15 de abril de 2018

L. Baquedano: Cinco panes de cebada

Lucía Baquedano: Cinco panes de cebada.
Ediciones SM.

Formó parte de mis lecturas de niñez allá en Pamplona, la ciudad donde entonces residía. Lo había escrito la madre de una compañera de clase de la que apenas me acuerdo. Sí recuerdo, en cambio, la biblioteca de aquel colegio, cómo entrábamos en fila una vez a la semana, las baldas desbordantes de libros.

Por alguna razón, mi hermana y yo perdimos todos nuestros libros infantiles: se extraviaron misteriosamente en un trastero. Será difícil recuperar la memoria completa de lo leído en esa época. Pero no creo que importe demasiado. La vida avanza despiadada y siempre sorprende.

Librería Re-Read, diciembre de 2017, Málaga. Busco una obra amable para mis estudiantes de literatura en español, renovar el programa con algo que los aleje de tanta muerte de progenitores ocurrida en los últimos meses. Bing. Bang. Baquedano. Cinco panes de cebada coronando una mesa. El elegido. Ejemplar reencontrado.

No sabía qué esperar de esta historia clasificada todavía como literatura juvenil. De las inquietudes de esa joven maestra (adaptación, soledad, desafíos…) en un pueblo perdido de Navarra. ¿Habrá caducado? ¿Se habrá vuelto cursi? ¿Simplona? ¿Resultará un rollo?

Temores infundidos. El relato, lleno de humor y sencillez, conserva su frescura, más profunda si cabe con el paso del tiempo. Amar lo que uno hace y descubrir qué se desea es pieza fundamental de cierta satisfacción vital. «Soy yo, con todas mis limitaciones, la que estoy aquí. Y estoy para algo».

Veo que esta microcrítica se convierte en un pretexto para hablar de otros temas. Mejor me detengo.

* A mis más viejas amigas, chicas de oro.

7 de abril de 2018

J. Ayesta: Helena o el mar del verano

Julián Ayesta: Helena o el mar del verano.
Acantilado.

Sobran los paraísos de ficción si se puede evocar de esta manera, con la luz hecha letra. Leer, respirar. Su lirismo y brevedad narcotizan. Todas las vísceras se ensanchan a la vez. El amor. La naturaleza. Aquellos muchachos. La piel de los veranos inmensos.

Helena o el mar del verano (1952) fue la única novela publicada por el gijonés Julián Ayesta (1919-1996). Cien escasas páginas de estructura cíclica (‘En verano’, ‘En invierno’, ‘En verano otra vez’) que sobreviven a la historia y a la crítica de un país no siempre clemente con sus creadores.

«Yo me acerqué a la cama de Helena. Olía tibiamente como los nidos con crías. Helena dormía con la cara en la almohada y su largo pelo rubio recogido sobre la espalda. Respiraba muy despacio, tan suave que me remordía la conciencia arrancarle las sábanas para empezar la batalla».

El relato es sencillo, el lenguaje también. En primera persona, asistimos al romper de la pubertad del protagonista, feliz y atormentado a un tiempo por esa adolescencia en plena marcha. «…y era imposible de resistir, y los bichos cada vez daban vueltas más de prisa y cada vez más candentes, y uno temblaba todo porque tenía miedo a morir y morir en pecado mortal, que era en lo que uno estaba en aquel momento…».

La inocente dulzura llega hasta el final, invadiendo cada párrafo de expectativa y naturaleza. «Pensaba en el verano que me esperaba junto a Helena, bajo aquel cielo, entre los prados verdes, los ríos y los árboles, sabiendo que ella me quería, y casi se me llenaban los ojos de lágrimas».

Miro el presente y me avienta el recelo: qué memoria dejarán las computadoras y teléfonos móviles, qué belleza creará el saqueo continuo de nuestra experiencia directa.

El azar puso en mis manos Las cosas del campo (J.A. Muñoz Rojas) mientras leía Helena o el mar del verano. «Más han sido y mayores los cambios que los años», dice este autor. Pero también: «¿Quién sabe las razones de un amor? Son secretas como las aguas bajo la tierra».

30 de marzo de 2018

J. M. Gil: Las islas vertebradas

Juan Manuel Gil: Las islas vertebradas.
Playa de Ákaba.


Afirmaciones:

1. Cuando escribo, normalmente sé de dónde vengo (vengo de un libro), pero nunca dónde estoy y menos aún hacia dónde me dirijo.

2. De vez en cuando, me gusta no ser capaz de descifrar directamente lo que leo. Fue lo que me sucedió con Inopia y mi experiencia se repite con Las islas vertebradas, última novela del almeriense Juan Manuel Gil. Reviso páginas, ligo cabos, vuelvo a un diálogo del principio.

Martín, la sombra de su padre (¿ecos de Mi padre y yo, un western?) y un puñado de obsesiones emprenden un viaje-huida a un lugar aparentemente remoto. La enfermedad y el alcohol se hacen presentes. Algunos personajes secundarios también.

Se mencionan varias islas. Como soy mala orientándome, las enumero y localizo en el mapamundi. Resultado:

- Isla Soledad, en las Malvinas.
- Isla Decepción, en la Antártida.
- Isla Clipperton o de la Pasión, en el Pacífico norte.
- Isla Thule, en la Antártida.
- Isla Takuu, en Papúa Nueva Guinea.
- Atolón Napuka, en las islas de la Decepción, océano Pacífico.
- Isla Santa Kilda, en Escocia.
- Isla Hirta, en Santa Kilda.

El significado exacto de estas islas en la novela es algo que no logro aún adivinar. Tal vez porque no he leído a Judith Schalansky. (Ejemplo de mis absurdas adivinaciones: poema de Goethe: ‘El rey de Thule’). Respecto al Parque Holandés, encuentro lo que podría ser su réplica en Fuerteventura.

Empiezo y termino Las islas vertebradas en distintos asientos de un mismo avión. Desde el aire diviso tierra, mar y algún pedrusco, aunque miro poco por la ventana para no despistarme. «Como suele ocurrir con cualquier historia en la vida o en la ficción, las etapas, silenciosas e infalibles, fueron conformando un todo. Un todo no especialmente complejo. Tampoco de una condición singular y única. Un todo sin más. Algo en su sentido humano más...».

21 de marzo de 2018

E. Halfon: Duelo

Eduardo Halfon: Duelo.
Libros del Asteroide.


Podría decir que Halfon es un escritor guatemalteco de origen judío con abuelos de Líbano y Polonia. Que su existencia va unida a los seis millones de judíos exterminados por los nazis.

Podría nombrar el lago Amatitlán. Lamentar la muerte del niño Salomón o la de tantos otros desgraciados.

Podría preguntar por Doña Ermelinda y por la verdad que el autor buscaba en la cabaña junto al agua.

Podría pensar en el placer lector que procura esta obra. Qué notas base la sostienen.

Podría asegurar que Duelo es uno de los más bellos ejercicios de memoria literaria que ha caído en mis manos.

Podría comprar más obras de Halfon (y así hacerlo).

Pero nada de esto sería suficiente. Quedaría el más allá. Lo perdurable. Lo intransferible. Lo que arranca material vivo de dentro de uno. El peso —grave, luminoso, inaprensible— en la página. 

14 de marzo de 2018

Andanzas: Leonor de Recondo


Leonor de Recondo: Pietra viva, Sueños olvidados, Amores.
Editorial Minúscula. Traducciones de Lluís Maria Todó y Palmira Freixas.


Firme camino va trazando Leonor de Recondo con sus tres novelas publicadas hasta el momento en castellano. Capítulos breves, ágil fraseo. Un estilo paralelo a la virtud de saber contar lo esencial. Por encima de todo, el fuego interno. La llama de unos personajes traspasados, entre otras muchas cosas, por la fortaleza, el amor-coraje y la sensibilidad.

5 de marzo de 2018

N. Litvinova: Cesto de trenzas

Natalia Litvinova: Cesto de trenzas.
La Bella Varsovia.

«Como tumores / o mariposas nocturnas / en mí viven / los que ya no están».


Pretendo entender 
lo que no entiendo

insomnio
llanuras
vértigo

lo doméstico salvaje

Litvinova trenza el cesto

abuela
madre
rituales

brama la fuerza
de la senil nueva memoria

nunca es fácil
    —no lo es—
cabalgar entre la estirpe
desenterrar matas
remover piedras.

* Esta microcrítica aparecerá este mes de marzo en la revista Las Críticas.

22 de febrero de 2018

M. MacLane: Deseo que venga el Diablo

Mary MacLane: Deseo que venga el Diablo.
Seix Barral. Traducción de Julia Osuna Aguilar. Prólogo de Luna Miguel. 

Tal vez haya un momento biográfico o histórico para leer ciertas obras (frente a otras). Y que fuera de ese tiempo un texto pierda, ante nuestra mirada, lustre y valor.

Tal vez —¿será esto cierto?— empecemos a sentirnos saturados de la literatura del yo.

O tal vez, simplemente, no me ha gustado.

El caso es que he tenido que esforzarme para terminar los diarios de esta autora, escritos en 1901. Y que lo mejor de la publicación me ha parecido el prólogo de Luna Miguel.

Vanidosa y egotista, no se cansó de hablar de sí misma: «Hay algo en mí que repele vaga y decididamente». «Veo que soy en verdad un personaje perjudicial».

11 de febrero de 2018

Juan Gracia Armendáriz: entrevista


 
La biografía de Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965) aloja un vasto haz de logros, experiencias y luchas vitales. Escritor, periodista, exprofesor universitario, lector, músico a ratos… Muchos zapatos lo calzan, aunque la literatura sea, probablemente, la piedra presente en todos ellos. Entre otros géneros, ha cultivado la narración breve en Cuentos de la frontera, Queridos desconocidos y Cuentos del Jíbaro. Las novelas La línea Plimsoll, Diario de un hombre pálido y Piel roja componen la Trilogía de la enfermedad. La Pecera, su última obra (2015), sumerge al lector en el veraz infierno de un alcohólico.

El encuentro se produce en la plaza Mayor de Madrid, donde buscamos refugio —hace frío— y algo que tomar en uno de sus bares. Habituada a la penumbra holandesa, me choca la recia iluminación interior de las tabernas patrias: no hay dónde esconderse bajo esta luz potente, como de cocina de casa. Me pregunto si esa claridad favorece, inconscientemente, una comunicación más directa o natural, si impulsa a que uno muestre lo que lleva encima sin ocultar parches ni lamparones.

Así quedaron preguntas y respuestas:

Política: cómo lo lleva el siglo XXI

Parece que hemos entrado con el pie cambiado. Sin embargo, decir que vivimos tiempos convulsos me parece una melonada… ¿Cuándo no lo han sido? A pesar de los problemas evidentes que existen en España y del regreso de los fantasmas del populismo de extrema derecha e izquierda en Europa, este continente lleno de cicatrices es el mejor lugar del planeta. De esto no tengo la menor duda. Pero ojo: este invernadero lo abonan millones de cadáveres. Soy europeísta sin olvidar todos los sacrificios que han costado las conquistas sociales y democráticas de las que gozamos. Pero es un estado muy frágil; debemos cuidarlo; todo puede cambiar en un día. Hacen falta pocos ingredientes para desatar el desastre: una crisis económica, el descrédito de la clase política, un mesías… En todo caso, debo ser sincero: no soy optimista. La Historia no me lo permite… ¿Cómo íbamos a sospechar, por ejemplo, que regresaríamos a los años de la amenaza nuclear? Por la misma razón descreo de las utopías, tanto de las neoliberales como de las antisistema. ¿Equidistante?, no: realista.

La columna de opinión. ¿Baluarte o centro receptor de ataques?

Ambas cosas. Me encantaría escribir solamente de lo que me gusta: literatura, arte, cine, música…, pero cuando comencé a escribir mi columna en el Diario de Navarra, ETA mataba policías, políticos, guardias civiles, militares… Y periodistas. No todos los escritores, ni mucho menos, estaban por la labor de defender los derechos humanos más elementales. Por miedo, por indiferencia, por conveniencia, por parentesco ideológico… Recibí más de una coz. Desde el principio, me propuse utilizar la columna para denunciar lo que estaba pasando. Y fui fiel a ese compromiso. Así que en estos años he hecho muchos amigos…Y muchos enemigos. Pago gustoso la factura que algunos, en mi tierra, me pasan en forma de desprecio o de absoluto desdén hacia mis libros. A veces, me doy respiros y un día escribo de lo que me gusta o practico una modalidad breve de la crítica literaria. También hay días en que me levanto sin opiniones. Y eso, aunque es muy higiénico, para cualquier columnista es un poco aterrador. En esos casos el oficio me salva el compromiso.

Pamplona

Es bonita y un poco hosca, como una diva del cine mudo. Voy con frecuencia a la casa materna, que está en pleno campo: de la Gran Vía a un bosque de robles centenarios. Allí me remanso, respiro un oxígeno demasiado puro y veo a los amigos. Pero me costaría mucho acostumbrarme a la oscura mansedumbre de la ciudad. Por otro lado, el cuatripartito que gobierna ahora Navarra, con alcalde de Bildu incluido, ha enrarecido el ambiente social. El oxígeno se vuelve niebla. Pasados unos días regreso sin aprensiones al monóxido de carbono.

México

México fue para mí un rito iniciático. Leí El bandido adolescente de Sender, porque pensé que nos íbamos al salvaje Oeste… Y algo de eso había. En 1982 México no era destino turístico y los únicos españoles que había allí eran hombres solitarios en busca de trabajo o exiliados republicanos… ¡Hablaban como si no hubiera salido de Aragón o Cataluña! Sin rastro de acento mexicano. Algunos de ellos o sus hijos eran a quienes había que acudir si tenías algún problema. De hecho, uno de ellos nos sacó a un amigo y a mí del patio de una cárcel que parecía salida de un spaguetti western. Nuestra furgoneta chocó con un “escarabajo” Volkswagen. Llevábamos el equipo de un concierto que habíamos dado la noche anterior en una fiesta, y tras el accidente nos rodeó una multitud poco amistosa: éramos dos güeritos en medio de una barriada marginal. La policía decidió que la culpa era nuestra. Era domingo y todos los presos estaban borrachos y cantaban el Rock de la cárcel. Llegó “el padrino” de la colonia española y nos sacó de allí sin cargos ni denuncias. Fue delirante.

El rito iniciático al que me refería tiene que ver con el sexo, las drogas y el rock and roll pasados por el tamiz de los años setenta. Mientras aquí escuchábamos a Joy Division allí sonaba Jimmy Hendrix. Leí a Marx, Bakunin, a los autores de la Escuela de Frankfurt… Fue un regreso al pasado lleno de descubrimientos. México amplió mi horizonte vital e intelectual. Además, guardo amigos que son auténticos tesoros de juventud y madurez. Skype es mi aliado. Hemos envejecido a través de la cámara del ordenador. Después de veinte años regresé, como Ulises. Y fue un reencuentro inolvidable.

Madrid

Dejé a la que era mi novia, acabé la carrera y me vine a Madrid. Era el año 1989. Aquí respiré la libertad del anonimato; también la desazón por encontrar un sustento. Recordemos que la tasa de desempleo entre los menores de 25 años era del 31%. Fueron años de pelea y de ir a salto de mata: elaboración de índices onomásticos y de conceptos para una editorial; algún premio literario, una beca,  colaboraciones esporádicas y mal pagadas… Pasé por la redacción de El Mundo en jornadas de trabajo maratonianas. Fue el año de Puerto Hurraco y del exorcismo de Almansa, que me tocó cubrir. Estudié un postgrado en Filosofía del Arte y luego me doctoré en Ciencias de la Información. Fui profesor en la Universidad Complutense. Aquí publiqué mis primeros libros: un poemario, una colección de microrrelatos… Fue en 1994. También hubo tiempo para la juerga en un delirante piso de Lavapiés, que compartí con mi amigo el escritor Ismael Grasa; luego en Vallecas, Argüelles… En Madrid vive mi hija, que es como decir aquí es donde debo y quiero estar. Es una ciudad jovial y un poco salvaje. Me gusta Madrid.

Redes sociales

Un entretenimiento que permite detectar afinidades electivas, que no es poco. Lo peor: el ruido, las discusiones que no sirven para nada y la cantidad de tiempo que puede llegar a perderse en ese laberinto de egos y gatos entecos, donde se intercambian corazoncitos y pulgares alzados como los cromos en el patio del colegio. En realidad, las redes han cambiado nuestro modo de relacionarnos y también el concepto de identidad, pero no quiero  ponerme estupendo.

Estar enfermo

Si hablamos de una enfermedad grave y crónica, no de una gripe, es un peso enorme. La primera pregunta que uno se hace: ¿Y por qué a mí? La respuesta: ¿Y por qué no? En mi caso es una pelea constante con mis propios límites. Cuando publico un libro, por ejemplo, debo limitar los viajes y presentaciones. No doy para más y me cuesta acostumbrarme a dosificar energías pero la realidad está para ser comprendida y aceptada, de otro modo se acaba en el gabinete de un psiquiatra.

Lo que (casi) siempre está de menos

La educación. No sólo la educación cotidiana a la que se refería Joyce en Dublineses, y que es una papelina que nos separa de la barbarie, sino también una educación humanística sólida. De otro modo, la generación de mi hija está abocada a ser un rebaño de tristes tecnólogos, personas desprotegidas, maleables, carne de cañón de las cárceles ideológicas o de la manipulación publicitaria. Está de menos la mesura, el respeto, cuidar el lenguaje hablado y escrito… Vivimos en un país estupendo pero nos falta cultura, respeto y honradez.

Lo que (casi) siempre está de más

La respuesta sencilla sería decir políticos corruptos. Pero esa gente no son extraterrestres sino una muestra alícuota de todos nosotros. Cobramos en metálico y luego nos quejamos de ellos. ¡Pero si actuamos igual! Está de más el ruido, el hablar a voces, la chapuza, la picaresca, la violencia contra los más débiles: mujeres, niños, inmigrantes, marginados… Está de más el profundo sentido autodestructivo que tenemos los españoles. No sabemos discrepar sin sacar el garrote o insultar. Están de más los nacionalismos embrutecidos y embrutecedores… Y la nostalgia de pasados sangrientos y futuros que prometen más baños de sangre.

Un temor y un deseo confesables

El temor no lo voy a decir porque creo a pie juntillas en el poder performativo del lenguaje. El deseo no es inconfesable: vivir en paz conmigo mismo y con los demás. Una tarea para toda una vida. Estoy en ello. 

La vida ideal

Si es ideal es irrealizable, así que me conformo con la que llevo. Ahora bien, si me dieran un deseo, no dudaría en qué pediría: la salud de esa gente que nunca ha pisado la consulta de un médico. Para mí son como si no hubieran ido nunca a la peluquería. Me hubiese gustado ser un aventurero, un explorador, algo así, pero me ha tocado pelear con una mano atada a la espalda.

La muerte ideal

La de Unamuno: sentado a la mesa con unos amigos después de comer; apoyar la barbilla en el pecho y no despertar. Las agonías, como las despedidas, cortas. Eso sí, me gustaría ser consciente de ese instante, como cuando Lev Tolstói dijo en su lecho de muerte: «Ahora no sé qué tengo que hacer…». Siempre me ha hecho gracia esa frase agónica, parece un chiste absurdo.

La compañía ideal

Mi pareja, mi hija, mis amigos, todos alrededor de una buena mesa y el mar detrás.

Qué quedó de Umbral

Un cadáver de casi dos metros que escribió decenas de miles de artículos y más de cien libros. Si se reuniera toda su obra obtendríamos un gigantesco fresco de la España de la segunda mitad del siglo XX. Ignoro qué le depara la historia de la literatura pero entre su obra literaria y periodística hay auténticas joyas, y no me refiero únicamente a Mortal y rosa. Hoy es difícil explicar la influencia que tuvieron sus artículos en los doce años que estuvo en El País, por ejemplo. Y estamos hablando de alguien que no fue un analista político, ni mucho menos, sino un intuitivo que sacrificaba una idea para expresarla en un endecasílabo, en un artefacto verbal persuasivo. Un trabajador incansable de la palabra que prefería la belleza a la verdad.

El futuro

Terminar un libro de relatos ya muy avanzado; esperar la publicación de mi próxima novela, que está contratada para 2018 en una excelente editorial; ver crecer a mi hija, acompañar a mi pareja, no perder contacto con la naturaleza y tocar mal un blues con mi guitarra. Es decir, seguir haciendo lo que ahora hago.

Dónde cree Juan Gracia Armendáriz que está hoy Juan Gracia Armendáriz

Aunque me siento joven vivo un momento interesante: ese en el que cobras conciencia de que debes ser selectivo porque ya no hay tiempo que perder. A los dieciocho años piensas «¡Leeré muchos libros!»; ahora te preguntas «¿Cuántos libros buenos tendré tiempo de leer?». Ocurre también con la escritura, con los viajes… Hay sitios a donde ya nunca iré pero no siento amargura. Y libros que ya no escribiré. Bueno, ¿y qué? Me preocupa más esta disyuntiva vital: ser un viejo apacible o un cascarrabias. Creo que si consigo lo primero escribiré mi mejor libro.

* Esta entrevista fue publicada el pasado mes de enero en la revista Vísperas.

30 de enero de 2018

P. Porroni: Buena alumna

Paula Porroni: Buena alumna.
Editorial Minúscula.


Paula Porroni nació en Buenos Aires y vive en algún lugar de Europa. Buena alumna fue, en 2016, su primera zambullida oficial en la ficción.

Cambridge, Inglaterra. Una joven regresa a la ciudad donde cursó Historia del Arte. Hija única, padre muerto, ahorros familiares en mengua. La madre prometió enviarle dinero desde Argentina durante un año más. Como toda madre, aguarda «el tropiezo de su hija». La hija, como toda hija, se propone alejarse de la órbita materna, abrirse camino como sea, progresar.

Da Porroni con el tono correcto en esta historia llena de autolaceración y aspereza. Lo hace con un estilo duro, incisivo, que arropa el contenido como guante perfecto: «Quisiera que miles de manos me aniquilaran a golpes. O que me clavaran en el ojo una aguja de tejer».

La soledad, el miedo al fracaso y la ausencia de vínculos profundos vertebran el relato y descabezan en la protagonista cualquier indicio de certidumbre personal. El temor a decepcionar a los demás —incluso al padre muerto—, a no cumplir con lo que también ella espera de sí misma, acompaña cada movimiento para llegar a un punto mutilador: «Agradezco que papá se haya muerto tantos años atrás. Si papá viviera, tal vez un nuevo infarto lo mataría producto de la desilusión. Como consecuencia del fracaso completo, profundo, indignante, de la hija».

Entrar en la edad adulta pasa por conseguir un trabajo y hacerse cargo de las circunstancias, perspectivas improbables para esta buena alumna. De poco sirve ser aplicada —ser buena alumna— sin confianza ni ambición perseverantes: las oportunidades se desvanecen como si las rozara una goma de borrar. «Es porque me falta voluntad y disciplina que fracaso».

Transcurre el tiempo, pasan las semanas, y sobre ese yo frágil y crítico se acumulan a quintales la culpa y la desorientación. La excelencia educativa de la universidad donde estudió no ayuda: «Ahora corrijo. Raspo, raspo. Hasta dejar solo un hueso pulido. Busco en mí esa lengua de muertos. Esa lengua árida. Infértil. Porque así fuimos entrenados. En la mejor universidad del mundo. Para crear un paisaje glacial de palabras».

Autolesión a autolesión, la novela avanza: «Camino hasta el baño y con toda mi fuerza estrello el pie contra el marco. Me inmovilizo. Inhalo. Calculo y vuelvo a estrellarlo. Siento algo que se suelta y sube y rodea el pie y la pierna, sube hasta la ingle, la cara y los ojos, y después se expande y me envuelve completa». […] «Abro la puerta del baño, encajo tres dedos entre el marco metálico y la puerta, y cierro. Y entonces todo se detiene. Un cortocircuito. Un vacío. Como un martillazo en la sien. Basura. Basura. Perdedora. Voy a quedarme atrás, siempre atrás». […] «Me arranco un pedazo de uña. Prometo que este nuevo año voy a esforzarme aún más. Voy a darlo todo de mí misma. Todo lo que tengo. No voy a vivir extraviada. No voy a ser un cero a la izquierda».

La crudeza del mundo desarrollado se filtra y muestra su aridez en cada rendija: la apatía, el aislamiento, el individualismo descarnado, la falta de sentido vital. «Desde hace días casi no hablo con nadie. Solo intercambios cortos con las empleadas de los negocios, del metro, del supermercado». Experiencias cotidianas —por exceso: familiares— entre tantos expatriados, empujados o hundidos en la deriva formativo-laboral.

«Mamá se niega. Planta los pies. Quiere de vuelta a su hija, su única hija. Su inversión fallida».

Ojalá lleguen más óperas primas como esta Buena alumna. Ojalá no se lastime más.

* Esta reseña fue publicada en enero de 2018 en la revista Las Críticas: http://lascriticas.com/index.php/2018/01/29/buena-alumna-de-paula-porroni/