30 de junio de 2019

E. Portela: Formas de estar lejos



Salto vital

Llevo casi dos décadas lejos de mi país de origen, del que salí sin una sola meta clara y al que no hay día que parte de mí no desee regresar.

Portela, de la mano de Alicia, nos lleva a los Estados Unidos de América, territorio donde la protagonista aterriza por vía universitaria y se construye un notable currículo académico. Desde el primer instante, sabemos de la quiebra: de la identidad, de la biografía, de una relación de pareja. Asistimos a un final ansiado y definitivo que, en medio de una claustrofobia creciente (las primeras páginas recuerdan a la Casa tomada de Cortázar), no llega de inmediato. Que ese final llegue es lo único importante. El modo en que lo hace, lo de menos.

Dos puntos de unión y alejamiento, con sus tira y afloja, acompañan toda relación mixta: el individual y el cultural. A veces, adoptar cierta distancia respetuosa mantiene a salvo ese núcleo íntimo sin el que una relación real jamás existiría: el difícil y complejo yo de cada cual, con sus orígenes, su carga inconsciente, sus heridas y herencias. Otras veces, nada sirve.

Sin embargo, y aquí puede llevar a engaño la lectura, toda relación es, por definición, mixta, dado que siempre combina elementos distintos. Las diferencias lingüísticas y socioculturales pesan, pero no está claro que determinen el rumbo de una pareja. La unión de Alicia y Matty está abocada al fracaso, de eso quedan escasas dudas. Las circunstancias, por su parte, ayudan poco. Pero el factor crítico brota de un veneno reconocible y universal. Un veneno —el abuso— que arruinaría cualquier relación de pareja y ante el que el matiz multicultural se vuelve accesorio.

«Tere mira a su hija y piensa que no sabe cuándo su niña se ha vuelto tan dura». Alicia, introvertida y solitaria, se aísla más y más en medio de la cordialidad postiza que la rodea. Cae en el mutismo y la melancolía. Se vuelve un ser triste. Y al mismo tiempo está harta. Harta de Matty, de su familia política, del «frío insoportable», de sí misma. Un hartazgo que no desaparece ni va a marcharse a ningún sitio.

La autora retrata muy bien el aburrimiento y la superficialidad del primer mundo, ese mundo de apariencias afables que ocultan infiernos. Y plasma con crudeza la geografía suburbana de EEUU: «Calles vacías de gente, todos en sus casas, aislados, protegidos, como su hija», piensa la madre durante sus visitas.

Alicia intenta implicarse en la universidad, mejorar la relación con su entorno profesional mientras la convivencia con Matty se deteriora. Cada vez están más lejos el uno del otro. La posibilidad de entenderse desciende y termina por desaparecer. No haber tenido hijos le permitirá a Alicia poner océano de por medio. Él también parece pasar página, aunque nos preguntamos si algo aprende.

La prosa, agilísima, no evita lo más difícil: adentrarse en recovecos anímicos donde todo se enreda: la rabia, la conciencia, los afectos, el miedo irracional. Flexible, adaptativa, fiel al propósito de lo que se desea contar, la autora emplea un tono descriptivo, como de crónica, que levanta el pellejo y muestra en carne viva lo invisible sin alarma ni oportunismo. Con todo, una crítica: la confesión de la protagonista de haberse besado con otro cumple su función narrativa (acelerar la ruptura), pero resulta un tanto gazmoña (en mi chica opinión).

«No quiero empezar de cero, no quiero borrón y cuenta nueva, no quiero reconstruir mi vida sin entender cómo he llegado aquí». Lejos de la autobiografía, Portela ha hecho un notable ejercicio de reflexión y de memoria. Renacer a partir de lo vivido y observado. No perderlo de vista. Conservarlo al alcance de la mano.


Formas de estar lejos (Galaxia Gutenberg, 2019), de Edurne Portela | 240 páginas | 18,90 euros.

* Texto publicado el 28/06/2019 en Estado Crítico.

18 de junio de 2019

M. Mujica Láinez: Sergio




La belleza y algo más

A pesar de tener Bomarzo conmigo desde niña (regalo de abuelo paterno), no había leído al argentino Mujica Láinez —alias «Manucho»— hasta llegar a este muchacho hipnótico, Sergio.

La novela fue escrita entre 1975 y 1976, coincidiendo con los primeros meses de la dictadura argentina, presente ya en las últimas páginas del libro. Sergio, como el Tadzio de Mann, porta una belleza subyugante y fuera de lo común ante la que se perece sin remedio. El autor nos advierte así: «Su hermosura era muy notable, téngalo en cuenta el lector, porque de no ser así, buena parte de lo que se referirá en esta crónica resultará incomprensible».

Sergio Londres, catamarqueño de origen humilde, vive con su tía y sus primos en el hotel New England, lugar de veraneo donde abundan las murmuraciones, las ansias de distinción y los residentes excéntricos. La tía trabaja allí de cocinera pero es Sergio el que marca el comienzo de la historia: «He aquí el punto de partida […]: un muchacho desnudo, solicitado por un sueño suficientemente lúbrico, que en lugar de experimentarlo en la intimidad de su cama, pasea exponiéndolo, sobre la cornisa de un hotel».

Un chico sonámbulo que, ajeno a lo que provoca su lindura, trastorna la rutina del hotel y altera sin quererlo el destino de varios de sus huéspedes. «Inteligente y haragán, con buena memoria y facilidad para la música. Tierno, pero ido», acostumbrado a habitar un mundo alejado de la realidad y «a que la vida lo transportase». Cualidades todas que despiertan en los otros un deseo de posesión que se probará irrealizable.

Son varios los elementos que hermanan esta obra con La muerte en Venecia. Sin embargo, es el relato de Lázaro de Tormes —para servirles— el que más se le asemeja, amo y huida por capítulo incluidos. Sergio abandona el hotel a los trece años con madame Aupick, junto a quien aprende piano y francés y de la que pronto escapa corriendo. Amplía su cultura en el seminario franciscano. Será huésped de ricos, aprendiz de anticuario, ayudante de cómicos, secretario de artistas y enamorado. Pero, sobre todo, y durante los casi diez años que narra la novela, Sergio será un tránsfuga. «¿Sería eso la vida, una serie de fugas inexplicables?», se pregunta a mitad de camino.

Mujica Láinez usa frase larga y de sintaxis rebuscada, y cierto tono condescendiente, como de mofa, salpicado de un fiel barroquismo. «Para que el lector comprenda…», «Recuerde el lector que…» son fórmulas que ralentizan y adensan la lectura, en consonancia tal vez con la hipocresía social que el relato intenta plasmar.

«¿Era eso, ese cuerpo, lo que buscaban? ¿Qué tenía, para que los desesperase así?». Durante diez capítulos Sergio esquiva persecuciones y carece de amigos verdaderos. Es Sergio el ausente, el hadado, el candoroso. El desconocedor de su aura indefinible y misteriosa. El «atisbador de quimeras». Se enfunda en su timidez, elude decidir, se fía del destino y desea, las más de las veces, que simplemente lo dejen disfrutar en paz de su aislamiento.

Un carácter que, como el autor sabe, entraña el riesgo de optar por el camino equivocado y no enfrentarse a su verdad auténtica. Le ocurre de nuevo a Sergio al conocer a los hermanos Malthus, Juan y Soledad, pieza clave en su destino, ante los que vuelve a sentirse, como siempre, confundido.

Menos mal que la voluntad del azar actúa como un protagonista más. Cansado de la vida frívola y pomposa que lleva junto a su último amo y de la vanidad con la que convive obligado, se deja llevar por Juan cuando este lo busca en Venecia, «aquel paraje propicio para evocar a la muerte y al amor», momento a partir del cual se precipita el fin del viaje.

De regreso a Argentina, Sergio traduce la Eneida en el avión. «Las azafatas se desvivían por atenderlo. Hacía tiempo que no veían un hombre tan hermoso —sobre todo así, de una hermosura simple, directa, desprovista de teatro y arrogancia—», leemos en el epílogo.

Temía abrir un libro cargado de vacío y ampulosidad. No ha sido esta la experiencia. Si el exceso de belleza puede llegar a destruir la vida de una mujer, en Sergio el impacto pareciera ser algo más leve. Exuberancia, romanticismo y un final (¿feliz?) raro, necesario.

De Luis Antonio de Villena, eso sí, esperaba mayor esmero en el prólogo.

Sergio (Drácena, 2018), de Manuel Mujica Láinez | 229 páginas | 15,95 euros.

* Texto publicado el 18/06/2019 en Estado Crítico.