28 de diciembre de 2014

Fin de Año (unas palabras)


Solo una fracción de lo leído se convierte en microcrítica. Por una parte, cuento con escaso tiempo para leer/escribir. Escribir más implicaría renunciar a la lectura. No estoy dispuesta. Sería el principio del fin.

Por otra, este blog pretende reseñar únicamente literatura de valor. Vivimos entre trastos inútiles y una se vuelve cada vez más difícil. Son bastantes los libros que arrincono, reciclo o regalo a terceros. No encuentro sentido alguno a hablar por hablar.  

Es la primera vez que cierro un año de este modo: con las obras/autores que con mayor intensidad marcaron este 2014 lector. Fueron:

1. Agota Kristof, con su trilogía Claus y Lucas y su novela corta Ayer.
2. El juego serio, excepcional obra de Hjalmar Söderberg que aún no he tenido el arrojo emocional de reseñar. 
3. Los cuentos de Hipólito G. Navarro. Humildes e intemporales, abarcan lo trágico y lo cómico; es decir —lo creyeron los griegos—, casi todo el espectro vital.
4. Los cuentos de Marina Perezagua. Innovadores, arriesgados, sus páginas son campos minados. Imposible atravesarlas sin perder unos cuantos dedos de los pies.

Mereció la pena cada obra microcriticada. Entre ellas no tiene sentido hablar de órdenes, jerarquías o conciertos. Correr entre corredores me disuade de mi deseo de correr (que no es correr, es leer).

Salud y Happy Book Year para todos,
Leonor

18 de diciembre de 2014

A. Pauls: El pudor del pornógrafo

Alan Pauls: El pudor del pornógrafo.
Anagrama. Posfacio inédito del autor.

Un libro viejo del autor de El pasado (Anagrama, Premio Herralde 2003). Escrito a los 21 años con En el punto inmóvil como título provisional. Publicado desde el principio —por suerte— como El pudor del pornógrafo (Editorial Sudamericana, 1984) gracias a la insistencia de Enrique Pezzoni.

En el posfacio ya estoy cazada (perdición personal). Elaborado desde la memoria de una obra escrita tres décadas atrás, el autor se pregunta «qué clase de quién» responderá por tan macabro anacronismola reedición de una primera novela—, qué clase de «yo» puede tener derecho aún a firmar ese libro.

El pudor del pornógrafo es una parodia, una novela epistolar transmutada en novela de terror. Su protagonista (aparte de su ocupación, de él nada sabemos) dedica todo su tiempo a responder misivas de mujeres y hombres que, buscando algún tipo de guía, le cuentan sus pasiones. La comunicación que mantiene con Úrsula, su amada, pronto se convierte también, a sugerencia de ella, en relación epistolar.

Un pornógrafo, por tanto, kamikaze (sic) de la escritura. Su labor de escribiente le impide vivir. Ante el silencio repentino de su amante, la ansiedad crece. La disciplina de la razón no basta, y el protagonista termina enredado en el ardid tragicómico que cierra la novela.

Hubo futuro tras El pudor. Dejó rastros de belleza: física, literaria. Pasado tenaz. Presente versátil. Futuro feroz. Como en las cajetillas de tabaco, en algún lugar, deberíamos poder leer: «Escribir mata».

8 de diciembre de 2014

C. Camacho: Vuelo doméstico

Carmen Camacho: Vuelo doméstico.
El Gaviero Ediciones. Cuarto Menor. Ilustración de Cristina Llorente.

«Y sin ser hombre de letras, ni siquiera de palabras, con él aprendimos que los cuentos hay que contarlos en su brujo momento».
(‘Old Windy’s stories’, Vuelo doméstico)

Aunque fuera arrecie el frío, cuando el arte embiste, una tiembla de calor. Carmen Camacho. Original espécimen poético. Pasmada me quedo ante su ensalivado, su redoble de palillos, su astucia, su sapiencia. Yegua lorquiana. Plumaje flamenco sobre una pata tiesa. Chiste. Chispa. Salero. Solera. Exhibicionismo, el justo. Sin prepotencias.

Copla de barrio, de calle, de pueblo y de ciudad. Vista de lince. Oído de murciélago. Vuelo doméstico: pura sangre en técnica mixta. Brebaje gazpachero digno del (ex)templo Adrià. Versos-relato, cuentos-verso. Columpio de efemérides, imágenes, músicas, notas de prensa. Alta alcurnia literaria. Rapsodia de lentejas.

Antes de devolverlo al estante, haré como mi abuelastra: untarlo con naftalina, rellenarlo de estampitas, envolverlo en un mantón y pedir a doña Carmen, Carmencita, doña Carmela: conserve por muchos años su pluma-coraje, por favor. 'Pleamar'. Plenamar.

Memorial de estilo:
«Déjame sembrar en tu campo, amor, esta bolsita de palabras inciertas». «La caracola está harta de que se le meta en casa el ruido del mar. Yo tengo en el cuello un antojo caleidoscópico. Copulo sola». «Perdona la tardanza, pero antes de estar presente tenía que elegir mi pasado».

¿Qué será un jabardillo, una juncia, una jáquima, un mudra, una hurí? Abro los ojos, abro la oreja. Vivo en un mundo opuesto: racional y previsible (el encanto de lo serio).

En el jardín graznan grajos.
No se toma la fresca.