A. Ernaux: La mujer helada




«Mis mujeres, las mías, vociferaban todas, tenían el cuerpo descuidado, demasiado pesado o demasiado plano, dedos rasposos, caras sin pintar o con gruesas manchas rojas en mejillas y labios».

Primera página de La mujer helada (1981), de Annie Ernaux, narradora nacida en el pueblo normando de Lillebonne. Hija única de pequeños comerciantes, revisa aquí su adolescencia e infancia, intentando comprender qué la llevó a quedar atrapada en una vida que distaba de la libertad y el amor propio en los que la educaron.

Ernaux lleva a cabo —y caracterizará toda su producción literaria— una fina operación destripadora, con bisturí poco dispuesto a ocultar hemorragias. Todo viene de algún lado. Hay una historia, unos motivos, ciertos pasos dados en determinados instantes. Los cimientos no son tal vez los que parecían ser. Sobre todo, no garantizan la firmeza del edificio, expuesto a la intemperie de los tiempos, que son la sociedad, las expectativas, las ataduras, el no poder respirar desde una vida encajada en la asfixia.

«Era magnífico tener una bella historia que me esperaba, hacia los quince años, como la regla, como el amor. Entre todas las razones que tenía para querer crecer estaba la de tener derecho a leer todos los libros».

Una madre que lee y que le transmite la importancia del estudio y de labrarse un futuro. «Acabar siendo alguien no tenía sexo para mis padres», una imagen en la que Ernaux cree.

Hasta que un día, algo empieza a truncarse: «Creía que mi trayectoria de mujercita iba toda derecha, cuando en realidad viraba en todos los sentidos». Y progresivamente gana terreno el extrañamiento respecto a ese entorno atípico aunque favorecedor —sin que ella se diera apenas cuenta— de la emancipación y la autonomía. «Frente a esa certeza de un porvenir exitoso, mis dudas crecen». Contradicciones, soledad, angustias.

Llega la universidad y con ella una dosis nueva de libertad. La autora sabe, sin embargo, que no es «el tipo de chica fuerte que negocia con destreza su propio destino». Y al poco llega la trampa: el amor, «el amor presidiéndolo todo», vivir juntos, un proyecto como cualquier otro; las tareas cotidianas, los reproches mínimos, las invisibles renuncias, «haciendo concesiones, como una cobarde».

El ideal de una unión entre iguales se diluye en el reparto del trabajo doméstico. «La comida-incordio». El resentimiento, la distancia, la nada. La voluntad y metas propias se aletargan, corren el riesgo de evaporarse dolorosamente. «La máquina de mermarse a una misma se ha puesto en marcha».

El embarazo, el parto, el primer hijo. Retomar el propósito de «hacer algo en la vida». Volver a estudiar, compartir la crianza, colaborar sin dar las gracias. La ilusión de la libertad recuperada que no es tal. «Ya no había fuera para mí. Ni curiosidad, ni descubrimiento, solo necesidad». El aburrimiento mortal de hablar con otras madres. El horror del supermercado. «La náusea existencial delante de un frigorífico o detrás de un carrito». «La vida, la belleza del mundo. Todo era exterior a mí». «La carga absoluta, completa, de una existencia». Tener un segundo hijo parece una locura, descender a un terreno pantanoso en el que quedar sepultada es una posibilidad.

Queda bastante claro que la reproducción y el desarrollo profesional son en gran medida antagónicos, pues empujan en direcciones diferentes. Hoy puede haber más lavavajillas, más secadoras, más guarderías. Pero la carga y tiempo mínimos de crianza y trabajo doméstico siguen ahí, con su volumen intacto y abrumador.

Ninguna encuesta retrata por ahora a las mujeres como beneficiarias de un sistema de reparto empeñado en situarse lejos de la igualdad. Para conocer el grado de feminismo de un hombre basta con observar su participación en las tareas domésticas. O con mirarlo a la inversa: cuánto tiempo invierten unas y otros en su desarrollo personal y profesional.

No es posible abarcarlo todo. Y más difícil todavía entregarse a tareas intelectuales o creadoras mientras se crían hijos. Aun así, Ernaux es una privilegiada y lo sabe. Leer y educarse es un privilegio. Saber pensar es un privilegio. Distanciarse de la realidad y analizarla es un privilegio. Poder tomar decisiones es un privilegio. El respaldo de la ley es un privilegio.

«Toda mi historia de mujer es la de una escalera que se va bajando a regañadientes», afirma la autora. Una mujer despierta no puede ser dentro de estructuras tradicionales.

Annie Ernaux. La mujer helada. Cabaret Voltaire, 2019 (segunda edición). Traducción de Lydia Vázquez Jiménez.

* Annie Ernaux (Normandía, 1940) es una novelista francesa. Fue profesora de letras modernas. Entre otros, ha recibido los premios Renaudot (1984), Marguerite Duras (2008), Marguerite Yourcenar (2017) y el Premio Formentor de las Letras (2019). Su literatura dota a la autobiografía de una dimensión política y sociológica, en cuyo centro se agitan las relaciones de género. 

Texto publicado en Las Críticas.

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