30 de junio de 2013

G. Perec: Un hombre que duerme


Georges Perec: Un hombre que duerme.
Impedimenta. Traducción de Mercedes Cebrián.

Puedo llorar ocasionalmente con un libro, pero nunca se me habían empañado los ojos leyendo una solapa interior. La infancia de Perec no es para menos: padre y madre exterminados en la Segunda Guerra, él adoptado, luego un poco más de vida y adiós, devorado a los 46 años por un cáncer de pulmón.

Escrito en segunda persona, un estudiante de la Sorbona decide expatriarse de su hábitat, limitarse al perímetro de su cuartucho y sus paseos fantasmales por París. La ciudad, su buhardilla, Le Monde, sus Gauloises. Ocupar «un paréntesis venturoso», volverse neutro. Abandonar las máscaras, las etiquetas, los grandes proyectosel camino recto, el entusiasmo, los requerimientos.

Impedimenta, como siempre, nos agasaja. Con literatura de primera clase envuelta en arte misceláneo. Me quedo con un espejo quebrado, con una pared desconchada, con seis calcetines flotando en un barreño rosa. Con un hombre que duerme y sólo pronuncia las palabras necesarias. Que simplemente espera, «en la place Clichy, a que la lluvia deje de caer.»

25 de junio de 2013

Y. Herrera: La transmigración de los cuerpos


Yuri Herrera: La transmigración de los cuerpos.
Periférica.

Vuelvo a Yuri Herrera, a ésta su última novela, como quien regresa a un amante prodigioso. Porque sí: su escritura hace palpable el idioma, lo transmuta, lo somete a procesos de aceleración celular en la probeta de su particular laboratorio.

El resultado suena a lo que no existe, a frontera, a elevación espiritual y pulposa de la carne, a terreno inalcanzable para los humanos.

Leer a Herrera es sentir un cosquilleo progresivo en la nuca. Terminar con la cabeza taladrada. Asomarse al borde del barranco. En algún momento alguien nos empuja y plaf, nos vamos al carajo.

Les dejo la primera frase para que, como el Alfaqueque cuando se entrega a la Tres Veces Rubia, deseen tener a mano un condón que les evite desparramarse por completo: «Lo despertó una sed lépera, se levantó y fue a servirse agua pero el garrafón estaba seco y del grifo escurría nomás un hilo de aire mojado.»

Lean, pues.

16 de junio de 2013

R. Montero: La ridícula idea de no volver a verte


Rosa Montero: La ridícula idea de no volver a verte.
Seix Barral. Biblioteca Breve.

Marie Curie (Manya Skłodowska) descubrió el radio y el polonio y fue la primera persona galardonada con un Nobel en dos distintas disciplinas, física y química. Por desgracia, eso no fue todo: a los 38 años perdió a su marido, Pierre, padre de sus dos hijas y su colaborador científico íntimo.

A raíz de esta muerte Marie redacta un breve diario, apenas 30 páginas cargadas de duelo y aflicción dirigidas a Pierre —su Pierre—, sobre las que Rosa Montero iza la biografía de una hembra genial, una de las científicas más brillantes del siglo XX.

Porque tal vez algo sepamos del amor y las pasiones de poetas y escritores, pero todo lo ignoramos de las pulsiones que agitan esas mentes de pensamiento ordenado, lógico, preciso, de esos seres guiados por el afán de comprensión racional del mundo y la naturaleza.

Juzguen por sí mismos: «Pierre mío, la vida es atroz sin ti, es una angustia sin nombre, un desamparo sin fondo, una desolación sin límites». «Pierre mío, me levanto después de haber dormido bien, apenas hace un cuarto de hora de eso y, fíjate, otra vez tengo ganas de aullar como un animal salvaje».

Cualquier final impone, al cabo, la ridícula idea de no volver a verse. La quiebra amorosa es a veces un infortunio más letal que la muerte, un «espasmo de agonía», enfermizo, quizás, pero real: despedirse en vida y para siempre.

La ridícula idea... derrocha armonía en su concepción y entero diseño. Una obra volátil como el hidrógeno e inundada de pasajes de súbita belleza, como ese aplastar carbones con las manos desnudas (sic), o ese viaje en tren de Marie Curie hacia Burdeos, sola, al inicio de la Primera Guerra, alejando de los alemanes la reserva de radio en una pesada maleta.

Termino esta obra como todas las de Montero: colmada de aliento vital, protegida, por un rato, del horrible desconsuelo de la vida. Lean y gocen. Sufran. Vivan.

5 de junio de 2013

C. Lispector: Descubrimientos


Clarice Lispector: Descubrimientos. Crónicas inéditas.
Adriana Hidalgo editora. Traducción de Claudia Solans.

Lispector me intimida. La inclasificable, la única, la exquisita. La escritora del no-estilo, como ella misma se definía. Me gustaría (ad)mirarla en silencio —a la Lispector viva— mientras leo a la muerta: su belleza, su misterio, su prosa nítida anillada al humo de su cigarrillo. Wikipedia en inglés la presenta como «the most important Jewish writer since Franz Kafka». Pero hay otro modo de verla: Lispector es K, otra K. Una maga.

Estos Descubrimientos completan sus crónicas publicadas en el Jornal do Brasil entre 1967 y 1973*. Redactadas a continuación del accidente que la desfigura y casi despoja de una de sus manos y poco antes del diagnóstico del cáncer de ovarios que la mata. «Lo que pasó fue muy triste y prefiero no pensar en ello», zanja rápida.

Dice cosas así:
«Para escribir, tengo que prescindir».
«El estilo es un obstáculo. Yo no quería mi modo de decir. Sólo quería decir».
«No todo representa algo, y eso es tan importante como lo opuesto».
«Entender es siempre limitado. Pero no entender puede no tener fronteras. Soy mucho más completa cuando no entiendo».
«No podemos vivir permanentemente grandes momentos, pero podemos cultivar su expectativa».

La prosa de Lispector es eso: esperanza, indagación, expectativa. Literatura irremediable, sin punto final. Literatura de la vida. Lispector podría no haber escrito. Por suerte, lo hizo.

* El primer volumen fue Revelación de un mundo, publicado también por Adriana Hidalgo editora.