apertura, autoría equis) color verde caribe. Diremos que hubo un antes y un después a tu naufragio (porque hubo un naufragio). Y que hablaron de ti allá en 2013, en concreto en la editorial Elkarlanean, en euskera, lengua de cuna de tu políglota autor, de quien heredaste —o al menos eso comenta él— numerosas cualidades.

Después de leerte tenemos la impresión de conocerte bastante bien, Versus. Y, a mayor conocimiento —ya se sabe— mayor comprensión y más cariño. Pero a la vez, mayores problemas. Y más ocasiones de empezar a discutir contigo. De la manera más tonta, por lo que sea. Es una tradición humana a la que seguiremos fieles por los siglos de los siglos, creemos.

Porque como nosotros, Versus, y aunque te tragues peces voladores, tú no eres un ser sobrenatural, tienes un cuerpo, con su flojera y sus necesidades, y te contradices mucho al pasar del pensamiento a la acción, sin olvidar tus cambios bruscos de temperamento. Que no piensen los lectores que nunca te enfadas: lo haces y con genio. A menudo te inquietas e impacientas. Te invade la angustia porque no encuentras respuesta a tus preguntas. Porque estás solo, más solo que la una. Y conforme aumenta tu soledad, crece tu asco por habitar esa isla. Sin ponernos muy empáticos, te comprendemos, Versus.

Para expresar tu realidad, la papeleta terrible que te encierra, creas tu propio universo, que une lo que te arroja el mar, lo que sale de ti y lo que te cae del cielo. Y ese peculiar mundo —sensorial, memorístico, anímico— nos llega a través de estas páginas mágicas (¿te importa que usemos este tópico, páginas mágicas, para hablar de tu libro?). La actualidad, tu denso magma literario (fuiste un gran lector y todavía un hombre culto, Versus), la Biblia, el arte, las seis lenguas que hablas, tus conocimientos de Historia, la ciencia, la metafísica, los mitos...

Sueños, ilusiones, añoranzas. Algunas apariciones imprevistas —nunca humanas—. La soledad de frente, Versus.

Versus en la nieve

De vez en cuando —con frecuencia, diríamos— te nos pones lírico y melancólico. ¿En exceso? Te dejamos el juicio. El cruel tira y afloja entre sentir y razonar te martiriza. Tanto por saber… ¡y ni lo más simple halla su alivio! Sabes que la palabra va a la contra. Que provoca arritmias y ventoleras aunque te encuentres perdido y exiliado en esa isla. Y por eso la usas. La palabra y algunos placeres físicos son lo poco que para ti, en tus circunstancias (saludamos a Ortega), vale la pena.

¿Que a qué género pertenece Versus? No pensamos que esto importe en absoluto, ¿verdad, Versus? Porque Versus lo es todo: prosa palpitante, reflexión solitaria, drama vital y lírica escondida. Un inclasificable. Un todo erigido sobre una isla-individuo. Noventa y nueve textos breves, estampas de una vida a la deriva, compactas, sin párrafos que crucen ni desfiguren la página.

En contraste, tú, Versus, tú sí que cambias. Lo haces a cada instante, inesperada y efusivamente. Esta estructura, perfecta en su simpleza, entrega a tu autor la más absoluta libertad creadora, dado que no existe cronología ni ligadura temática alguna entre estampas. Fraseo impar, cambios de compás a cada poco: cada pentagrama —cada momento de vida— mecido por un oleaje impredecible y distinto.

Narrado en un nosotros del que aquí hemos querido servirnos como forma de acompañarte, Linazasoro emplea también el impersonal de se y la segunda persona (se te habla a ti, Versus, claro): «No te calles, Versus, no te quedes sin palabras, que no te venza el desorden del mar».

Atemporal estancia. Divertidos disparates. Desbordante imaginación. Espíritu libre. El absurdo nos hace reír y nos inquieta: ¿Qué es lo que somos, a dónde vamos? Ni la más remota idea.

«Versus quiere abrir una ventana», nos hacen saber, próximos al final. Abrámosla juntos, Versus, angelillo. Yo también estoy cansada (¿ves que me paso a la primera persona?). Y tan sola como tú, Versus.

Para terminar, vemos que Linazasoro ha publicado muchísimo. Sabemos poco de él en castellano. Que nos avise por favor cuando lleguen nuevas traducciones. Hasta pronto y gracias/mesedez por Versus.

* Para E. G.

9 de febrero de 2019

A. Lun: Los palimpsestos

Aleksandra Lun: Los palimpsestos. 
Editorial Minúscula, 2015.



* Reseña publicada en el número de febrero de Las Críticas.

Anomalías

«Me llamo Czesław Przęśnicki, soy un miserable inmigrante de Europa del Este y un escritor fracasado, hace tiempo que no mantengo relaciones sexuales y estoy ingresado en un manicomio de Bélgica, un país que lleva un año sin gobierno».

Es el comienzo de Los palimpsestos, primera novela de Aleksandra Lun (Gliwice, Polonia, 1979),  publicada en 2015 por Minúscula y clasificada por la propia editorial como «un libro fascinantemente anómalo».

Una de sus anomalías es haber sido escrita en español, una lengua no materna para la autora. Lun lo explica de este modo para Las Críticas: «Yo nunca he tomado la decisión de escribir en español porque es algo que me resulta natural. Cuando escribo escucho una voz y esa voz me habla en español. Traducirla al polaco o a cualquier otro idioma de los que hablo sería doble trabajo».

Lun se suma así al raro círculo de autores aquejados por el mal del escritor extranjero, impulsados a escribir, por un motivo u otro, en lenguas distintas a la propia. «Llevaba mucho tiempo investigando a los escritores que habían cambiado de idioma. Lo que me interesaba era encontrar un denominador común entre los que habían tomado ese camino tan audaz. No lo he encontrado: cada escritor tenía sus razones particulares y su vivencia personal de escribir en otro idioma. Llegó un momento en el que estaba tan inmersa en el tema que el libro prácticamente se escribió solo», comenta la autora.

Y es el tema de Los palimpsestos lo que constituye, precisamente, la segunda anomalía del libro: Lun, ella misma bajo el síndrome del escritor extranjero, escribe una novela sobre el quid de este mal, convirtiendo a una de sus víctimas —el entrañable Czesław Przęśnicki, treinta y cinco años— en protagonista.


Przęśnicki, te queremos

A Przęśnicki, encerrado como hemos dicho en un sanatorio belga en el que todos aspiran a su recuperación, lo desvela la preocupación opuesta a la de Agota Kristof: no teme perder su lengua materna (el polaco), sino el antártico, su lengua aprendida, en la que ya ha escrito su primera novela, Wampir, «un fracaso editorial».

Ingenuo, reflexivo, repicado de inyecciones y con los nervios a flor de piel, Przęśnicki conmueve y llena de luz Los Palimpsestos: «Soy de anatomía flácida, pelo escaso y naturaleza sumisa, y la totalidad de mi pusilánime persona dista de constituir una fuerza atractiva para los ejemplares sanos del sexo masculino, tanto durante los regímenes totalitarios como en democracia».

Trece capítulos breves es todo lo que necesita Lun para construir su relato. En los doce primeros escuchamos a Przęśnicki narrar en primera persona el transcurrir de sus días en el psiquiátrico de Lieja. El último es una carta formal que la Asociación de Escritores Antárticos le envía.

Przęśnicki comparte habitación con el padre Kalinowski, un sacerdote polaco. Cada jornada comienza y termina de la misma manera sin que resulte repetitivo: un sueño, el dormitorio, el padre Kalinowski, los enfermeros, el tratamiento, encuentros con escritores apátridas, el despacho de la doctora impasible, regreso al cuarto y al sueño.

La segunda novela que Przęśnicki empieza a escribir se titula Kaskader (“doble” en polaco) y lo hace a escondidas, también en antártico, yendo contra el consejo médico recibido, en las páginas de un diario flamenco descubierto bajo su cama. «Estaba escribiendo mi libro en antártico en un manicomio como si hiciera el amor por última vez en un cuchitril de alquiler, en un acto con sabor a vitalidad y a ultimátum que los escritores nativos, como las parejas estables follando en un piso hipotecado, no podían experimentar».

La principal fuente de angustia para Przęśnicki es obvia: teme olvidar una lengua en la que ha aprendido a hablar… y a intentar vivir al completo. La lengua con la que, aunque fracasado, se ha hecho escritor, desafiando a los nativos. «Tenía la esperanza de que hablar el antártico y alguna otra lengua no solo me ayudaría a integrarme en el extranjero, sino también me convertiría en un políglota o una persona feliz».

A este respecto y sobre la adquisición de otras lenguas dice Lun: «Concibo el conocimiento de otros idiomas como un antídoto y una protección contra la locura. Uno de los aspectos de esa locura es creernos la realidad con la que se nos presenta cuando nacemos en una lengua concreta. Sabiendo idiomas podemos trascender la visión futbolística del mundo en el que nuestro club es siempre mejor por la simple razón de que sea nuestro». Pero también añade: «Un inmigrante carga con las expectativas de quién debería ser en la cultura de llegada, en las que no cabe un uso natural de su lengua adquirida en situaciones que no sean de pura necesidad, como el trabajo o la socialización. Desde esta perspectiva, hay fronteras que no debe traspasar, como apropiarse de la lengua adquirida. Este razonamiento de tintes colonialistas es una ficción para cualquiera que haya pasado un tiempo en otro país».


Ionesco-Valleinclanesco

De principio a fin, el absurdo sirve a la tragicomedia en Los palimpsestos, bordeando lo irracional y lo esperpéntico. Una corriente de humor prevista quizá para amortiguar el sufrimiento del protagonista. «El registro satírico fue algo que también se gestó de manera natural. Hay temas que son demasiado importantes como para hablar de ellos en serio», señala Lun.

Un juego cómico que funciona y que plantea preguntas muy precisas para las que cada cual debe encontrar su respuesta. «¿Anarquía literaria, es lo que quiere? ¿Y dónde estaría la patria de cada escritor? ¿Cómo se clasificarían los libros en las bibliotecas?». «¿Cree que ellos (los nativos) saben mejor cuál es nuestra lengua materna? ¿Cree que ordenándonos a nosotros ordenan su propio mundo?». «¡El concepto de la lengua materna está gastado!». «Si escribiese en mi lengua materna, lo que escribo se volvería particular. Vosotros no sabéis que la lengua materna siempre lleva el peso del automatismo».


El exilio como hecho literario

Una lengua es un país sin fronteras. Abandonar esa patria segura del idioma abre la puerta al cambio… y al distanciamiento: los otros no entienden quién eres, pero tampoco comprenden que al aprender esa lengua ajena te has transformado en alguien nuevo.

Escribir en otras lenguas te compartimenta: cada idioma revela un mundo y una identidad. Nabokov, Vonnegut, Beckett, Schulz, Cioran, Conrad, Blixen, Ionesco, Kristof, Schackleton, Gombrowicz, Nabokov... todos ellos y varios más desfilan por Los palimpsestos. Laia Fábregas, Jumpa Lahiri, Eva Hoffman, Aleksandra Lun. Y los que nos dejamos. Y los que seguirán.

Nadie elige su primera lengua. Pero a menudo olvidamos que las adquiridas también son impuestas por las circunstancias. Un país —una cultura— se mece en la melodía de su lengua (entre otros elementos). Puede que se ame un país si se ama su lengua, y que resulte igualmente cierto lo contrario.

¿Otorga mayor libertad creativa la falta de tutela inconsciente por parte de un idioma? Przęśnicki escribe porque es escritor y porque no quiere perder una lengua que ha adquirido sobre la materna, pero es su caso nada más. Una lengua es tu libertad última, tu pensamiento. ¿Supervivencia vital o supervivencia lingüística? Si nadie nos entendiera, ¿seguiríamos aguerridos a nuestras lenguas? No se me ocurre pensamiento más siniestro que perder una lengua.


Cuestiones finales

La literatura es seguramente el arte menos universal y más críptico, pues depende, para ser trasferible, de las traducciones.

Los palimpsestos compone un himno a favor de la contracorriente y de la rotura de identificaciones lingüísticas. Vuela libre bajo el ala de su humor brillante, abriendo caminos amplios a nuestra interpretación. Hay estrofas y coros mordaces, escenas histriónicas, y un corazón de oro en el protagonista.

Con esta novela Lun pasa —también— a formar parte de lo que Iwasaki llamó hace unos años “La Mancha Extraterritorial” (El Mercurio, 2014). Traducida ya al francés por Lori Saint-Martin y al inglés por Elizabeth Bryer, con locura y con razón, cosechará éxitos en todas sus lenguas.


* Aleksandra Lun (1979) nació en Polonia. Entre 1999 y 2010 vivió  en España, donde estudió filología hispánica, interpretación y traducción. Actualmente reside en Bélgica. Los palimpsestos fue su primera novela.