9 de octubre de 2019

Andanzas: Gavia (S. Bellver)



Mi viena fue siempre un bollo de pan

«…para el nómada genuino,
todo es hogar, todo es país y nada es patria».

Octubre. Terminó ya el verano y en el próximo párrafo retrocederé a junio, su tierno principio. Fue un verano extraño y sin bolígrafo. Los dos con los que salí de viaje se gastaron al poco y no hubo forma de conseguir repuestos: me olvidaba de comprarlos, me negaban su préstamo… Tuve que habituarme precipitadamente al portaminas para tomar notas y preguntarme si un verano a lápiz llega a ser imborrable alguna vez.

Volvamos por tanto al mes de junio, momento en que llegó a mis manos Gavia, primer poemario de Sergi Bellver. Es la tercera obra publicada por el autor después del volumen de cuentos Agua dura (2013) y de unas hermosísimas Variaciones sobre Budapest (2017).


Semejante título —Gavia— pide quizá ser leído sobre el mar y no en el aire, como fue el caso. Austrian Airlines, vestida de rojo y de música de vals, me empuja a acomodarme junto a la ventanilla del avión, donde desplego mi ritual: cuaderno en el regazo, tapones en los oídos, Gavia en las manos. No visitaba Viena desde hacía veinte años y, en mi memoria, no me hubiera importado no volver. Lujo, monumentalidad, refinamiento excesivo… y ni un solo alero para cobijarse de la lluvia. Pienso en los miles de sirvientes tras el goce histórico de unos pocos. ¿Han cambiado las cosas a día de hoy?

En la ciudad, intento fotografiar a Gavia en la puerta de un café recomendado por el autor pero un camarero me lo impide: fotos no, bitte. De la exposición dedicada a Oskar Kokoschka en el Museo Leopold salgo con cierta amargura: solo soy capaz de amar su primera etapa, sus colores oscuros; después, mis ojos ven pueril optimismo, una anodina claridad.


Me despisto sin dejar de hablar de Gavia; y, sin embargo, ahora quiero rozar más de cerca algunos de los materiales de los que está hecha.

Por ejemplo, el amarre consciente en su estructura: Mesana, Mayor, Bauprés. La voluntad de no impedir cualquier salida que amplíe el horizonte. El viaje, aun no siendo imprescindible (las ‘Instrucciones para no ir a Colliure’ —o a Yuste, o a Asís— son prueba de ello), siempre es esencial. Partir tiene sentido si se está dispuesto a incorporarse a cada sitio. A ser agua —dura o blanda, qué más da— que se mezcla con lo que recorre. Y que llega a casi todas partes.

El autor escoge su último cuarto de siglo vivido para los cincuenta y un poemas de Gavia. Obertura: ‘Cuarto de derrota’. ‘Todos los caminos’, cierre. Quiero pensar que por algo será.

La página marca la extensión de la mayoría de los poemas de esta obra, que entre otros muchos destinos acoge dos cuadernos gemelos (de Oaxaca, del Ampurdán) y tres nocturnos de melodía dulce y estructura libre (como todo nocturno que se precie): Madrid, Nueva York, Berlín. La risa me sorprende al final de ‘El monte hablador’ y confieso, sí, que cada vez que lo releo vuelvo a carcajear con esos «vidrios».

Sin duda se me escapan muchas cosas de este poemario. Pero Gavia es un texto recorrido por hermosas armonías, de fuerza contenida y bien orquestado.


Regreso a Holanda en vuelo nocturno. Sigo dando vueltas a la idea de viajar y de moverse. Es decir: si el desplazamiento tiene algún sentido último, qué queda en uno después de esas idas y venidas, etc. En el asiento trasero debe de haberse acomodado el hombre más gritón de Europa: no calla un segundo y, dado que nada lo interrumpe, llego a creer que habla solo pero NO: a su lado una mujer asiente mientras mis tapones apenas amortiguan su batahola.

Recuerdo algún manjar de mi infancia, que, como la del autor, nada tiene de especial ni memorable. Y pienso que tal vez mi auténtica viena fue siempre un bollo de pan, sencillo y honesto como este poemario. Una Gavia abierta al viento y lo inasible: la vida que se gana —y se pierde— conforme uno la vive. Así será hasta el final.

Gavia (El Desvelo Ediciones, 2019), de Sergi Bellver | 96 páginas | 16 euros.

* Publicado el 09/10/19 en Estado Crítico.

22 de septiembre de 2019

P. Cerda: Violeta y Nicanor




Dos hermanos y un país de fondo

Recibí esta novela (postal dedicada incluida) hace algo más de un año desde Berlín. Me la envió su autora, Patricia Cerda, chilena de nacimiento y residente en Alemania desde los doce años. Como el de tantos otros autores, su nombre era nuevo para mí. Confieso que empecé a leer con una desconfianza que aún no sé a ciencia cierta de dónde procedía. ¿Una seguridad excesiva en los breves correos que cruzamos? ¿Una personalidad calculadora? Elucubraciones sin mucho sentido. Al final de este texto encontrarán un intento de respuesta.

Por aquellas fechas, además, me hallaba supervisando el trabajo de literatura de una alumna chilena para quien Nicanor Parra era lectura prescrita. Junto con el fallecimiento del poeta en enero de ese mismo año (hablamos de 2018), la llegada del libro me pareció una amable coincidencia.

Quiero empezar por subrayar que las cuatrocientas cuarenta y ocho páginas de Violeta y Nicanor no parecen cuatrocientas cuarenta y ocho páginas: la agilidad con la que están redactadas hace que naveguemos por ellas como por olas feroces. Imposible desviar nuestro interés ni huir de la historia (de Violeta, de Nicanor, de sus circunstancias, de Chile). Imposible no mantener nuestro espíritu atento al trasfondo reflexivo, filosófico a ratos, que salpica la obra.

Cerda, hábilmente, juega con la narración en pasado (la parte primordial y más gruesa, pues atañe a los hermanos Parra) y traza una fina ruta paralela en presente, en la que se nos informa de los pasos que da la autora mientras se documenta para la novela en Chile.

La escisión funciona con eficacia y no está ahí porque sí. Por una parte, los fragmentos en presente nos hacen entrar en el Chile de hoy… fruto del Chile de ayer que habitaron los Parra (Nicanor, por su longevidad, habitó ambos). Por otra, estas piezas breves en presente rebajan levemente la densidad de la línea principal, donde la autora nos regala lo mejor de su profesión como historiadora y narradora.

«A mí no me interesan las fechas, sino saber cómo están relacionados los acontecimientos y el papel que juegan allí las emociones y el azar», dice Patricia Cerda en su blog. Esto queda plasmado en la novela, y a partir de ello surgen infinitas preguntas. ¿Sin necesidad, sin pobreza, sin tribulaciones, habrían desarrollado arte alguno los Parra? ¿En qué medida se nutrieron de Chile estos hermanos y Chile se nutrió de ellos? ¿De dónde surge la conexión de un talento con el sentido oculto de la vida? ¿Cómo es que Violeta decidió suicidarse y Nicanor existir?

Qué pena que lo vivido a edades tempranas marque tanto. ¡Qué liberador sería lo contrario! O no. No lo sabemos. Violeta murió a los 49 años y Nicanor a los 103. Vivió más del doble que su hermana. Los dos fueron caras de idéntica moneda.

Me he preguntado por el tono un tanto frío y distante utilizado en las anécdotas (por ejemplo, con esa antigua vecina; o con la bibliotecaria). Y como para encontrar algo no hay más que salir a buscarlo, esta es mi respuesta (nuevamente del blog de la autora): «Yo he llegado a un momento de mi vida en que prefiero un pasar con poca emoción. Son una trampa necesaria en la juventud pero en la madurez estorban. Al menos que uno se aburra, en ese caso ayudan a acortar el tiempo. No es mi caso». Creo que mi recelo procedía de ahí, de no entender aún las ventajas que aporta la madurez (pero todo llegará y pronto, seguro).

En resumen: un libro con muchas virtudes. Patricia Cerda sabe lo que hace. Y es dueña de una poderosísima inteligencia.
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Pie de página, dos notas:
  • No es la primera vez que escribo sobre esto ni será la última: equipo editorial, por favor, revisen bien el texto y eviten las erratas. Un libro así —en realidad, todos— lo merece.
  • ¿Por qué Casa del Libro (web España) etiqueta esta novela como «literatura juvenil»? Cosas raras.

Violeta y Nicanor (Editorial Planeta Chile, 2018), de Patricia Cerda | 448 páginas | 9,49 euros (ebook), 15.900 pesos chilenos (rústica).

* Texto publicado el 12/09/2019 en Estado Crítico.

7 de septiembre de 2019

V. León: Secreta luz

Victoria León: Secreta luz.
Fundación José Manuel Lara. IX Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado.



‘Rastro del fuego’, el primer poema, ya rompe los sentidos: tiende la tierra sobre la que se construye Secreta luz, poemario que se eleva, hasta la última página, fiel a su inmanente incandescencia.

Secreta luz y verso claro, hecho de piedras primeras. Del llanto y su principio: el umbral, la veladura, el camino recorrido en la penumbra. Dolores que son dolores de una quiebra y de un renacimiento: la llama final que nos consume y nos traspasa en la noche.

Pensamientos lúgubres y una conciencia donde la luz queda lejos, oculta como los cepos en la maleza, muerta en una bombilla rota:

«No recuerdo el amor, ni cómo era
sentirme protegida en unos brazos».

El miedo es el cuerpo calloso de nuestra naturaleza y la identidad se tambalea en un continuo vaivén. Por eso hay que ser valiente para volcar este vertido poético. Para contemplar —y exponer a carne viva— «dudas y torpezas» en imágenes brutales como:

«La única verdad de nuestra historia
fue un abril cuya luz aterradora
aún me sigue cegando en el recuerdo
cuando nada me queda, y aún me salva».

No importa que se trate de un amor efímero o duradero: en ningún ámbito cultivamos y alimentamos las contradicciones de manera tan cabal como en el amor. Todo se nubla y cae de improviso. Y el dolor se extiende hasta perder sus fronteras. Salir indemnes no es muy probable. A menudo, tampoco es el objetivo.

«Cansada de buscar tu mano a ciegas,
fiel a tu ausencia, no he de abandonarte.
Eso te prometí cuando existías».

Los coletazos del sentimiento antes de irse y claudicar se intensifican. La nostalgia abre sus puertas, la esperanza se agarra a lo que de inmortal hay en ella y se desciende a lo más profundo: la nada y el desamparo, «cada uno a su olvido solitario», la renuncia después de una plenitud figurada.

«Es siempre la memoria amarga copa
que promete consuelo y solo quema».

Queda, tal vez, nuestro existir —y el del amado— en los sentidos. ¿Sirve esto de consuelo a ninguna soledad? León, desde su sabiduría, deja este punto irresuelto.

«El silencio es el no de los cobardes,
la interminable soledad del miedo,
la pregunta que nadie nos responde
mientras agonizamos, suplicando,
al otro lado de una puerta ciega».

Leído en Triana (Sevilla), verano del 19. Provocó recogimiento y mudez.

17 de julio de 2019

Anónimo: Estado crítico



El sonido de una voz oscura

Escribí aquellos diarios en un estado febril, crítico como el ánimo que me acompañaba entonces, siempre al borde del llanto. Mi humor no era sombrío cada día, admitámoslo, solo cuando dejaba de ingerir las pastillas recomendadas por la doctora. La misma que me alentó a volcar mis sentimientos sobre papel para que yo, en pocos meses, tuviera cientos de folios volando por casa.

No soy capaz de recordar qué llevó a la editorial a publicar esos textos. Vieron la luz de forma anónima —¡menos mal!— bajo el título de Estado crítico. Suena mondo y banal, estoy de acuerdo. En ese momento no se me ocurrió otro.

Hace diez años de aquello y mi identidad sigue oculta bajo tierra, lo que me alegra sobremanera. No habría soportado exponerme a un público tan turbado como yo o al escrutinio de la crítica. La calidad literaria del trabajo era cero, inexistente, una mierda. Novecientas páginas para cebar —y atascar— una trituradora de papel. Siete ejemplares se vendieron del tocho. Un éxito.

Cuando la dosis de realidad supera determinados umbrales, llega la muerte súbita de todo lo que opone resistencia. El hundimiento general, podríamos llamarlo: has visto, ahora sabes, ya no podrás borrarlo de tu mente. ¿No eres capaz de procesarlo? Te jodes. ¿Quieres dar marcha atrás? Demasiado tarde: más allá del filo tolerable, el único modo de salvarte es continuar braceando. Braceando, en bucle, hasta desfallecer y más allá.

El proceso de escritura fue un tormento. Desvenarse desde el nihilismo más profundo, como al parecer pretendía la doctora. Todas las compuertas se abrieron a la par. Pero por ellas no entraba aire, ni salud, ni esperanza. Solo un ingente monto de fango. Sucio, denso, pringoso, apestoso.

¿Que si puedo resumir o contar algo de aquellos diarios? No, no puedo. Jamás volví a leerlos y nadie los publicará en el futuro. Destruí originales, recuperé y quemé (¡trabajito me llevó!) los siete ejemplares vendidos, y reduje a escombros el almacén de mi editora. Solo recuerdo vagamente algún disparate del tipo:

«Corremos despavoridos.
La evidencia es apariencia.
Agua va para el río.
El sonido de una voz oscura endulza mi sexo.
Perder la vida
en los confines de un sofá».

Memeces. Pero cuántas memeces…

Estado crítico (Ediciones Triple Rombo, 2009), Anónimo | 900 páginas | 28,90 euros.

* Publicada como reseña especial en Estado Crítico.

30 de junio de 2019

E. Portela: Formas de estar lejos



Salto vital

Llevo casi dos décadas lejos de mi país de origen, del que salí sin una sola meta clara y al que no hay día que parte de mí no desee regresar.

Portela, de la mano de Alicia, nos lleva a los Estados Unidos de América, territorio donde la protagonista aterriza por vía universitaria y se construye un notable currículo académico. Desde el primer instante, sabemos de la quiebra: de la identidad, de la biografía, de una relación de pareja. Asistimos a un final ansiado y definitivo que, en medio de una claustrofobia creciente (las primeras páginas recuerdan a la Casa tomada de Cortázar), no llega de inmediato. Que ese final llegue es lo único importante. El modo en que lo hace, lo de menos.

Dos puntos de unión y alejamiento, con sus tira y afloja, acompañan toda relación mixta: el individual y el cultural. A veces, adoptar cierta distancia respetuosa mantiene a salvo ese núcleo íntimo sin el que una relación real jamás existiría: el difícil y complejo yo de cada cual, con sus orígenes, su carga inconsciente, sus heridas y herencias. Otras veces, nada sirve.

Sin embargo, y aquí puede llevar a engaño la lectura, toda relación es, por definición, mixta, dado que siempre combina elementos distintos. Las diferencias lingüísticas y socioculturales pesan, pero no está claro que determinen el rumbo de una pareja. La unión de Alicia y Matty está abocada al fracaso, de eso quedan escasas dudas. Las circunstancias, por su parte, ayudan poco. Pero el factor crítico brota de un veneno reconocible y universal. Un veneno —el abuso— que arruinaría cualquier relación de pareja y ante el que el matiz multicultural se vuelve accesorio.

«Tere mira a su hija y piensa que no sabe cuándo su niña se ha vuelto tan dura». Alicia, introvertida y solitaria, se aísla más y más en medio de la cordialidad postiza que la rodea. Cae en el mutismo y la melancolía. Se vuelve un ser triste. Y al mismo tiempo está harta. Harta de Matty, de su familia política, del «frío insoportable», de sí misma. Un hartazgo que no desaparece ni va a marcharse a ningún sitio.

La autora retrata muy bien el aburrimiento y la superficialidad del primer mundo, ese mundo de apariencias afables que ocultan infiernos. Y plasma con crudeza la geografía suburbana de EEUU: «Calles vacías de gente, todos en sus casas, aislados, protegidos, como su hija», piensa la madre durante sus visitas.

Alicia intenta implicarse en la universidad, mejorar la relación con su entorno profesional mientras la convivencia con Matty se deteriora. Cada vez están más lejos el uno del otro. La posibilidad de entenderse desciende y termina por desaparecer. No haber tenido hijos le permitirá a Alicia poner océano de por medio. Él también parece pasar página, aunque nos preguntamos si algo aprende.

La prosa, agilísima, no evita lo más difícil: adentrarse en recovecos anímicos donde todo se enreda: la rabia, la conciencia, los afectos, el miedo irracional. Flexible, adaptativa, fiel al propósito de lo que se desea contar, la autora emplea un tono descriptivo, como de crónica, que levanta el pellejo y muestra en carne viva lo invisible sin alarma ni oportunismo. Con todo, una crítica: la confesión de la protagonista de haberse besado con otro cumple su función narrativa (acelerar la ruptura), pero resulta un tanto gazmoña (en mi chica opinión).

«No quiero empezar de cero, no quiero borrón y cuenta nueva, no quiero reconstruir mi vida sin entender cómo he llegado aquí». Lejos de la autobiografía, Portela ha hecho un notable ejercicio de reflexión y de memoria. Renacer a partir de lo vivido y observado. No perderlo de vista. Conservarlo al alcance de la mano.


Formas de estar lejos (Galaxia Gutenberg, 2019), de Edurne Portela | 240 páginas | 18,90 euros.

* Texto publicado el 28/06/2019 en Estado Crítico.

18 de junio de 2019

M. Mujica Láinez: Sergio




La belleza y algo más

A pesar de tener Bomarzo conmigo desde niña (regalo de abuelo paterno), no había leído al argentino Mujica Láinez —alias «Manucho»— hasta llegar a este muchacho hipnótico, Sergio.

La novela fue escrita entre 1975 y 1976, coincidiendo con los primeros meses de la dictadura argentina, presente ya en las últimas páginas del libro. Sergio, como el Tadzio de Mann, porta una belleza subyugante y fuera de lo común ante la que se perece sin remedio. El autor nos advierte así: «Su hermosura era muy notable, téngalo en cuenta el lector, porque de no ser así, buena parte de lo que se referirá en esta crónica resultará incomprensible».

Sergio Londres, catamarqueño de origen humilde, vive con su tía y sus primos en el hotel New England, lugar de veraneo donde abundan las murmuraciones, las ansias de distinción y los residentes excéntricos. La tía trabaja allí de cocinera pero es Sergio el que marca el comienzo de la historia: «He aquí el punto de partida […]: un muchacho desnudo, solicitado por un sueño suficientemente lúbrico, que en lugar de experimentarlo en la intimidad de su cama, pasea exponiéndolo, sobre la cornisa de un hotel».

Un chico sonámbulo que, ajeno a lo que provoca su lindura, trastorna la rutina del hotel y altera sin quererlo el destino de varios de sus huéspedes. «Inteligente y haragán, con buena memoria y facilidad para la música. Tierno, pero ido», acostumbrado a habitar un mundo alejado de la realidad y «a que la vida lo transportase». Cualidades todas que despiertan en los otros un deseo de posesión que se probará irrealizable.

Son varios los elementos que hermanan esta obra con La muerte en Venecia. Sin embargo, es el relato de Lázaro de Tormes —para servirles— el que más se le asemeja, amo y huida por capítulo incluidos. Sergio abandona el hotel a los trece años con madame Aupick, junto a quien aprende piano y francés y de la que pronto escapa corriendo. Amplía su cultura en el seminario franciscano. Será huésped de ricos, aprendiz de anticuario, ayudante de cómicos, secretario de artistas y enamorado. Pero, sobre todo, y durante los casi diez años que narra la novela, Sergio será un tránsfuga. «¿Sería eso la vida, una serie de fugas inexplicables?», se pregunta a mitad de camino.

Mujica Láinez usa frase larga y de sintaxis rebuscada, y cierto tono condescendiente, como de mofa, salpicado de un fiel barroquismo. «Para que el lector comprenda…», «Recuerde el lector que…» son fórmulas que ralentizan y adensan la lectura, en consonancia tal vez con la hipocresía social que el relato intenta plasmar.

«¿Era eso, ese cuerpo, lo que buscaban? ¿Qué tenía, para que los desesperase así?». Durante diez capítulos Sergio esquiva persecuciones y carece de amigos verdaderos. Es Sergio el ausente, el hadado, el candoroso. El desconocedor de su aura indefinible y misteriosa. El «atisbador de quimeras». Se enfunda en su timidez, elude decidir, se fía del destino y desea, las más de las veces, que simplemente lo dejen disfrutar en paz de su aislamiento.

Un carácter que, como el autor sabe, entraña el riesgo de optar por el camino equivocado y no enfrentarse a su verdad auténtica. Le ocurre de nuevo a Sergio al conocer a los hermanos Malthus, Juan y Soledad, pieza clave en su destino, ante los que vuelve a sentirse, como siempre, confundido.

Menos mal que la voluntad del azar actúa como un protagonista más. Cansado de la vida frívola y pomposa que lleva junto a su último amo y de la vanidad con la que convive obligado, se deja llevar por Juan cuando este lo busca en Venecia, «aquel paraje propicio para evocar a la muerte y al amor», momento a partir del cual se precipita el fin del viaje.

De regreso a Argentina, Sergio traduce la Eneida en el avión. «Las azafatas se desvivían por atenderlo. Hacía tiempo que no veían un hombre tan hermoso —sobre todo así, de una hermosura simple, directa, desprovista de teatro y arrogancia—», leemos en el epílogo.

Temía abrir un libro cargado de vacío y ampulosidad. No ha sido esta la experiencia. Si el exceso de belleza puede llegar a destruir la vida de una mujer, en Sergio el impacto pareciera ser algo más leve. Exuberancia, romanticismo y un final (¿feliz?) raro, necesario.

De Luis Antonio de Villena, eso sí, esperaba mayor esmero en el prólogo.

Sergio (Drácena, 2018), de Manuel Mujica Láinez | 229 páginas | 15,95 euros.

* Texto publicado el 18/06/2019 en Estado Crítico.

23 de abril de 2019

M. Mayoral: La única mujer en el mundo

Marina Mayoral: La única mujer en el mundo.
Edhasa, 2019.



* Texto publicado el 23/04/2019 en Estado Crítico.

Tejidos por el deseo

«Ahora tengo todo lo que deseo, más de lo que nunca me atreví a desear. Y no tengo miedo a perderlo».

Recuerdo a Marina Mayoral igual que recuerdo mi cuerpo, mi cuerpo y sus ansias, a los veinte años, cuando comencé a leerla, sumergiéndome en su literatura con ardor parejo al de quien se baña en el Jordán.

Eran otros tiempos, a finales del siglo anterior, con menos vidas vividas, con menos deseos colmados, y un horizonte joven, ingenuo, en el que ni la imaginación más desatada podía, ni por asomo, presentir el futuro.

Marina Mayoral hablaba y escribía con serenidad, desde un pazo sabio, sensual, bellísimo, sensible. Desde un estado reconocedor de nuestras constantes vitales, esas que tan dignamente traicionan los asideros de nuestra materia, por suerte para todos.

En La única mujer en el mundo, la autora, nacida en Mondoñedo (Galicia), vuelve a Brétema, lugar perenne de sus narraciones. Un pueblo mítico en el que todo cabe y todo tiene lugar, y del que sale toda forma de vida y de literatura. No se necesitan nuevayores para que suceda lo grande. Tampoco para lo pequeño. Con que aparezcan en la retaguardia es suficiente. Todo está en nosotros. Vamos y venimos. Nos influenciamos. La realidad cambia mientras una gran porción de ella permanece.

El entorno invita a la fusión de la acción con la naturaleza. El mar cercano, la presencia de prados y bosques, la lluvia y la luz tenue de los campos, el rumor del aire, los relojes de las torres. Esa armonía, recóndita, siempre presente en sus relatos, que sus personajes atraviesan y a la que permanecen expuestos.

Estructurada en tres partes, con capítulos breves precisamente datados, La única mujer en el mundo se escribe a varias voces con abundancia de diálogo. Un dialogar que roza, con frecuencia, la mayéutica, guiándonos hacia la comprensión auténtica del devenir anímico de los personajes. Damián, Luz Áurea, Adolfo, Amara y Marcos se nos descubren. Sus vidas se entrelazan, física y emocionalmente. Y aunque no hay tramo de existencia libre de tragedia o dolor, ellos crecen. Crecen por la vía de los deseos, hacia ellos mismos y hacia la libertad.

No sé si quien escribe es consciente de lo que los lectores aprehendemos a través de sus obras, de su involuntario hálito docente. Mostrar, enseñar. Ensanchar caminos, contribuir al descubrimiento y a la toma de conciencia. Recoger nuevos impulsos en aguas desconocidas. Arrojarse al curso de la vida. Tejerse en el deseo. Trenzarse con él. Vivir por él.

Un narrar puro, sin trampas, con voluntad de sugerir pero no de imponer, y mucho menos de ocultar.

Tengo mucho que agradecer, y quiero que se note, a Marina Mayoral. Incluido el placer de distinguir las forsitias.


Marina Mayoral (1942) es novelista y catedrática jubilada de Literatura Española de la Universidad Complutense de Madrid. Escribe en gallego y en castellano. Entre sus numerosos trabajos de investigación destacan los dedicados a Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán, así como sus análisis de poesía y prosa contemporáneas. Colabora semanalmente con La voz de Galicia. Ha publicado más de una veintena de novelas y libros de cuentos. Algunos de sus títulos más célebres son Recóndita armonía, Dar la vida y el alma, Deseos o Recuerda, cuerpo.

* Para R. Mayoral, que me acompañó en los noventa.

25 de marzo de 2019

E. Pardo Bazán: Cuentos trágicos



Los cuentos de doña Emilia

La primera pregunta que me hago es cómo marcar un libro de páginas negras. Me llevó a comprarlo la atracción fatal: qué mejor acompañante que un pigmento aciago para los cuentos trágicos de doña Emilia.

Pardo Bazán (1851-1921) escribió más de quinientas narraciones cortas, siendo este su último volumen de relatos publicado en vida. Veintisiete textos de igualada extensión imbuidos de cierto terror, hado y romanticismo.

«Mi impresión fue violenta, honda; difícilmente sabría definirla, porque creo que hay sobradas cosas fuera de todo análisis racional». «Hay en la vida cosas así, que nadie logra nunca poner en claro, aunque las vea muy de cerca y tenga, al parecer, los medios para enterarse».

La fuerza del destino establece el tono basal de cada historia. El azar espera en una esquina silenciosa, y salta y muerde yugulares sin distinción de tegumento. Nada vuelve a ser lo mismo después de ese paso en falso o ese hecho inesperado. Ni siquiera cuando el relato acaba bien.

«No hay efecto sin causa». «Todos mueren de lo que han vivido». «Lo sabe la parte mejor de su ser de usted: su instinto». Queda claro que cada acción tiene su repercusión. Y cada impulso, su lamento. A ese nudo de fatalidad e inclinación natural añade doña Emilia el peso del juicio social y de la conciencia, dejando a sus protagonistas un ridículo —o mejor, nulo— margen de maniobra. Ahoguémonos en el río: por algo son cuentos trágicos.

Afloran los dramas de pobres y las que fueron preocupaciones constantes de la autora: las huelgas y revueltas sociales de su época; la observación de las clases sociales; la situación de las mujeres; el valor del pensamiento propio y del sentido común.

«Bocas inútiles no se comprenden entre los labriegos». «Los que leen la historia conceden tal vez exclusiva importancia a los hechos de mayor relieve; los que viven esa misma historia, se preocupan más de lo pequeño y cotidiano, la subsistencia, el empleo de las horas del día». Realismo que no se ve reñido con una forma elegante de cerrar los casos: «Como casi siempre, la verdad sería lo funesto».

España, el país que tan bien conoce, aparece en compañía de geografías más lejanas. Oriente, Rusia, el antiguo Egipto, la Francia revolucionaria, la América precolombina. Doña Emilia viaja en el espacio y en el tiempo. Como para demostrar que el infortunio y la ilusoria felicidad gozan de inmortalidad.

En medio de Emmas Bovary, de Anas Ozores y Kareninas, no olvidemos que doña Emila fue capaz de escribir cuentos trágicos y grandes dramas, sí, pero también una novela como Insolación (1889), con su final abierto y optimista, aportando un aire de modernidad y descaro al panorama literario europeo.

En 2018, la editorial Contraseña imprimió otra colección de relatos de la autora: El encaje roto. Antología de cuentos de violencia contra las mujeres. Naturalismo, realismo, pardobazanismo. Temas infinitos. Quedémonos con la mucha luz que arrojan sus escritos.


Posdata: una triste llamada de atención

Con lo que cuesta editar un libro —tiempo, inversión, esfuerzos—, ¿por qué tantísimas erratas? ¿Por qué semejante descuido editorial? ¿Tan difícil resulta una revisión cuidadosa para minimizarlas? Un lector ciego y poco exigente es algo que ninguna empresa de este tipo quiere para sí. O al menos es lo que deseo pensar.

De haber corregido sobre páginas blancas los gazapos encontrados, el ejemplar hubiera quedado de un color muy parecido a la negrura original. Hay errores en el índice, en la portada, en el canto; los hay en la puntuación y en la paginación; por no hablar de las muchas tildes ausentes o de numerosas faltas de concordancia en el palabreo más simple. En la página final dice «Este libro se terminó de imprimir en junio de 2019…». ¿Seguro, en 2019? No me lo creo yo.

Por último, me gustaría que dejaran de referirse a las mujeres como poetisas. Le haría poca gracia a doña Emilia comprobar que, a estas alturas, así la siguen denominando en su país, como sucede en la nota biográfica interior.

Esto es todo.

Cuentos trágicos (Cazador de ratas, 2018), de Emilia Pardo Bazán | 247 páginas | 15,00 euros.

* Reseña publicada el 25/03/2019 en Estado Crítico.

3 de marzo de 2019

J. Gracia Armendáriz: Diario del hombre pálido & Piel roja

Juan Gracia Armendáriz: Diario del hombre pálido & Piel roja.
Demipage, 2010 & 2012.


«Uno no puede abrirse el vientre a fin de que las palabras broten como vísceras humeantes. Sería una falta de respeto».

Llevo dos libros siendo enferma renal, participando del desdoblamiento vital que permite la literatura (el irrepetible Mercury decía depender del exceso, que no es sino otra forma de desdoblamiento). He vivido cientos de horas conectada a una máquina de hemodiálisis, viajando de Madrid a Pamplona y de Pamplona a Madrid, leyendo sin tregua, esperando un riñón nuevo, escribiendo estos diarios. Diarios que son crónica y testimonio de un estado la mar de jodido.

Diario del hombre pálido y Piel roja componen los tomos II y III de la «trilogía de la enfermedad» de Gracia Armendáriz, iniciada en 2008 con La línea Plimsoll. Desde su «situación de interinidad corporal», el autor nos presenta una patografía de la enfermedad nefrítica. A veces, la «bestia» del sufrimiento físico espolea la lucidez. Con mayor frecuencia, admite el autor, simplemente desgasta y debilita.

Trescientas seis entradas en las que pasado y presente intercambian impresiones atravesadas por un módulo clave: la mirada literaria. Ni chismes ni exaltación del yo. Autocompasión, también, cero. Aguante y deseo de vivir, intactos hasta el final. Un rostro pálido que ansía convertirse en un piel roja. Salvaguardado, a ser posible, por el afecto.

«A veces los golpes que propina la vida son puñetazos al aire. Golpes que sólo consiguen incrementar la ceguera».

Convincentes y emotivas, en estas páginas una descubre de pronto un nuevo significado para la palabra pecera, revisitando de costado una obra posterior del autor (La pecera, Demipage, 2015).

Escritos en lengua inglesa, pienso que estos diarios habrían sido un superventas inmediato, portadores como son de hondura, buen hacer literario y universalidad. Por desgracia, latitudes, apellidos, suerte y mercado mandan (y me dejo factores, lo sé).

«Había estado cuatro años flotando en el aire insalubre de una sala de hospital, como un viejo y olvidado astronauta, atado a una decrépita estación espacial, girando en la estratosfera de los sueros, de las transfusiones, de los quirófanos, sin saber si algún día regresaría a la Tierra. Y ahora estaba en casa».

Es tarea del lector encontrar cauce a sus presentimientos.