21 de noviembre de 2019

M. Desbordes: El vestido azul



Romper lo roto

Necesito librarme de la inquietud y congoja que me ha provocado la lectura de esta obra. Puede que incluso sea el motivo principal de esta reseña. Que no te dé la vida todo aquello que eres capaz de soportar. Que no se te acumulen las desgracias.

Michèle Desbordes (1940-2006), escritora francesa poco traducida aún al castellano, da forma, a través de un exquisito yo abstracto, al más recóndito interior de Camille Claudel.

Camille (1864-1943), «pequeña y menuda, con aquella belleza de la que todo el mundo hablaba» y Paul Claudel (1868-1955), aquel alma tan parecida a la suya y que tendrá una existencia tan diferente, fueron hermanos. Él sería el único familiar que la visitaría —cada vez más espaciadamente— en los sanatorios en los que fue encerrada de por vida (Cille-Évrard primero, luego Montdevergues). De todas las miserias posibles, Camille padeció una generosa porción.

La compenetración que sentían Camille y Paul en la infancia —y que conservaron después— mitigaba los peligros de una madre dura y fría, sometida a las apariencias. Una vez muerto el padre, envió de inmediato a su hija a un manicomio. Nunca fue a verla.

Las memorias de Paul y Camille van dando cuenta de ese pasado común, de sus almas afines y de «aquella especie de sufrimiento con que contemplaban el mundo». Recuerdan la plenitud de la dicha juntos; a la par, surge entre ellos una distancia cargada de pesar.

Todo hijo herido emprende una huida. Paul se marcha, Camille crea su arte. El hermano parte lejos como cónsul viviendo ella aún en París: a América, a Tokio, a China. Las despedidas dejan profunda huella en Camille. Más adelante, cuando la encierren, el contraste entre el vasto mundo y su reclusión se hará todavía mayor.

A la pasión vivida con Rodin también nos da acceso la novela. «Temibles son el amor y el fervor, el deseo que destruye y que trastorna». La perdición con el maestro llega después de aquello a lo que ninguno de los dos quiso renunciar durante un tiempo. Rilke, de paso por París, elogia la efervescencia de Rodin. Mientras tanto, Camille se aísla en su taller, mendiga sobras de comida a sus vecinos y destruye sus obras. Debussy, que la conoció en casa de Mallarmé y llegó a amarla, conservó su «vals magnífico».

Llega su ingreso psiquiátrico, que durará hasta el final de sus días, «treinta interminables años durante los cuales no vería más que a las otras locas a las que paseaban por aquellos caminos y que de noche gritaban por los corredores y los refectorios».

Pide cuadernos, anota las visitas de Paul y el dolor de su ausencia. Manda cartas a casa pidiendo que la saquen de allí, una súplica nunca escuchada. Cuando siente que no conocerá otra vida que esa, la indefensión se apodera de ella y se sume en el silencio, deja de luchar. Cuanto podía suceder había sucedido. Incluso Paul. Incluso Paul la ha abandonado.

El vestido azul no es para impacientes. Densa, desgarrada, de difícil entrada, exige abrirse paso con lentitud y entereza. Su intensidad no está exenta de ira. Tampoco de empatía y compasión.

La vida normal no es sino un intento de camino recto. En él siguen cabiendo todos los miedos. A veces, te azotan irremediablemente en plena cara. Otras —las peores—, como en el caso de Camille Claudel, se hacen realidad.

El vestido azul (Periférica, 2018), de Michèle Desbordes | 152 páginas | 16,00 euros | Traducción de David Martín Copé.

* Reseña publicada el 21/11/2019 en Estado Crítico.

30 de octubre de 2019

H. Peeters: Malva



El limbo y el dolor

«Yo soy aquello que nadie desea recordar y en ello reside precisamente la razón de mi existencia: recordarle a todo el mundo la posibilidad de que algo salga mal».

Es la primera vez que reseño dos veces dos veces un mismo libro. Si lo hago es porque no estoy segura de este último dato. Autora y título coinciden; la lengua y la fecha de edición, no.

Leí Malva en 2015, cuando se publicó en neerlandés, su lengua original, y esa lectura fue, ante todo, una inquietante experiencia lírica. Más allá de lo narrado —el abandono por parte de Neruda de su única y enferma hija—, aquello era una caída por rápidos incómodos de creatividad desbordante, puro hechizo lingüístico. El qué, el cómo y el cuándo en perfecta simbiosis. Un bofetón estético bien dado por la mano de una de las mejores poetas neerlandesas actuales, Hagar Peeters. (Informo del título de su último poemario: El escritor es una madre soltera, 2019).

Al abrir Malva en español no sabía, por tanto, qué encontraría, puesto que un libro traducido es un nuevo libro. Sin esta sospecha bajo el brazo, y dada mi poca afición a las relecturas, no creo que algo así hubiera sucedido, y estas líneas prescindibles no se escribirían.

¿Cuál ha sido la experiencia? Un avance más veloz y menos sudoroso, desde luego. Con igual dosis de dolor por esa niña y esa madre despojadas y apartadas de todo: no hace falta ser deforme para ser un paria, basta con que te desprecien o no te quieran. Malva canta, y el apellido de la madre —Vogelzang (canto de pájaro)— las envuelve. Y eso es todo lo que tienen. Y por muy poco tiempo.

Echo de menos cierto peso poético inevitablemente perdido en la traducción de una obra como esta. A la vez, ignoro de qué modos se pueden recoger juegos fonéticos como el de «Mensenmuzak. Zeesoep» (eses sordas y sonoras haciendo de las suyas), por ejemplo, de pronunciación imposible en castellano («Un hilo musical humano. Sopa de mar», en la traducción).

La desgracia se ceba en la desgracia y Maruca termina dando mucha más pena que su hija. La Haya se convierte en El Hoyo para ella: «Cada paso había llevado inevitablemente al siguiente hasta llegar ahí, a La Haya, en el año 1943 en plena guerra, a un primer piso, a una cama, sola y sumida en la más absoluta oscuridad. No me atrevo del todo a entrar en esa habitación; esa habitación en la que mi madre se quiebra», dice Malva.

Y sigue: «Él la dejó pudrirse en Holanda, ese lugar cenagoso y desabrido, porque tras mi muerte no solo desaprovechó todas las posibilidades de las que disponía como cónsul para sacarla del país sino que hizo todo lo posible por evitar que alguna de esas posibilidades saliera adelante. Así fue como ella fue a parar a Westerbork. […] Él, que con sus palabras había condenado la ocupación de Holanda, con sus actos hizo todo lo posible por impedir que su propia mujer o exmujer, que acababa de perder a su hija, pudiera huir de aquel territorio ocupado por los nazis».

Cuánto han cambiado las cosas para Neruda en estos últimos años. La sal que Lorca regala en su poema a la recién nacida, le entrega a ésta la vida póstuma. Una vida en la que ella abre la boca para decir: «Al no describirme en ninguno de sus textos, mi padre no fijó ninguna imagen mía. Gracias a eso yo tengo la última palabra respecto a mí misma y, con ello, la última y definitiva palabra respecto a la obra de mi padre. […] Así como existió la palabra en el principio, existe también en el final».

Las memorias de Neruda no mencionan a Malva. Sin embargo, sabemos que lo no dicho es compañero de trasnoche y vida siempre, y construye realidades tan palpables como las expresadas con insistencia. Aparentemente esa niña fue un quiste extraíble del ego del artista. Pero más allá de conjeturas, apenas nada sabemos del fuero interno de nadie.

La resignación de Malva llega a diez páginas del final. «No recuperaré el amor de mi padre. La única oportunidad que tuve para ello, durante nuestra vida, ya pasó». «No puedo decir que lo quiera, porque de hecho nunca lo conocí. Y sin embargo, nada más morir me he obsesionado con la idea de que debo rectificar el gran error que cometió al abandonarme».

No quiero cerrar esta página sin mencionar a Szymborska, que en el texto de Peeters hace de abuela imaginaria de Malva; y a Goethe, poblador también de su gran cielo de actores. De actores bien vivos y bien reales.

Malva (Rey Naranjo Editores, 2018), de Hagar Peeters | Traducción de Isabel Clara Lorda Vidal | 238 páginas | 17,90 euros.

* Texto publicado el 30/10/2019 en Estado Crítico.

9 de octubre de 2019

Andanzas: Gavia (S. Bellver)



Mi viena fue siempre un bollo de pan

«…para el nómada genuino,
todo es hogar, todo es país y nada es patria».

Octubre. Terminó ya el verano y en el próximo párrafo retrocederé a junio, su tierno principio. Fue un verano extraño y sin bolígrafo. Los dos con los que salí de viaje se gastaron al poco y no hubo forma de conseguir repuestos: me olvidaba de comprarlos, me negaban su préstamo… Tuve que habituarme precipitadamente al portaminas para tomar notas y preguntarme si un verano a lápiz llega a ser imborrable alguna vez.

Volvamos por tanto al mes de junio, momento en que llegó a mis manos Gavia, primer poemario de Sergi Bellver. Es la tercera obra publicada por el autor después del volumen de cuentos Agua dura (2013) y de unas hermosísimas Variaciones sobre Budapest (2017).


Semejante título —Gavia— pide quizá ser leído sobre el mar y no en el aire, como fue el caso. Austrian Airlines, vestida de rojo y de música de vals, me empuja a acomodarme junto a la ventanilla del avión, donde desplego mi ritual: cuaderno en el regazo, tapones en los oídos, Gavia en las manos. No visitaba Viena desde hacía veinte años y, en mi memoria, no me hubiera importado no volver. Lujo, monumentalidad, refinamiento excesivo… y ni un solo alero para cobijarse de la lluvia. Pienso en los miles de sirvientes tras el goce histórico de unos pocos. ¿Han cambiado las cosas a día de hoy?

En la ciudad, intento fotografiar a Gavia en la puerta de un café recomendado por el autor pero un camarero me lo impide: fotos no, bitte. De la exposición dedicada a Oskar Kokoschka en el Museo Leopold salgo con cierta amargura: solo soy capaz de amar su primera etapa, sus colores oscuros; después, mis ojos ven pueril optimismo, una anodina claridad.


Me despisto sin dejar de hablar de Gavia; y, sin embargo, ahora quiero rozar más de cerca algunos de los materiales de los que está hecha.

Por ejemplo, el amarre consciente en su estructura: Mesana, Mayor, Bauprés. La voluntad de no impedir cualquier salida que amplíe el horizonte. El viaje, aun no siendo imprescindible (las ‘Instrucciones para no ir a Colliure’ —o a Yuste, o a Asís— son prueba de ello), siempre es esencial. Partir tiene sentido si se está dispuesto a incorporarse a cada sitio. A ser agua —dura o blanda, qué más da— que se mezcla con lo que recorre. Y que llega a casi todas partes.

El autor escoge su último cuarto de siglo vivido para los cincuenta y un poemas de Gavia. Obertura: ‘Cuarto de derrota’. ‘Todos los caminos’, cierre. Quiero pensar que por algo será.

La página marca la extensión de la mayoría de los poemas de esta obra, que entre otros muchos destinos acoge dos cuadernos gemelos (de Oaxaca, del Ampurdán) y tres nocturnos de melodía dulce y estructura libre (como todo nocturno que se precie): Madrid, Nueva York, Berlín. La risa me sorprende al final de ‘El monte hablador’ y confieso, sí, que cada vez que lo releo vuelvo a carcajear con esos «vidrios».

Sin duda se me escapan muchas cosas de este poemario. Pero Gavia es un texto recorrido por hermosas armonías, de fuerza contenida y bien orquestado.


Regreso a Holanda en vuelo nocturno. Sigo dando vueltas a la idea de viajar y de moverse. Es decir: si el desplazamiento tiene algún sentido último, qué queda en uno después de esas idas y venidas, etc. En el asiento trasero debe de haberse acomodado el hombre más gritón de Europa: no calla un segundo y, dado que nada lo interrumpe, llego a creer que habla solo pero NO: a su lado una mujer asiente mientras mis tapones apenas amortiguan su batahola.

Recuerdo algún manjar de mi infancia, que, como la del autor, nada tiene de especial ni memorable. Y pienso que tal vez mi auténtica viena fue siempre un bollo de pan, sencillo y honesto como este poemario. Una Gavia abierta al viento y lo inasible: la vida que se gana —y se pierde— conforme uno la vive. Así será hasta el final.

Gavia (El Desvelo Ediciones, 2019), de Sergi Bellver | 96 páginas | 16 euros.

* Publicado el 09/10/19 en Estado Crítico.

22 de septiembre de 2019

P. Cerda: Violeta y Nicanor




Dos hermanos y un país de fondo

Recibí esta novela (postal dedicada incluida) hace algo más de un año desde Berlín. Me la envió su autora, Patricia Cerda, chilena de nacimiento y residente en Alemania desde los doce años. Como el de tantos otros autores, su nombre era nuevo para mí. Confieso que empecé a leer con una desconfianza que aún no sé a ciencia cierta de dónde procedía. ¿Una seguridad excesiva en los breves correos que cruzamos? ¿Una personalidad calculadora? Elucubraciones sin mucho sentido. Al final de este texto encontrarán un intento de respuesta.

Por aquellas fechas, además, me hallaba supervisando el trabajo de literatura de una alumna chilena para quien Nicanor Parra era lectura prescrita. Junto con el fallecimiento del poeta en enero de ese mismo año (hablamos de 2018), la llegada del libro me pareció una amable coincidencia.

Quiero empezar por subrayar que las cuatrocientas cuarenta y ocho páginas de Violeta y Nicanor no parecen cuatrocientas cuarenta y ocho páginas: la agilidad con la que están redactadas hace que naveguemos por ellas como por olas feroces. Imposible desviar nuestro interés ni huir de la historia (de Violeta, de Nicanor, de sus circunstancias, de Chile). Imposible no mantener nuestro espíritu atento al trasfondo reflexivo, filosófico a ratos, que salpica la obra.

Cerda, hábilmente, juega con la narración en pasado (la parte primordial y más gruesa, pues atañe a los hermanos Parra) y traza una fina ruta paralela en presente, en la que se nos informa de los pasos que da la autora mientras se documenta para la novela en Chile.

La escisión funciona con eficacia y no está ahí porque sí. Por una parte, los fragmentos en presente nos hacen entrar en el Chile de hoy… fruto del Chile de ayer que habitaron los Parra (Nicanor, por su longevidad, habitó ambos). Por otra, estas piezas breves en presente rebajan levemente la densidad de la línea principal, donde la autora nos regala lo mejor de su profesión como historiadora y narradora.

«A mí no me interesan las fechas, sino saber cómo están relacionados los acontecimientos y el papel que juegan allí las emociones y el azar», dice Patricia Cerda en su blog. Esto queda plasmado en la novela, y a partir de ello surgen infinitas preguntas. ¿Sin necesidad, sin pobreza, sin tribulaciones, habrían desarrollado arte alguno los Parra? ¿En qué medida se nutrieron de Chile estos hermanos y Chile se nutrió de ellos? ¿De dónde surge la conexión de un talento con el sentido oculto de la vida? ¿Cómo es que Violeta decidió suicidarse y Nicanor existir?

Qué pena que lo vivido a edades tempranas marque tanto. ¡Qué liberador sería lo contrario! O no. No lo sabemos. Violeta murió a los 49 años y Nicanor a los 103. Vivió más del doble que su hermana. Los dos fueron caras de idéntica moneda.

Me he preguntado por el tono un tanto frío y distante utilizado en las anécdotas (por ejemplo, con esa antigua vecina; o con la bibliotecaria). Y como para encontrar algo no hay más que salir a buscarlo, esta es mi respuesta (nuevamente del blog de la autora): «Yo he llegado a un momento de mi vida en que prefiero un pasar con poca emoción. Son una trampa necesaria en la juventud pero en la madurez estorban. Al menos que uno se aburra, en ese caso ayudan a acortar el tiempo. No es mi caso». Creo que mi recelo procedía de ahí, de no entender aún las ventajas que aporta la madurez (pero todo llegará y pronto, seguro).

En resumen: un libro con muchas virtudes. Patricia Cerda sabe lo que hace. Y es dueña de una poderosísima inteligencia.
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Pie de página, dos notas:
  • No es la primera vez que escribo sobre esto ni será la última: equipo editorial, por favor, revisen bien el texto y eviten las erratas. Un libro así —en realidad, todos— lo merece.
  • ¿Por qué Casa del Libro (web España) etiqueta esta novela como «literatura juvenil»? Cosas raras.

Violeta y Nicanor (Editorial Planeta Chile, 2018), de Patricia Cerda | 448 páginas | 9,49 euros (ebook), 15.900 pesos chilenos (rústica).

* Texto publicado el 12/09/2019 en Estado Crítico.

7 de septiembre de 2019

V. León: Secreta luz

Victoria León: Secreta luz.
Fundación José Manuel Lara. IX Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado.



‘Rastro del fuego’, el primer poema, ya rompe los sentidos: tiende la tierra sobre la que se construye Secreta luz, poemario que se eleva, hasta la última página, fiel a su inmanente incandescencia.

Secreta luz y verso claro, hecho de piedras primeras. Del llanto y su principio: el umbral, la veladura, el camino recorrido en la penumbra. Dolores que son dolores de una quiebra y de un renacimiento: la llama final que nos consume y nos traspasa en la noche.

Pensamientos lúgubres y una conciencia donde la luz queda lejos, oculta como los cepos en la maleza, muerta en una bombilla rota:

«No recuerdo el amor, ni cómo era
sentirme protegida en unos brazos».

El miedo es el cuerpo calloso de nuestra naturaleza y la identidad se tambalea en un continuo vaivén. Por eso hay que ser valiente para volcar este vertido poético. Para contemplar —y exponer a carne viva— «dudas y torpezas» en imágenes brutales como:

«La única verdad de nuestra historia
fue un abril cuya luz aterradora
aún me sigue cegando en el recuerdo
cuando nada me queda, y aún me salva».

No importa que se trate de un amor efímero o duradero: en ningún ámbito cultivamos y alimentamos las contradicciones de manera tan cabal como en el amor. Todo se nubla y cae de improviso. Y el dolor se extiende hasta perder sus fronteras. Salir indemnes no es muy probable. A menudo, tampoco es el objetivo.

«Cansada de buscar tu mano a ciegas,
fiel a tu ausencia, no he de abandonarte.
Eso te prometí cuando existías».

Los coletazos del sentimiento antes de irse y claudicar se intensifican. La nostalgia abre sus puertas, la esperanza se agarra a lo que de inmortal hay en ella y se desciende a lo más profundo: la nada y el desamparo, «cada uno a su olvido solitario», la renuncia después de una plenitud figurada.

«Es siempre la memoria amarga copa
que promete consuelo y solo quema».

Queda, tal vez, nuestro existir —y el del amado— en los sentidos. ¿Sirve esto de consuelo a ninguna soledad? León, desde su sabiduría, deja este punto irresuelto.

«El silencio es el no de los cobardes,
la interminable soledad del miedo,
la pregunta que nadie nos responde
mientras agonizamos, suplicando,
al otro lado de una puerta ciega».

Leído en Triana (Sevilla), verano del 19. Provocó recogimiento y mudez.

17 de julio de 2019

Anónimo: Estado crítico



El sonido de una voz oscura

Escribí aquellos diarios en un estado febril, crítico como el ánimo que me acompañaba entonces, siempre al borde del llanto. Mi humor no era sombrío cada día, admitámoslo, solo cuando dejaba de ingerir las pastillas recomendadas por la doctora. La misma que me alentó a volcar mis sentimientos sobre papel para que yo, en pocos meses, tuviera cientos de folios volando por casa.

No soy capaz de recordar qué llevó a la editorial a publicar esos textos. Vieron la luz de forma anónima —¡menos mal!— bajo el título de Estado crítico. Suena mondo y banal, estoy de acuerdo. En ese momento no se me ocurrió otro.

Hace diez años de aquello y mi identidad sigue oculta bajo tierra, lo que me alegra sobremanera. No habría soportado exponerme a un público tan turbado como yo o al escrutinio de la crítica. La calidad literaria del trabajo era cero, inexistente, una mierda. Novecientas páginas para cebar —y atascar— una trituradora de papel. Siete ejemplares se vendieron del tocho. Un éxito.

Cuando la dosis de realidad supera determinados umbrales, llega la muerte súbita de todo lo que opone resistencia. El hundimiento general, podríamos llamarlo: has visto, ahora sabes, ya no podrás borrarlo de tu mente. ¿No eres capaz de procesarlo? Te jodes. ¿Quieres dar marcha atrás? Demasiado tarde: más allá del filo tolerable, el único modo de salvarte es continuar braceando. Braceando, en bucle, hasta desfallecer y más allá.

El proceso de escritura fue un tormento. Desvenarse desde el nihilismo más profundo, como al parecer pretendía la doctora. Todas las compuertas se abrieron a la par. Pero por ellas no entraba aire, ni salud, ni esperanza. Solo un ingente monto de fango. Sucio, denso, pringoso, apestoso.

¿Que si puedo resumir o contar algo de aquellos diarios? No, no puedo. Jamás volví a leerlos y nadie los publicará en el futuro. Destruí originales, recuperé y quemé (¡trabajito me llevó!) los siete ejemplares vendidos, y reduje a escombros el almacén de mi editora. Solo recuerdo vagamente algún disparate del tipo:

«Corremos despavoridos.
La evidencia es apariencia.
Agua va para el río.
El sonido de una voz oscura endulza mi sexo.
Perder la vida
en los confines de un sofá».

Memeces. Pero cuántas memeces…

Estado crítico (Ediciones Triple Rombo, 2009), Anónimo | 900 páginas | 28,90 euros.

* Publicada como reseña especial en Estado Crítico.

30 de junio de 2019

E. Portela: Formas de estar lejos



Salto vital

Llevo casi dos décadas lejos de mi país de origen, del que salí sin una sola meta clara y al que no hay día que parte de mí no desee regresar.

Portela, de la mano de Alicia, nos lleva a los Estados Unidos de América, territorio donde la protagonista aterriza por vía universitaria y se construye un notable currículo académico. Desde el primer instante, sabemos de la quiebra: de la identidad, de la biografía, de una relación de pareja. Asistimos a un final ansiado y definitivo que, en medio de una claustrofobia creciente (las primeras páginas recuerdan a la Casa tomada de Cortázar), no llega de inmediato. Que ese final llegue es lo único importante. El modo en que lo hace, lo de menos.

Dos puntos de unión y alejamiento, con sus tira y afloja, acompañan toda relación mixta: el individual y el cultural. A veces, adoptar cierta distancia respetuosa mantiene a salvo ese núcleo íntimo sin el que una relación real jamás existiría: el difícil y complejo yo de cada cual, con sus orígenes, su carga inconsciente, sus heridas y herencias. Otras veces, nada sirve.

Sin embargo, y aquí puede llevar a engaño la lectura, toda relación es, por definición, mixta, dado que siempre combina elementos distintos. Las diferencias lingüísticas y socioculturales pesan, pero no está claro que determinen el rumbo de una pareja. La unión de Alicia y Matty está abocada al fracaso, de eso quedan escasas dudas. Las circunstancias, por su parte, ayudan poco. Pero el factor crítico brota de un veneno reconocible y universal. Un veneno —el abuso— que arruinaría cualquier relación de pareja y ante el que el matiz multicultural se vuelve accesorio.

«Tere mira a su hija y piensa que no sabe cuándo su niña se ha vuelto tan dura». Alicia, introvertida y solitaria, se aísla más y más en medio de la cordialidad postiza que la rodea. Cae en el mutismo y la melancolía. Se vuelve un ser triste. Y al mismo tiempo está harta. Harta de Matty, de su familia política, del «frío insoportable», de sí misma. Un hartazgo que no desaparece ni va a marcharse a ningún sitio.

La autora retrata muy bien el aburrimiento y la superficialidad del primer mundo, ese mundo de apariencias afables que ocultan infiernos. Y plasma con crudeza la geografía suburbana de EEUU: «Calles vacías de gente, todos en sus casas, aislados, protegidos, como su hija», piensa la madre durante sus visitas.

Alicia intenta implicarse en la universidad, mejorar la relación con su entorno profesional mientras la convivencia con Matty se deteriora. Cada vez están más lejos el uno del otro. La posibilidad de entenderse desciende y termina por desaparecer. No haber tenido hijos le permitirá a Alicia poner océano de por medio. Él también parece pasar página, aunque nos preguntamos si algo aprende.

La prosa, agilísima, no evita lo más difícil: adentrarse en recovecos anímicos donde todo se enreda: la rabia, la conciencia, los afectos, el miedo irracional. Flexible, adaptativa, fiel al propósito de lo que se desea contar, la autora emplea un tono descriptivo, como de crónica, que levanta el pellejo y muestra en carne viva lo invisible sin alarma ni oportunismo. Con todo, una crítica: la confesión de la protagonista de haberse besado con otro cumple su función narrativa (acelerar la ruptura), pero resulta un tanto gazmoña (en mi chica opinión).

«No quiero empezar de cero, no quiero borrón y cuenta nueva, no quiero reconstruir mi vida sin entender cómo he llegado aquí». Lejos de la autobiografía, Portela ha hecho un notable ejercicio de reflexión y de memoria. Renacer a partir de lo vivido y observado. No perderlo de vista. Conservarlo al alcance de la mano.


Formas de estar lejos (Galaxia Gutenberg, 2019), de Edurne Portela | 240 páginas | 18,90 euros.

* Texto publicado el 28/06/2019 en Estado Crítico.

18 de junio de 2019

M. Mujica Láinez: Sergio




La belleza y algo más

A pesar de tener Bomarzo conmigo desde niña (regalo de abuelo paterno), no había leído al argentino Mujica Láinez —alias «Manucho»— hasta llegar a este muchacho hipnótico, Sergio.

La novela fue escrita entre 1975 y 1976, coincidiendo con los primeros meses de la dictadura argentina, presente ya en las últimas páginas del libro. Sergio, como el Tadzio de Mann, porta una belleza subyugante y fuera de lo común ante la que se perece sin remedio. El autor nos advierte así: «Su hermosura era muy notable, téngalo en cuenta el lector, porque de no ser así, buena parte de lo que se referirá en esta crónica resultará incomprensible».

Sergio Londres, catamarqueño de origen humilde, vive con su tía y sus primos en el hotel New England, lugar de veraneo donde abundan las murmuraciones, las ansias de distinción y los residentes excéntricos. La tía trabaja allí de cocinera pero es Sergio el que marca el comienzo de la historia: «He aquí el punto de partida […]: un muchacho desnudo, solicitado por un sueño suficientemente lúbrico, que en lugar de experimentarlo en la intimidad de su cama, pasea exponiéndolo, sobre la cornisa de un hotel».

Un chico sonámbulo que, ajeno a lo que provoca su lindura, trastorna la rutina del hotel y altera sin quererlo el destino de varios de sus huéspedes. «Inteligente y haragán, con buena memoria y facilidad para la música. Tierno, pero ido», acostumbrado a habitar un mundo alejado de la realidad y «a que la vida lo transportase». Cualidades todas que despiertan en los otros un deseo de posesión que se probará irrealizable.

Son varios los elementos que hermanan esta obra con La muerte en Venecia. Sin embargo, es el relato de Lázaro de Tormes —para servirles— el que más se le asemeja, amo y huida por capítulo incluidos. Sergio abandona el hotel a los trece años con madame Aupick, junto a quien aprende piano y francés y de la que pronto escapa corriendo. Amplía su cultura en el seminario franciscano. Será huésped de ricos, aprendiz de anticuario, ayudante de cómicos, secretario de artistas y enamorado. Pero, sobre todo, y durante los casi diez años que narra la novela, Sergio será un tránsfuga. «¿Sería eso la vida, una serie de fugas inexplicables?», se pregunta a mitad de camino.

Mujica Láinez usa frase larga y de sintaxis rebuscada, y cierto tono condescendiente, como de mofa, salpicado de un fiel barroquismo. «Para que el lector comprenda…», «Recuerde el lector que…» son fórmulas que ralentizan y adensan la lectura, en consonancia tal vez con la hipocresía social que el relato intenta plasmar.

«¿Era eso, ese cuerpo, lo que buscaban? ¿Qué tenía, para que los desesperase así?». Durante diez capítulos Sergio esquiva persecuciones y carece de amigos verdaderos. Es Sergio el ausente, el hadado, el candoroso. El desconocedor de su aura indefinible y misteriosa. El «atisbador de quimeras». Se enfunda en su timidez, elude decidir, se fía del destino y desea, las más de las veces, que simplemente lo dejen disfrutar en paz de su aislamiento.

Un carácter que, como el autor sabe, entraña el riesgo de optar por el camino equivocado y no enfrentarse a su verdad auténtica. Le ocurre de nuevo a Sergio al conocer a los hermanos Malthus, Juan y Soledad, pieza clave en su destino, ante los que vuelve a sentirse, como siempre, confundido.

Menos mal que la voluntad del azar actúa como un protagonista más. Cansado de la vida frívola y pomposa que lleva junto a su último amo y de la vanidad con la que convive obligado, se deja llevar por Juan cuando este lo busca en Venecia, «aquel paraje propicio para evocar a la muerte y al amor», momento a partir del cual se precipita el fin del viaje.

De regreso a Argentina, Sergio traduce la Eneida en el avión. «Las azafatas se desvivían por atenderlo. Hacía tiempo que no veían un hombre tan hermoso —sobre todo así, de una hermosura simple, directa, desprovista de teatro y arrogancia—», leemos en el epílogo.

Temía abrir un libro cargado de vacío y ampulosidad. No ha sido esta la experiencia. Si el exceso de belleza puede llegar a destruir la vida de una mujer, en Sergio el impacto pareciera ser algo más leve. Exuberancia, romanticismo y un final (¿feliz?) raro, necesario.

De Luis Antonio de Villena, eso sí, esperaba mayor esmero en el prólogo.

Sergio (Drácena, 2018), de Manuel Mujica Láinez | 229 páginas | 15,95 euros.

* Texto publicado el 18/06/2019 en Estado Crítico.

23 de abril de 2019

M. Mayoral: La única mujer en el mundo

Marina Mayoral: La única mujer en el mundo.
Edhasa, 2019.



Tejidos por el deseo

«Ahora tengo todo lo que deseo, más de lo que nunca me atreví a desear. Y no tengo miedo a perderlo».

Recuerdo a Marina Mayoral igual que recuerdo mi cuerpo, mi cuerpo y sus ansias, a los veinte años, cuando comencé a leerla, sumergiéndome en su literatura con ardor parejo al de quien se baña en el Jordán.

Eran otros tiempos, a finales del siglo anterior, con menos vidas vividas, con menos deseos colmados, y un horizonte joven, ingenuo, en el que ni la imaginación más desatada podía, ni por asomo, presentir el futuro.

Marina Mayoral hablaba y escribía con serenidad, desde un pazo sabio, sensual, bellísimo, sensible. Desde un estado reconocedor de nuestras constantes vitales, esas que tan dignamente traicionan los asideros de nuestra materia, por suerte para todos.

En La única mujer en el mundo, la autora, nacida en Mondoñedo (Galicia), vuelve a Brétema, lugar perenne de sus narraciones. Un pueblo mítico en el que todo cabe y todo tiene lugar, y del que sale toda forma de vida y de literatura. No se necesitan nuevayores para que suceda lo grande. Tampoco para lo pequeño. Con que aparezcan en la retaguardia es suficiente. Todo está en nosotros. Vamos y venimos. Nos influenciamos. La realidad cambia mientras una gran porción de ella permanece.

El entorno invita a la fusión de la acción con la naturaleza. El mar cercano, la presencia de prados y bosques, la lluvia y la luz tenue de los campos, el rumor del aire, los relojes de las torres. Esa armonía, recóndita, siempre presente en sus relatos, que sus personajes atraviesan y a la que permanecen expuestos.

Estructurada en tres partes, con capítulos breves precisamente datados, La única mujer en el mundo se escribe a varias voces con abundancia de diálogo. Un dialogar que roza, con frecuencia, la mayéutica, guiándonos hacia la comprensión auténtica del devenir anímico de los personajes. Damián, Luz Áurea, Adolfo, Amara y Marcos se nos descubren. Sus vidas se entrelazan, física y emocionalmente. Y aunque no hay tramo de existencia libre de tragedia o dolor, ellos crecen. Crecen por la vía de los deseos, hacia ellos mismos y hacia la libertad.

No sé si quien escribe es consciente de lo que los lectores aprehendemos a través de sus obras, de su involuntario hálito docente. Mostrar, enseñar. Ensanchar caminos, contribuir al descubrimiento y a la toma de conciencia. Recoger nuevos impulsos en aguas desconocidas. Arrojarse al curso de la vida. Tejerse en el deseo. Trenzarse con él. Vivir por él.

Un narrar puro, sin trampas, con voluntad de sugerir pero no de imponer, y mucho menos de ocultar.

Tengo mucho que agradecer, y quiero que se note, a Marina Mayoral. Incluido el placer de distinguir las forsitias.

* Texto publicado el 23/04/2019 en Estado Crítico.

Marina Mayoral (1942) es novelista y catedrática jubilada de Literatura Española de la Universidad Complutense de Madrid. Escribe en gallego y en castellano. Entre sus numerosos trabajos de investigación destacan los dedicados a Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán, así como sus análisis de poesía y prosa contemporáneas. Colabora semanalmente con La voz de Galicia. Ha publicado más de una veintena de novelas y libros de cuentos. Algunos de sus títulos más célebres son Recóndita armonía, Dar la vida y el alma, Deseos o Recuerda, cuerpo.

* Para R. Mayoral, que me acompañó en los noventa.