26 de noviembre de 2018

R. Acquaroni: La casa grande

Rosana Acquaroni: La casa grande.
Bartleby Editores, 2018.


Utrecht, mitad de noviembre. La autora llega temprano y trabaja hasta acabada la tarde. La corriente de su poemario inunda un local cercano al Domtoren. El oído, alerta (quién sabe qué se manifestó antes: la palabra o la música). Acogida y memoria templan la sala. La hija habla. Una ola sensible prende.

«A Manuela Muñoz, mi madre». Una madre que decía: «De la obediencia no se sale indemne». O «Me ataron con correas y me apagaron la luz». La hija no es víctima, es testigo, aunque esa posición no esté exenta de dolor. Su mirada guarda el pasado y regresa cuando el tiempo ha dado su salto requerido. Construye entonces La casa grande. Para dar abrigo a la madre, a la memoria de la madre. A la vida previa a la hija. Al encierro sufrido en un periodo poco amable con las mujeres.

El primer verso hace de título en cada poema. Versos-matriz, uterinos, dispuestos a blandir las hojas necesarias para contar lo que se propusieron contar. Casi cincuenta poemas en total, distribuidos en cuatro partes.

Vencejos, gorriones… Colibrí es la madre. Los pájaros sobrevuelan varios versos. ¿Qué destino persiguen? ¿Dónde se refugian? La madre-pájaro, como la autora-hija, sin marcharse, sale del hogar. «Una mujer que siente que está sola / tiene muchas maneras de morir / a manos de ella misma».

Intuyo que La casa grande era la forma que esa madre debía tomar. El modo de rescate, la llave abierta a la penumbra de la infancia y a una vida de mujer herida por su época. «La locura presiente la verdad de las cosas / la certeza del hueco».

Mirar a la madre como se mira al futuro. Cortar un tallo. Doblar las esperas. Cada quehacer lleva su nombre.

16 de noviembre de 2018

M. Waltari: Estas cosas jamás suceden




* Texto publicado en la revista Estado Crítico:
http://www.criticoestado.es/esto-pasa-claro-que-pasa/

Esto pasa, claro que pasa

«Estaba preparado para partir. Cansado de todo lo que había considerado suyo, tan cansado que un viaje a cualquier parte significaba para él lo que la libertad para un prisionero».

Solo hay dos formas de huir de una vida de mierda: o evadirse (y echar fardos al mulo), o librarse de todo y dejar esa vida atrás.

Será por eso —porque todos en algún momento buscamos esa huida: la evasión liberadora, la fuga feliz— que uno reconoce de inmediato el estado en que se encuentran los personajes de Estas cosas jamás suceden. Celebramos su suerte y sus decisiones, ese dejarse arrastrar por las inesperadas circunstancias. Y anhelamos ciegamente su brutal tabula rasa: prescindir de nombre, hogar, patria, objetivo. Despachar pesos muertos —importa todo un carajo—. Liberación, liberación, liberación.

En vísperas de la II Guerra Mundial, en algún punto de Europa Central, un hombre y una mujer sobreviven a un accidente aéreo. No sabemos con exactitud de dónde partían ni a dónde se dirigen. Todo dato previo resulta superfluo. Lo relevante es el ahora, los peligros, el misterio y la liviandad que les ofrece y que ellos comparten por casualidad.

«Por primera vez en muchos años, se apoderó de él la fervorosa conciencia de que estaba vivo. Su vida le pertenecía, era libre, sin obligación de rendir cuentas a nadie».

El prolífico Waltari (1908-1979) publicó esta breve novela en 1944, un año antes de alcanzar fama mundial con Sinuhé, el egipcio. Su versatilidad y talento literarios se manifiestan también en esta obra, escrita en un lenguaje escueto, facilitador de la atmosfera enigmática y de los giros repentinos que barren el relato.

«¿De qué sirve el dinero si con él solo se puede comprar comodidad y aburrimiento?». «Sobrevolaban la frontera de la muerte, y todo con lo que a lo largo de los años había tejido una red impenetrable a su alrededor carecía ya de sentido».

Recordé, durante la lectura, el filme chileno Poesía sin fin (2016), de Alejandro Jodorowsky, en el que lo aparentemente absurdo también se convierte en cordel del argumento. Resistimos desportillando el plato oficial, contraviniendo expectativas. «Demasiadas comilonas, demasiados años de vida sedentaria. Ahora volvía a estar en movimiento».

El vacío de la vida acomodada y el bienestar gratuito contrastan con el grupo de cómicos —el tatuado, la cíngara, el enano, el cercopiteco— con el que los protagonistas compartirán trayecto.

«Narcótico como un veneno, se filtraba el olvido en la mente del hombre».

Cierto silencio y un progresivo aire complaciente conquistan al lector. Eso no pasa, devuelve el traductor de Google al insertar el título en finés. Con incredulidad lo repiten los protagonistas: «Estas cosas jamás suceden, estas cosas no pueden suceder».

Los dejamos en las aguas de un río. Gloria.

Estas cosas jamás suceden (Navona Editorial, 2017), de Mika Waltari | Traducción de Luisa Gutiérrez Ruiz | 125 páginas | 14,00 euros.

7 de noviembre de 2018

S. García Clemente: Mirar de reojo

Sergio García Clemente: Mirar de reojo.
Cuadernos del Vigía, 2017.

«No hay amor más ciego que el amor propio».




Aforismos: palabras-piedra, perturbadoras de la corriente de aire.

Cinco por página —cinco almuerzos al día—. Luego la noche. El desliz de la hoja. Y de camino: la parada obligada del humor.

Mirar de reojo: captar lo que queda, ver sin querer. Sedimento inconcluso de lo breve.

To be revisited:
«Hay pocos placeres distintos al alivio».
«De algunos sueños cumplidos daríamos lo que fuera por despertar».
«La infelicidad también está hecha de pequeñas cosas».
«¿Cambiar de vida? Zapatos nuevos sobre las mismas huellas».
«Nada nos engrandece más que lo que nos reduce al absurdo».

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Sergio García Clemente (Santa Cruz de Tenerife, 1974) ha publicado poemas y aforismos en distintas revistas digitales y libros colectivos. En 2013, con Dar que pensar (Cuadernos del Vigía, 2014), obtuvo el I Premio Internacional José Bergamín de Aforismos. Mirar de reojo es su segundo libro.