3 de marzo de 2019

J. Gracia Armendáriz: Diario del hombre pálido & Piel roja

Juan Gracia Armendáriz: Diario del hombre pálido & Piel roja.
Demipage, 2010 & 2012.


«Uno no puede abrirse el vientre a fin de que las palabras broten como vísceras humeantes. Sería una falta de respeto».

Llevo dos libros siendo enferma renal, participando del desdoblamiento vital que permite la literatura (el irrepetible Mercury decía depender del exceso, que no es sino otra forma de desdoblamiento). He vivido cientos de horas conectada a una máquina de hemodiálisis, viajando de Madrid a Pamplona y de Pamplona a Madrid, leyendo sin tregua, esperando un riñón nuevo, escribiendo estos diarios. Diarios que son crónica y testimonio de un estado la mar de jodido.

Diario del hombre pálido y Piel roja componen los tomos II y III de la «trilogía de la enfermedad» de Gracia Armendáriz, iniciada en 2008 con La línea Plimsoll. Desde su «situación de interinidad corporal», el autor nos presenta una patografía de la enfermedad nefrítica. A veces, la «bestia» del sufrimiento físico espolea la lucidez. Con mayor frecuencia, admite el autor, simplemente desgasta y debilita.

Trescientas seis entradas en las que pasado y presente intercambian impresiones atravesadas por un módulo clave: la mirada literaria. Ni chismes ni exaltación del yo. Autocompasión, también, cero. Aguante y deseo de vivir, intactos hasta el final. Un rostro pálido que ansía convertirse en un piel roja. Salvaguardado, a ser posible, por el afecto.

«A veces los golpes que propina la vida son puñetazos al aire. Golpes que sólo consiguen incrementar la ceguera».

Convincentes y emotivas, en estas páginas una descubre de pronto un nuevo significado para la palabra pecera, revisitando de costado una obra posterior del autor (La pecera, Demipage, 2015).

Escritos en lengua inglesa, pienso que estos diarios habrían sido un superventas inmediato, portadores como son de hondura, buen hacer literario y universalidad. Por desgracia, latitudes, apellidos, suerte y mercado mandan (y me dejo factores, lo sé).

«Había estado cuatro años flotando en el aire insalubre de una sala de hospital, como un viejo y olvidado astronauta, atado a una decrépita estación espacial, girando en la estratosfera de los sueros, de las transfusiones, de los quirófanos, sin saber si algún día regresaría a la Tierra. Y ahora estaba en casa».

Es tarea del lector encontrar cauce a sus presentimientos.

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