13 de diciembre de 2018

E. Halfon: Saturno

Eduardo Halfon: Saturno.
Jekyll & Jill, 2017.



Un insecto mancha la noche
preludio del día.


«En toda tiranía, el pueblo llega a rebelarse».

Temo romper el hechizo pero queda decir: hijo devora a padre, lo increpa, lo pisotea, lo deja sin nombre, le lanza su hatillo de afrentas.

La historia sabida: una secuencia imparable de desgracia. Ausencias y muertes pasadas conducen a muertes futuras. Progenitores que marcan a fuego las vidas de sus hijos. Mann, Plath, Hemingway... Lo cuenta muy bien Halfon en esta breve novela, primera obra suya. El original data de 2003. La edición presente ha sido concebida desde un profundo ardor estético.

«Yo también, padre, pienso continuamente en el suicidio».

Por qué se suicidan tantos escritores, mamá, los autores de estos libros que tú lees y yo rechazo. Por qué te entregas a ellos incluso cuando estoy contigo. Competimos a muerte, ¿lo ves? Pero no importa qué haga, ellos vencen. Te conquistan. Ocupan tu tiempo. La pared invisible contra la que choca mi cabeza de niño.

Que de dónde viene mi odio, que por qué no leo nunca, te preguntas. Soy un buen retratista de interiores. Preferirías no convertirte en Saturno. Pero ya es tarde: lo eres.

26 de noviembre de 2018

R. Acquaroni: La casa grande

Rosana Acquaroni: La casa grande.
Bartleby Editores, 2018.


Utrecht, mitad de noviembre. La autora llega temprano y trabaja hasta acabada la tarde. La corriente de su poemario inunda un local cercano al Domtoren. El oído, alerta (quién sabe qué se manifestó antes: la palabra o la música). Acogida y memoria templan la sala. La hija habla. Una ola sensible prende.

«A Manuela Muñoz, mi madre». Una madre que decía: «De la obediencia no se sale indemne». O «Me ataron con correas y me apagaron la luz». La hija no es víctima, es testigo, aunque esa posición no esté exenta de dolor. Su mirada guarda el pasado y regresa cuando el tiempo ha dado su salto requerido. Construye entonces La casa grande. Para dar abrigo a la madre, a la memoria de la madre. A la vida previa a la hija. Al encierro sufrido en un periodo poco amable con las mujeres.

El primer verso hace de título en cada poema. Versos-matriz, uterinos, dispuestos a blandir las hojas necesarias para contar lo que se propusieron contar. Casi cincuenta poemas en total, distribuidos en cuatro partes.

Vencejos, gorriones… Colibrí es la madre. Los pájaros sobrevuelan varios versos. ¿Qué destino persiguen? ¿Dónde se refugian? La madre-pájaro, como la autora-hija, sin marcharse, sale del hogar. «Una mujer que siente que está sola / tiene muchas maneras de morir / a manos de ella misma».

Intuyo que La casa grande era la forma que esa madre debía tomar. El modo de rescate, la llave abierta a la penumbra de la infancia y a una vida de mujer herida por su época. «La locura presiente la verdad de las cosas / la certeza del hueco».

Mirar a la madre como se mira al futuro. Cortar un tallo. Doblar las esperas. Cada quehacer lleva su nombre.

16 de noviembre de 2018

M. Waltari: Estas cosas jamás suceden




* Este texto fue publicado el 07/11/2018 en la revista Estado Crítico:
http://www.criticoestado.es/esto-pasa-claro-que-pasa/

Esto pasa, claro que pasa

«Estaba preparado para partir. Cansado de todo lo que había considerado suyo, tan cansado que un viaje a cualquier parte significaba para él lo que la libertad para un prisionero».

Solo hay dos formas de huir de una vida de mierda: o evadirse (y echar fardos al mulo), o librarse de todo y dejar esa vida atrás.

Será por eso —porque todos en algún momento buscamos esa huida: la evasión liberadora, la fuga feliz— que uno reconoce de inmediato el estado en que se encuentran los personajes de Estas cosas jamás suceden. Celebramos su suerte y sus decisiones, ese dejarse arrastrar por las inesperadas circunstancias. Y anhelamos ciegamente su brutal tabula rasa: prescindir de nombre, hogar, patria, objetivo. Despachar pesos muertos —importa todo un carajo—. Liberación, liberación, liberación.

En vísperas de la II Guerra Mundial, en algún punto de Europa Central, un hombre y una mujer sobreviven a un accidente aéreo. No sabemos con exactitud de dónde partían ni a dónde se dirigen. Todo dato previo resulta superfluo. Lo relevante es el ahora, los peligros, el misterio y la liviandad que les ofrece y que ellos comparten por casualidad.

«Por primera vez en muchos años, se apoderó de él la fervorosa conciencia de que estaba vivo. Su vida le pertenecía, era libre, sin obligación de rendir cuentas a nadie».

El prolífico Waltari (1908-1979) publicó esta breve novela en 1944, un año antes de alcanzar fama mundial con Sinuhé, el egipcio. Su versatilidad y talento literarios se manifiestan también en esta obra, escrita en un lenguaje escueto, facilitador de la atmosfera enigmática y de los giros repentinos que barren el relato.

«¿De qué sirve el dinero si con él solo se puede comprar comodidad y aburrimiento?». «Sobrevolaban la frontera de la muerte, y todo con lo que a lo largo de los años había tejido una red impenetrable a su alrededor carecía ya de sentido».

Recordé, durante la lectura, el filme chileno Poesía sin fin (2016), de Alejandro Jodorowsky, en el que lo aparentemente absurdo también se convierte en cordel del argumento. Resistimos desportillando el plato oficial, contraviniendo expectativas. «Demasiadas comilonas, demasiados años de vida sedentaria. Ahora volvía a estar en movimiento».

El vacío de la vida acomodada y el bienestar gratuito contrastan con el grupo de cómicos —el tatuado, la cíngara, el enano, el cercopiteco— con el que los protagonistas compartirán trayecto.

«Narcótico como un veneno, se filtraba el olvido en la mente del hombre».

Cierto silencio y un progresivo aire complaciente conquistan al lector. Eso no pasa, devuelve el traductor de Google al insertar el título en finés. Con incredulidad lo repiten los protagonistas: «Estas cosas jamás suceden, estas cosas no pueden suceder».

Los dejamos en las aguas de un río. Gloria.

Estas cosas jamás suceden (Navona Editorial, 2017), de Mika Waltari | Traducción de Luisa Gutiérrez Ruiz | 125 páginas | 14,00 euros.

7 de noviembre de 2018

S. García Clemente: Mirar de reojo

Sergio García Clemente: Mirar de reojo.
Cuadernos del Vigía, 2017.

«No hay amor más ciego que el amor propio».




Aforismos: palabras-piedra, perturbadoras de la corriente de aire.

Cinco por página —cinco almuerzos al día—. Luego la noche. El desliz de la hoja. Y de camino: la parada obligada del humor.

Mirar de reojo: captar lo que queda, ver sin querer. Sedimento inconcluso de lo breve.

To be revisited:
«Hay pocos placeres distintos al alivio».
«De algunos sueños cumplidos daríamos lo que fuera por despertar».
«La infelicidad también está hecha de pequeñas cosas».
«¿Cambiar de vida? Zapatos nuevos sobre las mismas huellas».
«Nada nos engrandece más que lo que nos reduce al absurdo».

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Sergio García Clemente (Santa Cruz de Tenerife, 1974) ha publicado poemas y aforismos en distintas revistas digitales y libros colectivos. En 2013, con Dar que pensar (Cuadernos del Vigía, 2014), obtuvo el I Premio Internacional José Bergamín de Aforismos. Mirar de reojo es su segundo libro.

22 de octubre de 2018

S. Strogatz: El placer de la X

Steven Strogatz: El placer de la X.
Taurus. Traducción de David Mejía.


Este libro, publicado en 2013, no fue abierto en cinco años. La espera terminó en el momento oportuno, lo que tal vez signifique que tuvo algún sentido o valió la pena (sí, oye, pero ¿cuánta?).

A buen paso, el autor recorre con prodigiosa nitidez casi toda la historia de las matemáticas (o matemática). Los ejemplos se vuelven cristalinos mientras la teoría se convierte —esto es cierto— en algo cercano y descifrable.

Quizás aburra a los eruditos. Para los inexpertos, sin embargo, emerge de estas páginas una verdad elemental: también en matemáticas, lógica y misterio van parejos. Razón e intuición componen un cóctel indisoluble que favorece nuestra comprensión del mundo, independientemente de sus consecuencias.

Allá por donde miremos, crecen las conjeturas. En la página 250 Strogatz dice: «luchar contra los obstáculos puede dar lugar a una gran belleza; en arte y matemáticas a menudo es más fructífero imponer restricciones sobre nosotros mismos. Piense en un haiku, o en un soneto». O después, en el capítulo siguiente: «en privado, las matemáticas tienen dudas. Se cuestionan a sí mismas y no están seguras de tener siempre la razón, especialmente en lo que al infinito se refiere. […] Bajo una fachada de seguridad y dureza, se encuentra una persona confusa y asustada».

¿No reflejan estas reflexiones nuestro fuero más interno, ese fondo mutable y a ratos trastornado?

Lo expresó bien el nobel E. P. Wigner: «La enorme utilidad de las matemáticas es algo que roza lo misterioso, y no hay explicación para ello. No es en absoluto natural que existan “leyes de la naturaleza”, y mucho menos que el hombre sea capaz de descubrirlas».

La cita es de Wikipedia. Citar: el noviete molón cuando apenas se sabe.

11 de octubre de 2018

E. Halfon: Clases de Chapín


 

* Este texto se publicó el 10/10/2018 en la revista Estado Crítico:  http://www.criticoestado.es/el-que-cambia-de-vida/
 
El que cambia de vida

De algunos libros cuesta alejarse. Se instalan en algún lugar del cuerpo y fisuran el inconsciente. Cerrarlos equivale a perder un trozo de pulmón o de retina, a quedarnos sin el ojo que escudriñó el mundo o el aire que por un tiempo inhalamos. Aire que ni por todos tus muertos desea salir.

Ingeniero de formación, Eduardo Halfon empezó a leer tarde y a escribir más tarde todavía. Sus obras se reparten entre varias editoriales, reflejo quizá de su diáspora vital. En Oh gueto mi amor, el protagonista aventura un significado para su apellido: «aquel que cambia de vida».

Saturno (reeditada cuidadosamente en 2018 por Jekyll & Jill) fue el primer planeta de un sistema intuitivo de cuerpos conectados. Una galaxia en permanente crecimiento protagonizada frecuentemente por Halfon —otro Halfon—; cuestión poco relevante si asumimos que «todos, eventualmente, nos convertimos en nuestra propia ficción».

Escribir no ayuda a entender nada pero permite travestirse, colocar otra piel sobre la propia y atrapar una incomparable sensación de libertad. Dije a mis estudiantes: «Traigo un relato de un autor nacido en Guatemala, de origen judío, desde niño vive en EEUU, escribe en español». Quizá ese trazo biográfico era suficiente, pensé. ¿Y si no leyéramos el cuento? ¿Y si probáramos a imaginarlo? ¿Qué saldría al levantar el telón?

Clases de chapín: coloquialmente se llama chapines a los originarios de Guatemala. Como si Halfon quisiera subrayar aquí un dato básico. Al fin y al cabo, el ¿dónde naciste? frente al ¿de dónde eres? facilita las cosas, pues responder a la segunda pregunta puede precipitar al abismo a un ser humano. Pero Halfon ofrece un clavo al que agarrarse: de dónde eres no importa; o no tanto como pudiera parecer.

Tres partes estructuran los doce cuentos de Clases de chapín: ‘Clases de machete’ (los cuentos más nuevos), ‘Clases de dibujo’ y ‘Clases de hebreo’. En cada parte, cuatro relatos, con una palabra-lazo (machete, dibujo, hebreo) haciendo de ligadura o cinturón.

Cada uno de los textos es reflejo fiel de la belleza y calidad de la literatura de Halfon. De las suaves transiciones e hipnóticos crescendos. De la limpieza de su prosa. Lejos de toda religión, brota el canto misterioso («shemá yisrael adonái alojeinu adonái ejad») al que el autor nos tiene acostumbrados, palabras que se buscan y seducen unas a otras con inevitable musicalidad. “Sacerdote”, “Muñequita”, “Clases de dibujo” y “Clases de hebreo” son piezas maestras.

[Inciso: ¿Qué fue del método de lectura medida Paul Hindemith? Se usaba en clases de solfeo para aprender a marcar dos líneas de ritmo simultáneas. Me empeño en pensar que Halfon lo utilizó].

Busco tercamente un punto débil y flaco a este volumen, una postilla por la que meter el dedo, pero fracaso. Sí me pregunto, sin embargo, qué felino protege la impecable edición. ¿Jaguar? ¿Pantera? En todo caso, un animal al acecho. Pero ¿a la búsqueda de qué? «En todo caso, a punto de algo».

Thomas Mann afirmaba que un escritor es aquella persona a la que escribir le resulta más difícil que a otras personas. No sé cuánto transpira Halfon mientras trabaja, pero me siento incómoda llamándole ingeniero. Espero que queden aerolitos para varias lluvias cósmicas en su universo en construcción.

Clases de chapín (Editorial Fulgencio Pimentel, 2017), de Eduardo Halfon | 176 páginas | 19,90 euros.

28 de septiembre de 2018

S. D'Arzo: Casa ajena

Silvio D’Arzo: Casa ajena.
Editorial Minúscula. Traducción y posfacio de J. Á. González Sainz.


Destaco, por hondas, tres escenas de esta breve novela:

-       El robo de la harina caída de las mulas por parte de los lugareños.
-       El retrato que Zelinda, la protagonista femenina, hace de sí misma: «Esa es la vida que yo llevo: una vida de cabra y nada más».
-       La palabrería hueca —«cosas antiguas», inútiles, dichas por otros— que el cura ofrece desde su torpeza en el momento crucial de la historia. 
 
Silvio D’Arzo (Ezio Comparoni) nació en Italia en 1920. Comenzó a escribir a edad temprana pero dejó sin publicar gran parte de su obra. Fue reclutado por las tropas fascistas. Hijo de madre sola y pobre, falleció de leucemia a los treinta y dos años. Casa ajena vio la luz poco después de su muerte. Se considera el mejor relato del autor.

19 de septiembre de 2018

P. Claudel: Almas grises

Philippe Claudel: Almas grises.
Salamandra. Traducción de José Antonio Soriano Marco.


«"Si lo hubiera sabido, si lo hubiera sabido". El problema es que nunca se sabe».

Llega a casa El vestido azul (Periférica), de Michèle Desbordes, inspirada en Camille Claudel, y este hecho vierte tres azares en esta microcrítica: 1) el azul común al título y a la cubierta del libro reseñado; 2) el apellido compartido por escultora y autor; 3) una misma época y un mismo lugar (Claudel fue encerrada en un sanatorio en 1913).

La colección X aniversario de Salamandra tiene ya ocho años. Probablemente se encuentre agotada pero esconde grandes obras. Suite francesa (Némirovsky), Balzac y la joven costurera china (Sijie), La historia del amor (Krauss) o El último encuentro (Márai) resistirán los ciclones del tiempo. En mi opinión, Almas grises las acompañará.

Francia, ciudad de provincias, 1917, asesinato de una menor. Veinte años después del crimen, un policía hace memoria para contar lo ocurrido. Sobresale un fiscal. Sin trasmutar la versión oficial, el narrador destripa cautelosamente el relato. Se fija en la maldad y en la corriente imperiosa de la Historia. En la vida siempre en vilo, llena de miseria y desconcierto. Y en la soledad absoluta de quien no participa del mundo exterior.

«Yo sabía, y sin duda él también, que se puede vivir en el pesar como en un país».

Amar a un muerto crea un espacio donde ni siquiera uno mismo tiene cabida. Es mejor resguardarse, recluirse, dar un portazo a tiempo, el portazo final.

A veces basta una obra —para qué escribir más—. Una obra así escrita.

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* Para Sonia L'éatarde. Por ese encuentro casi aéreo.

9 de septiembre de 2018

M. Beard: Mujeres y poder

Mary Beard: Mujeres y poder.
Editorial Crítica. Traducción de Silvia Furió.


Mary Beard (1955). Catedrática de Clásicas en la Universidad de Cambridge, editora en The Times Literary Supplement y reconocida y popular divulgadora de la tradición grecolatina. Es miembro de la Academia Británica y de la Academia Americana de Artes y Ciencias. En España, recibió el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2016.

Como muchas otras mujeres que se expresan e intervienen en el ámbito público, Beard ha sido blanco de ataques nada apacibles por compartir conocimientos o expresar su opinión: desde insultos a sus órganos sexuales hasta amenazas graves como «la violación, el bombardeo y el asesinato». En su mayor parte, las agresiones proceden de individuos de sexo masculino. Consciente o inconscientemente, persiguen un viejo objetivo: desprestigiar y hacer callar a las mujeres.

Del origen y mecanismos de este afán silenciador respecto a las mujeres —y de sus manifestaciones antiguas y actuales— habla Mary Beard en Mujeres y poder. El texto recoge dos conferencias pronunciadas por la autora en 2014 y 2017 (‘La voz pública de las mujeres’ y ‘Mujeres en el ejercicio del poder’), un prefacio, un epílogo, bibliografía extensa e imágenes varias.

Punto número 1: «En lo relativo a silenciar a las mujeres, la cultura occidental lleva miles de años de práctica». Al inicio de la Odisea, en una escena de hace casi tres mil años, encontramos el primer testimonio: Telémaco manda callar a su madre Penélope cuando esta pide a un aedo un tema más alegre. «Vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias… El relato estará al cuidado de los hombres», dice Telémaco. Y Penélope obedece.

Punto número 2: «Si hay algo que une a las mujeres de los más diversos antecedentes y procedencias es la experiencia clásica de la intervención fallida». Adaptada a tiempos modernos y en versión educada, se trata de la conocida cuestión de la señorita Triggs: «Es una excelente propuesta, señorita Triggs. Quizás alguno de los hombres aquí presentes quiera hacerla». Traducida a versión ruda escucharíamos: pedazo de imbécil, cara de ajo, cualquier cosa que digas nos importa una mierda.

«A ninguno de nosotros le gustaría vivir en un mundo grecorromano», afirma Beard. Y sin embargo, de ese mundo hemos heredado un «poderoso patrón de pensamiento» que afecta y rige aún nuestras esferas de convivencia, incluida la relativa a la relación entre género y discurso público.

Controlar la voz pública (y alejar de ella a las mujeres) era tarea de varones. Constituía, de hecho, uno de sus principales atributos de virilidad. Las mujeres del mundo clásico solo estaban autorizadas a expresarse públicamente en dos situaciones, explica Beard: a) en condición de víctimas y mártires (Mesia, Afrania, Lucrecia, Filomena); b) para defender a sus hijos, sus hogares, a sus maridos o los intereses de otras mujeres (Hortensia).

Con extrema frecuencia, a lo largo de la historia, las mujeres que desafían esta norma de invisibilidad pública «son tratadas como especímenes andróginos» (Isabel I de Inglaterra) o como niñas infantilizadas, dedicadas a balbucir, lloriquear y gimotear. «Se da el caso de que cuando los oyentes escuchan una voz femenina, no perciben connotación alguna de autoridad o más bien no han aprendido a oír autoridad en ella; no oyen mythos».

Las estrategias encaminadas a desprestigiar la voz de las mujeres poco tienen que ver, a menudo, con el contenido de lo que dicen: son criticadas por el mero hecho de expresarse. Constata la autora que «una de las cantinelas que más se repite es la de “¡Cállate, puta!”». Agravios que, lógica pero paradójicamente, se recomienda ignorar, dejando así que «los matones ocupen el juego sin oposición alguna».

Llegamos aquí al punto número 3 de estos ensayos: para facilitar el cambio, debemos reflexionar «sobre lo que entendemos por voz de autoridad y cómo hemos llegado a crearla». Nuestro modelo cultural al respecto sigue siendo eminentemente masculino. El estereotipo es tan fuerte, dice Beard, «que, aun como fantasía o ensueño, me resulta difícil imaginarme, a mí misma o a alguien como yo, en mi papel».

Excepto cuando se asemejan a un hombre o adoptan sus formas (pensemos en Margaret Thatcher, pero también en los pantalones de Angela Merkel o Hillary Clinton), carecemos de modelos de mujeres poderosas. En el mundo clásico, desde Clitemnestra hasta el mito de las amazonas y de Medusa, el desastre se avecina cuando las mujeres ejercen la autoridad. El deber de los hombres siempre fue, precisamente, evitar ese desastre, «salvar a la civilización del gobierno de las mujeres».

La autora no ofrece al respecto soluciones inmediatas ni demasiado diáfanas. Es honesta: no las tiene. (¿Quién las tiene?). Propone analizar «las fallas y fracturas que subyacen en el discurso dominante», «comprender mejor cómo hemos aprendido a pensar de la manera en que lo hacemos». Y propone igualmente redefinir el poder. Si la conquista del ámbito público lleva a las mujeres únicamente a reproducir modelos masculinos, ¿para qué queremos mujeres en los parlamentos? Por otra parte, algo va o se entiende mal cuando asuntos como la igualdad, la infancia o la violencia doméstica se consideran temas de mujeres. No nos lo podemos permitir, no es el camino a seguir.

Estas reflexiones se vuelven cada día más urgentes. En todas partes crecen, y tendrán que escucharse, multitud de denuncias y argumentos que apuntan en una dirección: el viejo y profundo sustrato que nos sostiene debe cambiar. «¿Por qué se ha hecho tan popular la expresión mansplaining? Para nosotras apunta directamente a lo que se siente cuando a uno no se le toma en serio: un poco como cuando me dan lecciones de historia de Roma en Twitter».

La ley del más fuerte o autorizado hay que subvertirla. La sociedad no puede prescindir del conocimiento y labor de las mujeres, de su existencia digna. La llegada de la cualidad de persona, ¿cuándo tendrá lugar? ¿Sobre qué equilibrios? ¿Cómo la protegeremos? Nada está garantizado, y menos lo nuevo, lo revolucionario, lo que carece de tradición, lo que no interesa a una gran parte de la humanidad.

«La reprimenda que Telémaco lanza a su madre Penélope cuando esta se atreve a abrir la boca en público es un acto que todavía hoy, en el siglo XXI, se repite con demasiada frecuencia», concluye Beard.

Nos preguntamos qué va a pasar con todo esto, si no ha sido ya mil veces dicho. Hasta cuándo seguir insistiendo, reivindicando, esperando.

* Esta reseña fue publicada la primera semana de septiembre en las revistas Estado Crítico y Las Críticas.