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Los últimos segundos de Cuba

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Los últimos segundos de Cuba   Fueron diez días en La Habana. Diez días acoplándome a cada una de sus respiraciones: a su ropa tendida, al grito de los pregoneros, a las tribulaciones de sus habitantes. Cada mañana, oteando el malecón, recibo la primera luz entre depósitos de agua azul intenso. Azul cuba. Después, me lanzo a las calles.   Es abril del veinticuatro. En esos instantes, Leonardo Padura prologa su libro Ir a La Habana . Los años previos han golpeado duramente a los cubanos: la inflación, el desabastecimiento, los salarios limosna, el abandono del campo, el final de toda esperanza de futuro. Las remesas llegadas desde fuera nunca bastan. Hay que marcharse. Las colas frente al Consulado de España exponen por sí mismas el éxodo masivo. El cubano, de nuevo, intenta sobrevivir. Y abandona lo que debería ser su paraíso. Conforme avanza la ruina, el país se vacía.   Por cada esquina, pese a improvisados andamios —pese a fugaces vendajes— todo apunta...

Z. Fitzgerald: La vida moderna

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El precio de la modernidad No todos los libros son cualquier libro. Llegó de Granada nuevo, plastificado, con su portada rugosa, la insignia editorial elegantemente camuflada (descubran ustedes dónde) y un olor por el que merece la pena sentirse en trance por un rato. Zelda Sayre murió a los cuarenta y siete años durante el incendio del último hospital mental —de los varios— que habitó. Había nacido en Alabama en 1900. Fue bailarina, pintora, escritora y toda una celebridad de los felices 20 («la primera flapper de Estados Unidos, la denominó su marido). Ingeniosa, rebelde, desinhibida, hiperactiva, disciplinada… Los que la conocieron decían que se expresaba con la naturalidad de un niño. Se casó con Scott Fitzgerald , con quien pasó quince años viviendo en hoteles. Ambos, Zelda y Scott, parecieron sucumbir a la vorágine desatada por su fama y sus talentos. El alcohol y los desequilibrios los destruyeron. Como escritora, Zelda publicó una única novela ( Save Me The ...

Trapos sucios

«Mi padre es mi madre y mi madre es mi padre». Se lo decía a otras niñas sin entender mucho de géneros y roles. Decía lo que sentía: era mi verdad. Qué modelo de madre pudo tener mi padre, que perdió a la suya a los once años, no lo sé. De niña recibí de él su cariño y un mar de emociones que arropé durante bastante tiempo con el nombre de ternura. A cambio yo le brindaba mi amor incondicional. Que mi padre muriera era el más terrible de los pensamientos, mucho peor que el de mi propia muerte. Supongo que esta relación paternofilial condicionó de por vida mi trato con los hombres: siempre he tenido buenos amigos, amigos verdaderos varones. Sin esa huella masculina, mi biografía sin duda sería otra. Mi madre. Universitaria, formada, mi madre representaba la frivolidad, la hipocresía y la despiadada razón. También la crueldad, el narcisismo y el maltrato. Simpatía y generosidad impostadas fuera de casa, manipulaciones y abusos de todo tipo en el interior de ella. Un ser frustrad...

P. Roth: Lecturas de mí mismo

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Philip Roth:  Lecturas de mí mismo. Debolsillo. Traducción de Jordi Fibla. Roth se lee a sí mismo. Se evalúa. Se compromete. Se destapa.  Piensa, escribe, habla y el resultado lo estructura en dos partes: 1) entrevistas concedidas en torno a la creación literaria y a su obra y 2) artículos y ensayos donde vuelca preocupaciones y entusiasmos. Sus textos reflejan «un interés constante por la relación entre el mundo escrito y el no escrito», distinción que toma de Paul Goodman. Cavila además sin ocultar ciertas dudas: «Separada de la ficción, con frecuencia la sabiduría de un novelista no es más que cháchara». Según Roth, para ver, para escribir, un escritor necesita producir sus venenos, volverse loco. La escritura resulta ser el grito o el antídoto que a veces —no siempre­— toma forma de libro. Sus ideas se abren paso como cuñas: «la vida no tiene necesariamente un rumbo, una sencilla secuencia»; la ficción nos libera de las restriccion...