Al marcharme de Alcalá, pregunté a Don Miguel si, ya muerto, le
importaban algo sus huesos. Esperé largo rato. La estatua no respondió.
Interpreté su silencio como un “a preguntas
necias, oídos sordos”.
Mi homenaje a la literatura de Adelaida García Morales y al cine de Víctor Erice. «Era como viajar en un barco que navegara a la deriva, perdido en el mar, lejos de todas las costas». El silencio de las sirenas Resulta espinoso romper la quietud, escapar de la mudez del pensamiento para hablar de Adelaida García Morales (Badajoz, 1945 – Dos Hermanas, 2014), dueña vital y literaria del sigilo y de las sombras. Entre cuentos y novelas, García Morales publicó más de quince títulos a lo largo de unas dos décadas (1985–2008). Logró los premios Sésamo, Herralde e Ícaro. Fue una de las autoras en lengua española más traducidas a finales de los años noventa. Tras varias lecturas, aún no logro atravesar El Sur , su primera obra publicada, sin librarme del mazazo de su conmoción poética, sin admirar su engranaje compositivo o su perfecta condensación. Escrita a mediados de 1981 en la Alpujarra granadina, no vio la luz (con Anagrama) hasta 1985. En 1983, dos años an...
Entrevisté a Cristina Peri Rossi el pasado febrero en Barcelona. Con su último libro de relatos como música de fondo ( Los amores equivocados , Menoscuarto), hablamos sobre el amor y el deseo. Este es el resultado. Cristina Peri Rossi: «El amor es una quemadura». «No hay mejor marido que una mujer». «Nada sabemos de los seres que amamos, salvo la necesidad de su presencia». ( La nave de los locos , 1984) Barcelona, final del invierno, casa de la autora. Entro con patas de mosquito (y la sangre llena de sangre). Sé que estoy ante una escritora inmensa. Me reciben la naturalidad, la generosidad, el saber y el genio innato. Cuenta su amiga Lil que en el pasado Cristina utilizaba tres máquinas de escribir a la vez: en una escribía poesía, en otra novela, en otra cuentos, tal vez ensayos. Nació en Montevideo en 1942 y se exilió en 1972, sabiéndose objetivo marcado por la dictadura uruguaya. Su obra es inconmensurable y difícil de catalogar: el lirismo más pr...
John Maxwell Coetzee: De kinderjaren van Jezus . Cossee. Traducción de Peter Bergsma. Coetzee quiso que su última novela se publicara primero en traducción al neerlandés. La historia transcurre en un país hispanohablante indefinido (se mencionan lugares de Chile, Bolivia, Venezuela… incluso de Suecia) al que desde un campo de refugiados llegan Simón, un hombre adulto, y David, un niño de cinco años a cuya madre biológica ellos buscan. Dos aclaraciones: 1) Coetzee es un escritor al que admiro; poder anticipar la lectura de su nueva obra me pareció una circunstancia dichosa. 2) Suelo redactar estas microcríticas sin leer reseñas previas, guiándome, digamos, por una intuición racional que evite en lo posible influencias ajenas. Sin embargo esta vez no ha sido así. He leído toda la información disponible —en neerlandés, en inglés, incluso en afrikáans— sobre la obra. He leído también Aquí y ahora (Anagrama & Mondadori), buscando en la correspondencia ...
Fiódor Dostoievski: Memorias del subsuelo . Cátedra, Letras Universales, edición y traducción de Bela Martinova. Si Gregor Samsa acepta sin comprender nada, este hombre cucaracha sabe más y algo sí entiende. Desde su alma lastimosa se hace grandes preguntas: ¿Y por qué no echamos abajo esa cordura, para que podamos vivir conforme a nuestra absurda voluntad? O: ¿De dónde sacan los sabios que el ser humano necesita ser virtuoso? O: ¿Cómo se puede desear algo conforme a logaritmos o tablas matemáticas? No importa cuánto se eleve o exalte elucubrando, su torpeza y mala suerte lo devuelven invariablemente a las profundidades. Y en ese subsuelo oscuro, ¿de qué sirven las preguntas? Nos pesa ser de carne y hueso, dice. Hemos llegado a tomar la vida por un trabajo, dice. Nos persuadimos de que es mejor vivir conforme a los libros, dice. Pronto inventaremos la manera de nacer de las ideas, dice. Y a golpe de pensamiento y realidades sobrevive el infeliz; atorado, sin r...
Pedazos de carne viva ¿Cómo se vuelve, se viaja, a la infancia? ¿Cómo se rescata? ¿Qué se hace para limpiar de olvido los rincones polvorientos? ¿Hay una memoria fija, inamovible, de lo ocurrido? ¿O se trata solo de ecos inseguros? ¿Qué orienta la luz que posamos sobre el recuerdo —íntimo, nítido, intransferible— de las cosas? Reconozco ser torpe evocando. Y sin embargo —quise decir: a la vez— siento que nada se pierde en el camino. Que cada risco, peña y grano de arena los recoge el presente, extendiéndolos hacia el futuro. Aquello en lo que nos hemos convertido —cuerpo, voz, belleza, miedos— surge en su totalidad de lo que fuimos. Sin que extraviemos un solo fragmento, una sola partícula. En el crecer, no hay desechos. Hablar de escritoras que queremos exige distanciarse de ellas sin olvidar adónde se quiere llegar, siendo esto —el destino de un texto— algo que se descubre, en mi caso, conforme se escribe. Si por conocer una obra literaria entendemo...
Herman Melville: Moby Dick. Penguin Clásicos. Traducción de Enrique Pezzoni. Introducción de Andrew Delbanco. «Y en ese inefable esperma lavé mis manos y mi corazón». Lo protegí a muerte en las tempestades. Las páginas se iban volviendo húmedas, el lápiz apenas dejaba marcas, temí perderlo en muchos barcos. Pero Moby Dick sobrevivía día a día, como infectado por el tesón y la furia del capitán Ahab. Cómo hablar de una obra de la que no se debe hablar. « Moby Dick es un libro letal, hostil a toda convención, del que jamás debería hacerse un retrato». De acuerdo. Y sin embargo, Moby Dick es un clásico que llevamos más de siglo y medio interpretando. «Agua y meditación siempre han estado unidas», afirma Melville/Ismael. El cachalote blanco, el Pequod y la inmensidad del mar. El pez volador y el pez amarrado. Lo justo y lo injusto, nuestros horrores y glorias, el miedo, el valor, la locura. Viajar cansa, desear cansa, vivir cansa, y poco puede hacerse por...
Reparar el nido Aves del paraíso llega por correo ordinario desde Salamanca, ciudad donde la obra también fue impresa. Es el primer título que leo de la autora, de la que recuerdo la hospitalidad de una noche en su casa y un gato al que le tuve mucho miedo. Leo en el suelo. Desde el césped, sube al libro una araña que observo campar a sus anchas, pasear por la página, posarse sobre los dibujos y descolgarse al rato, medio saludando, ella sola, como si hubiera concluido lo que vino a hacer aquí, quién sabe qué faena. Desde el inicio se respira la desnudez del lenguaje, elemento clave en esta historia dura, intrigante, portadora de un severo peso. Algo debe descubrirse y encontrarse. Algo que tiene que ver con lo no dicho, con lo no hecho, con lo que uno ha empujado al interior de uno mismo con el talón del zapato, hasta esconderlo o hacerlo trizas igual que pisoteamos el erizo de las castañas. Esta última imagen se repite con mesurada insistencia a lo largo del...
Fernando Aramburu: Los peces de la Amargura . Tusquets Editores. Destierro memorias de un norte de luz mortecina. Un norte situado más al sur de donde ahora me encuentro pero más lúgubre, más áspero, punzante como hojas de acebo. Un lugar extraño donde la discrepancia, el libre pensamiento o el ejercicio de ciertas profesiones eran respondidos con el silencio, con el desprecio, con amenazas, con muerte. Un lugar donde se decía poco y el miedo todo lo aplastaba. Los peces de la amargura nos acerca al día a día de ese territorio. Un puñado de historias protagonizadas por gente corriente y penetradas por la inteligencia de quien sabe bien de lo que habla. Cuesta aceptar eso: que la vida era, que a lo mejor sigue siendo, así, «triste». Triste y dicotómica: con el pueblo o contra el pueblo. Una vida violenta. “Golpes en la puerta”, narrado desde la voz de un preso que antes fue niño, estremece. El terror es...
Cesare Pavese: El bello verano. Salvat Editores, 1985. Traducción de M. Carmen García Lecha. «Es solo el amante quien determina la valía y cualidad de todo amor» (Carson McCullers, La balada del café triste ) Encontré este libro en Nájera, poco antes de descubrir la Senda del agua, a las afueras de Matute, uno de los parajes más bellos de un verano sepultado ya bajo la broza del frío. Apenas leí. El ajetreo se lo llevó todo: tiempo, contemplación, reposo. Idas y venidas impidiendo —alimentando— el vacío. Frente a la exploración, quietud y misticismo. Leer agonizando, muerta de hambre, llena de ansia. Recuperar lo que estuvo a punto de perderse sin ese acto solitario: la compañía de un libro. Un bello Pavese escrito en 1939: diminuto, contenido, dolorido. En una ciudad de provincias, dos amigas afrontan la escasez y el transcurrir de los días. Su juventud las empuja al entusiasmo. También: al sexo y sus peligros. No importa...
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