Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Alianza Editorial

V. Woolf: Orlando

Imagen
Virginia Woolf: Orlando . Alianza Editorial. Traducción de María Luisa Balseiro. Hoy me siento masculina. Me ajusto unos pantalones, me calzo unas botas planas y vierto, sobre mi cuello, un perfume andrógino y literario, hijo natural de este libro .     (Fin de preámbulo) Woolf, Virginia. Como ensayista, h ay pocas autoras a las que admire más. Estilo, lucidez, perspicacia. La viveza de juicio por encima de todo. Hablar siempre con conocimiento de causa. Orlando , el relato. Una biografía rara, un divertido juego intelectual y narrativo. Más de trescientos años de existencia transforman al protagonista (hombre, al inicio) en mujer. Sin perder su amor a los libros ni su torpeza innata, Orlando conquista una naturaleza cada vez más lechosa y diluida. ¿Qué es lo definitorio en Orlando? ¿Su volatilidad? ¿Su reírse de todo? ¿Sus eternas dudas? ¿Su transformación  desprovista de plan ? Que opine cada cual. «La transacción que ha de hacer un escritor con el ...

A. Monterroso: Cuentos

Imagen
Augusto Monterroso: Cuentos . Alianza Editorial. «Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea». 'Fecundidad'. Esta microcrítica no es una cita (ni tampoco una pipa). No sé bien qué pretende salvo honrar a Monterroso, maestro relatero de cepa impura como todo genio creador. Desde allá en sus Américas, produjo una cuentística modelo —rompiendo modelos—. Su don para lo breve innovó a diestra y siniestra, boxeando con gracia y determinación. Cuentos reúne treinta y un relatos procedentes de obras anteriores de Monterroso: Obras completas, Movimiento perpetuo y La palabra mágica . Es difícil no maravillarse al ver en ellos una muestra de casi todo lo que la narrativa breve (y micro) trajo después. El último texto, de carácter metaliterario, se titula 'La brevedad':   «Con frecuencia escucho elogiar la brevedad y, provisionalmente, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Sin embargo, en la sá...

A. Camus: La caída

Imagen
    Albert Camus: La caída .  Alianza editorial. Traducción de Manuel de Lope. Descubrí a Camus en secundaria, cuando todavía iba por ciencias. Había elegido Ética como asignatura optativa, siete u ocho estudiantes frente a los casi doscientos que tomaban Religión. La impartía un profesor nuevo recién salido de la facultad , Félix Carrasco Gamo. A mis ojos, alguien de veinticinco años era adulto en toda regla:  sabía y tenía que haberlo leído ya todo. Por supuesto. Hubo un antes y un después en mi relación con el mundo tras ese curso académico. Leímos a Camus, a Hesse, a Platón, a Aristóteles, a Voltaire, a Kant. Junto con Arte y Filosofía, fue de lo poco que el paso por el instituto dejó en mí. Si este profesor siguiera vivo (asumo que sí) me gustaría agradecerle su impulso. «Caballero, ¿puedo proponerle mis servicios sin correr el riesgo de parecer inoportuno?». Así comienza el monodiálogo de La caída  (1956), empapado de...

F. Dostoyevski: Noches blancas, El pequeño héroe, Un episodio vergonzoso

Imagen
Fiódor Dostoyevski: Noches blancas , El pequeño héroe , Un episodio vergonzoso .  Alianza. Traducción y nota preliminar de Juan López-Morillas. Tres relatos del primer Dostoyevski, el genio que aún no ha pisado Siberia. Diez años de posterior exilio lo transforman en un genio todavía mayor. Las más de las veces, sin embargo, uno no se va a las Antípodas: cambian ¿ solo?  el grosor y la largura de la cuerda. Releo cartas de la época del Gran Amor. Las recorren un ofuscado romanticismo y un vano entusiasmo por la vida [RAE, Vano: 1.  Falto de realidad, sustancia o entidad ]. Qué lejos me siento de ambos. Juventudes. Cortas vidas. El influjo excesivo de lo exterior. Con todo, esa también fui yo. Convivir con Dostoyevski no pudo ser fácil. Quienes sufren en la niñez están destinados (pero yo no creo en el destino) a autoinmolarse, a maltratar a otros, a cauterizar sus miedos y pesadillas a través del arte. Los Dostoyevskis pre y pos siberianos tenían po...

F. Dostoyevski: El eterno marido

Imagen
Fiódor Dostoyevski: El eterno marido . Alianza. Traducción y nota preliminar de Juan López-Morillas. Pavlovich, eterno marido , se embauca en la aventura de conocer a los amantes de su esposa muerta. A la par, intenta volver a casarse, por supuesto. Entre los amantes busca (y encuentra) a Velchanímov, padre de la criatura que Pavlovich, hasta recién, había creído su propia hija. No importa de qué nos hable Dostoyevski. Con cualquier argumento desmenuza lo que somos y extrae nuestras infectas notas básicas. La verdad se envuelve en pliegues hondos. Lo sencillo no existe, ningún sentimiento es nunca completo. Todos albergamos contradicciones de conciencia. «El monstruo más monstruoso es el monstruo de nobles sentimientos». El eterno marido luce, frente al imperfecto Vechanímov, como un risible papanatas. Un borrachín de buenas —y en la práctica fatales— intenciones.  Pavlovich es, ante todo, un estado civil.  Un don nadie, un tontorrón.  La historia tr...

J. D. Salinger: Nueve cuentos

Imagen
J. D. Salinger:  Nueve cuentos .  Alianza Editorial. Traducción de Elena Rius. Salinger (1919) publica sus Nueve cuentos en 1953, tras irrumpir por la puerta grande con El guardián entre el centeno . Ese mismo año abandona Nueva York y se instala en el diminuto pueblo de Cornish, New Hampshire. Ansiaba la fama, pero ahora detesta sus consecuencias. Entre 1953 y 1965 salen a la luz cinco novelas cortas. Luego y hasta el momento de su muerte (2010): reserva, silencio. Las historias comparten elementos: el tabaco, la Segunda Guerra (en la que Salinger participó), adultos perturbados y niños de mente portentosa. Destaco como piezas maestras “Para Esmé, con amor y sordidez” y “Teddy”, sin olvidar “El hombre que ríe” o “Linda boquita y verdes mis ojos”. Los diálogos construyen a los personajes y por ellos se desliza el álter ego del autor. Como el soldado de “Esmé…”, Salinger también pasa por un hospital psiquiátrico; como el chico con nombre de oso, Salinger tambié...

J. Conrad: El corazón de las tinieblas

Imagen
Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas . Alianza Editorial. Traducción de Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo.  Él (otro él) me regaló El agente secreto hace años. Lo empecé, me atasqué, lo abandoné: el tacto de sus páginas me resultó áspero, la mujer de la portada excesivamente trágica. Tonterías de este corte marcan nuestro paso por el mundo. El sofá, tu llamada. Ese tren. Esa alfombra. El corazón de las tinieblas ha sido mil veces reseñado pero su autor es nuevo para mí. Conrad eligió el inglés —aprendido tras el polaco, el ruso y el francés— como lengua literaria, y aseveró que de otro modo jamás hubiera escrito. Toda lengua ajena es una puerta hacia lo desconocido, un machete que permite reinventarse y abrir luz en nuevas aguas. Admito que me convence más el título original: Heart of Darkness . El sustantivo liberado del artículo (envidia de las lenguas latinas) gana peso y recoge lo que esta novela es: la marcha ciega por la...