23 de abril de 2019

M. Mayoral: La única mujer en el mundo

Marina Mayoral: La única mujer en el mundo.
Edhasa, 2019.



* Texto publicado el 23/04/2019 en Estado Crítico.

Tejidos por el deseo

«Ahora tengo todo lo que deseo, más de lo que nunca me atreví a desear. Y no tengo miedo a perderlo».

Recuerdo a Marina Mayoral igual que recuerdo mi cuerpo, mi cuerpo y sus ansias, a los veinte años, cuando comencé a leerla, sumergiéndome en su literatura con ardor parejo al de quien se baña en el Jordán.

Eran otros tiempos, a finales del siglo anterior, con menos vidas vividas, con menos deseos colmados, y un horizonte joven, ingenuo, en el que ni la imaginación más desatada podía, ni por asomo, presentir el futuro.

Marina Mayoral hablaba y escribía con serenidad, desde un pazo sabio, sensual, bellísimo, sensible. Desde un estado reconocedor de nuestras constantes vitales, esas que tan dignamente traicionan los asideros de nuestra materia, por suerte para todos.

En La única mujer en el mundo, la autora, nacida en Mondoñedo (Galicia), vuelve a Brétema, lugar perenne de sus narraciones. Un pueblo mítico en el que todo cabe y todo tiene lugar, y del que sale toda forma de vida y de literatura. No se necesitan nuevayores para que suceda lo grande. Tampoco para lo pequeño. Con que aparezcan en la retaguardia es suficiente. Todo está en nosotros. Vamos y venimos. Nos influenciamos. La realidad cambia mientras una gran porción de ella permanece.

El entorno invita a la fusión de la acción con la naturaleza. El mar cercano, la presencia de prados y bosques, la lluvia y la luz tenue de los campos, el rumor del aire, los relojes de las torres. Esa armonía, recóndita, siempre presente en sus relatos, que sus personajes atraviesan y a la que permanecen expuestos.

Estructurada en tres partes, con capítulos breves precisamente datados, La única mujer en el mundo se escribe a varias voces con abundancia de diálogo. Un dialogar que roza, con frecuencia, la mayéutica, guiándonos hacia la comprensión auténtica del devenir anímico de los personajes. Damián, Luz Áurea, Adolfo, Amara y Marcos se nos descubren. Sus vidas se entrelazan, física y emocionalmente. Y aunque no hay tramo de existencia libre de tragedia o dolor, ellos crecen. Crecen por la vía de los deseos, hacia ellos mismos y hacia la libertad.

No sé si quien escribe es consciente de lo que los lectores aprehendemos a través de sus obras, de su involuntario hálito docente. Mostrar, enseñar. Ensanchar caminos, contribuir al descubrimiento y a la toma de conciencia. Recoger nuevos impulsos en aguas desconocidas. Arrojarse al curso de la vida. Tejerse en el deseo. Trenzarse con él. Vivir por él.

Un narrar puro, sin trampas, con voluntad de sugerir pero no de imponer, y mucho menos de ocultar.

Tengo mucho que agradecer, y quiero que se note, a Marina Mayoral. Incluido el placer de distinguir las forsitias.


Marina Mayoral (1942) es novelista y catedrática jubilada de Literatura Española de la Universidad Complutense de Madrid. Escribe en gallego y en castellano. Entre sus numerosos trabajos de investigación destacan los dedicados a Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán, así como sus análisis de poesía y prosa contemporáneas. Colabora semanalmente con La voz de Galicia. Ha publicado más de una veintena de novelas y libros de cuentos. Algunos de sus títulos más célebres son Recóndita armonía, Dar la vida y el alma, Deseos o Recuerda, cuerpo.

* Para R. Mayoral, que me acompañó en los noventa.

25 de marzo de 2019

E. Pardo Bazán: Cuentos trágicos



Los cuentos de doña Emilia

La primera pregunta que me hago es cómo marcar un libro de páginas negras. Me llevó a comprarlo la atracción fatal: qué mejor acompañante que un pigmento aciago para los cuentos trágicos de doña Emilia.

Pardo Bazán (1851-1921) escribió más de quinientas narraciones cortas, siendo este su último volumen de relatos publicado en vida. Veintisiete textos de igualada extensión imbuidos de cierto terror, hado y romanticismo.

«Mi impresión fue violenta, honda; difícilmente sabría definirla, porque creo que hay sobradas cosas fuera de todo análisis racional». «Hay en la vida cosas así, que nadie logra nunca poner en claro, aunque las vea muy de cerca y tenga, al parecer, los medios para enterarse».

La fuerza del destino establece el tono basal de cada historia. El azar espera en una esquina silenciosa, y salta y muerde yugulares sin distinción de tegumento. Nada vuelve a ser lo mismo después de ese paso en falso o ese hecho inesperado. Ni siquiera cuando el relato acaba bien.

«No hay efecto sin causa». «Todos mueren de lo que han vivido». «Lo sabe la parte mejor de su ser de usted: su instinto». Queda claro que cada acción tiene su repercusión. Y cada impulso, su lamento. A ese nudo de fatalidad e inclinación natural añade doña Emilia el peso del juicio social y de la conciencia, dejando a sus protagonistas un ridículo —o mejor, nulo— margen de maniobra. Ahoguémonos en el río: por algo son cuentos trágicos.

Afloran los dramas de pobres y las que fueron preocupaciones constantes de la autora: las huelgas y revueltas sociales de su época; la observación de las clases sociales; la situación de las mujeres; el valor del pensamiento propio y del sentido común.

«Bocas inútiles no se comprenden entre los labriegos». «Los que leen la historia conceden tal vez exclusiva importancia a los hechos de mayor relieve; los que viven esa misma historia, se preocupan más de lo pequeño y cotidiano, la subsistencia, el empleo de las horas del día». Realismo que no se ve reñido con una forma elegante de cerrar los casos: «Como casi siempre, la verdad sería lo funesto».

España, el país que tan bien conoce, aparece en compañía de geografías más lejanas. Oriente, Rusia, el antiguo Egipto, la Francia revolucionaria, la América precolombina. Doña Emilia viaja en el espacio y en el tiempo. Como para demostrar que el infortunio y la ilusoria felicidad gozan de inmortalidad.

En medio de Emmas Bovary, de Anas Ozores y Kareninas, no olvidemos que doña Emila fue capaz de escribir cuentos trágicos y grandes dramas, sí, pero también una novela como Insolación (1889), con su final abierto y optimista, aportando un aire de modernidad y descaro al panorama literario europeo.

En 2018, la editorial Contraseña imprimió otra colección de relatos de la autora: El encaje roto. Antología de cuentos de violencia contra las mujeres. Naturalismo, realismo, pardobazanismo. Temas infinitos. Quedémonos con la mucha luz que arrojan sus escritos.


Posdata: una triste llamada de atención

Con lo que cuesta editar un libro —tiempo, inversión, esfuerzos—, ¿por qué tantísimas erratas? ¿Por qué semejante descuido editorial? ¿Tan difícil resulta una revisión cuidadosa para minimizarlas? Un lector ciego y poco exigente es algo que ninguna empresa de este tipo quiere para sí. O al menos es lo que deseo pensar.

De haber corregido sobre páginas blancas los gazapos encontrados, el ejemplar hubiera quedado de un color muy parecido a la negrura original. Hay errores en el índice, en la portada, en el canto; los hay en la puntuación y en la paginación; por no hablar de las muchas tildes ausentes o de numerosas faltas de concordancia en el palabreo más simple. En la página final dice «Este libro se terminó de imprimir en junio de 2019…». ¿Seguro, en 2019? No me lo creo yo.

Por último, me gustaría que dejaran de referirse a las mujeres como poetisas. Le haría poca gracia a doña Emilia comprobar que, a estas alturas, así la siguen denominando en su país, como sucede en la nota biográfica interior.

Esto es todo.

Cuentos trágicos (Cazador de ratas, 2018), de Emilia Pardo Bazán | 247 páginas | 15,00 euros.

* Reseña publicada el 25/03/2019 en Estado Crítico.

3 de marzo de 2019

J. Gracia Armendáriz: Diario del hombre pálido & Piel roja

Juan Gracia Armendáriz: Diario del hombre pálido & Piel roja.
Demipage, 2010 & 2012.


«Uno no puede abrirse el vientre a fin de que las palabras broten como vísceras humeantes. Sería una falta de respeto».

Llevo dos libros siendo enferma renal, participando del desdoblamiento vital que permite la literatura (el irrepetible Mercury decía depender del exceso, que no es sino otra forma de desdoblamiento). He vivido cientos de horas conectada a una máquina de hemodiálisis, viajando de Madrid a Pamplona y de Pamplona a Madrid, leyendo sin tregua, esperando un riñón nuevo, escribiendo estos diarios. Diarios que son crónica y testimonio de un estado la mar de jodido.

Diario del hombre pálido y Piel roja componen los tomos II y III de la «trilogía de la enfermedad» de Gracia Armendáriz, iniciada en 2008 con La línea Plimsoll. Desde su «situación de interinidad corporal», el autor nos presenta una patografía de la enfermedad nefrítica. A veces, la «bestia» del sufrimiento físico espolea la lucidez. Con mayor frecuencia, admite el autor, simplemente desgasta y debilita.

Trescientas seis entradas en las que pasado y presente intercambian impresiones atravesadas por un módulo clave: la mirada literaria. Ni chismes ni exaltación del yo. Autocompasión, también, cero. Aguante y deseo de vivir, intactos hasta el final. Un rostro pálido que ansía convertirse en un piel roja. Salvaguardado, a ser posible, por el afecto.

«A veces los golpes que propina la vida son puñetazos al aire. Golpes que sólo consiguen incrementar la ceguera».

Convincentes y emotivas, en estas páginas una descubre de pronto un nuevo significado para la palabra pecera, revisitando de costado una obra posterior del autor (La pecera, Demipage, 2015).

Escritos en lengua inglesa, pienso que estos diarios habrían sido un superventas inmediato, portadores como son de hondura, buen hacer literario y universalidad. Por desgracia, latitudes, apellidos, suerte y mercado mandan (y me dejo factores, lo sé).

«Había estado cuatro años flotando en el aire insalubre de una sala de hospital, como un viejo y olvidado astronauta, atado a una decrépita estación espacial, girando en la estratosfera de los sueros, de las transfusiones, de los quirófanos, sin saber si algún día regresaría a la Tierra. Y ahora estaba en casa».

Es tarea del lector encontrar cauce a sus presentimientos.

24 de febrero de 2019

K. Linazasoro: Versus

Karlos Linazasoro: Versus.
Jekyll & Jill, 2018.


* Texto publicado en Estado Crítico.

Versus contra Versus

«¿Pero dónde está Versus? ¿En qué grados, en qué legua, en qué nada azul y loca que no tiene final?».

Querido Versus,

luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Nabokov y El hombre que amaba a las islas (D.H. Lawrence) nos hicieron pensar en ti, en tu isla, en tus ansias, en tu sufrimiento, en la condición humana, aunque la conexión con esas obras pueda quedar en entredicho, como todo en los pliegues de nuestra naturaleza, de la que tú eres parte todavía, a pesar de encontrarte perdido entre mares incógnitos.

En esta carta te llamaremos Versus, Versus a secas, sin bastardilla ni florituras, pues no vemos manera de separar título y protagonista, arrojados como estáis el uno en brazos del otro (y bien que hacéis).

¿Cómo empezar? ¿Qué decir de ti, Versus, y presentarte ante otros? Habitas una isla desierta, pequeña, con su palmera única en el centro, oculto tras una portada (estampa de apertura, autoría equis) color verde caribe. Diremos que hubo un antes y un después a tu naufragio (porque hubo un naufragio). Y que hablaron de ti allá en 2013, en concreto en la editorial Elkarlanean, en euskera, lengua de cuna de tu políglota autor, de quien heredaste —o al menos eso comenta él— numerosas cualidades.

Después de leerte tenemos la impresión de conocerte bastante bien, Versus. Y, a mayor conocimiento —ya se sabe— mayor comprensión y más cariño. Pero a la vez, mayores problemas. Y más ocasiones de empezar a discutir contigo. De la manera más tonta, por lo que sea. Es una tradición humana a la que seguiremos fieles por los siglos de los siglos, creemos.

Porque como nosotros, Versus, y aunque te tragues peces voladores, tú no eres un ser sobrenatural, tienes un cuerpo, con su flojera y sus necesidades, y te contradices mucho al pasar del pensamiento a la acción, sin olvidar tus cambios bruscos de temperamento. Que no piensen los lectores que nunca te enfadas: lo haces y con genio. A menudo te inquietas e impacientas. Te invade la angustia porque no encuentras respuesta a tus preguntas. Porque estás solo, más solo que la una. Y conforme aumenta tu soledad, crece tu asco por habitar esa isla. Sin ponernos muy empáticos, te comprendemos, Versus.

Para expresar tu realidad, la papeleta terrible que te encierra, creas tu propio universo, que une lo que te arroja el mar, lo que sale de ti y lo que te cae del cielo. Y ese peculiar mundo —sensorial, memorístico, anímico— nos llega a través de estas páginas mágicas (¿te importa que usemos este tópico, páginas mágicas, para hablar de tu libro?). La actualidad, tu denso magma literario (fuiste un gran lector y todavía un hombre culto, Versus), la Biblia, el arte, las seis lenguas que hablas, tus conocimientos de Historia, la ciencia, la metafísica, los mitos...

Sueños, ilusiones, añoranzas. Algunas apariciones imprevistas —nunca humanas—. La soledad de frente, Versus.

Versus en la nieve

De vez en cuando —con frecuencia, diríamos— te nos pones lírico y melancólico. ¿En exceso? Te dejamos el juicio. El cruel tira y afloja entre sentir y razonar te martiriza. Tanto por saber… ¡y ni lo más simple halla su alivio! Sabes que la palabra va a la contra. Que provoca arritmias y ventoleras aunque te encuentres perdido y exiliado en esa isla. Y por eso la usas. La palabra y algunos placeres físicos son lo poco que para ti, en tus circunstancias (saludamos a Ortega), vale la pena.

¿Que a qué género pertenece Versus? No pensamos que esto importe en absoluto, ¿verdad, Versus? Porque Versus lo es todo: prosa palpitante, reflexión solitaria, drama vital y lírica escondida. Un inclasificable. Un todo erigido sobre una isla-individuo. Noventa y nueve textos breves, estampas de una vida a la deriva, compactas, sin párrafos que crucen ni desfiguren la página.

En contraste, tú, Versus, tú sí que cambias. Lo haces a cada instante, inesperada y efusivamente. Esta estructura, perfecta en su simpleza, entrega a tu autor la más absoluta libertad creadora, dado que no existe cronología ni ligadura temática alguna entre estampas. Fraseo impar, cambios de compás a cada poco: cada pentagrama —cada momento de vida— mecido por un oleaje impredecible y distinto.

Narrado en un nosotros del que aquí hemos querido servirnos como forma de acompañarte, Linazasoro emplea también el impersonal de se y la segunda persona (se te habla a ti, Versus, claro): «No te calles, Versus, no te quedes sin palabras, que no te venza el desorden del mar».

Atemporal estancia. Divertidos disparates. Desbordante imaginación. Espíritu libre. El absurdo nos hace reír y nos inquieta: ¿Qué es lo que somos, a dónde vamos? Ni la más remota idea.

«Versus quiere abrir una ventana», nos hacen saber, próximos al final. Abrámosla juntos, Versus, angelillo. Yo también estoy cansada (¿ves que me paso a la primera persona?). Y tan sola como tú, Versus.

Para terminar, vemos que Linazasoro ha publicado muchísimo. Sabemos poco de él en castellano. Que nos avise por favor cuando lleguen nuevas traducciones. Hasta pronto y gracias/mesedez por Versus.

* Para E. G.

9 de febrero de 2019

A. Lun: Los palimpsestos

Aleksandra Lun: Los palimpsestos. 
Editorial Minúscula, 2015.



* Reseña publicada en el número de febrero de Las Críticas.

Anomalías

«Me llamo Czesław Przęśnicki, soy un miserable inmigrante de Europa del Este y un escritor fracasado, hace tiempo que no mantengo relaciones sexuales y estoy ingresado en un manicomio de Bélgica, un país que lleva un año sin gobierno».

Es el comienzo de Los palimpsestos, primera novela de Aleksandra Lun (Gliwice, Polonia, 1979),  publicada en 2015 por Minúscula y clasificada por la propia editorial como «un libro fascinantemente anómalo».

Una de sus anomalías es haber sido escrita en español, una lengua no materna para la autora. Lun lo explica de este modo para Las Críticas: «Yo nunca he tomado la decisión de escribir en español porque es algo que me resulta natural. Cuando escribo escucho una voz y esa voz me habla en español. Traducirla al polaco o a cualquier otro idioma de los que hablo sería doble trabajo».

Lun se suma así al raro círculo de autores aquejados por el mal del escritor extranjero, impulsados a escribir, por un motivo u otro, en lenguas distintas a la propia. «Llevaba mucho tiempo investigando a los escritores que habían cambiado de idioma. Lo que me interesaba era encontrar un denominador común entre los que habían tomado ese camino tan audaz. No lo he encontrado: cada escritor tenía sus razones particulares y su vivencia personal de escribir en otro idioma. Llegó un momento en el que estaba tan inmersa en el tema que el libro prácticamente se escribió solo», comenta la autora.

Y es el tema de Los palimpsestos lo que constituye, precisamente, la segunda anomalía del libro: Lun, ella misma bajo el síndrome del escritor extranjero, escribe una novela sobre el quid de este mal, convirtiendo a una de sus víctimas —el entrañable Czesław Przęśnicki, treinta y cinco años— en protagonista.


Przęśnicki, te queremos

A Przęśnicki, encerrado como hemos dicho en un sanatorio belga en el que todos aspiran a su recuperación, lo desvela la preocupación opuesta a la de Agota Kristof: no teme perder su lengua materna (el polaco), sino el antártico, su lengua aprendida, en la que ya ha escrito su primera novela, Wampir, «un fracaso editorial».

Ingenuo, reflexivo, repicado de inyecciones y con los nervios a flor de piel, Przęśnicki conmueve y llena de luz Los Palimpsestos: «Soy de anatomía flácida, pelo escaso y naturaleza sumisa, y la totalidad de mi pusilánime persona dista de constituir una fuerza atractiva para los ejemplares sanos del sexo masculino, tanto durante los regímenes totalitarios como en democracia».

Trece capítulos breves es todo lo que necesita Lun para construir su relato. En los doce primeros escuchamos a Przęśnicki narrar en primera persona el transcurrir de sus días en el psiquiátrico de Lieja. El último es una carta formal que la Asociación de Escritores Antárticos le envía.

Przęśnicki comparte habitación con el padre Kalinowski, un sacerdote polaco. Cada jornada comienza y termina de la misma manera sin que resulte repetitivo: un sueño, el dormitorio, el padre Kalinowski, los enfermeros, el tratamiento, encuentros con escritores apátridas, el despacho de la doctora impasible, regreso al cuarto y al sueño.

La segunda novela que Przęśnicki empieza a escribir se titula Kaskader (“doble” en polaco) y lo hace a escondidas, también en antártico, yendo contra el consejo médico recibido, en las páginas de un diario flamenco descubierto bajo su cama. «Estaba escribiendo mi libro en antártico en un manicomio como si hiciera el amor por última vez en un cuchitril de alquiler, en un acto con sabor a vitalidad y a ultimátum que los escritores nativos, como las parejas estables follando en un piso hipotecado, no podían experimentar».

La principal fuente de angustia para Przęśnicki es obvia: teme olvidar una lengua en la que ha aprendido a hablar… y a intentar vivir al completo. La lengua con la que, aunque fracasado, se ha hecho escritor, desafiando a los nativos. «Tenía la esperanza de que hablar el antártico y alguna otra lengua no solo me ayudaría a integrarme en el extranjero, sino también me convertiría en un políglota o una persona feliz».

A este respecto y sobre la adquisición de otras lenguas dice Lun: «Concibo el conocimiento de otros idiomas como un antídoto y una protección contra la locura. Uno de los aspectos de esa locura es creernos la realidad con la que se nos presenta cuando nacemos en una lengua concreta. Sabiendo idiomas podemos trascender la visión futbolística del mundo en el que nuestro club es siempre mejor por la simple razón de que sea nuestro». Pero también añade: «Un inmigrante carga con las expectativas de quién debería ser en la cultura de llegada, en las que no cabe un uso natural de su lengua adquirida en situaciones que no sean de pura necesidad, como el trabajo o la socialización. Desde esta perspectiva, hay fronteras que no debe traspasar, como apropiarse de la lengua adquirida. Este razonamiento de tintes colonialistas es una ficción para cualquiera que haya pasado un tiempo en otro país».


Ionesco-Valleinclanesco

De principio a fin, el absurdo sirve a la tragicomedia en Los palimpsestos, bordeando lo irracional y lo esperpéntico. Una corriente de humor prevista quizá para amortiguar el sufrimiento del protagonista. «El registro satírico fue algo que también se gestó de manera natural. Hay temas que son demasiado importantes como para hablar de ellos en serio», señala Lun.

Un juego cómico que funciona y que plantea preguntas muy precisas para las que cada cual debe encontrar su respuesta. «¿Anarquía literaria, es lo que quiere? ¿Y dónde estaría la patria de cada escritor? ¿Cómo se clasificarían los libros en las bibliotecas?». «¿Cree que ellos (los nativos) saben mejor cuál es nuestra lengua materna? ¿Cree que ordenándonos a nosotros ordenan su propio mundo?». «¡El concepto de la lengua materna está gastado!». «Si escribiese en mi lengua materna, lo que escribo se volvería particular. Vosotros no sabéis que la lengua materna siempre lleva el peso del automatismo».


El exilio como hecho literario

Una lengua es un país sin fronteras. Abandonar esa patria segura del idioma abre la puerta al cambio… y al distanciamiento: los otros no entienden quién eres, pero tampoco comprenden que al aprender esa lengua ajena te has transformado en alguien nuevo.

Escribir en otras lenguas te compartimenta: cada idioma revela un mundo y una identidad. Nabokov, Vonnegut, Beckett, Schulz, Cioran, Conrad, Blixen, Ionesco, Kristof, Schackleton, Gombrowicz, Nabokov... todos ellos y varios más desfilan por Los palimpsestos. Laia Fábregas, Jumpa Lahiri, Eva Hoffman, Aleksandra Lun. Y los que nos dejamos. Y los que seguirán.

Nadie elige su primera lengua. Pero a menudo olvidamos que las adquiridas también son impuestas por las circunstancias. Un país —una cultura— se mece en la melodía de su lengua (entre otros elementos). Puede que se ame un país si se ama su lengua, y que resulte igualmente cierto lo contrario.

¿Otorga mayor libertad creativa la falta de tutela inconsciente por parte de un idioma? Przęśnicki escribe porque es escritor y porque no quiere perder una lengua que ha adquirido sobre la materna, pero es su caso nada más. Una lengua es tu libertad última, tu pensamiento. ¿Supervivencia vital o supervivencia lingüística? Si nadie nos entendiera, ¿seguiríamos aguerridos a nuestras lenguas? No se me ocurre pensamiento más siniestro que perder una lengua.


Cuestiones finales

La literatura es seguramente el arte menos universal y más críptico, pues depende, para ser trasferible, de las traducciones.

Los palimpsestos compone un himno a favor de la contracorriente y de la rotura de identificaciones lingüísticas. Vuela libre bajo el ala de su humor brillante, abriendo caminos amplios a nuestra interpretación. Hay estrofas y coros mordaces, escenas histriónicas, y un corazón de oro en el protagonista.

Con esta novela Lun pasa —también— a formar parte de lo que Iwasaki llamó hace unos años “La Mancha Extraterritorial” (El Mercurio, 2014). Traducida ya al francés por Lori Saint-Martin y al inglés por Elizabeth Bryer, con locura y con razón, cosechará éxitos en todas sus lenguas.


* Aleksandra Lun (1979) nació en Polonia. Entre 1999 y 2010 vivió  en España, donde estudió filología hispánica, interpretación y traducción. Actualmente reside en Bélgica. Los palimpsestos fue su primera novela.

29 de diciembre de 2018

Balance 2018


Comencé el año con El papel pintado de amarillo, de Charlotte Perkins Gilman y lo termino con Cálculo de estructuras, de Joan Margarit. En medio, noventa libros leídos, algunos de ellos microcriticados y otros muchos a la espera de su juicio, que a ciencia cierta jamás sé si llegará.

Solo en dos ocasiones (en 2014 y en 2016) publiqué “listas de mejores lecturas”. Tampoco este año caerá ese higo. Sí la breva, sin embargo, de un par de atragantados: títulos cuyos prólogos —en alguno de los casos— me parecieron superiores a su contenido, y cuya lectura, a mi pesar, terminé llevando a cabo a saltos.

Fueron estos:

Lolita, de V. Nabokov.
Tiempo de silencio, de L. Martín-Santos.
Deseo que venga el diablo, de M. MacLane.
Divorcio en el aire, de G. Torné.
Y un Agatha Christie al que me acerqué ingenuamente con vieja nostalgia. Nunca más.

Feliz Año. 

«Cuando hablan de destino o providencia,
lo que los clásicos quieren decir
es que, cuando el azar remueve nuestras vidas,
y suben los de abajo,
y se van hacia el fondo los de arriba,
no cambia nada, porque somos formas
de algún otro desorden más profundo».

(J. Margarit, 'Calle Entença')

13 de diciembre de 2018

E. Halfon: Saturno

Eduardo Halfon: Saturno.
Jekyll & Jill, 2017.



Un insecto mancha la noche
preludio del día.


«En toda tiranía, el pueblo llega a rebelarse».

Temo romper el hechizo pero queda decir: hijo devora a padre, lo increpa, lo pisotea, lo deja sin nombre, le lanza su hatillo de afrentas.

La historia sabida: una secuencia imparable de desgracia. Ausencias y muertes pasadas conducen a muertes futuras. Progenitores que marcan a fuego las vidas de sus hijos. Mann, Plath, Hemingway... Lo cuenta muy bien Halfon en esta breve novela, primera obra suya. El original data de 2003. La edición presente ha sido concebida desde un profundo ardor estético.

«Yo también, padre, pienso continuamente en el suicidio».

Por qué se suicidan tantos escritores, mamá, los autores de estos libros que tú lees y yo rechazo. Por qué te entregas a ellos incluso cuando estoy contigo. Competimos a muerte, ¿lo ves? Pero no importa qué haga, ellos vencen. Te conquistan. Ocupan tu tiempo. La pared invisible contra la que choca mi cabeza de niño.

Que de dónde viene mi odio, que por qué no leo nunca, te preguntas. Soy un buen retratista de interiores. Preferirías no convertirte en Saturno. Pero es tarde: ya lo eres.

26 de noviembre de 2018

R. Acquaroni: La casa grande

Rosana Acquaroni: La casa grande.
Bartleby Editores, 2018.


Utrecht, mitad de noviembre. La autora llega temprano y trabaja hasta acabada la tarde. La corriente de su poemario inunda un local cercano al Domtoren. El oído, alerta (quién sabe qué se manifestó antes: la palabra o la música). Acogida y memoria templan la sala. La hija habla. Una ola sensible prende.

«A Manuela Muñoz, mi madre». Una madre que decía: «De la obediencia no se sale indemne». O «Me ataron con correas y me apagaron la luz». La hija no es víctima, es testigo, aunque esa posición no esté exenta de dolor. Su mirada guarda el pasado y regresa cuando el tiempo ha dado su salto requerido. Construye entonces La casa grande. Para dar abrigo a la madre, a la memoria de la madre. A la vida previa a la hija. Al encierro sufrido en un periodo poco amable con las mujeres.

El primer verso hace de título en cada poema. Versos-matriz, uterinos, dispuestos a blandir las hojas necesarias para contar lo que se propusieron contar. Casi cincuenta poemas en total, distribuidos en cuatro partes.

Vencejos, gorriones… Colibrí es la madre. Los pájaros sobrevuelan varios versos. ¿Qué destino persiguen? ¿Dónde se refugian? La madre-pájaro, como la autora-hija, sin marcharse, sale del hogar. «Una mujer que siente que está sola / tiene muchas maneras de morir / a manos de ella misma».

Intuyo que La casa grande era la forma que esa madre debía tomar. El modo de rescate, la llave abierta a la penumbra de la infancia y a una vida de mujer herida por su época. «La locura presiente la verdad de las cosas / la certeza del hueco».

Mirar a la madre como se mira al futuro. Cortar un tallo. Doblar las esperas. Cada quehacer lleva su nombre.

16 de noviembre de 2018

M. Waltari: Estas cosas jamás suceden




* Texto publicado en la revista Estado Crítico:
http://www.criticoestado.es/esto-pasa-claro-que-pasa/

Esto pasa, claro que pasa

«Estaba preparado para partir. Cansado de todo lo que había considerado suyo, tan cansado que un viaje a cualquier parte significaba para él lo que la libertad para un prisionero».

Solo hay dos formas de huir de una vida de mierda: o evadirse (y echar fardos al mulo), o librarse de todo y dejar esa vida atrás.

Será por eso —porque todos en algún momento buscamos esa huida: la evasión liberadora, la fuga feliz— que uno reconoce de inmediato el estado en que se encuentran los personajes de Estas cosas jamás suceden. Celebramos su suerte y sus decisiones, ese dejarse arrastrar por las inesperadas circunstancias. Y anhelamos ciegamente su brutal tabula rasa: prescindir de nombre, hogar, patria, objetivo. Despachar pesos muertos —importa todo un carajo—. Liberación, liberación, liberación.

En vísperas de la II Guerra Mundial, en algún punto de Europa Central, un hombre y una mujer sobreviven a un accidente aéreo. No sabemos con exactitud de dónde partían ni a dónde se dirigen. Todo dato previo resulta superfluo. Lo relevante es el ahora, los peligros, el misterio y la liviandad que les ofrece y que ellos comparten por casualidad.

«Por primera vez en muchos años, se apoderó de él la fervorosa conciencia de que estaba vivo. Su vida le pertenecía, era libre, sin obligación de rendir cuentas a nadie».

El prolífico Waltari (1908-1979) publicó esta breve novela en 1944, un año antes de alcanzar fama mundial con Sinuhé, el egipcio. Su versatilidad y talento literarios se manifiestan también en esta obra, escrita en un lenguaje escueto, facilitador de la atmosfera enigmática y de los giros repentinos que barren el relato.

«¿De qué sirve el dinero si con él solo se puede comprar comodidad y aburrimiento?». «Sobrevolaban la frontera de la muerte, y todo con lo que a lo largo de los años había tejido una red impenetrable a su alrededor carecía ya de sentido».

Recordé, durante la lectura, el filme chileno Poesía sin fin (2016), de Alejandro Jodorowsky, en el que lo aparentemente absurdo también se convierte en cordel del argumento. Resistimos desportillando el plato oficial, contraviniendo expectativas. «Demasiadas comilonas, demasiados años de vida sedentaria. Ahora volvía a estar en movimiento».

El vacío de la vida acomodada y el bienestar gratuito contrastan con el grupo de cómicos —el tatuado, la cíngara, el enano, el cercopiteco— con el que los protagonistas compartirán trayecto.

«Narcótico como un veneno, se filtraba el olvido en la mente del hombre».

Cierto silencio y un progresivo aire complaciente conquistan al lector. Eso no pasa, devuelve el traductor de Google al insertar el título en finés. Con incredulidad lo repiten los protagonistas: «Estas cosas jamás suceden, estas cosas no pueden suceder».

Los dejamos en las aguas de un río. Gloria.

Estas cosas jamás suceden (Navona Editorial, 2017), de Mika Waltari | Traducción de Luisa Gutiérrez Ruiz | 125 páginas | 14,00 euros.