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Ó. Santos Payán: Un libro que podría titularse El baile de la berenjena

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Óscar Santos Payán: Un libro que podría titularse El baile de la berenjena. Ediciones Baladí, colección Caleidoscopias. Ilustrado por Macarena Alagarín. «Ante la sombra de un futuro incierto, el presente había desvelado, en pocos días, secretos hasta entonces inimaginables». Sufro cuando no hallo tiempo para la lectura y la soledad, pero a veces el remolino laboral-doméstico todo lo devasta. En medio de esa aridez, sabe a oasis Un libro que podría titularse El baile de la berenjena . Gorrión tiene 15 años y su padre es panadero en Cataratas del Mar, pueblo carente de mar, de agua y de horizonte a la vista. Desde su vidriosa adolescencia, se acaricia la cara «persiguiendo un poco de barba». Por suerte, las fiestas patronales les brindan a él y a su mejor amigo la ocasión de enfrentarse a la extrañeza de la vida y de fantasear con el deseo, los secretos y la oportunidad del amor. Cuántas buenas novelas patinan estrepitosamente en el diálogo sin lograr volver a l...

P. Gutiérrez: Democracia

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    Pablo Gutiérrez: Democracia . Seix Barral. Biblioteca Breve. Hay libros que, por ninguna razón, tardan en abrirse. Hasta que algo los atiza y chispean como ascuas. A partir de entonces: calorina, quemazón de pies, ojos abiertos y galopada de páginas. 2008, primer año de crisis. Marco es despedido. En la calle, privado de quehaceres, Marco se desmarca , precipitándose por inesperados derroteros. Una hilera de personajes secundarios lo acompaña. Lo alzan, lo amparan y ejercen de contrapeso en un logrado juego de luces y fantasmas. Armonías contundentes a la grupa de una prosa libre y transgresora dirigida por un firme deseo de contar fuera de corsé. El hundimiento bancario refleja el alma humana. George Soros, especulador y filántropo, parece ser el único que biencomprende la cuestión: «Ambición, deseo, envidia, fantasía e ingenuidad son los verdaderos valores bursátiles. La explosión de felicidad financiera y la implosión del enorme vacío posterior fuero...

V. Moreno: Un cuarto oscuro

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Verónica Moreno:  Un cuarto oscuro. La Bella Varsovia. Profeso cierta aversión hacia la palabra  corazón (que suena a pasta dulzona en mis oídos) . Frente a ella, su homólogo norteño  hart  me convence más: en su dureza parece expresar el callo indispensable para soportar las embestidas de la vida.  Moreno publicó en 2011  Un cuarto oscuro , poemario que sin duda podríamos colgarnos del lado izquierdo del pecho y acomodar allí pájaros, insectos, gusanos y todo aquello capaz de aguijonear sin piedad el malestar.  Herencias,  heridas, rarezas.  Manos rojas, dedos dulces y una lengua manchada. Vivir nos lleva «al otro lado» y pone a prueba esa libertad de la que estábamos t an seguros , de la que tanto alardeábamos, con esa boca grande y esa voz tan fuerte, con ese gesto resuelto en el rostro. «La locura solo es una línea mal dibujada», dice la autora, mientras experimenta en el vértigo de residuos y palabras. «Quie...

M. A. Clark Bremer: Una pasión parecida al miedo

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Mary Ann Clark Bremer:  Una pasión parecida al miedo . Periférica. Traducción de Hugo Bachelli. «No hay pasión que robe con tanta determinación a la mente todo su poder de actuar y razonar como el miedo». ( Edmund Burke) Es un placer leer, uno por uno, los cuadernos de notas de Clark Bremer. Una pasión parecida al miedo compone el número cuatro. Un texto —como los anteriores— elegante y de bella estructura, jalonado en este caso por citas e ideas de Burke y de Chéjov. Tras trágicas pérdidas, dos viudos jóvenes se encuentran en un hotel de Berna. Recreando retrospectivamente lo vivido, Clark Bremer nos habla de dos emociones en tándem frecuente, el miedo y el amor . En este caso, del amor «de los que nada esperan ya del amor». Porque el miedo, a nuestro pesar, es a veces la emoción más poderosa. La que, contra nosotros mismos, vence. La que actúa, para los timoratos, como justificante perenne. No di el paso. Tuve miedo. (Y también tuve miedo de mi miedo). Por...

N. Ginzburg: Antón Chéjov

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Natalia Ginzburg: Antón Chéjov. Vida a través de las letras. Acantilado. Traducción de Celia Filipetto. «Hacía mucho que no bebía champán» fueron las últimas palabras de Antón Chéjov (Taganrog, 1860-Badenweiler, 1904). Falleció, igual que R.L. Stevenson, a los 44 años. Punza asistir a su muerte física en estas páginas. Que ocurriera hace más de un siglo no importa. Ginzburg, con sobriedad impoluta, trenza vida y obras del gran maestro ruso en un texto armónico, vívido y conmovedor. Imposible escribir semejante relato vitaliterario sin intuir y comprender profundamente al autor. Sin amarlo. Pero con la capacidad de distanciarse y mantener, igual que hizo él, «los ojos secos». El fondo de esta obra recoge el alma rusa y su arrojarse al mundo sin blindaje contundente. En escena, la vida de Chéjov: su familia, las estrecheces económicas, las continuas mudanzas, sus amistades, la tuberculosis, el Chéjov médico y el Chéjov escritor. Moscú, Mélijovo, Yalta ...

A. Jeftanovic: No aceptes caramelos de extraños

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Andrea Jeftanovic: No aceptes caramelos de extraños. Editorial Comba. Colección Narrativa. «¿De qué se ríen los vecinos?,  ¿acaso no sienten el viento golpear el patio como un perro encadenado?». No aceptes caramelos de extraños reúne once relatos invadidos por la misma fuerza y libertad narrativas que Jeftanovic desplegara ya en Escenario de guerra . Sin arresto, sin talento y sin un perfecto dominio del oficio, escribir resulta un fracaso. Jeftanovic lo posee todo. No. No. No pisemos lo convencional.  Desplacémonos a otra tarima.  «Yo no le he hecho mal a nadie para soportar el relato de vidas minúsculas».  Profanemos el paraje del instinto y lo cercano porque aquí —sí, aquí, aquí— sobran pesadillas. Crucen la puerta el error, la muerte, el sexo, el crimen y el incesto. Ah, pertenecemos a la llamada especie humana. Se nos cobra caro «el alquiler del mundo que habitamos». Personajes vivos, textos que   punzan duro. Citas ajenas al inicio y, ...

Andanzas: Miguel de Cervantes

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Al marcharme de Alcalá, pregunté a Don Miguel si, ya muerto, le importaban algo sus huesos. Esperé largo rato. La estatua no respondió. Interpreté su silencio como un “a preguntas necias, oídos sordos”.