27 de enero de 2017

Jesús Carrasco: La palabra justa



Tiendo a distanciarme de quienes hablan mal y mucho. De los gárrulos, de los palabreros, de aquellos que nunca dudan. De algún modo —de muchos— es una cualidad que se percibe en la escritura. No creo que un charlatán de feria logre escribir nunca nada bueno. Quedará atrapado en su plumaje de loro y podredumbre verbal.

A finales de 2016, el Instituto Cervantes de Utrecht recibió la visita de Jesús Carrasco. El autor de Intemperie (Seix Barral, 2013) charló con un amplio grupo de lectores sobre La tierra que pisamos, su última obra publicada. Con sencillez, sin altanería, mantuvo una conversación en la que habrían cabido más preguntas, lo que siempre es buena señal. Tras el encuentro con el público, el autor respondió a nueve de esas preguntas silenciadas durante el acto. Aquí mis muchas gracias por su gentileza y colaboración.

Detrás de una primera obra publicada hubo siempre un escritor previo. ¿Cómo era el Jesús Carrasco anterior a Intemperie?

Primero, como es natural, fui lector. Mis inicios como tal coincidieron con la apertura de la Biblioteca Pública de Torrijos, el pueblo de Toledo en el que pasé mi infancia y mi juventud. A los diecinueve años empecé a escribir diarios y, poco a poco, a medida que maduraba como lector, la escritura empezó a tomar forma literaria. Hasta la publicación de Intemperie escribí muchos relatos, cuentos infantiles, un par de novelas para niños y una para adultos.

¿De dónde salen sus personajes silenciosos? ¿Tiene que ver con una responsabilidad (literaria) de otorgar la palabra al que no habla, de completar la historia ya contada?

Supongo que todo empieza con mi padre, que era un hombre de pocas palabras. La mayoría de las cosas que aprendí de él me fueron transmitidas en silencio. Desde el punto de vista literario hay un juego que me interesa: el de tratar de contar con la escritura, es decir, con palabras, aquello que no se puede expresar plenamente con palabras: el dolor, el amor, la pérdida. Por otra parte, el silencio de los personajes alienta, en mi opinión, la voz de los lectores.

En sus obras se percibe un intento de lograr un lenguaje sólido con el que expresar la fragilidad y vulnerabilidad más absolutas. ¿Es un juego de espejos?

Algo así. Tiene que ver con mi anterior respuesta. El lenguaje como condición de posibilidad para construir lo real y, al mismo tiempo, su incapacidad para expresar la totalidad de esa realidad que genera. ¿Es posible trasladar la experiencia del desamparo, por ejemplo? ¿Puede un padre que ha visto morir a su hijo hacer entender a los demás lo que se siente? ¿Puede Dios ser expresado con palabras? En mi opinión se puede, pero de manera incompleta y deficiente.

¿Qué provoca la transformación interior, esa quiebra completa de la maquinaria que lo sostiene a uno?

Curiosamente y, a pesar de sus limitaciones, es el lenguaje quien nos sostiene en pie. Nos mantenemos derechos en la medida en que somos capaces de nombrar. El hombre que se quiebra, en mi opinión, es el que se queda sin palabras.

¿Cree de verdad que nos une el dolor por encima de todas las cosas?

Sería más hermoso pensar que es el amor el que nos une. Sin embargo, no creo que haya una experiencia más igualadora que el dolor. Puedes ser la persona mas poderosa del mundo, o la más miserable, y en ambos casos tendrás una experiencia similar cuando te corten un dedo o te enfrentes a la muerte de un amigo.

¿Cuál es la peor de las violencias?

La que se ejerce contra los débiles. En particular contra los niños.

«Estar despierto significa no ser capaz de interpretar lo que sucede a su alrededor», dice uno de sus personajes en La tierra que pisamos. ¿Está de acuerdo?

No del todo. Cuando el narrador nos dice eso nos está hablando de un hombre que ha sido completamente desmontado como ser humano. Un hombre tan maltratado que ya no es capaz de interpretar la realidad de manera ordenada y coherente. Quise expresar lo que imagino que debe de sentir alguien cuyas categorías han sido dinamitadas. Alguien que lo ha perdido todo, hasta las palabras.

¿Habría resultado La tierra que pisamos la misma novela teniendo a dos mujeres como protagonistas?

En cierto modo sí y en cierto modo no. El personaje de Eva se desarrolla, al menos, en dos planos: como mujer y como miembro de una élite que ha sometido a los habitantes del pueblo. Curiosamente, sitúo ambas categorías en los extremos del mismo eje, es decir, cuando más apela Eva a los valores que yo atribuyo a lo femenino, a saber, el cuidado, la sensibilidad hacia lo próximo o la capacidad para auto transformarse, más se aleja de su posición de superioridad social.

Trabajó muchos años en el mundo publicitario. ¿Qué favores hace la publicidad a la buena literatura? ¿Cómo debería promocionarse la literatura de calidad?

No creo que sea la publicidad la encargada de promocionar la literatura de calidad. Esa literatura ha de ser impulsada por los poderes públicos y alentada por las familias a través del fomento de la lectura. Estamos a una enorme distancia de los países avanzados en este sentido. Tenemos mucho que aprender, sobre todo nuestros políticos. Todo sería más sencillo si fuéramos capaces, de una vez por todas, de lograr un pacto de Estado sobre la educación.

13 de enero de 2017

H. Peeters: Malva

Hagar Peeters: Malva.
De Bezijge Bij.


«Me llamo Malva Marina Trinidad del Carmen Reyes, para mis amigos de aquí Malvita; Malva para todos los demás. Puedo asegurar por supuesto que ese nombre no lo concebí yo. Lo hizo mi padre. Lo conoces, el gran poeta. Igual que titulaba sus poemas y poemarios, así me dio a mí un nombre. Pero nunca lo pronunció en público. Mi vida eterna empezó después de mi muerte en 1943 en Gouda. Mi entierro congregó a un puñado de gente. Muy diferente del funeral de mi padre, treinta años más tarde en Santiago de Chile».*

Así comienza la narración de Malva (2015), primera y aclamada novela de la poeta neerlandesa Hagar Peeters. Malva Marina nació en Madrid en 1934 y murió a los ocho años en los Países Bajos. Fue hija de Pablo Neruda, única y legítima, fruto de su matrimonio con Maria Hagenaar Vogelzang —alias, Maruca—, a quien conoció en Java.

Neruda y Maria Hagenaar
La niña padecía hidrocefalia. Mientras Lorca le ofrece sus “Versos en el nacimiento de Malva Marina”, su padre, el dador de nombres, escribe por carta: «Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma».

En 1936, al estallar la Guerra Civil española, el poeta se despide de Maria y de esa cabeza henchida. No consta que volviera a verlas. Para entonces ha entablado relaciones con quien será su segunda esposa, Delia del Carril. Malva y su madre llegan a La Haya. Con los cheques que Neruda les envía no consiguen sobrevivir. Maria empieza a trabajar y pone a la niña al cuidado de los Julsing, una familia de Gouda. Visita a su hija una vez al mes en tren.

Malva Marina Reyes
Malva no llega a hablar ni a caminar, aunque emite ciertos sonidos, una especie de canto (¿en honor a su padre, el poeta? ¿En honor al segundo apellido de su madre, literalmente «canto de pájaro»?). Neruda, ocupado en embarcar exiliados españoles rumbo a Chile, desoye las llamadas de auxilio de Maria. Su crueldad respecto a ella fue terrible. La única amante sin un solo verso. La extranjera. La sin palabras. La sin afecto. Sin medios, sin dinero, el abandono al que se vio abocada fue total.

Cuando la niña fallece, Neruda no responderá al telegrama que le comunica su muerte. Por el resto de su vida, sellará a cal y canto su silencio sobre la existencia de Malva, que tampoco aparecerá en sus memorias oficiales. De este modo, el punto y comaMalva Marinaes empujado a la patria de los que nunca existieron, al limbo de los desterrados.

Sin embargo (¿cómo no? Como siempre), gira la historia: su tumba se descubre en 2004. Y Peeters visita, como su propio padre hiciera años atrás, Chile. Escucha en Isla Negra el nombre bello y olvidado: Malva, Malva. La hija de Neruda. Yo, Hagar, la hija de mi padre. El que asistió al funeral de Neruda mientras yo, en Holanda, gateaba. El que no me reconocería hasta mis once años.

Los poetas habitan las profundidades de su lengua y Peeters gobierna su idioma: es la elegida para a dar voz a Malva («Busco una mano que no se aleje de mí»*). Rigurosa y tenaz en la presentación de los hechos, despliega un texto revestido de cuchillas, una prosa que se agita como un látigo. Los sonidos de una niña enferma se transforman en frases largas y caleidoscópicas; en un discurso rotundo e infalible en su aparente tono infantil; en un espejo que refleja el incómodo hueco de un diente arrancado. Esas complejas oraciones y ese uso poético del idioma sirven a Malva para impresionar a su padre, pues con ellas le ofrece lo mejor de sí misma.

El más allá cobija igualmente a otros hijos rechazados, compañeros de juego de Malva: Oskar Matzerath (El tambor de hojalata), Lucia Joyce (hija de James) y Daniel Miller (hijo de Henry), lo que arrastra la cuestión de la ‘suerte moral’ (moral luck): ¿Son compatibles la creación y la fama con el ejercicio responsable de la paternidad? ¿Es excusable el abandono de un hijo en pos de una obra inmortal?

Los versos más tristes permanecieron bajo una lápida que se salvó de milagro: porque Maria Hagenaar abonó los derechos del enterramiento de su hija hasta 2003; y por declararse el camposanto en 1997 monumento municipal.

Cementerio Viejo de Gouda. Por cortesía de Manuel Montero

«Muerta estaba tal y como en vida parecía»*, dice Malva en la desoladora descripción de su muerte. Pocas cosas duelen tanto como la ausencia de amor, como no significar. Frente a la pasión (voluptuosa, débil, traicionera), ¿no se erigen en amables náyades la responsabilidad y el compromiso? Contradicciones morales. Alturas y bajuras. «Llegaré a él de todos modos, me aceptará de una u otra manera»*. Por encima del amor del padre, Malva persigue su reconocimiento. Captar su primer y último saludo. Su pasaporte a la memoria de los vivos. Porque «Toda mi bilis hace eco por el cielo»*.

¿Funcionará Malva en español? ¿Dibujará el mismo aullido, proyectará el mismo dolor, las mismas sombras? No es reto pobre traducir esta obra. El trabajo está en marcha y corre a cargo de Isabel Lorda Vidal. La editorial colombiana Rey+Naranjo tiene previsto publicarla el año próximo.

Mantengamos el alcance de su tiro. Nunca un punto y coma habló tan fuerte. Nunca un punto y coma dijo tanto.
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*Traducciones propias.

Versos en el nacimiento de Malva Marina
(Federico García Lorca, 1934)

¡Malva Marina, quién pudiera verte

delfín de amor sobre las viejas olas,
cuando el vals de tu América destila
veneno y sangre de mortal paloma!

¡Quién pudiera quebrar los pies oscuros
de la noche que ladra por las rocas
y detener al aire inmenso y triste
que lleva dalias y devuelve sombras!

El elefante blanco está pensando
si te dará una espada o una rosa;
Java, llamas de acero y mano verde,
el mar de Chile, valses y coronas.

Niñita de Madrid, Malva Marina,
no quiero darte flor ni caracola;
ramo de sal y amor, celeste lumbre,
pongo pensando en ti sobre tu boca.


Autopista
(Joan Margarit, Cálculo de estructuras, Visor, 2005)

Empieza a anochecer, y en el coche la voz
grabada de Neruda recita sus poemas.
Entre roncos camiones nuestros faros
se adentran en la lluvia. Parece que buscaran
a una niña olvidada en una tumba
y el poema que él nunca le escribió.
Ególatra y patético, mi héroe
¿llegó a sentir alguna madrugada
que amar no es escribir cantos de amor?
Pobre Neruda, pobre gran poeta
llorando bajo tierra por la niña
que le esperó en un viejo cementerio
en los campos violeta y amarillos de Holanda.
Los poemas la ocultan como a un pájaro muerto
que el viento va cubriendo de hojarasca.

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Peeters, Hagar. Malva. De Bezijge Bij, 2015. 239 páginas.


Reseña publicada en Las Críticas (último número):

 
Hagar Peeters (Ámsterdam, 1972). Escritora y poeta holandesa, doctorada cum laude en Historia de las culturas y las mentalidades. Ha escrito seis libros de poemas y merecido, entre el 2002 y 2005, los tres premios nacionales más importantes de poesía. Malva es su primera novela y con ella ha ganado el premio Fortis Literatura 2016. Vive en Ámsterdam.