26 de abril de 2015

M. A. Clark Bremer: Una pasión parecida al miedo

Mary Ann Clark Bremer: Una pasión parecida al miedo.
Periférica. Traducción de Hugo Bachelli.

«No hay pasión que robe con tanta determinación a la mente todo su poder de actuar y razonar como el miedo». (Edmund Burke)

Es un placer leer, uno por uno, los cuadernos de notas de Clark Bremer. Una pasión parecida al miedo compone el número cuatro. Un texto —como los anteriores— elegante y de bella estructura, jalonado en este caso por citas e ideas de Burke y de Chéjov.

Tras trágicas pérdidas, dos viudos jóvenes se encuentran en un hotel de Berna. Recreando retrospectivamente lo vivido, Clark Bremer nos habla de dos emociones en tándem frecuente, el miedo y el amor. En este caso, del amor «de los que nada esperan ya del amor».

Porque el miedo, a nuestro pesar, es a veces la emoción más poderosa. La que, contra nosotros mismos, vence. La que actúa, para los timoratos, como justificante perenne. No di el paso. Tuve miedo. (Y también tuve miedo de mi miedo). Por eso lo abandonado y lo que no fue también importan. La fe en que después todo irá bien es una falsa fulana. Simplemente no sabemos. Ese hijo no nacido, esa relación rota, esa torpe palabra. El amor y el miedo. Dónde terminaríamos sin su freno.

«¿En verdad éramos lo mismo, la misma «cosa», la misma derrota?», se pregunta Clark Bremen. No me canso de la voz queda de esta autora, ni de su delicado titubeo existencial. Espero que sus cajones guarden aún, sin llave puesta, muchos cuadernos.

Léase nosotros, o ellos.
Desarreglos,
dudas, recelos.
Por ahí anda el miedo grande
por aquí corre el pequeño.
El amor.
Sus remedos.

14 de abril de 2015

N. Ginzburg: Antón Chéjov

Natalia Ginzburg: Antón Chéjov. Vida a través de las letras.
Acantilado. Traducción de Celia Filipetto.

«Hacía mucho que no bebía champán» fueron las últimas palabras de Antón Chéjov (Taganrog, 1860-Badenweiler, 1904). Falleció, igual que R.L. Stevenson, a los 44 años. Punza asistir a su muerte física en estas páginas. Que ocurriera hace más de un siglo no importa.

Ginzburg, con sobriedad impoluta, trenza vida y obras del gran maestro ruso en un texto armónico, vívido y conmovedor. Imposible escribir semejante relato vitaliterario sin intuir y comprender profundamente al autor. Sin amarlo. Pero con la capacidad de distanciarse y mantener, igual que hizo él, «los ojos secos».

El fondo de esta obra recoge el alma rusa y su arrojarse al mundo sin blindaje contundente. En escena, la vida de Chéjov: su familia, las estrecheces económicas, las continuas mudanzas, sus amistades, la tuberculosis, el Chéjov médico y el Chéjov escritor. Moscú, Mélijovo, Yalta y los innumerables viajes en carros de caballos y lentas locomotoras a lo largo y ancho de esa Rusia inmensa. El de mayor recorrido condujo a un Chéjov ya enfermo hasta la isla de Sajalín, en los confines de su patria.

Durante sus últimos años fue amigo de Gorki y Tolstói, con los que se reunió con cierta frecuencia. Creo entender el afecto y la ternura que Chéjov despertaba; las palabras de Tolstói («¡Qué hombre entrañable, qué excelente! ¡Modesto y tranquilo como una jovencita!»); la pasión de Lika Mizinova; el amor de Olga Knipper; la presencia constante de su familia; la devoción de su hermana. Su compasión por los desprotegidos, su talento y —sobre todo— su falta de arrogancia, lo hacían digno de aprecio, agradable en el trato y soportable en la convivencia. Todo ello lo refleja magníficamente Ginzburg.

Mis ediciones de cuentos de Chéjov son viejas y humildes: Biblioteca Clásica Espasa (1999), Biblioteca Básica Salvat-RTV (1970)… No sigo; me ataca cierta vergüenza y procuraré actualizarme; en ese sentir sin tiempo que habita las narraciones de Antón Pávlovich Chéjov.

* Para S. Bellver.

2 de abril de 2015

A. Jeftanovic: No aceptes caramelos de extraños

Andrea Jeftanovic: No aceptes caramelos de extraños.
Editorial Comba. Colección Narrativa.
«¿De qué se ríen los vecinos?, 
¿acaso no sienten el viento golpear el patio como un perro encadenado?».

No aceptes caramelos de extraños reúne once relatos invadidos por la misma fuerza y libertad narrativas que Jeftanovic desplegara ya en Escenario de guerra. Sin arresto, sin talento y sin un perfecto dominio del oficio, escribir resulta un fracaso. Jeftanovic lo posee todo.

No. No. No pisemos lo convencional. Desplacémonos a otra tarima. «Yo no le he hecho mal a nadie para soportar el relato de vidas minúsculas». Profanemos el paraje del instinto y lo cercano porque aquí —sí, aquí, aquí— sobran pesadillas. Crucen la puerta el error, la muerte, el sexo, el crimen y el incesto. Ah, pertenecemos a la llamada especie humana. Se nos cobra caro «el alquiler del mundo que habitamos».

Personajes vivos, textos que punzan duro. Citas ajenas al inicio y, en la clausura, contracciones propias. Una pulcritud que prolonga el placer y el desasosiego. No queda hueco libre de ponzoña, recodo sin hocicar, calleja a oscuras.

«Las verdades caen al suelo como pájaros enloquecidos». Me arranco la ropa. Volvemos al cuerpo, a las células torcidas, al desajuste que somos. El instinto y la razón juegan, jugarán tranquilos —por los siglos de los siglos— al gato y al ratón.

Acérquense a esta autora. Grita y seduce despegada de la claridad de ritos y expectativas. Su voz entra en caída libre en la garganta, abre con machete nuestro interior sanguinolento, nos permite respirar humores propios. Mientras tanto, la belleza resbala por nosotros con el sobresalto de una sacudida cósmica. 

«Después de un desastre marino, un círculo concéntrico. Vengo saliendo de los escombros».