C. Camacho: La mujer de enfrente
Carmen Camacho: La mujer de enfrente.
Maclein y Parker, 2023. Obra plástica de Pepe Benavent.
«Mujer de enfrente no hay más que todas».
La mujer de enfrente me acompaña al bosque en un
ataque de soledad (¿qué hacen otros ante un zas de soledad?). Verde corazón, corazón verde. Día claro y ampuloso. Paseantes gritan a sus perros y hablan vete tú a saber con quién por sus audífonos. A ninguno parece inquietarle perturbar la primavera o el murmullo del viento. Me acomodo sobre un tronco y abro, por fin, mi libro-tendedero. Como ropas al aire, esparzo por el texto la palabra «mooi» (en neerlandés, bello).
La mujer de enfrente me acompaña cuando
aparco mi bici en la estación de tren. El piano del vestíbulo mistifica la mañana. El intérprete: un sintecho diminuto, encorvado, viejo. Con su carrito de súper. Con su atención entregada al tecleo de sus dedos. Cuánta soledad irradiamos, a ratos, todos
—y desgaste.
—y desvío.
La mujer de enfrente empieza con una lavadora y una ‘Guía rápida de uso’. Le siguen ‘Servidumbre de luz’, ‘Cuerpo de casa’ y ‘Despierta’. Desde el inicio, el clásico ‘sapere aude’ es reemplazado por el más audaz «atrévete a no saber», marcador del temple de este poemario.
«Hay un paraíso en el umbral». «Bienaventurado aquel que suspende la respuesta. Él tensa el arco. Suyo es el vértigo».
La autoexigencia la llevamos por credo y por bandera.
Amarrarse a una misma de un hilito.
La conciencia y su reverso (que no la inmadurez).
La pérdida se vive y se anticipa.
Conforme avanzamos, sentimos las transformaciones de la mujer de enfrente y la «chica fractal»: el dolor emerge del subsuelo. Lo que cuenta arde, incendia. Deshace todo aserto y razón firme, revuelve toda certeza (como debe ser). Se hace inevitable, entonces, volver la vista atrás: rehacer, recomponer, mirar con ojos nuevos.
«Escribo para detenerme, no para avanzar».
La doble creación, poética y pictórica, amplía la lectura, especialmente si el lienzo, igualmente, adquiere vuelo propio.
Una nana en forma de cruz: «duerme profundo / que yo no supe / traerte al mundo».
Arropada por una rica lluvia literaria, la mujer de enfrente (una es todas) llora, ama, ríe, cruza Georgia y pone un pie en Azerbaiyán. «que en la derrota / hay frondosos derroteros». Sangra por cinco días y cinco noches, y piensa que será tal vez su última regla. «se me ha clavado en el vientre la astillada voz de lo que callo».
Leer a Carmen Camacho es siempre un festín de sensibilidad. Una dicha —encarnada— de palabras.
* Para Carmen Ruiz. Que puso el muro de la noche a centrifugar; y se alumbró a sí misma.



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