Los últimos segundos de Cuba




Los últimos segundos de Cuba

 

Fueron diez días en La Habana. Diez días acoplándome a cada una de sus respiraciones: a su ropa tendida, al grito de los pregoneros, a las tribulaciones de sus habitantes. Cada mañana, oteando el malecón, recibo la primera luz del horizonte entre depósitos de agua azul intenso. Azul cuba. Después, me lanzo a las calles.

 

Es abril del veinticuatro. En esos instantes, Leonardo Padura prologa su libro Ir a La Habana. Los años previos han golpeado duramente a los cubanos: la inflación, el desabastecimiento, los salarios limosna, el abandono del campo, el final de toda esperanza de futuro. Las remesas llegadas desde fuera nunca bastan. Hay que marcharse. Las colas frente al Consulado de España exponen por sí mismas el éxodo masivo. El cubano, de nuevo, intenta sobrevivir. Y abandona lo que debería ser su paraíso. Conforme avanza la ruina, el país se vacía.

 

Por cada esquina, pese a improvisados andamios —pese a fugaces vendajes— todo apunta al fin de un mundo: los destellos de una Cuba a punto de extinguirse. Entre sus habitantes, lo ideológico ha perdido importancia frente a la devastación material. Ya no se habla bajito: se habla y se llora en voz alta. La economía está deshecha. Los precios, imposibles. Los servicios, ahorcados. Las bodegas apenas tienen productos. En las recientes mipymes pueden permitirse la compra solo unos pocos. Las medicinas y el instrumental médico para tratamientos los consigue el paciente. Los hospitales no tienen siquiera escayola para inmovilizar huesos rotos. El piso del Malecón, carcomido por la sal, parece reflejar el presente de Cuba: la agonía de un sistema que ya a nadie le sirve.

 

A lo largo de las carreteras, la gente hace botella durante horas para ir al trabajo. En las ventanas de las viviendas venden ron traído de India: Cuba apenas produce azúcar. Los restaurantes del gobierno —los escasos abiertos— no ofrecen platos, a lo sumo cerveza. Los hoteles históricos (Raquel, Ambos Mundos) reconocen no disponer de sábanas, agua, jabón o toallas. En el Hotel Nacional solo sirven embutido o pan con mantequilla; pero no hay mantequilla. Las salas de conciertos cierran porque se quedan sin aceite. En la Fototeca Nacional se ha ido la luz; la exposición sobre efectos de los ciclones solo puede verse a oscuras.

 

Inmuebles que fueron puro esplendor luchan por salvarse de los continuos derrumbes. Hay poco tráfico y muy poco turismo. En las salas del Museo de Bellas Artes, con catorce sorollas, estoy sola, como sola atravieso la plaza de la Revolución. Las librerías no venden literatura, sino afiches y biografías de héroes de la revolución. También obras de Eusebio Leal, el respetado historiador de la ciudad. «Somos leales a Leal», dicen muchos habaneros. La Fábrica de Arte Cubano, corazón llameante de la urbe, exhibe y sintetiza la fuerza creadora —el potencial vivo— de Cuba.

 

Por la calle, las mujeres piden cualquier ayuda: ropa, comida, leche en polvo, medicinas. Se atisba aún la cubanía en esta gente culta, despierta, llena de dignidad. No hay un a la orden; no hay un mande. Con ingenio e incólume resistencia, los ciudadanos, curtidos en resolver apuros, aseguran sin embargo que nada es comparable a lo de ahora. La inventiva cubana no puede estirarse más.

 

Un día antes de marcharme, regalo mi ropa, mis artículos de aseo, el dinero que me queda. Regalo también los souvenirs adquiridos para que los revendan.

 

Hago recopilatorio de lo escuchado por entonces y de lo que en estos momentos de 2026 me siguen contando: «Todo está apagado, esto no resiste». «El mercado tiene que abrirse, pero no a cualquier precio». «La gente simplemente busca la posibilidad de sostenerse en otro lugar». «¿Dónde está mi país? Yo me iría de Cuba ahora mismo, solo que estoy demasiado vieja». «Yo no quiero irme de Cuba. A mí me gusta Cuba». «Aquí hay muchas situaciones. No sé qué harán mis hijas, pero confío en que quedarse en Cuba sea una opción». «Esto ya cayó». «Cuba es hoy un país sin sueños». «Las cosas no están fáciles, pero hemos desarrollado una capacidad de resistencia increíble». «Cerraron la universidad». «Estados Unidos simplemente espera con la boca abierta. Pero no se lo pondremos fácil». «Se hacen muchas especulaciones alrededor de lo que pueda suceder». «Está todo muy difícil, pero nadie muere en la víspera». «Lo que sea, se verá».

 

¿Qué le espera a esta isla mecida por el Caribe? ¿Cómo lograr cambios generosos con sus habitantes? Asisto, poco antes de terminar este texto, a un concierto de salsa de Las Hienas. En su álbum Nuestro mundo, cantan: «Sé mi luz. Y nunca me digas nunca».

 

 

 

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