25 de marzo de 2019

E. Pardo Bazán: Cuentos trágicos



Los cuentos de doña Emilia

La primera pregunta que me hago es cómo marcar un libro de páginas negras. Me llevó a comprarlo la atracción fatal: qué mejor acompañante que un pigmento aciago para los cuentos trágicos de doña Emilia.

Pardo Bazán (1851-1921) escribió más de quinientas narraciones cortas, siendo este su último volumen de relatos publicado en vida. Veintisiete textos de igualada extensión imbuidos de cierto terror, hado y romanticismo.

«Mi impresión fue violenta, honda; difícilmente sabría definirla, porque creo que hay sobradas cosas fuera de todo análisis racional». «Hay en la vida cosas así, que nadie logra nunca poner en claro, aunque las vea muy de cerca y tenga, al parecer, los medios para enterarse».

La fuerza del destino establece el tono basal de cada historia. El azar espera en una esquina silenciosa, y salta y muerde yugulares sin distinción de tegumento. Nada vuelve a ser lo mismo después de ese paso en falso o ese hecho inesperado. Ni siquiera cuando el relato acaba bien.

«No hay efecto sin causa». «Todos mueren de lo que han vivido». «Lo sabe la parte mejor de su ser de usted: su instinto». Queda claro que cada acción tiene su repercusión. Y cada impulso, su lamento. A ese nudo de fatalidad e inclinación natural añade doña Emilia el peso del juicio social y de la conciencia, dejando a sus protagonistas un ridículo —o mejor, nulo— margen de maniobra. Ahoguémonos en el río: por algo son cuentos trágicos.

Afloran los dramas de pobres y las que fueron preocupaciones constantes de la autora: las huelgas y revueltas sociales de su época; la observación de las clases sociales; la situación de las mujeres; el valor del pensamiento propio y del sentido común.

«Bocas inútiles no se comprenden entre los labriegos». «Los que leen la historia conceden tal vez exclusiva importancia a los hechos de mayor relieve; los que viven esa misma historia, se preocupan más de lo pequeño y cotidiano, la subsistencia, el empleo de las horas del día». Realismo que no se ve reñido con una forma elegante de cerrar los casos: «Como casi siempre, la verdad sería lo funesto».

España, el país que tan bien conoce, aparece en compañía de geografías más lejanas. Oriente, Rusia, el antiguo Egipto, la Francia revolucionaria, la América precolombina. Doña Emilia viaja en el espacio y en el tiempo. Como para demostrar que el infortunio y la ilusoria felicidad gozan de inmortalidad.

En medio de Emmas Bovary, de Anas Ozores y Kareninas, no olvidemos que doña Emila fue capaz de escribir cuentos trágicos y grandes dramas, sí, pero también una novela como Insolación (1889), con su final abierto y optimista, aportando un aire de modernidad y descaro al panorama literario europeo.

En 2018, la editorial Contraseña imprimió otra colección de relatos de la autora: El encaje roto. Antología de cuentos de violencia contra las mujeres. Naturalismo, realismo, pardobazanismo. Temas infinitos. Quedémonos con la mucha luz que arrojan sus escritos.


Posdata: una triste llamada de atención

Con lo que cuesta editar un libro —tiempo, inversión, esfuerzos—, ¿por qué tantísimas erratas? ¿Por qué semejante descuido editorial? ¿Tan difícil resulta una revisión cuidadosa para minimizarlas? Un lector ciego y poco exigente es algo que ninguna empresa de este tipo quiere para sí. O al menos es lo que deseo pensar.

De haber corregido sobre páginas blancas los gazapos encontrados, el ejemplar hubiera quedado de un color muy parecido a la negrura original. Hay errores en el índice, en la portada, en el canto; los hay en la puntuación y en la paginación; por no hablar de las muchas tildes ausentes o de numerosas faltas de concordancia en el palabreo más simple. En la página final dice «Este libro se terminó de imprimir en junio de 2019…». ¿Seguro, en 2019? No me lo creo yo.

Por último, me gustaría que dejaran de referirse a las mujeres como poetisas. Le haría poca gracia a doña Emilia comprobar que, a estas alturas, así la siguen denominando en su país, como sucede en la nota biográfica interior.

Esto es todo.

Cuentos trágicos (Cazador de ratas, 2018), de Emilia Pardo Bazán | 247 páginas | 15,00 euros.

* Reseña publicada el 25/03/2019 en Estado Crítico.

3 de marzo de 2019

J. Gracia Armendáriz: Diario del hombre pálido & Piel roja

Juan Gracia Armendáriz: Diario del hombre pálido & Piel roja.
Demipage, 2010 & 2012.


«Uno no puede abrirse el vientre a fin de que las palabras broten como vísceras humeantes. Sería una falta de respeto».

Llevo dos libros siendo enferma renal, participando del desdoblamiento vital que permite la literatura (el irrepetible Mercury decía depender del exceso, que no es sino otra forma de desdoblamiento). He vivido cientos de horas conectada a una máquina de hemodiálisis, viajando de Madrid a Pamplona y de Pamplona a Madrid, leyendo sin tregua, esperando un riñón nuevo, escribiendo estos diarios. Diarios que son crónica y testimonio de un estado la mar de jodido.

Diario del hombre pálido y Piel roja componen los tomos II y III de la «trilogía de la enfermedad» de Gracia Armendáriz, iniciada en 2008 con La línea Plimsoll. Desde su «situación de interinidad corporal», el autor nos presenta una patografía de la enfermedad nefrítica. A veces, la «bestia» del sufrimiento físico espolea la lucidez. Con mayor frecuencia, admite el autor, simplemente desgasta y debilita.

Trescientas seis entradas en las que pasado y presente intercambian impresiones atravesadas por un módulo clave: la mirada literaria. Ni chismes ni exaltación del yo. Autocompasión, también, cero. Aguante y deseo de vivir, intactos hasta el final. Un rostro pálido que ansía convertirse en un piel roja. Salvaguardado, a ser posible, por el afecto.

«A veces los golpes que propina la vida son puñetazos al aire. Golpes que sólo consiguen incrementar la ceguera».

Convincentes y emotivas, en estas páginas una descubre de pronto un nuevo significado para la palabra pecera, revisitando de costado una obra posterior del autor (La pecera, Demipage, 2015).

Escritos en lengua inglesa, pienso que estos diarios habrían sido un superventas inmediato, portadores como son de hondura, buen hacer literario y universalidad. Por desgracia, latitudes, apellidos, suerte y mercado mandan (y me dejo factores, lo sé).

«Había estado cuatro años flotando en el aire insalubre de una sala de hospital, como un viejo y olvidado astronauta, atado a una decrépita estación espacial, girando en la estratosfera de los sueros, de las transfusiones, de los quirófanos, sin saber si algún día regresaría a la Tierra. Y ahora estaba en casa».

Es tarea del lector encontrar cauce a sus presentimientos.